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Raúl Vallejo Corral, Ecuador

Fotografía tomada de Verbienmagazin

Por: Raúl Vallejo Corral 

Soy un hombre prescindible

Yo no soy de aquellos seres imprescindibles,
herederos de Brecht que nunca se jubilan.
Mi vergüenza es el hombre necio de Sor Juana
y voy deseante tras el dios de Juan Ramón.
Aquí, Raúl Vallejo: prescindible, en jueves 
de mis húmeros. Desdeño dogmas terrenos,
centros comerciales, desfiles militares,
verbo mesiánico y bíblicos patriarcados.
Amo la rosa blanca de Martí; Macondos
rayuelas, matapalos; Dulcineas que son
Aldonzas; pizarras de Mistral y a mi perro.
Harto de charlatanes y politiqueros
camino junto al prójimo de cada día,
el de la vida en futuro imperecedero.
He de morir; me llorarán y luego olvido:
mis libros, si acaso, letras de arte burgués;
polvo mi nombre, en nuestro paralelo cero.

 


Manuela Sáenz y los marineros del Acushnet

Malvivo sin mi pensión de soldado;
vendo tabaco.
Traduzco a marineros
que no hablan más que inglés
y buscan sirenas de tierra.
Payta-town es polvareda de transeúntes
en su única calle,
nunca sucede nada en este miserable puerto.
Solo el odio de Santander me acompaña.

Los marineros que desembarcan carecen
de buenos modales, arman jaleo
por causa del pisco, los celos, la nostalgia;
parecen soldados en las noches
victoriosas de las campañas libertarias.
Ya no hay héroes
y envejezco de melancolía,
desterrada de mi patria.

La tripulación del ballenero Acushnet
se ha quejado de su capitán.
Los hombres son unos quejicas
cuando no están al mando.
Las autoridades locales
me han pedido
que traduzca los agravios. Llego
al cuartel sobre un borrico
grisáceo y bruma;
y es una punzada el recuerdo
de mi yegua tordilla en Ayacucho
bajo el mando de Sucre.
Nada de aquello existe
junto a los farallones
del destierro y la amargura.

El último testimonio lo dio
un joven barbado de veintidós años,
«Call me Herman», murmuró
con la timidez arrogante del que escoge
llevar el silencio en sí,
antes que caer en el error:
«I would prefer not to».
Alexander Ruden,
el cónsul norteamericano,
anda más ocupado
en sus comercios particulares
que en atender la oficina del consulado.
Con todo, el lío del Acushnet
ha terminado sin muertos.
El joven Melville
—Herman, me dijo que lo llamara—,
me habló del misterio
de las Islas Encantadas
y la caza de la ballena blanca;
algo acerca del hombre
que busca su pierna mutilada
para sanar su alma herida.

Todos buscamos
esa parte de nosotros mismos
que nos fue cercenada
para reconocernos
en el cuerpo completo
que alguna vez existiera.
En Payta-town,
la desmemoria
habrá de calcinarnos
antes que la peste.

 


Mujer tamil, descalza en Singapur

El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.
Pablo Neruda, Confieso que he vivido. 

Puedo escribir los versos con la sangre,
con los latidos, con mis huesos; esta noche
rencorosa, de aridez en la tierra hollada.

Tras la silente rebeldía de mi cuerpo invadido.

Escribir, por ejemplo: «Nunca lo quise, es cierto,
mas hoy, al amanecer, el señor Neftalí me quiso,
me despojó de mi sari de roja y dorada pobreza».

Violento es cada día de las mujeres de mi raza.

No soy milenaria escultura del sur de la India;
una tamil descalza de la casta de los parias, soy
chandalí de tierra lejana, sin parientes, sin hogar.

La apatía oculta mi miedo, pero no es suficiente.

He acudido cada mañana a vaciar la caja
de excrementos del señor Neftalí; intocable,
indiferente a sus regalos, que no merezco.

La feroz hoguera del solitario me ha quemado
con su brasa desesperada, asida a mi muñeca.

Ya no somos los que fuimos entonces:
el hombre, exhibe su mácula; la estatua,
oculta su herida; pero somos los mismos
de la cópula muda del brahmán y la paria.

La sentencia de los dioses se ha repetido
a través del extranjero de lengua sin luz.

Cruel la memoria de mi carne desgarrada.

No lo quiero, es cierto, y nunca lo quise.
Callada, soñando con elefantes, ausente.

Mi desprecio no le dolerá, pero me basta.

Seré la persistencia de noches consteladas,
en el firmamento infinito, lleno de poesía.

Este poema fue uno de los veinte finalistas, de entre 1.401 participantes, en el XIII Concurso Literario Internacional «Ángel Ganivet» Madrid, 2019.

 


Sor Juana y sus filosofías de cocina

      para Cecilia Ansaldo Briones

La rosa de la sabiduría en el infinito jardín de los libros
es belleza efímera, de unos admirada y por otros maldecida;
es deseada por los hijos del maíz sobre el comal al fuego,
es temida por los inquisidores del verso y el pensamiento.
Chile pasilla, culantro tostado, pimienta y ajo, clavo y canela
molidos y puestos a freír como una redondilla en la cazuela,
que el poema es un aderezo espesito de gracias al Creador; 
puerco, chorizo y gallina: en mesa de monjas se comparte
clemole oaxaqueño, tortillas de cacahuazintle y una oración.
Dulce de nueces para la virreyna dictó Apolo a mi mollera;
por Aristóteles yo me apiado del nogal y purifico los pétalos
de la rosa en el mortero, enserenados bajo la luna de la poeta.
En la cocina del convento de san Jerónimo una mujer filosofa
y guisa; que los buñuelos se espolvorean con tantito de saberes:
Yo, la peor del mundo, rosa presuntüosa de bello entendimiento.

 


Nocturno de Pizarnik 

pétalos de sangre
de la rosa que en el fuego
habita sus heridas.

a cantar dulce y a morirse luego.

pétalos de seconal
de la rosa que a sí misma
clava sus espinas.

 


La máquina de coser Singer

Para hablar de la máquina de coser Singer, la que me amamantó con su dulce tucutucu, debo remendar el corazón destartalado por tantos avatares en habitaciones olvidadas.
Para hablar de aquella a quien amo, aunque su ronroneo ya cesó, debo hacer la limpia de mi cerebro y su vanidad. ¿De qué sirve tanta perniciosa inteligencia?
Para hablar de la sencillez de sus costuras debo curarme de tanto clasicismo académico, de tantas inquinas en la borra de mis cafés.

De niño, extraviado, me refugiaba en el arco de la Singer. Sentado sobre su pedal, alfombra de hierro para mi pueril aventura, me sentía el viajante de caminos lluviosos.
La rueda enorme era el volante feliz de mi camión bananero y yo era mi padre que regresaba a casa. Todo olía a tela nueva y aceite Tres en Uno.
Un manojo de fierros dulces, los abrazos de doña Aída durante mis asmáticos desasosiegos nocturnos, una máquina instalada en la casa para coser las soledades de un arpa cubierta de olvido.

De la Singer nacían los vestidos de mi hermana según la última Burda Moden. Los moldes extendidos sobre la mesa del comedor: preludio de la costura doméstica.
Mi madre, manos de tizas y tijeras que daban forma a la tela. Mi madre, una costurera silenciosa en claroscuro al óleo. Mi madre, la máquina Singer que armaba las piezas y los versos.
De la máquina de coser emergieron el hilván de mis pantalones, los disfraces escolares, los cuellos volteados de mis camisas. De ella, la vergüenza oculta de la pobreza del poeta.

El tiempo encogió a la Singer. Mis ojos dejaron de verla como un refugio. Los años y mis piernas me llevaron lejos de su tucutucu. ¡Ah, Rubén Darío y el cansancio del alma!
La edad enmoheció los hierros y se esparció inmisericorde. Somos transeúntes de la vida y en el mar de lo eterno nos espera Alfonsina Storni. La máquina de coser Singer se cubrirá de herrumbre, pero no de olvido.
    Adiós a su tucutucu. Estos versos se enhebran en la aguja de aquella que cosió los retazos de la belleza, esa que se aleja siempre que mi mano cree alcanzarla. Mi madre es la ardiente sustancia de mi poesía.

***

Trabajos y desvelos, es un coral cuya tesitura emerge desde el solo del yo, que es autobiográfico y familiar; transita a través de voces femeninas que han protagonizado una historia silenciosa y silenciada; cosecha la voz de la rosa clásica en el poema florecido; hace dúo con imágenes fotográficas; canta una romanza sobre el amor intenso y efímero; evoca la vida que fue en estremecedores trenos; y, en un recitativo de cronista, deja testimonio de este tiempo del coronavirus que aún no termina.

Poemas Prometeo # 104-105


Raúl Vallejo Corral nació en Manta, Ecuador, en 1959. Doctor en Historia y Literatura por la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla. Ha publicado en los últimos años: Pubis equinoccial (cuentos, 2013, Premio Joaquín Gallegos Lara); El perpetuo exiliado (2016, Premio Internacional de Novela «Héctor Rojas Herazo», 2015, y Premio Real Academia Española, 2018); Patriotas y amantes. Románticos del siglo XIX en nuestra América (ensayo, 2017); y Gabriel(a) (2019, Premio de Novela Corta «Miguel Donoso Pareja», 2018).

Es autor de los poemarios Cánticos para Oriana (2003), Crónica del mestizo (2007, primer lugar en la VI Bienal de Poesía Ciudad de Cuenca) y Missa solemnis (2008). Publicó, en 2015, Mística del tabernario, galardonado con el Premio de poesía José Lezama Lima, 2017, otorgado por Casa de las Américas, La Habana. El jurado del premio expresó: Mística del tabernario explora en sus versos una materia proteica que transita cómodamente de la gravedad al humor, atenta lo mismo a los grandes acontecimientos que a los pequeños sucesos de la vida cotidiana. Es Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Publicado el 06.05.2022

Última actualización: 09/05/2022