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Paz mundial, pacto con la naturaleza

Por: Tamya Sisa Morán

Especial para Prometeo

Aquel trinar en la mañana que despierta del letargo al mundo bohemio, tambaleante, herido, sueños de cristal de una utopía marchita, sonidos cada vez más inaudibles, poco importa aquel canto de alborada, las aves dando los buenos días a una humanidad que convive en su espacio, en una disociación asimétrica donde el centro y dominio es el ser humano, aquel mamífero cuya ignota superioridad ha facilitado su desarrollo, creencias estereotipadas han permitido que gobierne bajo mandato la creación de sus propias leyes y tratados, tan equidistante se encuentra de algo tan cercano que aun debate si los animales deben o no tener derechos.

Al hablar de un pacto con la naturaleza, con Pachamama, es ponerla en un mismo nivel del conflicto humano, es un acuerdo de voluntades, donde sólo una parte ha trasgredido e incumplido un mandato básico como lo es el respeto. Para entender el tejido de una palabra tan simple, pero al mismo tiempo compleja en su aplicación, hay que asociarlo con una madre que merece cuidado, cariño, atención. Pachamama no pacta con el ser humano, sino que lo abraza, porque como una madre no observa con malos ojos a sus hijos, así estos vulneren su belleza.

Los hermanos mayores, como son todas las especies anteriores al ser humano, plantas y animales, brindan alimento, vestido, Pachamama naturaleza viva posee ciclos que como seres humanos se deben respetar y mantener, no es sólo mantenerlo bajo slogans de protección para fines políticos o gubernamentales, cuando son estos los que han roto la forma de comunicación con la naturaleza, históricamente los seres conquistadores de occidente, que eran vistos como deidades ajenas a la armonía natural, ya que comían oro todo el tiempo, han mantenido sus actividades mineras a lo largo del continente, lastimando, saqueando metales, para acaparar poder y dominio.

Atando las alpargatas, a lo largo del camino se va comprendiendo el mundo, cantando a la vida, vislumbrando las luchas de los pueblos olvidados, cuyos nombres no figuran en la historia, pero cuya resistencia ha inspirado a generaciones enteras, sangre andina cuyo fruto es precisamente la conciencia con la que se visualiza el mundo, su belleza y desigualdad, el modelo depredador neocapitalista ha fracturado el mundo, un modelo caduco que ha creado brechas sociales incuantificables, pues las clases sociales se han divido con mayor fuerza en este tiempo de pandemia, en el que la lógica empujaría a una unión sin precedentes por una lucha común.

Es urgente pensar efectivamente en un pacto por la paz de la mano con la naturaleza, pero prácticamente imposible bajo las condiciones actuales de los sistemas económicos y sociales, sino se cambian los escenarios es impensable generar un pacto, porque precisamente en un acuerdo se busca que las dos partes queden conformes, no solamente que para una sea favorable, bajo estos modelos políticos y gubernamentales actuales la humanidad va construyendo su propia distopia, la destrucción de ecosistemas ricos en diversidad por ansia petrolera ha desplazado poblaciones y generado daños en la biodiversidad irreparables, donde las próximas generaciones pagaran las consecuencias medioambientales.

Las constituciones de los países hablan del bienestar social, el sumak kawsay o buen vivir, pero aquello es letra muerta cuando se impone el capital sobre el ser humano, la armonía cósmica pasa a ser un fetiche ególatra de postmodernidad para el avance en derechos. Un ejemplo es la constitución ecuatoriana del 2008 que marcó un precedente mundial al consagrar un capítulo entero a dotar de derechos a la naturaleza, sin embargo, la materialización de los mismos es una odisea, los defensores del agua, ecologistas, comunidades anti minería, son vistos como una amenaza para el desarrollo del Estado, como enemigos de la democracia, en muchas casos son desaparecidos, encarcelados, tratados con epítetos despectivos como “ecologistas infantiles”, la defensa de la naturaleza Pachamama es un trabajo arduo y poco reconocido.

Mientras los Estados pacten no con la naturaleza Pachamama, sino con trasnacionales y mineras, no habrá un camino para la paz, ya que esta alianza sólo ha producido hambre y pobreza. No hay riqueza sin tierra, agua, aire, fauna, bosques, sólo cantos del recuerdo de los días felices, donde se sentía el pasto mojado, se cantaba bajo la lluvia, se nadaba en ríos trasparentes, donde la comida era un acto comunal para acercarnos, para convivir, donde el fuego nos abrazaba, donde los abuelos mostraban el libro eterno del cosmos.

Entre risa, danza, canto, llanto y barro se ha formado la historia humana, cuyo anhelo del presente es buscar la paz mundial y duradera, en la que la coerción como modo de control no sea legitimada, una equidad entre seres humanos, en la cual al mirar el firmamento no sean las armas las que den luz en la noche palestina, donde las fronteras y soberanía territoriales no sean un mecanismo de segregación, que la tecnología no sea un panóptico digital que controle y manipule, solamente creando seres digitales carentes de empatía en busca de aprobación social. A Galeano cuando se le preguntó sobre la utopía, manifestó: está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

La paz mundial no es un mero procedimiento, un acuerdo de voluntades de los países, puesto que muchos países ricos defienden sus propios intereses obviando lo colectivo, pero sí imponiendo sus condiciones económicas. Si bien la paz es un anhelo social que no se ha logrado aún con una pandemia con potencial de extinción, lo que sí ha marcado es la distancia como punto de encuentro, el ser humano se ha separado de la madre naturaleza y para sanear esta ruptura es necesario restaurar, este punto es clave para lograr un verdadero equilibrio social, dejar de explotar a la naturaleza Pachamama, sino reparar, cuidar y respetar, es lo mínimo que como humanidad se debe hacer para la sobrevivencia como especie que va caminando a un ocaso autogenerado.


Tamya Sisa Morán nació en Cotacachi, Ecuador. “Soy la voz de todo un pueblo, por eso canto con pasión”, dice Tamya Morán. Ama Toa o Pacha Mama es la esencia de su canto y lo que le da fuerza para superar las dificultades que se presentan en su camino musical por ser —dice— mujer e indígena. Su nombre significa Lluvia de Flores, nació en los brazos de una familia humilde y soñadora. Desde niña, entre risas, juegos y cuentos, aprendió sobre el amor a la naturaleza, a la vida y a su pueblo. En 2011 recibió el Primer Premio en el concurso denominado Canción de Autor con el tema Dile no a los prejuicios, organizado por la ONU.

A los tres años de edad comenzó la educación inicial como oyente en el Jardín de Infantes Hortensia Yépez Tobar en El Ejido de Cotacachi, dos años más tarde comienza el nivel de primaria en la escuela de niñas Manuela Cañizares hasta los 11 años. En esta etapa Tamya comienza a inmiscuirse en la realidad de los pueblos indígenas del cantón Cotacachi y sus necesidades. Convirtiéndose a los 11 años en la representante de los niños indígenas del cantón.

Pulicado l 23.03.2022

Última actualización: 25/04/2022