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Zheng Xiaoqiong, República Popular China

Por: Zheng Xiaoqiong
Traductor: Isolda Morillo

Zona industrial

La luz blanca encendida, el edificio encendido, la máquina encendida,
mi fatiga encendida, los planos encendidos…
Es la noche del domingo, la noche del 15 de agosto,
la luna con su luz enciende un aro hueco, en el bosque de árboles de lichis
una brisa acaricia el claro de su cuerpo vacío, reina el silencio
acumulado, año tras año, sólo los insectos cantan en los arbustos,
mientras, la ciudad se yergue con todas sus luces encendidas.
Tantos dialectos en la zona industrial, tanta nostalgia
depositada en tantos cuerpos de tanta gente humilde y frágil.
Cuántas lunas crecientes iluminaron
las máquinas y los planos de cada domingo, y ahora, la luna
creciente ilumina mi rostro, y mi alma que se desliza cuesta
abajo, lentamente.

Cuántas luces encendidas, cuánta gente transita
bajo la luz y a través de los recuerdos y las máquinas de la zona industrial.
Aquella luz de luna impronunciable, aquella luz
y mis múltiples insignificancias, insignificantes como las herramientas.
Un hilo de luz
arropa mi cuerpo en medio del ruido afanoso de la zona industrial.
Luz de luna que ilumina y colecciona
nuestras lágrimas, nuestras alegrías, nuestras penas,
nuestros gloriosos y humildes sueños, y también
nuestras almas,
y se las lleva a un lugar lejano donde
desaparecen entre la luz, sin que nadie se dé cuenta.

 

Huangmaling

He instalado una y otra vez mi cuerpo, mi alma,
en esta pequeña ciudad,
en sus arboledas de lichis, en sus calles, en su línea de montaje, en el pase para
entrar en la fábrica, en sus ideas empapadas por la lluvia.
En ella deposito los ideales, el amor, los sueños y mi juventud.
Sin embargo, mis amantes, mi voz, mi olor, mi vida
se hallan bajo las tenues luces
de otra tierra.
Corro, me empapo de lluvia y sudor, jadeando
—dejo mi vida, toda mi vida, encima de los artículos de plástico, sobre los tornillos y clavos,
sobre la tarjeta de la fábrica–
me entrego, entrego mi vida a esta pequeña ciudad.
Cuando el viento me haya despojado de todo
regresaré a casa, con mi vejez a cuestas.

 

Herramientas de acero

Gris
y enorme, el ancla de acero atropella su sueño verde,
tronando, sacudiendo a
la luz del crepúsculo que reposa sobre las encorvadas laminas que caen de la máquina.
Su cuerpo, fino y frágil, lleva encima el vacío de una tarde entera;
sus sueños de otrora, fértiles y verdes,
se escabullen por entre los bloques grises de hierro apilados;
infinitos bloques triturados bajo el ancla de acero.
Fue testigo de cómo su cuerpo se convertía en uno de aquellos bloques,
triturados, curvados por la máquina,
moldeados al giro de la tuerca.
Entre ruidos y luces,
ella fue dividida, raspada, fresada, pulida……
incesantemente por la vida.
No pudo impedir ser fraguada y forjada
por aquella poderosa fuerza intrusa.
Al final, fue testigo de cómo era marcada por el acero caliente por el signo de:
“Conforme”

 

Tren

Un tren atraviesa
el vasto desierto que guardo dentro de mí;
el otoño, yace en lo profundo
del frío crepúsculo, yo, sigo el movimiento
del tren que migra sin cesar, y planto mil espinos en el campo abierto,
sus blancas copas, sus frutos rojos, emanan bondad
y paz. Conozco al destino, él es como las colinas, los ríos y las
interminables llanuras o el río serpenteante que se arrastra
detrás del tren. Sobre las colinas cercanas y lejanas se yerguen
árboles rasgados, sus sombras irreales e imperturbables
se quedan detrás, uno, dos… de pie sobre los campos grises.
A los árboles les digo que esos que se quedan, esos
son mis amigos y mi familia.

 

Vida

No saben que mi nombre se esconde sobre una tarjeta del taller de la fábrica,
que mis manos se confunden con la cadena de montaje, que mi cuerpo ha sido
cedido a un contrato, que mi cabello se está haciendo cano; que sólo queda el
ruido, las prisas, las horas extras, los salarios… Veo reflejadas sobre las
máquinas unas fatigadas sombras que se mueven despacio, girándose,
encorvadas, taciturnas como un trozo de acero fundido.
¡Ah! Acero taciturno que lleva encima la decepción y el desconsuelo de los
migrantes. Estoy rodeada de acero -que se oxida con el tiempo, azotado por la
realidad- y no sé cómo proteger esta vida sin voz, esta vida en la que he perdido
mi nombre, mi sexo, esta vida contratada…
¿Cómo hacer? ¿A dónde ir? ¿Por dónde empezar? La luz de luna
que cae sobre las camas de acero de un dormitorio de ocho personas ilumina la
nostalgia; en medio de rugientes máquinas, enamorados furtivos intercambian
miradas; la juventud aparcada en un cheque de pago. ¿Cómo puede este
mundo atolondrado consolar a un alma frágil? Si siquiera la luz de luna fuese de
Sichuan, quizás podría alumbrar mi juventud con los recuerdos, aunque
después serían silenciados por la cadena de montaje que funciona los siete días
de la semana, y por todo lo demás: los planos, el acero, los productos
metálicos, los certificados blancos de calidad, los productos defectuosos, la
soledad y el dolor -intenso e interminable- que sigo soportando bajo la luz
incandescente.


Zheng Xiaoqiong nació en 1980, e hizo su vida como trabajadora migrante en la ciudad de Dongguan, Cantón, china. Zheng se decidió a escribir poesía en revistas en 2001. Sus obras se han publicado en numerosas revistas literarias del país. Ha ganado el Premio de Literatura Liqun, el premio literario Zhuang Chongwen, el premio de poesía Chen Zi´ang, entre otros. Sus principales obras incluyen El Pueblo Huangmaling Lo profundo de la noche. Es actualmente vice directora de la revista literaria china Works.

Última actualización: 15/06/2022