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Jorge Enrique Adoum (Ecuador)

Por: Jorge Enrique Adoum

Tras la pólvora, Manuela

(Fragmento)

Duermes dorada y desguarnecida, sitio
de mi próxima batalla. Igual duerme
el continente: el amor en reposo, lomo
animal en la espuma.
(Si esa noche -melosa
hamaca la noche de Jamaica- la cuchillada a ciegas
me hubiera hallado de perfil el corazón, no te habría
encontrado, y solo habría sido decepcionante
cadáver incompleto, mitad de asesinado).

Pero esta noche, tú bocabajo -yegua al galope
arrancándole al sometimiento los frenos en pedazos-
me abandonas tu dura rosa hendida, no hay
peligro, y mi destino en ti tiene lugar.
Tú bocarriba -nave que arremete
su proa contra el viento injusto-
me confías tu tajamar de pelo, y no hago la paz:
yo sé que ambos, continente y muchacha, no están
en retirada: acumulan revueltas bajo el sueño,
sedes sin prisa por saciarse, sangres maniatadas,
y estallarán pidiendo más combate al desayuno.

 

Afuera sigue la ciudad y yo renuncio
a su ful;gor debajo de tu lengua. Parezco
triunfador y rehén tu campamento: allí
se me adhiere tu venda de muslo fiel
y urgente, y me muerde tu llama:
ocupación de un adiós en vacaciones.
La historia se quedó en el traje, tirada
por la noche en una silla, pero desnudos
sólo quiero ese nombre que te oigo con la boca,
sólo la intermitente estatua a dos ombligos
y ese mapa de venas donde no me extravío.

Contemos en la mañana las condecoraciones
que nos dejó la noche con sus mordeduras,

cúbrelas con el despojo usual de mi camisa,
vísteme de solitario, de viudo, de soltero,
y devuélveme a los demás (anoche me olvidé
de su abstinencia al entrar en tus anillos),
y niéguenme tus abras, écheme
tu forma, rehágase con una sola espalda.
Y que pueda yo salir -lunes de cada día- a completar
la libertad entre los dos, cópula apenas comenzada.

Video: Le gustaban

DESPEDIDA Y NO

 

Como un muerto, amor, yo me incorporo,
echo puñados de olvido y grava, tablas
que mordí, piedras, lo que queda de mí
y de las flores que un día me pusieron,
y todo lo que echaron sobre mí para enterrarme:
las embriagueces de la equivocación, toda
la complicidad por amor, todo el amor
que confundí con el silencio, los clavos
que no me dejaban ir hasta tu frente.
Le devuelvo a tu ayer la herencia injusta
que me dejó en los ojos, mi desesperación
hecha de tierra, el llanto que sacaba
su alcohol a las primeras cuerdas del pasillo,
mi angustia que presentía tu preñez, mis raíces
atadas a tu verdad enorme, tu alarido
en la espalda. Ahí quedan mi camastro
con sus sábanas de soledad y de melancolía,
mi empleo, mi patrón, mi desempleo,
mis deudas de aguardiente y aspirina, mis zapatos
llenos de no hay vacantes y costuras,
los almuerzos en que me ponían un libro
abierto sobre el plato, mi espera de la gran
ocasión, de la gran cosa, del gran día.
Aquí comienzo, salgo del rencor como de madre,
me pongo todos los huesos. Yo me voy
de este hotel de pesadumbre a hoy día,
yo me voy a aprender la esperanza como una
lengua antigua que olvidé entre los escombros
de tanto ser caído en el fracaso, pero tengo
con quién hablar, con los que han muerto
por carta y no lo creo y llegan a enseñarme
su boleto, tu recibo hecho pedazos
por la crueldad del día y las ráfagas
del año. Henos aquí, botín de tus edades,
hasta la altura a que has crecido, hasta
la línea del posterior rescate, prisionera
de ti. Almas amontonadas junto al muro,
caras contra la pared para verte por dentro
ese rostro de hermosa que estaba en las medallas,
y agarradas las manos a lápices, fusiles,
herramientas, cucharas: la batalla
es contigo y el regreso es contigo,
porque has de ser feliz aunque no quieras.

 

NIGROMANCIA

 

No han ido bien las cosas este siglo.
Quien odió dejo abierta la ventana, cambió
en el cielo el ala del cernícalo. Esta lejos
el gallo, su fulgor de disturbio, poblaciones
borrachas de ángel, reverbero furioso. Hay
aduanas derramadas, un zaguán, conspiraciones
mixtas, se han juntado la dama con el as de espadas
(parece que fornican) y soñé un victorioso
ejercito en hilachas.

                                    Esto es una carta
con muertos, como un tango, incita y viene
de un país en donde llueve con dulzura,
y el domicilio del destinatario. Aquí
se cambia el nombre, enfermedad venérea,
indígena, para ser admitido por el alba.
                                                                         Una

Conversación, idiomas prohibidos, declaraciones
y rupturas de amor por una razón de edad,
otra de estado, tormentas de tiniebla
en el monte de Venus, señales de mala tristeza
terrestre, favorables a la navegación.
El espíritu burlón está enojado, huellas
de anillo roto en el talco, es alguien
que cayó y lloró en el suelo, gotas de cera
dura significan que no. Levántate, rebúscate
lo que se parezca al hombre, está en el fondo
de la rabia, no hagas sombra: de dos en dos caminan
los padres en tu alma.

                                         Habrá cambios
hacia la pubertad de Agosto y no podrás vivir
sin su relámpago. Esta línea, la temida, anuncia
rachas de felicidad, más presas todavía
entre guerras, pizarras.
                                           Y la médium ve una
cólera futura, cadáveres desobedientes, cacería.

 

 

FUNDACIÓN DE LA CIUDAD

 

Y ahora  en dónde sobre qué vínculo en qué
botín he de apoyar el alma
en qué piedra por favor en qué
ayer. Nadie me dijo que comenzarían
hoy los siglos de la noche. Lunes
de una ciudad sobre la desolación.

Aquí hubo una población ya desplumada
su cacique en pedazos. ¿Y el plano
de las destrucciones? ¿Y los solares
que trazó el destrozo?

Me voy a inventar una ciudad. Es preciso
fundar un nombre, apenas vísperas
de una capital, como una predicción.
(Yo podría llamarla Imaginada, Abandonada,
Nada.) Solamente un sonido que nadie oye
útil para establecer la propiedad
sobre la duración de los resucitados.

Ah no nacida. Nombrada sólo. Sólo
viento sin ladrido que ahuyentara
el exceso de muerte. Heme aquí
clavando el estandarte de un ruido solitario
jugando con campanarios dibujando
calles inmemoriales enviando especialistas
en provocar el eco para no sentirme
solamente solo sino muchísimo más solo.
Completando la envoltura oral de una ciudad
que fue y que después ha de habitar
el hijo de quién de quién
sepultado vivo en su armadura
que será estatua viva
de una estatua colérica y velluda.
Volcada. Porque no tuvo tiempo todavía
para las acomodaciones nuevas del amor.

 

 

HISTORIA

 

Al comienzo, la patria
fue una gran página en blanco:
la arena, el mar, la superficie,
la sombra verde, la tinta
con que manchó el invierno la sabana.
Pero de pronto, sin que nada
pudiera detenerlo, hay un hombre
conduciendo a su familia por los márgenes,
entra, cae y escala hasta el renglón
equinoccial buscando vida.

Yo vengo desde allí: desayuné con ellos
en la primera mañana de mi pueblo,
construimos sembríos contra el hambre,
un río de cereal llevamos a la harina
y supimos las leyes del agua y de la luna.

De la segunda página hasta hoy día
no hay sino violencia. Desde
el segundo día no hubo día
en que no nos robaran la casa
y el maíz, y ocuparan la tierra
que amé como a una isla de ternura.

Pero mañana (mucho antes
de lo que habíamos pensado)
echaré al invasor y llamaré a mi hermano
e iremos juntos hasta la geografía
―el dulce arroz, la recua de petróleo―
y le diré: Señora, buenos días,
aquí estamos después de tantos siglos
a cobrar juntas todas las gavillas,
a contar si están justos los quilates
y a saber cuánta tierra nos queda todavía.

 


Jorge Enrique Adoum. (Ambato, 29 de junio de 1926 - Quito, 3 de julio de 2009). Poeta, ensayista y narrador. Premio Casa de las Américas en 1960. Publicó: Ecuador Amargo (1949), Carta para Alejandra (1952), Notas del hijo pródigo (1953), Los cuadernos de la tierra (1960), Las ocupaciones nocturnas (1961), Relato del extranjero (1964), Yo me fui con tu nombre por la tierra (1965), Informe personal sobre la situación (1973), Breve antología (sin fecha), No son todos los que están (1979), El tiempo y las palabras (1992), entre otras obras.

Última actualización: 30/08/2021