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Daniel Jiménez, Colombia

Las huestes de la concubina


Una vez aparece por fin la mujer
que nos venga inconscientemente de todas las demás
mujeres y nos devora de modo radical.

Kulband a Hermann Hesse.

I

Tiembla maravillado el crepúsculo,
unión de cabelleras indomables.
En una cripta de ceniza
guardo tu voz cristalina,
pero espero tu regreso
como quien aguarda la desolación.
Ausencia de tu sueño eterno,
en una colina verás el mar
y soñarás con caer
porque el vacío tiene los mismos bordes
de las alas.

 

 

VII

La luna deshabita los nombres de la tristeza,
se rinde al crecimiento como un árbol venenoso,
como el musgo a la hierba.

Palpo la roca sobre ti,
los nombres son las monedas
por las que las manos cantan.

Saber que la luna, las manos y el musgo,
tienen ahora el mismo grosor de tus sentidos,
y perciben la calmada luz de tu nombre
dejado en la colina, junto a la flauta.
Permito así,
que la lluvia reconozca tus ojos
en la hierba que crece.

 

VIII

Se propagan las últimas ruinas
como una epidemia de lápidas sin muertos,
los lirios escriben su luz con las últimas lágrimas.
Todo se ha desvanecido, las águilas comen gusanos,
los buitres cazan, los nombres de los hombres
llevan su peso en el lodo,
y las mujeres son llamadas como a perros enmudecidos.

Cuánto pesaba la tierra y cuánto pesan hoy
los corredores de la lluvia,
nadie separa las aguas y los pasos
son una manera del temblor.

Siete meses así hicieron nuestro abrazo
y bajo el cielo que nos maldice
bebemos el silencio de los que quedan atrás.

 

X

La belleza requiere de la posesión,
dice el jardín. La hierba crecía poseyéndonos
como a tumbas nuevas, era nuestro imperio
más allá de los barbitúricos y los golpes.
Entonces existía el festejo de morir
Sólo conoce la dignidad quien espera,
dice la muerte. No sabía que somos otros en la espera.

Palestina


Ascenso y descenso afloran
de la ternura esparcida,
un ambiguo mar cubre los ojos
de quien ama un furor tatuado en la arena,
la arena fundada por el Dios de la misisón propuesta,
hasta el tercer gallo de la sal y la madera cortada.
Una bruma en flor cuenta la historia
de un latido hermanado a los sueños
y no a las batallas, sapiencia desdeñada en toda lucha,
la muerte exige para su vacío,
el amor que gravita en los huracanes aislados.
No hay un enemigo diferente al gesto
que nos preserva de la oquedad del gesto,
estallidos multiformes corroboran
que el primer llanto es el único llanto,
los demás tardías gotas en la clepsidra
hecha con las manos de un cíclope dormido.
Mis manos se extienden hasta tus alas Palestina,
desplegada como un sable de levadura,
un ambiguo sol cobija la próxima batalla.
No hay enemigo diferente que la piel ausente de la piel,
no hay otro hallazgo que ver la primera lágrima
confinada en la arena que nadie visita.

Daniel Jiménez. Fotografía de Festival de Poesía de Medellin Daniel Jiménez Nacido en Medellín, Colombia, en 1970. Es poeta, ensayista, traductor y abogado. Magister en Filosofía Política. Poeta ensayista y traductor. Ha publicado: Permanencia en la Melancolía, 1992; Retrato con Omisiones, 1995; El goce concedido, 1998; La senda inexorable, 2003; Un manojo de albahacas, 2005; Peregrinaje, 2011; Salmos de la tierra oscura, 2012; y Cantor de un solo señor, 2013. Poemas de su autoría han sido traducidos al inglés, francés y sueco y escritos suyos han aparecido en diversas antologías dentro y fuera de Colombia. Ha sido galardonado entre otros, con los premios Ciro Mendía, Andrés Bello y León de Greiff. Ha publicado en revistas y periódicos de diversos paises del mundo.


Actualizado en agosto de 2013

Última actualización: 28/06/2018