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Héctor Rojas Herazo (Colombia)

Por: Héctor Rojas Herazo

 

Verano

 

Me iré de mañana
y buscaré un color lila sobre el campo
y me detendré bajo un árbol grande
a contarme,
hasta lograr sumas musicales,
los diez dedos de mi mano.
Y miraré las hormigas royendo un zapato
mientras los saltamontes
fabrican, élitro por élitro,
el zumbido del día.

 

LAS ULCERAS DE ADAN

 

La bárbara inocencia,
los ojos indecisos y las manos,
el horror de vagar sin un delito:
Y él se golpeaba el pecho, se decía,
yo suspiro otra cosa, yo quisiera,
mientras Dios, en el viento, respiraba.

Lo inventó una mañana
(en esto consistió el privilegio)
y olfateó su terror, sus crímenes, su sueño.
Entonces conoció la alegría de no ser inocente.
Y se apiadó de Dios
y lo hospedó en sus úlceras sin cielo.

 

ATÓNITO SUSPENSO

 

La pluma inunda el ave.
la rosa se concentra
y pétalo por pétalo
refugia su perfume en sus espinas.
El árbol ,regresando por la savia
busca el lodo y el hueso
y acurruca su verde en la semilla.

El hombre se repliega en sus facciones,
toca su llaga viva, e introduce su imagen en su sangre.
Todo colmillo monda en su blancura,
toda forma dibuja su contorno,
todo espesor defiende su volumen.
Es el santo y la seña,
es el repliegue,
la norma concentrada,
el ruido que se oye y se vigila.
El ojo abierto,
la pezuña en vilo,
el camino sin nadie,
la palabra seca,
el mar que roza a Dios,
traga su espuma
y detiene sus olas esperando.

 

LÍMITE Y RESPLANDOR

 

Algo me fue negado desde mi comienzo,
desde mi profundo conocimiento.
Y he velado dulcemente
sobre las espadas que cegaron mi luz.
Con nocturno rostro me he alzado
a batallar en el esplendor de mis dormidas normas,
con el pavor de mi júbilo primero
y en otra sombra abatida he pronunciado mi nombre,
mi tremendo, mi orgánico nombre,
mi nombre de filo y de simiente
bajo el sueño de un ángel.
Mis apetitos totales he derramado
como un tributo de reconocimiento,
mi olfato y mi tacto como duros presentes.
Mis olvidados sacrificios he reunido,
mis anteriores fuerzas,
mi casto furor,
mi más antiguo y añorado fuego.
Y he aquí que todas mis potencias
no logran arribar al límite de lo perdido.
En otra edad dichosa
mi palabra fue herida de terrestre amargura.

 

NOCTURNO RESPLANDOR

 

De repente
en lo más profundo y desasido del sueño
un relámpago me ilumina y me divide,
me ciega totalmente con su harina temible.
Estupefacto miro en mi derredor,
me llamo, me busco deslumbrado.
No estoy. Me siento sobre el lecho.
Unas alas apagan mis valles de alegría.

 

PARIENTES

 

A veces están lejos, casi siempre.
Otras llegan de lejos, casi nunca.
Pedro ha engordado o está más flaco, dicen
y muestran su fantasma en una silla
o su vago retrato, da lo mismo.
A veces, son un poco de polvo.
La música; el camino con sus dulces caballos
o se ocultan o encienden, de súbito, en la noche,
su voz entre los pájaros,
su ademán en las cosas, las vasijas
sus ojos en los ojos de los otros.
(Aquella prima de cabellos naranja,
su perfil en la luz, apenas un momento,
recogiendo sus pasos en palabras.
Hablando con nosotros no miraba
fijamente, buscando lo perdido).
Después los años, el tío tosiendo,
la madre por allí buscando cosas,
las alas de la ausencia en las cortinas,
los muebles, auditivos, esperando.
Y ellos lejanos, vagos, sin nosotros.

 


Héctor Rojas Herazo es poeta, novelista y pintor. Ha publicado Rostro en la soledad (1951), Tránsito de Caín (1952), Desde la luz preguntas por nosotros (1953), Agresión de las Formas contra el Angel (1961), y Antología Poética (1993). Ha publicado también las novelas En noviembre llega el Arzobispo, Celia se pudre y Respirando el verano.

Última actualización: 03/06/2021