Festival Internacional de Poesía de Medellín

El país que soñamos

Por Fabio Martínez

Desde que tuve conciencia de ser escritor, mi gran obsesión, de acuerdo al dictamen que nos legó Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas, fue la de intentar escribir sobre mi ciudad.

De esta manera, la escritura se proyectó para mí como un largo destino íntimo que estaba estrechamente ligado a mis orígenes.

Pero aquel deseo de escribir sobre la ciudad que me había parido y me había visto crecer, solo se cumplió después de arduos años de oficio literario.

En la escritura literaria pasa como con el amor: que uno no escribe lo que quiere sino lo que puede.

En aquellos tiempos, Cali era una ciudad hermosa sembrada de ceibas, palmeras y samanes. La brisa que llegaba revuelta con el olor a mar Pacífico y que bajaba de los Farallones, se mezclaba con el perfume de cadmias que expelían las muchachas en los atardeceres.

Cali vivía en una atmósfera de libertad. Y la libertad es muy importante para todo escritor.

Nuestros padres, que habían nacido un poco antes del asesinato de Gaitán, nos hablaban de la larga noche de la primera violencia que había dejado trescientos mil muertos. Nos contaban las historias de los desplazados que huyendo de la violencia bipartidista habían tenido que abandonar sus tierras y huir hacia el valle.

Nosotros, jóvenes indolentes, no comprendíamos muy bien lo que nos contaban nuestros padres, y abrumados por el aire modernista que se respiraba en cada esquina, soñábamos con cambiar la ciudad, el país y el mundo.

Eran los años sesenta. La época de la revolución cubana y el boom literario latinoamericano; la década de la guerra del Vietnam y los movimientos pacifistas; la época del Che Guevara y Camilo Torres; de Richie Ray y Julio Cortázar; de Beny Moré y García Márquez.

En aquellos tiempos, el arte y la literatura estaban íntimamente ligados al concepto de libertad. La libertad era sinónimo de expresarse dentro de una sociedad democrática y justa. La libertad estaba unida al concepto de utopía, que siempre ha animado a los creadores.

Pero a partir de la década del ochenta, el concepto de libertad se fue desmoronando. En las ciudades fueron usuales las desapariciones forzosas, los crímenes, la tortura y la muerte. Recuerdo que en los muros de las antiguas instalaciones de los Ferrocarriles Nacionales había un grafito, que decía: “Cali linda, Cali limpia”. Y al día siguiente, comenzaron a desaparecer obreros, campesinos, estudiantes y recicladores.

Una sociedad que se dice democrática debe aceptar en su seno la posibilidad de réplica. Pues bien. A partir de aquel grafito terrible, en el país no podía existir un atisbo de oposición porque allí mismo se lo borraba. Se lo extirpaba. De la libertad soñada de otros tiempos se pasó directamente a la represión más salvaje y siniestra.

En el país no se podía opinar, no se podía pensar. La libertad, tan cara para los artistas y escritores, ahora estaba sencillamente amenazada.

Fue tanta la paranoia contra la oposición democrática que en una década acabaron físicamente con la Unión Patriótica.

Si la libertad fue paulatinamente coartada, la justicia, que es la garantía del respeto entre los ciudadanos, se convirtió en el reino de la impunidad.

La justicia no funcionó bajo el principio de la proporcionalidad sino, que hipotecada a los intereses más oscuros, exoneraba al corrupto y condenaba al humilde; indultaba al asesino y castigaba al desposeído.

Con la apertura económica, la economía nacional quedó amenazada. Hoy, cuando está en juego el famoso TLC con los Estados Unidos, se corre el peligro de firmar uno de los acuerdos más lesivos en la historia económica del país.

Aquí no se trata de que nos opongamos a la apertura de mercados con otros países y otras regiones. Se trata de establecer relaciones recíprocas y equitativas con el mundo que no vayan en detrimento de los intereses nacionales y de sus ciudadanos.

La globalización debe ser horizontal, y debe preservar siempre los intereses de la nación.

Sin libertad, con una economía postrada, y sin justicia, la política, que es el arte de gobernar a la polis, se degradó al máximo hasta el punto de convertirse en una práctica criminal donde se hicieron las alianzas más perversas y oscuras con tal de alcanzar los objetivos.

Así, de la ciudad soñada que pensamos en los años sesenta pasamos a la ciudad desencantada; del país de la utopía que algún día nos imaginamos pasamos al país del miedo y de las fosas comunes.

Las cifras no pueden ser más aterradoras: en Colombia hay 4 millones de desplazados, 4.000 secuestrados, 28 millones de pobres y decenas de fosas comunes que, como en Auschwitz, se levantan como una afrenta a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Después del fin de la guerra fría, hay que afirmar que el mundo se ha venido degradando a pasos agigantados. El mundo se ha venido deshumanizando.

Colombia no es la única excepción. Países como México y Argentina hoy están en una situación de emergencia, ante la escalada de la violencia y el aumento de la pobreza.

La pobreza y la violencia son una plaga nefasta que está contaminando todos los rincones del planeta.

Por esto, ante una globalización salvaje, es necesario que los países latinoamericanos se unan en un solo bloque. Unión y defensa de la cultura hispanoamericana; que es de donde venimos.

¿Tendremos los colombianos la capacidad de levantarnos? ¿Tendremos la fuerza de transformar esta barbarie y convertirla en imaginación?

Como hizo la Europa de la posguerra, Colombia debe transformar esta barbarie en cultura para que nuestros hijos puedan vivir, algún día no muy lejano, en un mundo mejor.

Como dijo el poeta Aurelio Arturo:

“Este verde poema, hoja por hoja,
Lo mece un viento fértil, suroeste;
Este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes”.

Fabio Martínez nació en Cali, Colombia, 1955. Egresado de Literatura e Idiomas de la Universidad Santiago de Cali, obtuvo una Maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de la Sorbona de París y un Doctorado en Semiología Literaria en la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá. Profesor titular de la Universidad del Valle. Doctor en semiología de la Universidad de Québec. D.E.A en estudios Hispánicos de la Sorbona de París. Actualmente es el Jefe del Departamento académico de Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle. Obtuvo el primer premio de Ensayo Latinoamericano René Uribe Ferrer (1999) con su libro El viajero y la memoria. Autor de los libros Un habitante del séptimo cielo, novela, Fantasio, cuentos, Breve tratado del amor inconcluso, cuento breve (2000), Pablo Baal y los hombres invisibles, novela (2002), Club social Monterrey, novela (2003), Cuentos sin cuenta, antología de escritores de la generación del 50 (2003).
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