Festival Internacional de Poesía de Medellín

Artículo del poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger, publicado originalmente en la revista suiza Du, Nro. 699, septiembre de 1999, traducido y reproducido en la revista alemana Humboldt, Nro. 124/2000.

El milagro de Medellín

Hans Magnus Enzensberger

Tal vez sea preciso viajar hasta el otro confín de la Tierra para convencerse de que unos cuantos versos pueden, todavía hoy, insuflar espíritu a toda una ciudad como en los tiempos homéricos –opina uno de los más renombrados intelectuales de Alemania. Nadie parece saber con exactitud dónde, cuándo ni cómo comenzó. Tal vez el culpable sea el viejo Ezra Pound, hace ya tiempo acallado, quien una vez en Spoleto invitó a algunos autores jóvenes a subir al escenario; o sucedió en el “Swinging London” de la década de los sesenta, cuando un heterogéneo público compuesto de tipos estrafalarios, probos estudiantes y adolescentes chillones, en lugar de recibir a los Beatles, dieron la bienvenida en el Royal Albert Hall a un grupo de exóticos poetas; o quizás fue aquella letárgica Unión Soviética de los años del deshielo la que apadrinó el nacimiento de los festivales de poesía, una época en la que supuestamente los poetas eran capaces de colmar estadios de fútbol enteros en Moscú, Leningrado o Tashkent.

Sin embargo, solo contamos con una fecha segura. En junio de 1970 tuvo lugar en Rotterdam el primer Festival Internacional de Poesía, con el cual surgió de la noche a la mañana, y después de varios intentos más o menos espontáneos, más o menos disparatados, una de las instituciones más curiosas de la cultura contemporánea. Los holandeses consiguieron con ello un sensacional golpe de efecto. Como los cultivadores de tulipanes del siglo XVII, importaron semillas de todas partes del mundo y las hicieron florecer. No existe apenas un poeta importante que en estos treinta años transcurridos no haya participado alguna vez en el festival de Rotterdam. Ya en los primeros diez años de su existencia estuvieron allí Brodsky, Amichai, Gustafsson, Jandl, Herbert, Ginsberg, Lowell, Paz, Soyinka, Neruda, Milosz, Heaney, Adonis y Ashbery, y a continuación fue extendiéndose aún más la caravana de poetas eminentes. También aparecieron nombres que nadie conocía: poetas de Indonesia y del Congo, de China y Egipto, que subían a la tribuna y cosechaban aplausos, premios y traducciones. Desde entonces la ciudad de Rotterdam experimenta cada verano una invasión de la literatura. Parques, teatros y tabernas se colman de oyentes que, sin que nadie conozca el por qué, andan ávidos de poemas en lugar de fritas y ginebra.

A cualquiera que tenga intenciones de viajar a Medellín, ciudad colombiana de cuatro millones de habitantes, no le faltarán amigos que intenten prevenirlo de llevar a cabo semejante empresa. ¿Estás loco?, le dirán. ¿Acaso ignoras que esa es la capital mundial de las drogas? ¿Una ciudad en la que el riesgo de ser asesinado es quince veces más alto que en Nueva York? ¿No has oído decir que Colombia es el país de la violencia; un impenetrable amasijo de grupos guerrilleros, bandas de narcotraficantes, paramilitares y escuadrones de la muerte?

Claro, responderá el viajero, por supuesto que he escuchado todo eso. Según se dice, los índices de esclarecimiento para actos de violencia alcanzan allí solo el tres por ciento, se dice también que los millonarios –que tampoco escasean en Colombia- mantienen siempre lista una pequeña maleta para el caso de que los secuestren. ¿Y no fue en Bogotá donde cierta secta política hizo volar el palacio de Justicia? En cuanto a Medellín, su hijo más célebre se llamó Pablo Escobar, aquel capo de las drogas que en sus días de gloria puso un precio de cuatro millones de pesos a la cabeza de cada policía, con tal éxito, que en el transcurso de cuatro meses quinientos agentes del orden murieron bajo una lluvia de balas. Hace poco se supo por fuentes del Ministerio de Relaciones Exteriores que incluso los organismos estatales del país muestran serias dificultades con el tema del respeto a los derechos humanos, lo cual, traducido al lenguaje de todos los días, significa que en Colombia uno puede ser torturado o, sencillamente, desaparecer sin dejar rastro. Washington se manifiesta aún más claramente: el Departamento de Estado norteamericano desaconseja seriamente a todos sus protegidos viajar a ese bello país.

Por tanto, tal vez lo mejor sea no ir… Si no fuera porque está esa invitación… Justamente en Medellín, dice la cordial misiva, se celebra próximamente un festival de poesía al que se espera la asistencia de invitados provenientes de los cinco continentes. Una atractiva posibilidad y, a la vez, una fuerte tentación para no prestar oídos a los bien intencionados consejos de amigos preocupados. Por fin algo distinto, piensa el cándido poeta, y se agencia un pasaje, empaca sus libros y un par de camisas y se sube a un avión.

Ya en la década de los ochenta no hubo forma de detener el fenómeno. Los festivales de poesía se expandían por todo el planeta como un virus, en todas partes se imitaba el modelo de Rotterdam, y así surgió un virtual circo ambulante que desde entonces ofrece funciones en cualquier gran ciudad, incluso en los sitios más recónditos del planeta. Una empresa que causa una impresión sumamente extraña y contradictoria.

No sólo se mostró sorprendido el público, que de repente se vio confrontado con programas muy peculiares y a veces hasta incomprensibles. Perplejos estaban sobre todo los propios poetas ante la afluencia de oyentes que ahora les tocaba en suerte. De repente llovían invitaciones a sitios como Reykiavik y Tbilisi, Molde, Hong Kong, Ciudad del Cabo y Adelaide. Algunos autores se vieron obligados a consultar antes un atlas para determinar dónde se hallaba el sitio desde el cual se reclamaba su presencia.

Pero ya se sabe que los poetas, al revés de los asesores empresariales y los ejecutivos bancarios, no pertenecen a los beneficiarios de la economía globalizada. Lo que ellos crean es el único producto de la cultura que rehuye constantemente el nexo de utilidad. El valor comercial de la poesía muestra una tendencia a cero: un status que se puede deplorar como funesto, pero que también podría ser visto como un raro privilegio. Incluso un renombrado autor de versos, tras inspeccionar sus liquidaciones editoriales, podría tal vez darse el lujo de hacer una excursión de fin de semana, pero jamás podría pagarse un viaje a Nueva Zelanda. Cuánto será entonces su asombro cuando de pronto le llegan cartas desde San Francisco, Taormina y Tokio, invitándole a leer sus poemas y aclarando que en cada caso se asume en los gastos de pasaje, alojamiento y honorarios.

Como con el tiempo la demanda de autores comenzó a superar la oferta, pronto disfrutaron de esas invitaciones poetas menos codiciados, algunos incluso bastante mediocres, y fue surgiendo así una asociación informal de trotamundos que se encontraban en los aeropuertos y se daban mutuamente palmaditas en los hombros, al tiempo que se preguntaban secretamente dónde se habían visto por última vez. ¿En Jerusalén? ¡No, fue en Cheltenham o en San Petersburgo! Con frecuencia la pregunta debía quedar sin respuesta. En todo caso se hallaban otra vez juntos.

También fueron formándose así distintas leyendas, y fue ganando terreno una suerte de folklore poético. ¿Recuerdan todavía aquella vez en Macedonia, cuando Rafael Alberti, que entonces tenía ochenta años, se puso a bailar totalmente borracho danzas populares hasta que cayó en los brazos de las personas que lo atendían? ¿O cuando Pablo Neruda, a bordo de uno de esos bares habitables londinenses, se enteró de que el Premio Nobel no se lo habían concedido a él, sino a un novelista guatemalteco? Al poeta, decepcionado, hubo que llevarlo a una clínica. ¿Es cierto que aquel poeta concreto de Dinamarca -¿cómo se llamaba?- se enardeció tanto durante su lectura que se cayó del puente a la luz de los reflectores de la televisión y ante los ojos de cientos de oyentes perplejos que lamían sus helados? Y así por el estilo.

Fue inevitable que con el tiempo se formara un sistema de estrellas cuyo funcionamiento era similar al de la música pop. Entre los anfitriones de todo el mundo circulaba una invisible lista de éxitos que era copiado celosamente y que velaba por garantizar una suerte de acumulación de cargos. Pronto hubo poetas que habían estado en todas partes, y acariciaban así la ilusión de que eran leídos en el mundo entero.

Eso, naturalmente, fue un error fatal; porque con tantos festivales fue creciendo el deseo de cosechar autógrafos. Sin embargo, la venta de libros transcurría más fatigosamente. Al público le agradaba escuchar, pero muy pocos llegaban al extremo de leer realmente a los poetas. El festival era el festival era el festival, y así siguió en términos generales.

Era de noche en Medellín, una noche tropical sobre una colina situada al oeste de la ciudad. El enorme anfiteatro está repleto hasta el último asiento. Habían asistido cuatro o cinco mil personas, en su mayoría gente joven. Sobre la multitud ya se elevaba un vaho de marihuana, y aún continuaba llegando público. El que llegaba tarde, se acomodaba en la hierba. Los vendedores ambulantes se abrían paso por entre las filas. El escenario estaba muy iluminado. Para inaugurar el festival, dos músicos vascos cantaban y vociferaban, acompañados de tambor y violín, versos de García Lorca bajo aquella noche estrellada. Luego aparecieron un pontífice argentino, un extático targi (en plural tuareg) vestido con un atuendo azul y exhibiendo un espléndido y desbordante peinado, un pálido y nervioso europeo y un egipcio de dignidad bíblica. El público exultaba. “Standing ovations” para interpretaciones en una Babel de idiomas foráneos. Los poetas, admirados como los Rolling Stones, jamás habían experimentado nada similar. Detrás del escenario y en medio de aquella situación conmovedora, los poetas nos preguntábamos si Colombia era la verdadera patria de la poesía. Aunque al día siguiente, a la hora del desayuno, por los titulares de la prensa local nos enterábamos de que no lejos de Medellín había tenido lugar una sangrienta batalla entre la guerrilla y el ejército. Ochenta y cinco muertos. En un país donde en el último año hubo 555 secuestros. 194 masacres. Desaparecidos y torturados en todas las regiones del país.

En la ciudad nadie parecía tomar en cuenta esas noticias. El tiempo era radiante, reinaba una atmósfera de paz, gente exquisitamente amable y cortés, ni un solo rastro de violencia. Medellín resplandecía. Más ruidosa, colorida y animada que Zurich o Hannover, pero igualmente civil. Durante la excursión por la ciudad, los poetas se preguntaban si no habrían ido a parar a una ciudad equivocada.

Oh, sí, decían nuestros anfitriones, la mafia de las drogas sigue operando celosamente, pero después que desarticularon el cartel se ha vuelto más discreta que nunca. Invisible, diríase que están en emulsión molecular. Es cierto que de sus hijos, todos han visto alguna vez un par de muertos en la calle. Después de las diez de la noche no es aconsejable salir, y camino del aeropuerto uno puede ser asaltado incluso en pleno día. Con mucho gusto haríamos una excursión al campo, pero antes es mejor preguntar a amigos de provincia cómo anda la situación por allá. .. Las cosas pueden cambiar de un día para otro. Tal vez en dirección a Santa Fe, allí las cosas han estado bastante tranquilas últimamente, un lindo sitio, hace tiempo que no ocurren secuestros, pero nunca se sabe…

Por lo pronto nos quedamos en la ciudad, donde la fiesta continúa: ochenta y una lecturas en diez días, todas repletas de público, poesía en teatros y universidades, en el planetario, en la central eléctrica, en bares, en prisiones, en el Jardín Botánico y en el Hospital Siquiátrico. El público hace fila; lo componen estudiantes y reclusos, alhajadas damas de los barrios ricos, niños de la calle y hombres de letras…. Es un público incansable.

Un enigma es todo esto: todos se preguntan cómo es posible: una metrópoli de la violencia que arde en deseos de escuchar poesía. Precisamente por eso, dicen los del país. Los habitantes de Medellín están hartos de que se les considere mafiosos, terroristas, torturadores o torturados. ¡Esto es algo diferente, una corriente de aire, un hálito de espontaneidad, de fantasía!

Tal vez sea preciso viajar hasta el otro confín de la Tierra para salirse de esa atmósfera de insensibilidad que reina en nuestro ámbito cultural, y para convencerse de que unos cuantos versos -¡quién lo hubiera imaginado!- pueden todavía hoy, insuflar espíritu a toda una ciudad, como en los tiempos homéricos.

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