Festival Internacional de Poesía de Medellín

Palabras de Gabriel Jaime Franco al presentar
una lectura de poemas en el Congreso de la República


Honorables representantes y senadores presentes en el recinto, queridos y queridas poetas Yolande Mukasagana, Nguyen Bao Chan, Juri Talvet y Álvaro Miranda, queridos asistentes hoy a esta lectura del XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, amables y bienvenidos televidentes:

Hoy hablaremos sobre la belleza en este recinto. Y lo haremos con la más alta de sus expresiones: la poesía. Sabemos bien que son esas palabras, belleza y poesía, las que menos se han pronunciado aquí a lo largo de nuestra historia, y sin embargo, quizás no haya otro espacio en toda la república en el que ellas deban ser más invocadas.

Lo primero que se nos ocurre preguntarnos es si es bello un mundo que no es justo. Y nosotros respondemos que no, y si nuestra más alta ambición como hombres y como poetas es la belleza, deberemos decir entonces que para hallarla deberemos, mientras nos esforzamos en mantener erguidas y dignas las palabras, hallar primero la justicia.

Porque también sabemos bien que no hay justicia. Retomando las palabras inaugurales del XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, para hacer justicia deberemos empezar por “no olvidar a los cuatro millones de desplazados, a los 26 millones de pobres, a los once millones de indigentes, a nuestros niños indígenas y afrodescendientes desnutridos o literalmente muriendo de hambre, a los millones de niños explotados y sin educación, a los millones de trabajadores que no ganan el salario mínimo legal y que no tienen prestaciones sociales ni podrán pensionarse, y que no tienen siquiera derecho a la salud, a los cientos de miles de enfermos mentales, de alienados, engañados, hipnotizados, aplastados por una mentira que parece verdad a fuerza de repetición, método ya probado largamente en la historia.

La tarea de hacer justicia será, pues, ardua y extensa. Pero además, mientras llega, o hacemos que llegue esa ciega milenaria que es la justicia, deberemos mantener erguida la necesidad de la belleza. Y la poesía está cumpliendo, con palabras pero en silencio y sin grandes gestos, y con una paciencia y una sabiduría y una discreción ejemplares, esa tarea. La poesía, en efecto, sigue viva, aquí y en Ruanda, aquí y en Estonia, aquí en Vietnam, y en cualquier parte del universo en la que la justicia no se ha visto realizada.

También deberemos preguntarnos si es bello un mundo en el que no impera la verdad. Y nosotros respondemos nuevamente que no.

¿Cuál es la verdad sobre la invasión a Irak? ¿Las armas de destrucción masiva? ¿Sabemos realmente las razones por las cuales Afganistán está sometido a una guerra que sus niños, sus mujeres y todo ese pueblo milenario que ha resistido todas las pruebas de la crueldad no se merecen? ¿Es verdad, por ejemplo, que Colombia no está en guerra? ¿Es verdad, como quieren hacernos creer los dueños, ya no de la verdad sino de la riqueza y de los medios de comunicación, que lo que tenemos en nuestra hermosa y sufrida nación, no es más que una banda de terroristas? ¿Es verdad que tenemos una democracia? La pregunta por la belleza tiene que pasar por la pregunta por la verdad, y si tenemos voluntad de verdad, esta voluntad tiene que preguntárselo todo. Nosotros ya hemos respondido, por lo menos, a una pregunta: efectivamente, estamos en guerra.

Seguridad, queremos. Pero seguridad alimentaria, seguridad educativa, viviendas para un sueño decente y digno, agua limpia para nuestros niños.

Democracia, queremos. Democracia social, económica, política y cultural. Democracia y Paz son nuestra obsesión única.

A la consigna de que “es verdad porque es bello”, oponemos la de “es bello porque es verdad”, y a la de “es justo porque es bello”, la de “es bello porque es justo”. Si no es así, la vida misma es una impostura.

Y tenemos más preguntas en nuestra obsesión por la justicia, por la verdad y por la belleza: ¿Quién nos hablará de ellas? ¿Aquellos que nos han hablado siempre y que tienen los medios para hacerlo? ¿Cuándo escucharemos la voz de aquellos que, formando parte insustituible de la historia, les ha tocado sólo padecerla?

Y la poesía intenta respuestas, y las seguirá intentando incesantemente, y en la historia, la más alta poesía es, ha sido y será aquella que está más cerca del corazón del hombre y de sus más altas e imperecederas ambiciones. Cuatro poetas están hoy aquí para recordárnoslo.

Terminare este saludo del Festival Internacional de Poesía de Medellín con otras palabras del discurso inaugural del Festival: “Mejor el abrazo que la matanza, mejor el triunfo de la poesía que la guerra, superior la belleza a la monstruosidad de la masacre entre colombianos. Mejor dignificar nuestra existencia que perecer en la resignación, promover el diálogo por encima del mutismo pánico, enfrentar la poesía al odio salvaje, movilizarnos contra la guerra y el terrorismo venga de donde viniere.”

Muchas gracias a todos, y los invito pues a que saludemos de nuevo esas palabras que pocas veces han entrado a este recinto: belleza y poesía. Y reiteramos nuestras consignas: es ello porque es justo, es bello porque es verdad.

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