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Motivos de Alfonsina

Motivos de Alfonsina



Por Luz Mary Giraldo

Alfonsina Storni, junto con la chilena Gabriela Mistral y las uruguayas Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, pertenece al grupo de poetas latinoamericanas más destacadas de comienzos del siglo XX. Asimismo se le reconoce como autora de novelas breves, cuentos y obras de teatro. Con un temperamento turbulento y reflexivo —según deja ver en la desnudez de muchos de sus versos— Alfonsina Storni refleja un universo lleno de tensiones, escepticismo, desencantos y luchas internas, lo que puede explicar el desenlace de su existencia cuando decide arrojarse a las olas. El tema de la muerte y su cuerpo encontrado en las playas de Mar del Plata sirvieron de base para una bella canción latinoamericana cantada por Violeta Parra, además de otros artistas, en la que se convoca la escena final, aprovechando imaginarios marinos y versos de la autora en que se apoyan sus búsquedas poéticas: «Por la blanca arena que lame el mar / cinco sirenitas nadando van», mientras en ese tránsito se afirma y pregunta: «Te vas Alfonsina con tu soledad / ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?», el alma se requiebra, la voz antigua de «tiempo y de sal» reconoce que la poeta «vestida de mar» ha entrado a un nuevo estado. Retomando versos de «Voy a dormir», uno de sus últimos poemas de Mascarilla y trébol (1938), la canción se cierra confirmando su ausencia.

De principio a fin el mar estuvo presente en su obra. Los poemas «Epitafio para mi tumba» incluido en Ocre (1925) y «Yo en el fondo del mar», en Mundo de siete pozos (1934), anticipan su muerte y el sentido de esta en la luminosidad, el color, el movimiento y la serenidad. Si en uno declara: «Aquí descanso yo», y se le ve dormida entrando en un pozo donde «zarpan los buques», en otro afirma: «En el fondo del mar / hay una casa de cristal [...]», reforzando con la imagen flotante del cuerpo rodeado de sirenas, de un pulpo que «hace guiños» y de rojos ramos de «flores de coral». Esas imágenes tienen su punto de partida en la cabellera en la que arden «las erizadas puntas del mar» que se fusionan al oleaje y la fuerza del crepúsculo, como en una visión edénica que enlaza muerte y nacimiento, semejando a la vida poética de Storni hecha permanencia en sus versos.

No sólo su muerte fue motivo de reconocimiento. De amplia estirpe modernista, aunque con presencias y exploraciones poéticas muy contemporáneas particularmente en Ocre y Mundo de siete pozos, reveló el espíritu de su tiempo con peculiares formas de rebeldía y sensibilidad. A los veinticuatro años publica La inquietud del rosal (1916), obteniendo dos distinciones en poesía: el Premio Municipal y el Premio Nacional. Allí anticipa gran parte de sus motivos: la primavera, los jardines y las rosas como analogías de la vida, el amor y el dolor y la presencia de la muerte, y más adelante otras representaciones en niños rubios como ángeles del renacimiento, o las ciudades como cuadrículas, encierros, «rosa de cemento», «sótanos sombríos», experiencias agrias y ciegas. Si en sus primeros libros asevera que su poesía se hace «gimiendo, soñando, llorando», al final se pregunta qué hubiera sido de su vida «sin la dulce palabra». En El dulce daño (1918) se presenta cierta tensión dramática entre lo dulce y lo amargo, lo noble y lo ruin, la felicidad y la tristeza, la luz y la sombra, revelándose «mariposa triste» o «leona cruel». Se funde a las formas de su cuerpo y de sus manos brotan rosas, de la misma manera que el erotismo aparece estableciendo el debate sobre la sumisión de la mujer o su poca valoración en la sociedad. Ese erotismo adquiere adjetivos que se distancian de la imaginería romántica, pues la piel habla, desea, llama, como dice en su poema «Capricho», en el que por delirios del amor solicita al amado escrutar sus ojos y sorprender su boca, al igual que le pide sujetar entre sus manos «esta cabeza loca». Se trata de un poema apasionado en el que se burla de la coquetería y fragilidad femeninas, contrastando notablemente con lo expresado en «Tú me quieres blanca» y «Oveja descarriada», en los que recrimina desde una nueva conciencia social y femenina. El primero recuerda el famoso poema «Hombres necios», de Sor Juana Inés de la Cruz, al reclamar igualdad de gestos y actos para la mujer: «Tú me quieres alba, / Me quieres de espumas, / Me quieres de nácar. / [...]. Tú que hubiste todas / Las copas a mano / De frutos y mieles / Los labios morados. [...] No sé todavía / Por cuáles milagros / Me pretendes blanca. [...] Habla con los pájaros / Y lévate al alba. /Y cuando las carnes / Te sean tornadas, / Y cuando hayas puesto en ellas el alma, / Que por las alcobas / Se quedó enredada, / Entonces, buen hombre, / Preténdeme blanca, / Preténdeme nívea, / Preténdeme casta». En el segundo se revela como mujer acusada y como el anterior, puede relacionarse con «Hombre pequeñito» y con «Veinte siglos», de Irremediablemente (1919), en los que respectivamente el yo poético se debate frente al amor, en uno aprovechando la analogía mujer-canario para solicitar libertad al encierro, y en otro reconociéndose liberadora de la mujer —antes «atada como Prometeo»— al exclamar: «¡Son veinte siglos los que alzó mi mano!». El debate se concentra en «La que comprende» de su libro Languidez (1920), en el que imaginando a una madre doliente en vísperas del parto exclama: «—¡Señor, el hijo mío que no nazca mujer!». Sin embargo, en algunos poemas de Ocre (1925) salta a la vista el sentimiento de pérdida de «las mujeres mentales» frente a un preconcebido «ideal femenino cuya clase olvidamos» («La otra amiga»).

Ya en Languidez la autora había declarado: «otra va a ser mi poesía de mañana» y, en efecto, el acento de Ocre cambia, prolongándose en Mundo de siete pozos y Mascarilla y trébol, al hacerse más reflexiva y contemporánea. La ciudad se retoma en su fragmentación, mecanización, deshumanización, vacío y frustración humanos; su espíritu desasosegado reconoce también sus poetas amados: Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Delmira Agustini, Rubén Darío; y aligerando en algunos casos las ataduras métricas tradicionales se hace más sugestiva al conjugar la imaginería surrealista con la simbolista: allí la luna cae «a pico sobre el cenáculo», el sol es «último pez del horizonte», el cuerpo «torre en el paisaje desolado», un gato «de nariz riente [...] lanza gritos / de pueril alegría», hay «cadenas de corazones», las calles son «catacumbas humanas» o los cuerpos se separan en partes: «la cabeza del tronco, / las manos de los brazos, / el corazón del pecho, los pies del cuerpo». Frente a la poesía de efusión lírica, de exaltación o de pasión y crítica, es comprensible que en su tiempo estos últimos libros suyos fueran poco aceptados por considerarlos «demasiado cerebrales».

Última actualización: 06/07/2018