English

Crítica y transgresión: comentario sobre la poesía de Eduardo Gómez

Crítica y transgresión: comentario
sobre la poesía de Eduardo Gómez



Por Guillermo Martínez González

Eduardo Gómez nació, en 1932, en Miraflores, un pequeño poblado de los Andes, en el departamento de Boyacá, región como tantas de Colombia, en donde el peso de una tradición católica y conservadora, de una normatividad rígida y de carácter hispánico, dejaron su huella en comportamientos y creencias que aún no se desligan de un pasado arcaico o feudal. Y, aunque en su obra nunca ha dejado de referirse, de cuestionar y exorcizar a esa herencia que nos margina de la ciencia y el pensamiento modernos, su posición ha sido siempre la de un poeta urbano que, desde una visión y una sensibilidad universales, rechaza cualquier limitación. A esa actitud, tal vez alude Jaime Mejía Duque cuando anota que su “óptica es distanciadora, en beneficio de una expresión sin concesiones a ese repentísimo de nuevo cuño, que no exige del supuesto poeta ninguna concepción del poema como obra de arte, ni de la vida humana como relación totalizadora o construcción de la historia y, por ende, también del espíritu”.

Con siete libros de poesía publicados –Restauración de la Palabra (1969), El Continente de los Muertos (1975), Movimientos Sinfónicos (1980), El Viajero Innumerable (1985), Historia Baladesca de un Poeta (1989) Las claves Secretas (1998) y “Faro de luna y sol” (2000), Eduardo Gómez, en efecto, se destaca, entre los poetas colombianos que comienzan a publicar a finales de la década de los sesenta, por un lirismo riguroso que evita la emoción inmediata o la experiencia puramente fenomenológica. Fiel heredero del legado de autores como Baudelaire y Brecht, Nietzche, Freud y Marx, ha logrado un acertado equilibrio entre lo filosófico y la expresión estética, un depurado y acerado lenguaje en el que la ironía y la metáfora, la lucidez y lo nocturno continúan desde el ámbito de la urbe, la indagación por los conflictos fundamentales de nuestra sociedad y del hombre moderno. "El engranaje de patetismo e ironía, el admirable injerto de la ética en la estética, la muy inteligente dosificación mediativa de la experiencia, la misma instrumentación lingüística, son otros tantos factores que sitúan su poesía entre las más dinámicas de la actual vanguardia latinoamericana", decía el poeta español José M. Caballero Bonald al reseñar uno de los primeros libros de Eduardo Gómez. Rigor y lucidez que resultan más valiosos si se consideran su persistencia a través de los años, su no dejarse tentar por el éxito inmediato, por los usos retóricos a la moda, por los vaivenes de un país como el colombiano sin una tradición cultural sólida y especialmente asolado por el caos, la corrupción y la violencia.

Vista en su conjunto, la obra de Eduardo Gómez atrae porque desde su inicio logra una madurez expresiva, un lenguaje que sin desechar la metáfora, a veces de raigambre surrealista a través de la estela de Neruda, ha sido vigilante de la contención reflexiva, coherente en la persistencia de obsesiones que como la noche, la muerte, lo urbano, la violencia, la solidaridad marginal, han evolucionado desde una atmósfera luctuosa y de acerado sarcasmo, hasta el tono sereno de los últimos libros, en los que la experiencia y la historia imponen el balance libre de la dominación.

La ciudad, ese personaje desorbitado de la literatura moderna, ocupa espacios absorbentes en la poesía de Eduardo Gómez. En las luces de neón, en los bares, en las calles atestadas de tráfico y paseantes anónimos, en las esquinas alumbradas por los semáforos y las voces del vendedor y el trueno de la lluvia de la tarde, encuentra el solitario la ruta del desarraigado y el absurdo, el monólogo que se pregunta sobre su destino y el de otros, el simple trasegar que en el tropiezo cotidiano vislumbra las ráfagas del deseo, del tiempo y la muerte:

De palomas en fuga y marchitos sueños
está hecha la substancia del habitante de las calles,
de amaneceres descoloridos y cálidos cuerpos
el retiro a su refugio.

………………………………………………

Afuera
El día martillea en las fábricas
Los trenes desfloran la mañana transparente
Y el aroma del pan fresco
Se confunde con el húmedo olor de los mercados.

Las ciudades latinoamericanas han crecido a la desbandada, asediadas por el caos y la contaminación, los fuertes contrastes entre la opulencia y la miseria. Son accidentes de un capitalismo en dependencia, en los que conviven al mismo tiempo el atraso y el progreso, la tienda y el supermercado, el bus destartalado y el teve cable, la aldea y la metrópoli, el banquero y el desalojado por el hambre y la violencia; en esos espacios que amenazan la razón y la solidaridad, Eduardo Gómez ha elaborado una mitología del suburbio que registra la lucha cotidiana de los pobres, que husmea en las fábricas, en los basureros y los recovecos de la mendicidad y el crimen, para preguntarse sobre el sentido de la muerte y el erotismo en un país que vive en el abismo, para desenmascarar los signos del dominio y la descomposición:

Cuando la tarde dulcifica la angustia de los barrios pobres
y en las colinas populosas surgen los galanes de la muerte
y los adolescentes aguzan sus puñales ardientes
y las muchachas erigen sus senos como trampas fatales:
cuando lujosos autos huyen de la miseria amenazante
abrumados por el peso de guardas ceñidos con revólveres
y el centro de la ciudad hierve de cazadores furtivos
y presuntas víctimas cómplices de su herida o su muerte;

cuando las iglesias se llenan de fieles deformados por el trabajo
y los mendigos exhiben su carroña invocando la Corte Celestial

…………………………………………

He aquí que mi ánima entre libros y quimeras escucha
el silencio de la ciudad de ventanas herméticas
donde el crimen fulmina con un beso candente
y el amor es una languidez agónica y dispersa…

La noche, junto a la urbe, es otro elemento dominante de la poesía de Eduardo Gómez. Lo nocturno como desdoblamiento, como dimensión desconocida e inmersión en la marea del inconsciente y lo oculto de la vigilia. Como zona libre, del deseo y el sueño. Símbolo del mal, fuerza transgresora, en un acento que recuerda a Baudelaire, convoca desde lo prohibido, martillea desde lo demoníaco a toda moral que sojuzgue a lo humano, a toda teología que genere miseria y limite la libertad, el derecho al disfrute de lo terrenal y el cuerpo. Uno de los recursos más fértiles de esta poesía es acudir a una especie de inventarios oníricos, de acumulaciones nocturnas de imágenes, que captan la atmósfera delirante, la experiencia de caos, la simultaneidad y fragmentación en que a menudo se desenvuelve:

Búscame detrás de los árboles sumidos en la noche
más allá de las últimas casas de los barrios pobres
entre las callejuelas desamparadas y en los hoteluchos
en los cementerios que sueñan con el coro infinito de los grillos
en los parques ungidos por el crimen y la pasión
en los palacios ruinosos que el crepúsculo agiganta.
Soy el pasajero de los trenes de medianoche
el viajero de barcos navegando entre nieblas
o bajo cielos negros para una luna en agonía…

Sartre y Brecht querían que el artista fuera la conciencia crítica de su tiempo. La visión de Eduardo Gómez es sombría y con frecuencia pavorosa.

Los fantasmas de la muerte, del pasado y del presente, se entrecruzan en un clima de fiebre, de temperatura de pantano, en la implacable radiografía de un país que parece estancado en la violencia y el fracaso, en el vacío de una tradición que niega a sus héroes y está empozada en taras que rozan la pesadilla,. Las palabras del novelista Germán Espinosa sobre El Continente de los Muertos son válidas para la totalidad de su obra: “A lo largo del volumen, va emergiendo la cara oculta de nuestro continente, pues se trata de una exploración en el inconsciente de un pueblo que ignora los fantasmas atávicos que actúan en su presente esclavitud: el prejuicio religioso, la libido reprimida, la opresora legalidad heredada de España, el culto a la muerte, el amor a la enfermedad”:

Trajeado de negro
escuchando un tango de desdichas
con un clavel ajado en las páginas del libro de turno,
mascullando entre búhos disecados y labores de zapa
al ritmo de un vals de atardecer,
visito con gravedad de viudo suntuosas oficinas de abogados
después de cruzar pasillos y salones donde señoras desnudas
esperan dignamente
la procesión de las tardes y los siglos
aspirando el rancio aroma de los anaqueles.
Los días transcurren entre inventarios de entierros
y la contabilidad de los besos perdidos
luego de la visita nocturna de las mujeres flacas que cantan en los coros en honor
de la luna y antes de las investigaciones subterráneas del Gran Topo
del Dios de las Aguas Negras y las Sagradas Inundaciones

Colombia a partir de la muerte del líder popular Jorge Eliécer Gaitán en 1948, ha padecido un singular proceso de violencia. Sociedad compleja, poblada de una geografía exuberante y de tremendas desigualdades sociales, gobernada por una élite incapaz de diseñar una auténtica democracia y prever las sucesivas crisis; el panorama se ha empeorado con fenómenos más recientes como el terrorismo de derecha, la respuesta ciega de la guerrilla, el narcotráfico, etcétera.

En un preciso ensayo sobre la poesía colombiana a partir de los años sesenta, Gustavo Quezada, al analizar el impacto de los fenómenos sociales antes mencionados en los que la lucha política y militar ha desatado una realidad de absurdo, plagada de desapariciones, secuestros y crímenes masivos, corrupción y retaliaciones de derecha y de izquierda, señala que el pesimismo es una actitud característica de esta poesía: “Es, en definitiva, el desencanto del presente, el pasado y el futuro de Colombia, la convicción de estar atrapados en un mundo kafkiano, horrendo y criminal, del cual no hay escapatoria posible, salvo el amor, el erotismo, el sueño, la reconciliación con la infancia y la nostalgia del pasado medieval, del mundo de hadas europeo o español, o simplemente por el verbo de un hombre soñado y presentido”.

Esto, en el caso de Eduardo Gómez, sería parcialmente válido. Si bien en su obra encontramos una constante atmósfera sombría y desencantado sarcasmo, también es cierto que existe una preocupación por el destino de los otros, por el valor social de nuestros actos y por la implicación histórica de la poesía. Ya desde sus primeros libros, se pregunta sobre el sentido del amor, la muerte y la lírica, en una sociedad en crisis:

Está en juego la sangre de generaciones
y de pueblos
y un mundo abierto al hombre infinito
por nacer.
Está en juego demasiado
para arriesgarlo todo solamente al azar de la palabra.

Este valor ético que asume incluso una posición revolucionaria, en los últimos libros se ha tornado en una meditación más personal y metafísica. Los temas de la muerte como acechanza de lo infinito, el balance del pasado infantil, la presencia devoradora de la ciudad, la condición de soledad del poeta como única postura para sortear las tentaciones del facilismo y la mediocridad de la sociedad contemporánea, se perfilan ahora bajo una mirada vigilante que asume al elegido, al hombre que ha alcanzado lo trascendente, como un destino prometeico y en plena aceptación de su sentido terrenal. Es decir, en la obligación de decidir su propio camino, de liberarse de todo aquello que lo sojuzgue, sea que provenga de los dioses o del poder político de los hombres.

Última actualización: 06/07/2018