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Entrevista con Aitana Alberti

Entrevista con Aitana Alberti

Por Lina Zerón

El  nacimiento de Aitana Alberti  (Buenos Aires, l941) marca el comienzo del largo exilio de sus padres,  Rafael Alberti y  María Teresa León, en América, al finalizar la guerra civil española.  Cursó estudios de Ciencias Antropológicas en  su ciudad natal.  Es  poeta, conferencista, traductora, antóloga, periodista cultural, editora y  activa promotora de proyectos culturales disímiles. Ha sido durante  cinco años columnista del  Suplemento Cultural del periódico ABC, de Madrid.   Traductora de Hemingway y de autores franceses e italianos; antóloga, entre otros, de Alberti, Machado, Lorca, Salinas y Hierro  para las editoriales  Arte y Literatura y Abril, de La Habana, y Aguilar,  Lumen, Afrodisio Aguado y Litoral, de  España. 

- ¿Cómo fue la infancia de Aitana siendo hija de dos famosos poetas, Rafael Alberti y Ma. Teresa León y  cómo marcaron tu vida estas dos grandes personalidades?

 Mi infancia fue muy larga, como le gustaba rememorar a Federico García Lorca cuando le hacían esta pregunta.    Para mí, mis padres eran solo eso: dos personas que me amaban y me habían traído al mundo  ya en la mitad de la vida. Había canas en sus cabellos y eso me llamaba la atención. Ninguna de mis compañeras de escuela tenía padres tan mayores. Tampoco tenían padres  que no fueran a trabajar a un despacho, o a una consulta, o a una oficina.  ¿Qué era eso tan raro de ser escritor y, sobre todo, de ser poeta? Tardé mucho tiempo en explicármelo.  Pero había algo más, muy inquietante.

Muy pronto, hacia los  cinco o seis años,  empecé a darme cuenta de que existía un país lejano donde debí nacer.  Acontecimientos  tremendos, de los cuales oía hablar a mis padres con  otros españoles  amigos nuestros, sobre todo en las tertulias dominicales de sobremesa en casa de mi padrino y editor Gonzalo Losada, habían  determinado  que fuera de otro modo. Y allí estábamos, allí estaban miles de exiliados, en Buenos Aires, la acogedora ciudad austral. Innumerables eran las heridas. Familias desgarradas  por  la división en dos bandos de la madre España; el recuerdo de los muertos, de las casas desventradas, de los  pueblos destruidos, de la traición.  Supe  que en una guerra civil la verdadera frontera pasa por el corazón de los hombres.   Sin embargo, en mi caso, la nostalgia  de mis padres, tan  real entonces, vertida, gracias a  la transubstanciación literaria en textos inolvidables -Memoria de la melancolía, Juego limpio, Contra viento y marea  (mi madre); Retornos de lo vivo lejano, Baladas y canciones del Paraná, Pleamar,  A la pintura, Entre el clavel y la espada (mi padre)...—por citar algunos,  no fue  un elemento negativo,  desestabilizador de una    personalidad en formación, sino todo lo contrario.  Experimenté muy pronto el orgullo de pertenecer a un pueblo que había participado en una epopeya  heroica; pueblo disperso en los cuatro confines del mundo.   Luego he vivido mis propios “exilios”, mucho menos dramáticos porque no fueron impuestos por nadie, sino por mi propia inquietud interior y jamás me he sentido desarraigada. Debo agradecerles a María Teresa León y a Rafael Alberti  el haberme enseñado con su ejemplo a sentirme    parte de una comunidad que trasciende la idea de nación.  Tal vez te lo digan  mejor  unos conocidísimos versos de José  Martí: “Con los pobres  de la tierra,  / quiero yo mi suerte echar. / El arroyo de la sierra, / me conmueve más que el mar.”

 En mi más remota infancia existen dos presencias  indivisibles; no sabría  precisar cuál predomina  porque eran  en realidad lo mismo: manifestaciones  del amor entendido como protección, seguridad, alegría, comprensión. Mi madre era el equilibrio, la estabilidad, el orden, la mesura y, sobre todas las cosas,  la gran protectora de aquellos dos raros seres humanos que le habían tocado en suerte a la  hermosísima e inteligente muchacha castellana, que un día  echó por la borda un confortable destino burgués para escapar con un joven poeta desconocido, fuga que duraría cincuenta años.  

 - Platícanos cómo es la vida actual de Aitana y si has logrado asumirte por fin como poeta.

 Durante  estos últimos años, reuní en una gran exposición las obras pictóricas que mi padre me había ido regalando durante toda la vida y las exhibí en unas dieciocho ciudades de las Américas, desde Buenos Aires a Nueva York.  En 1999 inicié una colaboración con dos extraordinarios músicos cubanos: Efraín Amador, laudista, y Doris Oropesa, pianista. Nos dedicamos a llevar por el mundo principalmente  la cantata  poético musical Invitación a un viaje sonoro, para verso y estos instrumentos. Recién llegado a Buenos Aires, a comienzos de los 40,  con un famoso laudista español también exiliado, Paco Aguilar, mi padre escribió unos breves poemas que narran la historia del laúd  a través de los siglos, desde  su origen en los países árabes,  y su difusión por Europa.  Simultáneamente, hemos creado otros recitales; por ejemplo, en homenaje a Nicolás Guillén, a Dulce María Loynaz  a José  Martí y a María Teresa León. Precisamente, en septiembre del año pasado hicimos una gira por España con Invitación a un viaje sonoro y con el recital  dedicado a mi madre, de quien este ese año se celebró su Centenario.  Participo en la coordinación del Festival Internacional de Poesía que se celebra cada año en el mes de mayo en la Habana.

En la década de los 90, publiqué unos ochenta artículos  sobre mi vida con mis padres en el suplemento cultural del periódico ABC, de Madrid, bajo el titulo La arboleda compartida. Este año me propongo  recogerlos en un libro. Recién terminé la escritura de unas memorias más abarcadoras,  tituladas La tinta siempre verde, de las cuales ya se han publicado en revistas  algunos fragmentos.

Yo siempre escribí poesía, pero sólo hace unos pocos años me he atrevido a dar a conocer, textos muy seleccionados. Soy la más severa juez de mí misma. No me es fácil asumirme como poeta. A veces siento algo muy fuerte, muy misterioso, que debo traspasar al papel.  Sólo eso. Chispazos de lo innombrable.

 - ¿Cuál era  la otra pasión de tu padre?

 El 11 de septiembre del año pasado –fecha  que considero realmente desdichada por obvias razones—se inauguró en el Museo Reina Sofía de Madrid, una gigantesca exposición de la obra pictórica de mi padre, acompañada de toda clase de manuscritos, primeras ediciones, correspondencia, fotografías, y un larguísimo etcétera de materiales inéditos de todo tipo.  Pienso que será algo realmente inolvidable.  El adolescente Rafael María de Alberti quería ser  pintor, y lo fue, hasta que la poesía, allá por 1920, de pronto lo visitó, para no abandonarlo jamás. La pintura, en cambio, se fue retirando, remansándose en algún rincón de su espíritu, para resurgir a mediados de la década de los 40 en la Argentina  con una fuerza inusitada, a raíz de la escritura de un libro que tituló A la pintura  (cantata de la línea y el color).  Ya no lo abandonaría jamás. En aquellos primeros momentos,  no le fue posible prescindir de la poesía e inventó algo que llamó liricografía: poema  hermosamente caligrafiado  e  ilustrado.  En Roma, aprendió incluso todas las técnicas del  grabado, especialmente en  plancha de plomo,  técnica muy poco utilizada, y llegó a ganar importantes premios internacionales.   Picasso  le decía, riendo, que era más pintor que poeta y papá, no menos burlón, le respondía que él, Pablo, era más poeta surrealista  que pintor.  No todos conocen   los increíbles  textos del malagueño, algunos prologados por mi padre y hasta por mi madre.

- Qué opina Aitana de los sucesos en Cuba

Vivo en Cuba desde hace casi veinte años. Aquí, en  La Habana, está la única casa que tengo. Aquí están  mis amores. Aquí tengo amigos extraordinarios. Aquí manos amorosas  esparcirán mis cenizas al viento  en la corriente del Golfo.  Soy  argentinohispanocubana.  Este último tercio es mi yo actual, el que rige mi corazón y mi intelecto.   A Cuba le entrego mi vida cada día. No admito que la toquen ni que la insulten. Le pese a quien le pese,  Cuba es la esperanza de muchos anónimos habitantes de este continente.  Increíblemente, el año pasado fue el  maltratado pueblo de mi lejano Buenos Aires el que se  concentró por miles para aclamar a Cuba. Hacía muchísimo tiempo que no me enorgullecía tanto de mi tercio argentino.  ¿Esto  no les dirá nada a los señores detentores de casi todos los poderes?   Es hora de que sus detractores  dejen de buscar la paja en el ojo cubano y se dediquen a  calibrar el peso de la viga  en el propio.  En realidad, muchas vigas pesan en los ojos de los gobiernos primermundistas; cómo  ver el llanto en los ojos de los desheredados. Ya  el gran Rubén Darío se preguntaba: “¿Tantos millones de hombres  hablaremos inglés?” Lo que pasó recientemente con el gobierno de México, dejémoslo que los funcionarios que iniciaron el problema lo resuelvan, no es asunto de los pueblos sino de los dirigentes y nosotros, pueblo mexicano y cubano siempre nos amaremos.

Enero 17, 2011

Última actualización: 04/07/2018