Festival Internacional de Poesía de Medellín

Sol de lenguas

Por Luis Eduardo Rendón

El mundo es un gigantesco árbol eterno, y la poesía la savia, el alimento que lo sostiene.

Infinitamente diversa e inagotable es esta savia: una sola gota puede nutrir a generaciones enteras. Por la magia de la interconexión intrínseca e intemporal entre los seres vivientes, el comportamiento de una especie, dondequiera que fuere, puede modificar de forma invisible otros comportamientos de esa misma especie, y quizá a otras formas de vida, a gran escala. Lo que alguien cantó hace 5.000 años, puede aún escucharse, elevar la moral, alimentar un oído, una mirada, una boca que lo transmite de otra forma; consigue todavía erizar una piel, suscitar una caricia, acompañar un enamoramiento.

Imagen de la unicidad del universo, el sistema circulatorio semeja lo fluvial. Somos un solo bosque inundado por los sentimientos, comunicadas entre sí las ramas del pensamiento. La poesía devela nuestra conexión con la totalidad a la que anhelamos enchufarnos, de neurona a nebulosa. La sensibilidad, como una red que entrelaza los seres, despliega la compasión y acaso las estrellas son poros de un gran cuerpo, imagen del nuestro.

La infinita diversidad del poema es directamente proporcional a la diversidad de los creadores, lo que hace posible la aparentemente imposible identificación de cada ola en el mar de la creación poética, caldera de oro del sueño.

Con palabras que circulan con vigor por las mentes y atraviesan los siglos, un poema verdadero remueve las arenas constitutivas del lenguaje, estremeciendo las bases fundacionales de todo receptor: somos de palabras. Como la poesía contiene en sí misma la historia del espíritu humano, su traducción conlleva simbólicamente el inicio de la integración y el entendimiento, que implican una sincera absorción y asimilación de la singularidad de los ritmos, sonoridades, imágenes, sentimientos, visiones y reflexiones que componen el espíritu creador innato a cada cultura, ejemplo contagioso de victoria sobre la nada.

Basta poner nuestro oído en un corazón para prestarnos a traducir lo que dicta.  ¿Contiene  la poesía la riqueza anímica del mundo?

La poesía arrebata a la muerte el fruto incorruptible, primero encarnamos los mitos que las religiones y los estados; primero el juego instintivo del canto y la danza, el impulso seductor, animal, que la letra legisladora. El canto se yergue antes que el rompimiento del huevo, antes de romper el cascarón llama el polluelo; pero el sueño, embrión donde todo se forma, fuente de la inspiración, antecede al rompimiento del canto.

No debe el traductor conocer sólo las lenguas de donde trae y en las que deposita las gemas creadoras, sino sobre todo adentrarse en el reino de la imagen poética que contiene un ritmo revelador, suerte de trance revelador de UN ENIGMA, indescifrable para lo establecido porque la poesía es rebelión contra la naturaleza volátil y mecánica de las palabras.

El sentido no se contradice dentro del manual de funcionamiento de un electrodoméstico, pero en poesía no hay recetas y cuando un poeta transgrede los límites perceptivos y expresivos, extiende nuestra singular sublevación ante la nada. Por cierta ósmosis entre las experiencias, los límites de la especie se expanden al ampliarse las márgenes de un creador.

La dificultad de la poesía y la traducción poética radica no sólo en la complejidad del lenguaje verbal, reducido en las fronteras de la gramática o en el furor de los argots, sino también porque implica una escisión del lenguaje con relámpagos de lo desconocido, sometiendo a entredicho el concepto de realidad y la realidad misma.

Hay en una buena traducción poética un sentido iluminador más allá de las palabras, flujo natural de brisa o arroyo, sangre o savia, sensación de los comienzos. Que no se preocupen los traductores por traducir la música, cada poema la tiene, única, inviolable. La traducción aporta otras melodías, entonaciones, palabras y ritmos, mas su aspiración, como la vida contemplativa, es conquistar la visión más por el silencio que por las palabras: rasgar el velo de logos.

A través del lenguaje poético nos recuperaremos a nosotros mismos, en el reino de la imaginación creadora. Ejercicio primigenio de la cultura, la comunidad se reúne como antaño en torno a la llamarada poética, hermanamiento y sincronización de las múltiples identidades. La poesía contagia la sensibilidad de todos los seres, para que la oscuridad del terror y la incertidumbre no moldeen región o tiempo alguno, sino la confluencia de las almas y visiones coexistiendo en armonía, ritmos de un tambor que cura la parálisis.

La comunicación entre los gobiernos y los pueblos del mundo está rota por los conflictos y la desconfianza. Y porque parecen habitar planos muy distintos. Sólo la poesía o una equivalente forma de vida poética pueden solucionar el clima interior del hombre que a su vez soluciona el clima de la tierra y de las relaciones internacionales.

Cada letra vive en cada lengua y en cada oído, sustancia del conocimiento. Traducir no se ejerce sólo desde el intelecto sino que es una profunda experiencia humana de comunión, sensorial, emocional, espiritual y física. Visto así, el traductor es un embajador de buena voluntad que trae de otra lengua y otro tiempo, frutos que torna familiares; asimilación del prójimo, fusión en el abrazo, lo que falta en el mundo.

El lenguaje poético, más que un instrumento de comunicación, es un instrumento de invención que renueva la comunicación a través de canales recién creados, que regeneran el tejido social. Peces nadando desde el origen, las palabras son nuestro alimento común, la luz de la vía láctea. Cuando están cargadas de poesía, son la renovación que atraviesa las distancias, repoblando cada pulmón con aire nuevo. Así, serenando el alma empieza a desintoxicarse al mundo.

Es urgente crear, en defensa de la vida, el medioambiente y el espíritu humano, un sol de lenguas, un canal mundial de poesía en Internet, donde la poesía se manifieste en la mayor cantidad posible de lenguajes: en poesía no hay pueblos subdesarrollados y la primavera está sincronizada al florecimiento del espíritu humano.

8 de abril de 2011.

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