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Víctor Rivera, Colombia

Fotografía tomada de Campo de Plumas

Por: Víctor Rivera

                  (De La montaña sumergida, Gamar 2011)


Altamar

               …..las mareas estremecidas bailarán airoso otro 
               plazo, otro ritmo sanguíneo más fresco,
               lo que por contradanza hará 
               que el hombre entre en su humus de una vez y sea
               más humilde, más 
               terrestre.
               
Gonzalo Rojas


I
Siendo una promesa guardó silencio,
y presintió su ciencia derrocada.

Vio que la ciudad llegaba a su fin,
pero se contuvo porque sus habitantes no morirían de sed,
esa costumbre de ser áspero cactus.

El árbol de palabras desde hace tiempo se venía derrumbando,
hasta quedar el huerto desnudo a plena lluvia.
De claro en claro frente al azul inhóspito,
fue la voz del espacio el fin del agotado lenguaje.

II
Contestaré a los llamados
con la misma constancia de las olas,
aunque nada tenga que decir.

¿Quién al ver el mar no quedará inmerso
para guardar sus razones?

El elemento habla por mí.
Soy la condición temporal de mis hermanos,
el agua de sus emociones,
el diluirse sin término de su anatomía.

¿Quién dará la espalda desde una muralla
que ya el tiempo corroe y la sal ha empezado a sitiar?


V
Ola tras ola tiendo cuerdas de espuma
que recorrerán la casa con la propagación de su sonido,
hasta que se derrumben los cimientos
y quede sólo el invisible cordel de la noche marina.

Aquietado por el ritmo de esos puentes que revientan en sí mismos,
dejo ir esa carcasa que entrego al agua como alimento,
y parte sin dueño.

Un instrumento se me ha otorgado a cambio,
su música ya me pertenecía,
las antiguas vibraciones recorren de nuevo mi caja de resonancia.


VI
Cuando estuvo a punto de cerrarse el círculo de la noche,
a la soledad marina que se consumaba
llegó la lámina de un relámpago.
Lomo de pez
que acercó la honda corriente.

Hizo mover al nadador hasta la playa
donde las fragatas batían el aire que acercaba la voz de los bañistas.

Con su cuerpo aún mojado recogió las noticias
y el incendio del cielo amarillento quemó los ojos 
que ya pedían una nueva inmersión.

Cruzados por la densidad de lo salobre
en su antiguo recogimiento de meteoros que caían a la profundidad.

 

                  (De Libro del origen, Praxis 2017)

Obsidiana


                  ……y tienen la misma sonrisa antigua 
                  Que tuvieron para la primera mirada del primer hombre 
                  Que las vio aparecidas y las tocó levemente 
                  Para saber si hablaban…. 

                  Fernando Pessoa                    

II
Intentas el sonido con que caen las espigas a la tierra. 
Buscas la arcilla con qué hacer el instrumento 
que te de la imitación de lo que al aire se acerca.  

Sin conocer el acento que devuelve 
el orden de las lluvias, 
haces tu creencia de llamar al agua 
con una música que se le parezca.  

Trabajas con nuevo material
lo que desde un comienzo se hace antiguo:
incompletas melodías de un collar
como la sombra de las palmas 
en la mar que recomienza.

Pero el misterio sobrepasa toda imitación
y te sorprendes tan vacío como una costa virgen,
mientras el jadear de tus potros hace surcos, 
moviendo pájaros que vuelan al paso.  

Algún día bajo los guijarros, 
encontrarás la canción con que poblar  la noche, 
en la ignota tierra de los mares y las selvas.    

 

III
Si buscas lo semejante a la primera noche de tu cuerpo, 
acude al sesgo de la hierba 
que oculta la pupila  de los corzos, 
al velo que esconde la mirada 
en espera de conocer lo nunca visto:

Horas de silencio 
en que sólo por partes 
se entrega cada presencia. 

Tiempo de nacer al agua,  
a los ríos que llaman  
para ser tocados.  

En barcos que por primera vez experimentan 
el espejo de los mares, 
haces los vértices de tu efigie, 
la libertad de tu velamen,
hoja minúscula, 
sobre el cristal más frágil de la tierra.  

Lo semejante a la primera noche de tu cuerpo, 
está en todo lo que puede dar una bandada de pájaros, 
en una galería de huellas y de sombras
que te recuerdan el momento de ceder tu palabra 
ante lo que no conoces. 


V
Nada sabes si desconoces el gesto 
con que las hojas se acercan a tu mano, 
como tu mano al péndulo del fruto,
atraído el elemento por el elemento.

Nada sabes si no atiendes 
la conversación de los árboles, 
ni el verbo antiguo de los líquenes 
en sus silabas lentas.

Ignoras el callado vuelo 
y el canto que anuncia  
otras maneras de transitar la tierra:

Por los espacios marinos
la brújula que guía el ala del albatros,
es la que mueve el cardumen 
que en la rada representa  
la danza de los bañistas.  

Ignoras en el reino del aire, 
otras maneras de esperar la noche, 
la plenitud lunar en el cuarto de las vírgenes, 
el beber del ciervo en su fuente de sed elemental.  

Tú que pasas hollando las praderas, 
tú que apenas conoces 
otras formas de hacer un eslabón de oro,  
aprenderás con el tiempo 
a ser espiga y oquedad, 
el estrato en que los musgos inicien  
su fermento laborioso.                 


VI
La historia de los nombres se reúne en lo que tocas, 
y la letra con que señalas al valle de Anáhuac 
se debe a una lenta acumulación de sedimentos:  

el nombre Lirio y el nombre Azor
sólo con tiempo han reunido vuelo y blancura,
bajo los glaciares y el légamo.  

He aquí el secreto de porqué las cosas resuenan si se nombran, 
de porqué los juncos se inclinan al oído  
que por primera vez escucha
su conversación con el viento.

La historia de los nombres está en lo que tocas, 
en el collar de reliquias que queda de la vida que apagas, 
en el bisonte que expira bajo el filo de obsidiana, 
y rezuma en su estertor una estampida de siglos.  

Aunque ignores cuánto le ha costado al tiempo 
hacer la coreografía del cardumen, 
cuántos nombres se han hecho 
con el azul que sostiene el sueño de las ciudades, 

en la gota de saliva está la sal de los océanos, 
en la vela que enciendes el sol de los espacios.      

                


Antes de la destrucción  

La devoción entre hermanos 
representa una amenaza 
para la costumbre imperial 
de asesinar a sus propios hijos.  

Para el rey, nada resulta más peligroso
que la fidelidad que cuida 
con esmero los jardines  
donde las cosas se bastan para sí mismas.  

En la callada noche, 
la devoción entre hermanos 
es el hijo que inclina la cabeza  
sobre el regazo de su padre.  

Antes de la destrucción, 
el bosque enseña sus tesoros, 
y la tierra se complace 
con un corazón liviano 
como una pluma. 

 

El viaje de José  

El viajero del desierto 
ha olvidado la abundancia de los imperios
y el espejo que recuerda su propia belleza.  

¿Quién puede alabar la lozanía 
que se esconde en su camino de polvo?  

En la helada noche 
los atributos de Dios 
lo animan a creer 
que podrá superar la prueba: 
   
Sabe bien que mirar con los ojos de la divinidad 
es ir más allá de las dunas,
sabe bien cómo se desvanecen las formas,
en una mirada que pierde la noción humana
por espacios inefables.

Nadie espera por el viajero de la luna.
Nadie notará que se aproxima el caminante 
cubierto por un halo más intenso que el oro de los reyes. 


Víctor Rivera (1980), Popayán, Colombia. Músico violinista de la Universidad del Cauca. Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana. Integrante de varios ensambles orquestales, de música de cámara y música antigua. Miembro del grupo de música antigua Kalenda Maya, especializado en música medieval, renacentista y barroco latinoamericano.  Ha sido colaborador en revistas de poesía como Letralia, La Raíz Invertida, Cantera, Carruaje de Pájaros, Otro Páramo, Círculo de Poesía, Poesía, entre otras. Parte de su poesía aparece en el libro Llama de piedra. Poesía contemporánea en Popayán (1970-2010) del Ministerio de Cultura. En el 2011 publica con la editorial Gamar, su libro de poemas La Montaña sumergida. Recientemente obtuvo el Premio Internacional de Poesía Editorial Praxis 2016 en la Ciudad de México, por su poemario Libro del origen, publicado en el 2017 por esta editorial. Fue becado por el Ministerio de Cultura y el Instituto Distrital de las Artes de Bogotá para participar en el III Festival de Poesía de Madrid, España. Ha participado en festivales de poesía en México y Cuba. Obtuvo la segunda mención en el concurso de la Casa Silva “Poesía, pintura que habla” con su poema La siega. Realizó la traducción, aún inédita, del poemario Huesos de Sepia, de Eugenio Montale.  

Publicado el 2.03.2022

Última actualización: 25/04/2022