Festival Internacional de Poesía de Medellín

Alfredo Vanin (Colombia, 1950)

Sueño en escarlata

Somos la multitud que entibiaba los surcos de la arena
para que una palabra desatara como si fuera música el manantial en las tabernas
y fueras coronada reina de los antílopes con mi verso destinado a las diosas de Nok
aquí en la calle de los espejismos donde no es raro que tu ánima y tu piel brillen tanto
porque el viajero vive de la flor del deseo
y al endosar sus mareas será amado siempre en las bocas de las desentrañadas
porque siempre tuviste las lámparas a punto
y nosotros éramos nosotros y nadie tenía derecho a derribarnos las  estrellas
mientras conservábamos las simientes de los recién nacidos
y los lagos bañaban nuestros cuerpos
en el lugar que nunca dice el nombre porque en él pervive un tigre sin cadenas
donde solíamos recoger los pecios de la miel
tan inocentes como fugitivos.

(Del libro Infancias anónimas, 2013)


Sombra que arde

En muchos años se descifraron a fuerza de terror
los misterios más hondos:
la risa que sacudió al guerrero en el momento de incendiar sus naves
la última palabra del galileo crucificado en medio de mil hombres
que habían padecido el desahucio
los contramaestres que sangraban según el tañido de la brújula
y de la lengua que cada día honra sus calamidades…
pero nadie ha descifrado la trama
inventada por un juglar de malas pulgas
allí en el borde donde perviven 
los dulces antípodas que fuimos.
 

 

Refutación del mar

Si fuera cierto que el amor despierta junto al mar
diría que la amé
por un tiempo digamos razonable
pero no está probada la existencia de las sirenas
que en las noches de poblados párpados
seducen a los lobos de mar
y por lo tanto no será posible
ni siquiera en virtud de la vieja romanza
decirle que fue mía su recia encarnadura
que me envolví en  sus sábanas
bajo alguna tormenta
y las excusas nos sobraron.

 

Migraciones

                        A Melesio y Odile   

Todo esto guarda la memoria.
Los zopilotes vuelan hoy  a  ciegas
y hasta olvidan las pócimas de los hechiceros.
Sobre estas playas cubiertas por el lodo
florecieron tibias armaduras conchas iridiscentes
que remedaban voces de la cólera.
Pero muy poco queda
cada hombre o mujer que huyó de estas ruinas sin piel
cuenta su propia historia
grandiosos artificios donde la muerte nunca triunfa
todo lo que estuvo aquí y  fue disuelto
en las propias entrañas.
Todo esto guarda la memoria.

  

En otra playa

Salvador de Bahía guarda las primaveras del erizo
sin  pedestal para mancos de espíritu en las correrías de Ganga Zumbi
se esparce como un largo cocodrilo a través del océano
y mastica la gloria desde cuando al comienzo era una goleta
o un pecado de tres velas algo que sabía a demonios tempranos
en Pelourinho y cantaba sin fuerza la vieja letanía a Changó Santa Bárbara
mientras le hincaban un tridente en los labios.
Oh vieja bahiana: corre que te alcanzo huye
que perezco en estado de gracia.

  

Aromas
                                  
Algo queda de ti
el aroma inesperado del atardecer
mientras los olvidados transeúntes
suplican que la noche no llegue
algo parece detenerte al borde de la  marea súbita
entre memorias de algún viaje.

Algo queda de ti
la caverna de amor siempre florece
la vida  huye se oculta cada día
y niega tu materia embrujada
tu rojo corazón de extranjera.

 

Resistir

No es posible despedirse de ti con cada uno de tus ángeles
cuando sabes que las apuestas sólo están a nuestro favor
una diezmillonésima de suerte
y ya nada es posible salvo encender la radio e invocar  los hechizos
ante los ojos de la madremuerte para que no presienta nuestra sombra
me  negaré todos los días a destruir tu cuerpo  marcado
por  los juncos rebeldes
para  que la locura siempre la locura
nos salve con su hechizo.
Me negaré a sofocar tus palabras
porque la resurrección no es infalible
y algún escollo podría impedirme  tu regreso
del limbo donde habitarás cuando todos los júbilos
se cierren en homenaje  a los vencidos.
Me resistiré a la felicidad  si  ya no iluminas nuestra casa
como fluyen los extraños mandalas
me negaré a todo lo que no tenga el gobierno de tus ojos.

(Del libro Infancias anónimas)

 

Al acecho

Cuando abres las puertas y humedeces
las pequeñas colinas
abajo en tu memoria
un pequeño guerrero está al acecho:
quiere ser el murmullo de las aguas
que cruzan puentes levantiscos
quiere desatar rebeliones al filo de la muerte
y enredarse en las iluminadas cenizas
que el mar dejó esta noche.

 

Mensajera


¿Qué fue de las auroras de amor que exhalabas
como la manca Venus?
¿qué fue de la gruta que nos saciaba cada noche
de ese amor que a cada vuelta de la luna se llenaba
de playas
y reverenciaba nuestras aguas barrocas?
¿ese amor que desvestía el coral rojo de tu clítoris
donde mi buzo se volvía ciego?
¿ese amor que prometía manadas de langostas
y los cielos abiertos de tu carne
para la cena del filibustero y la garota de este siglo?
Sacudíamos la arena de los desiertos en medio de
las fábulas en las que nos extraviábamos
porque los ojos confundían las luces con ángeles
de fiesta
ese amor ya no alienta al pequeño mandril
que sabe donde anidan las garzas pero no resiste
el hueco de tu almohada mientras abundan los
pregones
muy por encima de tu cara, muy lejos del cuerpo
que fue refugio de mis galeotes
al que quité las bragas y ligueros para convertirlos
en cometas
que luego dispersé por todo el cerro
por el aire que la ciudad nos cobra con un ladrido
de cianuro.
Ojalá goces de la buena salud de las infantas
y recuerdes que las noches no discurren en vano
que mi problema es cada vez más exquisito
trasunto de gatos en el escaparate en el que guardo
la vieja limusina
convite de seminaristas atrapados en la máxima
circunferencia del hastío
asunto de ser o de no ser y la increíble pena de no
hallar la palabras
que eran tuyas mientras te desnudabas y
perdíamos todo el amparo
de la vida.

(Del libro El pez en agonía, 2013)

 

Naipes

Si acrecentaron esta fe olvidada
fue obra de fenicios
o de grandes augures que constan en el canto.
Labios hendidos manos tan llenas de abalorios
que a leguas se toparon con el vino
por más que aquel guajeo del trompeta
reclamara el ragtime. Era el último día
y en lid de comediantes el alba nos desamparó
los jinetes al lado del jinete
los reyes a su antojo
y una moneda como el sol naciente pero ya desbravada
entre tahúres, monda y lironda
dividió nuestras suertes.
Y partió en caravana el desterrado
y fue guardada su progenie
entre nardos impíos
y recuerdos campales como ofrenda
que llevó  a su morada.
Apenas comenzaba el diluvio.

                        (Del libro Jornadas del tahúr, 2010)


Gravitaciones

Desde el primer instante del big bang
estaba previsto el fulgor de tus ojos
las sandalias azules que llevarías esa noche
la primera casa que habitamos
incluso este salario
que a duras penas nos alcanza
para el final del mes.

(Inéditos del libro Jornadas del tahúr)

Simientes

No perdures demasiado tiempo en el paraíso.
Toma pues los huesos de tu padre que aún yacen vencidos, me dije,
y vete, camina hacia tierras múltiples, hacia penínsulas hendidas como serpientes de marea.
Sembrarás allí semillas de árboles que reinen en altura con los más grandes sueños.
Pintarás sólo un cuadro y un poema: una mujer sonriente entre los girasoles.
Peces veteados vendrán a tus anzuelos
y de tus naves tirarán las corrientes
para que el tiempo sea liviano y asombres al bufeo.
haz todo lo que quieras y algo más.
No perdures demasiado en el paraíso
ni cultives otras flores que cambien demasiado tu suerte.


Alfredo Vanín  nació en las orillas del río Saija, Cauca, pacífico colombiano, el 29 de noviembre de 1950. Es uno de los más sobresalientes escritores afrocolombianos. Es poeta, novelista, cuentista, profesor, tallerista literario, periodista, ensayista, investigador cultural, etnólogo y editor. Realizó estudios de Literatura y Antropología. La Universidad del Cauca le otorgó el título Honoris Causa en Literatura, en 2012.

Ha publicado los libros de poesía: Alegando que vivo, 1976; Cimarrón en la lluvia, 1991; Islario, 1998; Desarbolados, 2004; Jornadas del tahúr, 2005; Obra poética (Antología), 2010.

Como recopilador de la tradición oral afrocolombiana, publicó la compilación El príncipe Tulicio. Cinco relatos orales del litoral Pacífico, 1986. Publicó los libro de relatos Viajes por la Tierra, 1994; El tapiz de la hidra, 2003; Historias para reír o sorprenderse, 2005 y las novelas Otro naufragio para Julio, 1983; y Los restos del vellocino de oro, 2008.

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Publicado en 1999
Actualizado el 18 de agosto de 2015

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