Festival Internacional de Poesía de Medellín

Olga Orozco

(Palabras pronunciadas en el acto de entrega a Olga Orozco del VIII Premio de Literatura Latinoamericana
y del Caribe Juan Rulfo, que tuvo lugar en Guadalajara el 28 de noviembre de 1998).

Por Juan Gelman

Este honor, esta alegría emocionada de presentar a Olga Orozco, su obra, tropieza con tres muros infranqueables. En el primero alguien ha escrito que la poesía habla por sí misma. En el segundo está escrito que la poesía habla por sí misma. En el tercero, que la poesía de Olga habla por sí misma. Entonces no la estoy presentando. Apenas la estoy acompañando, como desde hace mucho me acompaña su voz “ronca y llorada”. Por lo demás, ella misma ha advertido que la poesía “es un organismo vivo, rebelde” y que analizar su lenguaje “es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado natural y salvaje y someterlo a injertos y disecciones hasta lograr un cadáver amorfo”.

Me pregunto cuánta sangre viva del alma ha vertido Olga para –son sus palabras– hacer talismanes con “un indefenso corazón enamorado”, entrar en “las dos caras de los sueños”, conocer “ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres”, ganar “cetros de bestia en la intemperie”, comer “la almendra del misterio”, tener caras sucesivas como “un muestrario de nieblas, de terrores”, vestir “de reina, de bruja, de mendiga”, roer los duros huesos de las desapariciones, cocer “las sustancias de la separación”, resistir “las invasiones de la oscuridad”, padecer “las comuniones del contagio”, perfeccionar “penurias como dichas”, confeccionar “el lujoso inventario de todo lo imposible”, convivir con una “vocación de abismo”. La ocupación de Olga es fijar vértigos.

El “yo soy otro” de Rimbaud va más allá en el “yo soy el otro” de Nerval y aún más lejos en el “somos tantos en otros” de Olga Orozco. Su poesía -que ciertos críticos obedientes al ejercicio de etiquetar, adscribieron al neorromanticismo, o al surrealismo, o a otros ismos que vagan por ahí– es desde el inicio absolutamente única y su presencia trae la felicidad. Da nombre a seres que han de esperar siglos antes de existir.

Olga nació en La Pampa, una provincia mitad verde y mitad seca del interior de la Argentina, barrida por un gran viento –”dios excesivo, dios alucinante”– que trastorna límites de arena en el desierto y trae “pesadillas de horizonte”. Así conoció las regiones que cambian de lugar cuando se nombran: el pasado, la infancia. Olga niña preguntaba: “¿Por qué el viento trae sólo viento?” O: “¿Me ves, mamá? ¿Estás segura de que me ves, o crees que me ves porque yo te veo y creo que me ves?”. La no agotada interrogación del mundo en Olga continúa y no obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Como San Juan de la Cruz, ella abre hacia el cielo “la boca del deseo, vacía de cualquier otra llenura”. Es el deseo de la falta, que Olga traba y amasa en el esplendor de sus poemas.

De niña exigía que le firmaran certificados de residencia en el planeta Tierra. Veía fantasmas familiares. Tenía a veces “los pies tristes”. La abuela le habilitaba unicornios. Desembocaba en otros mundos aunque no se quería ir. Era miembro de la Organización de Espías de Toay, la ciudad donde nació. Con toda razón. ¿No dijo Shakespeare que los poetas son espías de Dios? Olga desarma los jamases del mundo.

Su poesía es poderosa, tiene oleajes de fulgor que, al retirarse, dejan colmillos de furia y territorios sembrados de joyas. Olga conoce el dolor de la palabra hecha cuerpo. Sus palabras no cosen un vestido, suturan una herida. Ella se cita con sus pérdidas y sostiene la belleza continua.

Dicen que su memoria es “indomable, ávida, feroz” y será su arma “contra las contingencias del tiempo y de la muerte”. Pero su lucidez es irreductible al solo juego del recuerdo. En Olga, la relación entre imaginación y vivencia es tan intensa que crea otra memoria, en que el sueño de la realidad se rehace como sueño de la escritura.

Olga declara que “en un arcón en llamas guarda intacto el cadáver de su inocencia”. Seguramente en otro arcón, o en una tropa de caballos color púrpura que giran en el aire, o en la danza de ollas y asadores asaltados por un capricho inocente y horroroso de un cuento galés, ella guarda su infancia intacta y viva, las piedrecitas en la mano prueban la interrupción del mundo visible por el otro, la abuela que aparece cuando Olga se despierta en el sueño. La visión es en Olga experiencia vivida. Ve mejor con los ojos cerrados. Ve por ojos de niño. Tiene la infancia empozada y saca aguas de ella cuando quiere.

...”La poesía puede proceder fuera del tiempo –dice Olga–, en grandes saltos respecto al tiempo”. Ella libra una guerra encarnizada contra “el escorpión del tiempo”, su “látigo que azuza”: “Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo./Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor”. Esa lucha, esa voluntad de resistir al tiempo, “violar sus estatutos”, enfrentarlo con la memoria de la realidad y la memoria de lo no sucedido todavía, ¿no es acaso la expresión más ardiente del deseo? Así, cada poema es una aventura erótica que muere en él, renace en el siguiente, y no se apaga el deseo de alcanzar su objeto, oscuro y desconocido, un agujero que habita en la imaginación posible. Como pensaba René Char: “El poema es el amor realizado del deseo que se queda en deseo”. Esta sed es infinita.

...Tal vez por eso Olga afirma que lo contrario de la vida no es la muerte, es la nada. Ella posee una “lengua insaciable que devora el idioma de la muerte en grandes llamaradas”, sabe que la muerte está llena de esplendor de los bienes extraviados, es el suelo del amor perdido, desgarrón y desnudez que tiembla. Hay en su escritura una versión lujosa de la muerte.

...La incandescencia de los textos de Olga abre al lector y lo eleva al olvido de sí, al éxtasis semejante al del amor y la experiencia mística. Es una poesía de “sangre ilimitada, sangre de abrazo, sangre de colmena”, ella dice. Es una poesía en estado de vigilia permanente y muestra que la esperanza se ensancha cuando duda y el ser conoce la errancia y los exilios. Es una poesía que no admite el consuelo de la razón y se convierte así en consuelo del amor. De tanto laberinto recorrido Olga ha visto que “la belleza nos ciñe en su trama y nos rehace”. Su poesía nos transforma, se hace uno, el otro, los demás.

Olga se ha preguntado si Dios no se perfecciona acaso en todos y cada uno de nosotros. No estoy seguro de eso. En cambio sé que en Olga ocurre exactamente eso: en ella Dios se perfecciona.

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