Festival Internacional de Poesía de Medellín

Musaemura Zimunya (Zimbabwe, 1949)

Inéditos

Escaladores

Nosotros imploramos por carne fresca y pies hechos de tierra
y piel de la más fina arcilla negra;
debemos orarle al centinela
con cerveza del mejor grano fermentado
una palabra de la oración más digna
y la huella del pie cuarteada-
polvo, en efecto, es nuestra eterna mortaja.

Trae el canto,
Tú cuya voz fue la primera
en entrar en los ancestros de los pájaros
tú cuyo corno fue una garganta en el reino de las aves
y dejas que tu lengua tiemble
tú, cuya ululación detenía el viento
y lo atrapaba dentro de la boca de la especie humana
tu canto es una diosa amaneciendo en el corazón.

Trae el tambor,
tú que prolongaste el bramido del buey
más allá del hacha del carnicero
con el toque de palmas de fuego
e hiciste de nuevo el eco de los días secos
después del invierno niebla del trópico
tu danza es una diosa esperando en el corazón.

Danos pies que puedan escalar las más altas cumbres
y manos que sostengan las más tiernas cimas
y cabezas equilibradas en las alturas más vertiginosas
Así podremos descender la roca hasta Zimbabwe.
Allí está la coraza de nuestra alma.

El confort de un caluroso invierno
no detuvo al mamba
al buscar una madriguera en la estación fría.
Un verano pegajoso llevó a la hormiga a una industria más dura
y previsiva del invierno venidero.
Hasta el cuervo aseguró su saciedad
escondiendo panes de jabón robado
y por amnésico se le perdieron.

Danos un corazón que venza la avaricia
danos cabezas que se levanten por encima de nuestras grutas
y sé para nosotros los ojos que se proyectan hasta las estrellas
en la oscuridad y en las noches más nubladas.

De mano en mano,
de piedra en piedra
una piedra sobre otra
un muro dentro de otro
afuera uno más hasta
las torres de la ciudad por encima de los árboles
nosotros ascendemos al sueño
más grande que vientres-vasija, más alto que cuellos
vibrantes, armónicos y pronunciados,
más alto aún que los rascacielos.

Para recordarnos, pisoteados e ignorantes,
recordarnos, tú que tienes la sabiduría,
para escalar aún el encumbrado Mambo
y hacer un techo resistente sobre esta Casa.

Tere

Un hato de vacas fue nuestra dicha pasajera
lejos del comadreo de las madres
y la tiranía de los padres aplacada.
Aún puedo escuchar el navegar alternarse
con la respiración, y los cascos golpeando
muda y vigorosamente sobre la tierra resonante
anegada con la lluvia del verano y el pasto jugoso.

A veces el olor de ese pasto verde y húmedo
murmura algo a punto de ser revelado
y tocado por un joven, en la dulce respiración
de una joven mujer conociéndolo todo, el rostro en llamas
y el corazón lleno de palpitaciones, Tereza.

Tenía a una pequeña diosa entonces, dispuesta
a tenderse a mi lado en la roca anhelante y caliente
mirando hacia el cielo azul estremecidos con el aleteo
de las cigüeñas del Norte.

Anoche tuve un sueño:
Yo allí, sobre el bastidor del asta y la cuerda de musasa
desprevenido y rodeado por una multitud relativamente
dispuesta para el funeral.

Yo de nuevo, en la cavidad rectangular no sofocante,
ellas ya fuera de allí, mujeres con las manos en sus cabezas,
golpeando sus miserables pechos, llorando miserablemente al cielo vacío;
o cantando y meciendo la aflicción suprimida en su interior.
Luego, las caras de cuellos estirados para verme por última vez.
Y yo, mi cuerpo y mi alma como una pluma, sin sentimiento.
Muy, muy nítido.

Fui despertado por el llanto dominical de mis sobrinos.
Él, tan pequeño ahora, una vez fue mi niño y ahora esqueleto,
llorando; en su camino hacia otro mundo.
No podría perdonar al Creador de los hormigueros
que espera por nosotros silencioso, sarcasmo terminal:
preguntándome si sería el mismo que creó a Tereza
prometiéndome un regalo más dulce que todas las frutas del valle.

Un collage en Smederevo, Yugoslavia

Al fin y alcabo, el ancho Danubio siempre ha fluido entre dos
castillos; a la izquierda se levanta, una blanca fortaleza
repentinamente una torre: debajo, el torso de músculos entrelazados
de un soldado heroico oteando a la multitud que lo admira,
no en el aire, ni en el agua, tampoco en la tierra,
un enigma suspendido de un pasado desafiante.

En algún lugar del espacio frente a él
una inscripción señala el año en el cual
la ciudad de Smederevo fue fundada.

A lo largo y a la derecha se levanta otra fortaleza sólida
unas manos de Diosa extienden una canasta plena de manzanas verdes
y uvas negras tan negras que contienen la luz.
Una estrella roja flota entre ella y un obrero
que lleva puesta una antorcha en su frente como un laurel:
tan cerca que la respiración del amor debe unirlos eventualmente.

Por ahora, unos cuantos engranajes de la guerra están rotos,
esparcidos sobre el Río del Paraíso
parcialmente amortajados en la niebla del alba.
Por las raíces de un manzano desvanecido
El día aciago del imperio de Turkman
ha sido escrito a mano por casualidad; como si
no fuese digno de la visión del destino de Serbia .
Pero más allá de esta exultación, el totem
está en silencio; sólo permanece el sombrío Danubio
fluyendo hacia otro futuro que concluye la escena.
 

Traducción desde el inglés por David Almario

Musaemura B. Zimunya. Nació en Zimbabwe, Africa, en 1949. Es poeta, narrador y ensayista. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas Y ahora los Poetas Hablan (1982), Huellas de pensamiento (1982), Samora (1987), Chakarira Chindunduma (1985), El destino de los buitres (1989), Porte perfecto (1993), Viraje Nocturno (1994) y Poemas Selectos (1995). Ha publicado diversos artículos sobre la literatura y la música de Zimbabwe, así como ensayos acerca de la realidad social de su país. Ha recibido importantes reconocimientos, desde 1970, entre ellos el National Arts Council Poetry Award (1993), y ha sido invitado por diversas universidades e instituciones del mundo para divulgar la literatura africana.
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