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William Agudelo (Colombia, 1943)

William Agudelo (Colombia, 1943)

Las bodas de oro del P. Rivera

«Usted debiera escribir un poema para las Bodas de Oro del P. Rivera
ya que acogen sus poemas y hasta le pagan por ellos
podría sugerirle imágenes tan bellas como ésta:
cada día sobre su cabeza blanqueada por la nieve de los años
aparece Cristo en la hostia como un sol
fíjese bien: como el sol cuando sale tras las montañas cubiertas de nieve
hable también de sus cincuenta años de sacrificio continuo en su labor sacerdotal
y de su integridad personal y las otras buenas cualidades que lo adornan
es un tema muy bello y usted debe aprovecharlo.»

Yo no pienso hacer ese poema que me piden P. Rivera
porque lo conozco poco a Usted
de Usted sólo sé que:
era un profesor de religión bobalicón
al que los muchachos hacían trampa en los exámenes
Carlitos Vieira lo recibía alborozado en su almacén de Sopetrán
y mandaba por dos tazas de tinto y se ponía a platicar con Usted
(hasta que lo mataron de un tiro en el camino de la finca)
lo mismo Marcos Velásquez en su kiosquito
y Teresita Londoño en su tienda de telas
y en Sucre (el poblacho infeliz
a donde lo confinó Mons. Builes) Usted puede
sentarse con el solecito a leer su periódico
en un taburete de cualquiera de las tiendas
el esclarecido clero barrigón de la diócesis
le compadece con sinceridad
me es muy simpática su figura flacuchenta
su sotana remendada
el pitillo plateado en el que mete los cigarrillos
su breviario gastado como un zapato viejo
su sonrisa amorosa de dientes postizos
y sus destempladas misas cantadas.

*

Réquiem por el caballo
por su olor siempre amigo y el ambiente
impregnado a guarapo de sus meadas
por su paso de cascos bondadosos
como los dedos de los carpinteros
réquiem por la negrura de sus crines
peinadas en las tardes de la lluvia
por su cola de domingo de ramos
por su trote ramplón y sus traspiés
tirando el carretón en suelo falso
réquiem por su galope corto
por sus ancas curvadas y lustrosas
por el tubo del bajo de los órganos
femenino y festivo en su garganta
réquiem por su pelaje
de terciopelo vivo por sus belfos
de ternura de ubre
por su recta testuz y por su cruz
por el blanco del pánico en sus ojos
y por la calma de mascar la hierba
y réquiem por el gozo (éste, mi gozo)
de correr y saltar petrificado
en las praderas agrias de la muerte

Concierto de jazz

A Juanra Sanín

Las manos de Charlie como tarántulas
tejiéndole en la guitarra la trama a su mujer
que —zapatos transparentes de alto tacón— dale
con los vibrattos y voces rajadas mientras
el negro abrazado al contrabajo como a
una negra haciéndole ton ton con el dedo
blanquea los ojos saca la lengua como un
ahorcado rechina los dientes secretea
obscenidades tierno lijar de la escobilla
manos sobre parches murciélagos aleteantes
el cara-de-mono sobre su corcel de nogal
y cromo y de pronto la locura pedazos
de bronce cueros desgarrados el dios
y sus ocho brazos empalillados los pies
en los pedales con furia leviatánica
revoloteándolo el estómago nos tiembla
como ijares de potro asustado y Charlie
dale con las progresiones raras como los peces
de las fosas marinas un queso kraft
la calva a la luz del coliseo el negro
que se agacha sudando hasta las notas agudas
y da un salto ansioso y seguro agarrando
las graves junto a los clavijones obsesionado
en el repetir variado hasta que Charlie mete
cuñas de acordes entre ton y son y vuelven
los palillos con su ratratarata matemáticamente
atropellado mientras la muchacha de al lado ruidosa
suspira y se ajusta la cinta de su brazo qué carajo
«...si tiene que preguntarlo nunca lo va a saber.»

Ante la ventanilla

Las manos de la muchacha del Banco de
América bajo las rejillas de neón sin
sangre manos-de-muerto las uñas
gotas de sangre coagulada los billetes
girando como las aspas de un abanico
eléctrico certero el índice en las teclas
de la sumadora (el pico de la gallina
en los granos de maíz) el dedo
lengua de perro tomando agua de
la esponjilla la yema sombreada de
tinta o mugre qué sé yo el fajo
golpeado de canto contra el mármol mientras
el cara-de-doverman del revólver
te mira despacio desde
tus sandalias hasta la colita
de tu desteñida boina azul

 

William Agudelo nació en Bolombolo, Antioquia, Colombia, en 1943. Su diario Nuestro lecho es de flores, fue publicado por Joaquín Mortiz en la década del 60 (una nueva reedición aparecerá próximamente en la Editorial de la Universidad de Antioquia). Estuvo muy cercano al movimiento nadaísta en Colombia sin pertenecer a él. Por el periodo de un año realizó estudios en el Seminario Nacional Cristo Sacerdote (La Ceja, Antioquia). Acompañó a Ernesto Cardenal en la fundación de la comunidad religiosa de Solentiname (Nicaragua). Vive actualmente en Managua.
Última actualización: 28/06/2018