Festival Internacional de Poesía de Medellín

Jorge Miguel Cocom Pech (Nación Maya, México, 1952)

Un cazador de auroras

La prueba del aire la prueba del sueño

Para Jorge, Miguel, Alejandro Cocom Pech López
y para Alma Rosa López Vázquez

Éramos pequeños mis hermanos y yo, cuando el padre de mi madre don Gregorio Pech comenzó a preguntarnos lo que soñábamos por las noches. Mis primos y hermanos que en ese entonces tenían la facultad de recordar sus sueños, relataban sus vivencias nocturnas, dejándome asombrado con las imágenes que describían. En esas pláticas me hallaba en medio de pintores en el arte del relato.

Si mal no recuerdo: Jorge Ramón, volaba mucho y repentinamente caía al vacío; Julián, cuidaba ovejas, gallinas y pavos en una parcela mitad huerta, mitad desierto; Gonzalo, recordaba corazones sangrantes colgando de enredaderas que al estallar en destellos furtivos iluminaban los atardeceres lluviosos; Gregorio, atrapaba mariposas que al posarse en sus manos se convertían en abejas enormes cuyo murmullo lo dejaban en un estado de azoro; a Gloria, mi hermana mayor, la asustaba que un ángel sin rostro la mantuviera aprisionada en el centro de sus pinturas, expuestas en una casa de espejos. Yo que no poseía la facultad de recordar mis sueños, me sentía extraño y desesperado entre aquella sociedad de soñadores.

*

Un día que mi abuelo y yo estábamos en el monte de Chanyá, con cierto temor, me atreví a preguntarle:
—Abuelo, ¿por qué yo no recuerdo mis sueños?
Él, que estaba despuntando una horqueta de chucún  con su machete encorvado, detuvo el corte y me dijo:
—En el Universo todo sueña y todos soñamos, pero no todos recuerdan sus sueños; sólo lo recuerdan, los limpios de corazón, los limpios de espíritu…
Más tarde, cuando terminamos de amarrar un atado de leña con bejucos cuya resina despedía un aroma penetrante que se mezclaba con la cáscara de unas jícamas, prosiguió diciéndome:
—El hombre cuando nace a la vida terrenal, ingresa a la geografía de los seres durmientes; si no trabaja con el poder de sus sueños, es un hombre que vive dormido. Al soñar y recordar tus sueños, puedes recobrar el código de tu primigenio y luminoso origen, y volver a la vida. Somos fragmentos de luz, pedazos de sol…
Transcurrido el mediodía, y mientras terminábamos de recoger huevos de codorniz debajo de unos arbustos medicinales, el abuelo —sentado sobre un tronco leñoso— me dijo en tono enfático:
—Desde hace mucho tiempo te he venido observando. Noto en ti preocupación porque no puedes recordar las imágenes y las voces que oyes en tus sueños. Está pálido, seguramente no duermes bien. El otro día que desgranaste mazorcas de maíz, y quedaron dispersas en el suelo unas semillas, con esos granos desperdigados hice un trazo. La figura que se formó indica que es necesario practicar contigo una ceremonia de petición para que puedas recordar y trabajar con el poder de tus sueños…
A punto de retirarnos de aquel sitio, y antes de colocar el tercio de leña sobre sus espaldas, con gesto solemne me advirtió:
—Un día antes de la ceremonia de petición, deberás ayunar. Si el hambre te molesta y sientes que no resistes el ayuno, sólo podrás tomar agua y miel.
Nada más. Ese día de recogimiento y de meditación tendrás que renunciar a tu nombre social y adoptar el que nos indique el viento. Será tu nombre mágico.
Y reiteró:
—Nadie deberá conocerlo más que tú. El privilegio de poder que otorga ese nombre en secreto se acrecienta y se mantiene si guardas silencio de su origen. Este nombre, para ti, es poder; sí otros lo saben lo pierdes para siempre. Por otro lado, y horas antes de la iniciación, deberás desalojar los malos pensamientos que atan tu espíritu a los apegos de la carne. Finalmente, al concluir ese ritual, habrás de convertirte de Cazador de Sueños, en Hijo de Cazador de Auroras.
La tarde del 19 de marzo de 1961 mi abuelo llegó a la casa para hablar con mi padre y mi madre. Al terminar la plática supe que él había ido a pedirle a mi padre de que no fuera a la escuela al día siguiente porque tendría que acompañarlo al monte cercano a la plantación de frutales.
Ese día, cuando empezaba a obscurecer, mi abuelo y mi padre salieron a tomar chocolate que mi madre preparó, antes que el padre de ella se fuera a descansar a su casa situada en la huerta.
De madrugada, y con el mayor sigilo, mi padre fue a encaminarme al lugar en donde el abuelo me aguardaba. Al llegar él ya estaba listo y partimos.
Camino a la milpa iba detrás del abuelo. Delante de él, avanzaban y retrocedían, oliendo y marcando con sus orines el borde de las veredas, Nabai, Bok’bok y P’urush. A los perros los veía merced a la luz de la lámpara de mano que el abuelo traía encendida. A nuestro paso por los atajos, los grillos pasaban revista a las sombras en movimiento…De tanto caminar traía los pies y las alpargatas con la humedad del rocío matinal. Atrás de nosotros, hacia el poniente, el pedazo de luna que presidió nuestra salida de la huerta se había ocultado sigilosamente sobre el tupido biombo de ramas de los árboles típicos de la región: el frondoso tzalam; el ts’its’ilché, cargado de néctar y aromas del miel, y, el k’anlol de campánulas amarillas que, entrelazados, ensombrecían nuestro camino al Oriente.
Cuando estábamos por llegar a nuestro destino los perros ladraron y, abriéndose paso entre el follaje, se fueron a perseguir el ruido y el movimiento de algún animal. En su estampida alborotaron a las chachalacas que escandalizadas corrieron sin rumbo. Una casi me atropella y me hace soltar el calabazo de agua que traía guindado en el hombro. De pronto, algo pareció asustar a los perros que regresando junto a nosotros ladraban sin descanso. El abuelo apagó la luz; enceguecido por la repentina oscuridad tuve ganas de correr, pero el abuelo me detuvo tomándome del brazo izquierdo. Al sentir su mano firme apacigüé el escalofrío que sacudía mi cuerpo. Al silenciarse el ladrido de los perros seguimos con nuestro destino recorriendo veredas y atajos; pero, cuando íbamos a saltar por encima de los troncos que servían de entrada a la milpa, una víbora de cascabel aporreó su cola en el suelo y nos advirtió de su presencia. Después de mirar por todas partes, el abuelo y yo la buscamos debajo de unos palos y bejucos secos, hasta encontrarla enroscada y con la cabeza erguida. Despedía furia en sus ojos y, amenazante, nos impedía el paso. A diferencia de otras ocasiones, en que el abuelo solía matarlas, esta vez el padre de mi madre le habló al animal de manera tranquila y la conminó a que se retirara de aquel sitio. La víbora bajo la testa y, estirándose, desapareció de nuestra vista.
Brincando con precaución, y una vez que cerramos cuidadosamente la entrada a la milpa, llegamos al cobertizo de palmas cuando aún no amanecía. Allí, en el centro de la milpa de Nojk’ankab, solemne se imponía el silencio. En medio de aquella oscuridad, todo estaba en sosiego, en quietud, en paz. Junto a mi abuelo, Hijo de Cazador de Auroras, estábamos al acecho, estábamos a la caza del alba. Él, arrodillado detrás de mi cabeza con las manos extendidas sobre mi frente, esperaba una señal mientras repetía un conjuro. Decía:
—Ooken tak’an, jook’en cheché; ooken tak’an, jook’en cheché; ooken tak’an, jooken cheché.
En esos momentos de oración, en esos momentos de encantamiento y de meditación, estaba desnudo y tendido sobre un tapete circular de hierbas aromáticas, predominantemente kakaltun, y con el cuerpo situado hacia el Oriente. Olía a humedad y a suave copal que el abuelo había sahumado en el entorno: un techado de palmas, hileras de plantas de yuca y el cuerpo enorme de una ceiba que presidía el ritual de los prodigios.
Al cabo de un rato, el abuelo cesó de orar. Inusitadamente empezó a respirar fuerte y pude percibir que se convulsionaba. Cambió de voz y ésta se hizo más ronca. Su voz no era la suya y me pareció que salía de las profundidades de una cueva; por lo que dijo, y que apenas entendí, seguramente hablaba en el idioma del maya antiguo. Así y luego de una calma reconfortante, hasta para entonces para mi desconocida, pasaron largos minutos. Inesperadamente convocó la presencia al viento de los puntos cardinales: lak’in, chik’in, nojol  y shamán  … A la tercera invocación, sopló un aire tibio que traía la dirección de lak’in, arrastrando la hojarasca de los árboles…
Si esperarlo, empecé a estremecerme y sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Inmediatamente una luz celeste, que luego se convirtió en dorada, envolvió mi cuerpo y el de mi abuelo. Silbó en eco el bech’, codorniz, y otra vez reinó el silencio. Silencio que fue interrumpido por la advertencia del abuelo quien exclamó:
—Ti’olal a k’ik’el bin a uojeté tu’ux ku tal u chun a wíinklil, u chun úuchben a chíibal; ba’alé, ti’olal a wáayak’ bin a uojeté tu’ux ku tal u chun a pixán, u chun u xul a bej
Luego añadió:
—Los sueños no se extinguen igual que los hombres. En ocasiones se declaran muertos, sueños que viven. Mas los sueños son casi perennes; se resisten a ser enterrados o realizan el prodigio de volver, de resucitar… Antes que el sol se asome en destellos, los sueños de nuestros antepasados se cumplirán y habrán de estar con nosotros al conjuro del poder del silencio, del poder del viento, del poder de la palabra. No olvides que los sueños no son para acumular saber ni para entregarse a las fantasías. Los sueños son una rendija de luz para el ejercicio del poder del espíritu, y son el espejo en donde se mira tu alma. A su paso intemporal, y a veces incoherente, los sueños dan cuenta de tu historia personal que remontan años hacia atrás o hacia delante, dejan signos en huellas, dejan claves y rastros…
—Soñar es un ejercicio del espíritu que trata de escapar de la prisión de la carne y recordar tus sueños te servirá para tu superación interior… El hombre que vive y no sueña es un hombre muerto en vida. Mas ¿ay de aquel que sueña y no realiza sus sueños! Acosado por las pesadillas acaba por sucumbir al insomnio de una realidad que no es suya. Sé un guerrero incansable con tus sueños y busca dentro de ti el objeto de tus conquistas. Realizando tus sueños no serás esclavo de nadie, ni pretenderás someter a otros, porque ya haz probado los caminos de tu verdadera liberación.
Recuerda siempre que, en el Universo de la naturaleza, los sueños se convierten en realidad: la lluvia es el sueño del agua; el humo es el sueño del fuego; el azul del cielo es el sueño eterno del aire; pero, tú, que estás hecho de maíz amarillo como esa luz que nos cobija, ¡abre los ojos! ¡abre el espíritu! Tú, hombre; tú, mi querido nieto: tú eres el sueño privilegiado de la tierra.
El hombre que vive y no sueña, aunque viva muchos años, es un hombre muerto en vida. ¡Vive! ¡Realiza tus sueños! ¡Accede a su luz! Que tu vida, sueño que otros soñaron, será inmortal.
Más tarde, cuando abrí los ojos, contemplé extasiado el obsequio de la aurora: amanecía y, en el cielo, una greca enorme afiligranada en nubes ámbar y rosa, inundó de paz mi alma.
Desde entonces, y por mandato de doce generaciones que me antecedieron en el conocimiento de aquella ceremonia prodigiosa, me convertí en Hijo de Cazador de Auroras.

 

Jorge Miguel Cocom Pech es originario de una comarca indígena maya de estado de Campeche, México. Escribe poesía y narrativa; del primer género escribió El Chilam Balam de Calkiní, becado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; del segundo género ha escrito El secreto de los pájaros, editorial Nave de papel, 1997; El cazador de auroras, editorial Nave de papel, 1997; y, próximamente, la Universidad Nacional Autónoma de México y el Tribunal Superior de Justicia de Quintana Roo le editarán Muk'ult'an in nool, Secretos del abuelo, texto que recoge su producción literaria en narrativa proveniente de la tradición oral de sus ancestros; además es coautor de Leyendas Mexicanas, editorial Everest, 1997, España. Su obra literaria se ha presentado en diversos festivales de lectura y literatura indígena en México y en América. Así, en abril de 1997 participó en Taller de literatura indígena de Sudamérica, organizado por el poeta Elicura Chihailaf en Temuco, Chile; y en ese mismo año participó en el primer Encuentro Continental de Escritores en Lenguas Indígenas de América, en Puerto Ayacucho, Amazonas, Venezuela.
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