Festival Internacional de Poesía de Medellín

Piedad Bonnett


EL HUMOR EN GOTAS AMARGAS DE SILVA
LA NEGACIÓN DEL ESPÍRITU IDEAL

El primer poeta colombiano en cuya obra el humor es verdaderamente significativo es José Asunción Silva. No tanto porque sus poemas humorísticos sean especialmente valiosos, como porque en el conjunto de su obra resultan pieza clave para entender su cosmovisión, su actitud frente a la realidad, que desemboca en una estética muy particular e interesante.

Se ha dicho ya de todas maneras: Silva es el primer poeta colombiano que participa del espíritu moderno. Superando el provicianismo reinante, Silva va más allá de los trasnochados romanticismos y neoclasicismos de sus contemporáneos al incorporar a su poesía los valores estéticos de la poesía simbolista: la sugerencia de la imagen, reacia a la claridad del sentido y por tanto sutil y misteriosa; la musicalidad del verso, que se hace inmensamente dúctil y explora diversas posibilidades combinatorias; el gusto por la sinestesia y por todos los matices de lo sensorial, que le dan un contenido hedonista a su obra: y en fin, un tono general en el que reconocemos una actitud nueva y una concepción desinteresada del arte, en contravía de tendencias arraigadas en sus contemporáneos poetas. Como modernista que es en su espíritu, su credo es el de lo cambiante, el de verdades mudables y efímeras que se desprenden de un mundo que ha perdido su centro y su unidad de sentido.

A pesar de estar llena su poesía de elementos modernistas, algunos consideran que no alcanza a ser un poeta plenamente moderno. Así, por ejemplo, Eduardo Camacho lo coloca en una especie de umbral, anclado entre el romanticismo que sin duda comparte y una modernidad que no es total puesto que “en la poesía de Silva no existe la energía destructora de simbolistas y surrealistas; él no intenta una deformación ni un divorcio total de la materia”1 Y es que no podemos olvidar que Silva era un poeta en plena formación en el momento de su muerte, la cual truncó un proceso de búsqueda cuyos resultados no podemos saber cuáles habrían sido.

Gotas amargas, así como unos poemas satíricos que aparecen fuera de este libro, no deben ser considerados como una parte de su obra que no reviste mayor interés y a la que se despacha rápidamente aduciendo que el poeta se negó en vida a su publicación. Por el contrario, este puñado de poemas revela una postura ya plenamente moderna frente a la poesía y a la realidad en general, y si los examinamos como lo que son, contraparte o reverso de su poesía lírica, podremos profundizar en aspectos interesantes de sus concepciones generales del mundo y del arte. Es ya proverbial aludir a la poesía de Silva como una poesía que, rechazando el presente, instaura en su remplazo un mundo idealizado, el de la infancia, o una realidad “desrealizada” cercana al sueño o al misterio. El suyo es un mundo de evanecencias, de correspon-dencias secretas, a punto siempre de revelarnos algo que la palabra no alcanza a decir y aludido por una voz poética que se vuelca sobre un pasado irrecuperable y se siente atraída de manera profunda por la muerte.

La poesía lírica de Silva, como la de los simbolistas, encierra un afán de trascendencia que culmina en vacío. Al no encontrar asideros en el presente, la poesía de Silva, entonces, como diría Mutis, sustituye. La palabra es evasión y es consuelo. Pero si volvemos la tela por el revés veremos las costuras del entramado. Gotas amargas alude también a “otra” realidad, a la mezquina y descarnada realidad que el poeta detesta y de la que se desahoga en poemas de tono humorístico.

A la realidad idílica del deseo o del sueño contrapone la realidad utilitaria en la que le toca vivir, aquella que surge como consecuencia del arraigo en las mentalidades del espíritu burgués.

Como muy bien dice Gutiérrez Girardot,

....aunque las sociedades de lengua española no tuvieron en el siglo pasado una clase burguesa amplia y fuerte, los principios de la sociedad burguesa se impusieron en todas ellas y, junto con la ideología utilitarista y la legislación, operaron una honda transformación, semejante, aunque relativa a su tradición, a la que experimentaron los países europeos.(2)

También Jaime Jaramillo Uribe ha analizado la penetración del pensamiento positivo en Colombia y la influencia de Comte y de Spencer. A través de la figura de Miguel Samper muestra cómo se afianza una ética burguesa, casi de corte puritano, que cree firmemente en el espíritu de trabajo, la honradez y la religiosidad, entre otros valores.

Como Baudelaire y los simbolistas europeos, Silva rechaza los valores burgueses que se han instaurado en la sociedad moderna. El ideal de lo práctico que se ha apoderado del mundo es despreciado de manera vehemente por José Fernández, el héroe de De Sobremesa:

Un hombre práctico es el que poniendo una inteligencia escasa al servicio de pasiones mediocres, se constituye una renta vitalicia de impresiones que no valen la pena de sentirlas (....) ¡La realidad! ¡La vida real! ¡Los hombres prácticos! ¡Horror!....Ser práctico es aplicarse a una empresa mezquina y ridícula, a una empresa de aquellas que vosotros despreciasteis, ¡oh! colosos, ¡oh! creadores (....)(3)

Este aspecto de la sociedad en que se mueve es uno de los que más acerbamente ataca Silva desde su poesía humorística. Poemas como El mal del siglo, Cápsulas, Psicoterapéutica, Futura, entre otros, se ocupan de subrayar, con sonrisa amarga, cómo el materialismo positivista se enseñorea en el mundo. Es frecuente que apele Silva a la figura del médico, que se convierte en tales poemas en el representante de una mentalidad que explica todo desde una óptica científica para la cual sólo existe la dimensión física y que ignora olímpicamente lo espiritual o trascendente. Más tarde vamos a encontrar en la poesía de Luis Carlos López el mismo procedimiento, pero con mayores alcances. López, que hizo estudios de medicina que no concluyó, suele echar mano de términos para calificar el paisaje, no sólo de la realidad misma, sino del lenguaje poético tradicional, enaltecedor de todo aquello desprestigiado por la palabra durante siglos. Así, para López el mar es “bilioso y viejo”, “desgrana el cielo gris/ su crónica cistitis...”, o “los árboles torcidos (...) probablemente sufren de artritismo”. El poeta cartagenero, en gesto ambiguo, la emprende contra la visión idealizada de un mundo en el que domina lo prosaico - y lo hace con las mismas armas del pensamiento que prevalece - pero dejándole saber al lector que abomina de ese mundo y que añora el otro, el que se perdió irremediablemente con el advenimiento de la mentalidad burguesa.

La actitud de Silva también es ambigua, problemática: hijo de un burgués adinerado y obligado por las circunstancias a asumir los negocios paternos, odia todo lo que el mercantilismo implica como forma de vida; pero por otra parte aspira a los lujos que sólo permite una vida acomodada y sueña con los refinamientos del mundo aristocrático. Mientras su poesía lírica básicamente se concentra en la evocación de los mundos ideales, la de Gotas amargas contrapone los dos mundos de manera evidente. Pero no es esta contraposición, que es obvia, la que nos interesa, sino las consecuencias y características del humor que allí maneja y que no tiene ya que ver con el de Pombo o la Gruta Simbólica.

Lo primero que habría que señalar es que el humor en Silva no es sino una forma de expresar una visión pesimista de la condición humana y de la vida en general; el título, Gotas amargas, resulta muy significativo: alude, como sabemos, a ese tónico que los médicos, en caso de dispepsia, recetan a sus pacientes, y que él utiliza como metáfora para hablar de un antídoto de la poesía lacrimosa:

¡Pobre estómago literario
que lo trivial fatiga y cansa,
no sigas leyendo poemas
llenos de lágrimas!

Pero el título implica también brevedad y, sobre todo, señala el fondo acerbo de este grupo de poemas.

El humor, la ironía, hemos visto, son en esencia ambiguos. Conjugan, en vez de plantear dicotomías inconciliables. Examinemos un poema que, poseyendo muy poco mérito artístico, es claro ejemplo de cómo el humor en Silva va más allá del ataque a la realidad cotidiana; se trata de Sus dos mesas, poema que curiosamente no se encuentra en Gotas amargas:

SUS DOS MESAS

De Soltera:

En los tallados frascos guardados los olores
de las esencias diáfanas, dignas de alguna hurí;
un vaso raro y frágil do expiran unas flores;
el iris de un diamante; la sangre de un rubí
cuyas facetas tiemblan con vivos resplandores
entre el lujoso estuche de seda carmesí,
y frente del espejo la epístola de amores
que al irse para el baile dejó olvidada allí...

De Casada:

Un biberón que guarda mezcladas dos terceras
partes de leche hervida y una de agua de cal,
la vela que reclama las despabiladeras
desde la palmatoria verdosa del metal;
en rotulado frasco, cerca de las tijeras,
doscientos gramos de una loción medicinal;
un libro de oraciones, dos cucharas dulceras,
un reverbero viejo y un chupo y un pañal.

El resultado es más bien burdo y sin embargo permite ver ciertas cosas; por un lado está la caricatura de lo que es la mesita de la mujer casada, representación cabal de un ideal y una estética destrozados por la mezquina cotidianidad; y por otro una realidad aparentemente magnífica, en la que reconocemos ciertos rasgos de su poesía “seria”: un ambiente mórbido y decadente de esencias, joyas, flores, que es prolongación de una mujer ausente, cuya imagen se insinúa sensual. Pero, dado el contexto, no es ésta la simplificada contraposición entre un mundo romántico y aureolado de belleza y uno desencantado, abominable. El lector comprende que el humor alcanza por rebote la primera estrofa, pues es fácil percibir que el poeta está trabajando con un estereotipo y que por tanto está señalando, más allá de la realidad más grata de soltera, que la suya es también una idealidad que nace del lenguaje, una realidad embellecida por la ficción, magnificada por la literatura. Muy sutilmente, de manera casi imperceptible, Silva parodia una concepción poética romántica y subraya su alejamiento de la realidad. Su actitud es, entonces, ambigua, pues a la vez que pone de relieve la triste condición de la prosaica cotidianidad, el ideal de belleza romántico resulta diezmado, pues la forma misma en que es abordado denuncia su artificio.

Ahora bien: en este poema esta intencionalidad puede no resultar evidente, y habrá quien opine que eso es hilar demasiado delgado. Pero en Gotas amargas proliferan ejemplos de tal tratamiento de la realidad: el tema por excelencia en este grupo de poemas es el abismo existente entre la realidad y la literatura. Lentes Ajenos es el poema que mejor desarrolla este tópico. En él, un poeta-narrador nos cuenta cómo un personaje llamado Juan de Dios, - después lo encontramos también así llamado en la poesía de López- vive su vida a imagen y semejanza de la literatura. Lamartine, Dujardin-Beaumetz, Flaubert, Gustavo Droz y Zolá le sirven de modelos. Como cualquier héroe romántico Juan de Dios se enamora repetidamente, pero siempre perseguido por la idea del amor que aparece en la obra de sus maestros. El resultado es un atroz fracaso:

Al través de los libros amó siempre mi amigo Juan de Dios,
y tengo presunciones de que nunca supo lo que es amor.

La suya es ni más ni menos que la tragedia quijotesca, que la derrota que inflige la realidad a Mme Bovary. Es también esta chata realidad la que destruye los sueños del pobre Juan de Dios. Pero estos sueños, - es decir, los ideales románticos - como en la novela de Cervantes, resultan ridiculizados. El enamorado nos parece patético queriendo acomodar su vida cotidiana a la literatura, pero ésta también se nos presenta como falsa, mentirosa, espejo que deforma la realidad embelleciéndola. Ahora bien: ¿no es romántica la poesía “seria” de Silva? ¿No está atravesada por la imagen de la mujer amada, sublimada aun en su sensualidad? ¿No es pues Juan de Dios de alguna manera simulacro del mismo Silva, su doble, tenaz en su sueño y por tanto admirable y ridículo a la vez en su falta de realismo?

La visión romántica del amor, de la mujer y del poeta resulta bastante maltrecha en Gotas amargas. A la experiencia idealizada del amor que encontramos en Poeta, di paso (“desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos,/ tu cuerpo de veinte años entre la roja seda/ tus cabellos dorados y tu melancolía,/ tus frescuras de virgen y tu olor de reseda...”) se contrapone brutalmente la del jovencito que siguiendo los impulsos del deseo tiene su primera experiencia con una vieja cortesana: “ Del amor no sintió la intensa magia/ y consiguió... una buena blenorragia”. Las mujeres sensuales, pálidas, misteriosas, embellecidas por la nostalgia o la distancia de la muerte, son reemplazadas por las Julias, las Anicetas de un mundo donde “....palpita la bestia humana/ en un solo espasmo sexual”. Los ambientes refinados, las alfombras, la belleza de las cosas antiguas, son borradas por una mentalidad que se inclina reverente ante la estatua de Sancho Panza. El poema se puebla de palabras imposibles en el resto de su obra: blenorragia, chancro, sífilis, dispepsia, términos que aluden no sólo a lo corpóreo sino a lo enfermo, a lo descompuesto, en fin, a la carnalidad humana que pareciera contraponerse al mundo ideal del Libro de versos.

No habría de salir incólume el poeta de tan pesimista visión del mundo. Él, que soñaba en La voz de las cosas con aprisionar en su verso “las móviles formas del universo”, él, que en Un poema combina metros, busca ritmos, se entrega a las magias de la palabra, en La respuesta de la tierra (poema de Gotas amargas) se transforma en “un poeta lírico, grandioso y sibilino”, calificación en la que encontramos un evidente tono irónico. Las preguntas que le hace a la naturaleza, en otro contexto, serían equivalentes, en seriedad y solemnidad, a esa gran pregunta que formula la voz poética en “...?...”; pero aquí están puestas básicamente para subrayar a la vez su ingenuidad y su grandilocuencia, y el final del poema no puede ser más significativo: “La Tierra, como siempre, displicente y callada,/ al gran lírico no le contestó nada”. La reiteración del calificativo, “gran poeta lírico”, debemos interpretarla como irónica, y el obstinado silencio de la Tierra como la apenas natural respuesta de una realidad que sólo nos muestra su cara degradada y que ante cualquier pregunta trascendente sólo tiene para darnos su precaria objetividad, la impasibilidad de sus leyes.

La amarga ironía que se esconde en un poema como La respuesta de la tierra puede leerse, por una parte, como una señal de la caída en el vacío que sólo puede darse en un mundo desprovisto de toda fe, de toda creencia en el Ideal . Por otra, como un gesto de profundo escepticismo frente al poder de la poesía en general, como una reiteración, pero en tono irónico, de un sentimiento que anima la poesía “seria” del mismo Silva: la de la insalvable distancia entre el lenguaje y la realidad que se empeña en aprehender. Incapacidad que expresa el poeta en forma nostálgica en La voz de las cosas: “Si aprisionaros pudiera el verso,/fantasmas grises cuando pasáis...”

Es cierto que las baterías de Gotas amargas van enfiladas contra la lacrimosidad romántica, que equivaldrían así en cierto modo a un manifiesto literario y que de paso parodia y desmitifica el amanerado lenguaje del primer modernismo. Pero más allá de esta tarea concreta de este grupo de poemas, habría un profundo cuestionamiento del Ideal y de la vigencia de los lenguajes poéticos que lo han expresado durante siglos. Como Cervantes, Silva sabe que no existe un mundo ideal, pero sabe también que el único camino posible del hombre es aferrarse a él, crearse una fe. Gotas amargas es, como aquel sueño de la cueva de Montesinos, la descarnada confesión de que en el fondo el personaje (Don Quijote), y en este caso, el poeta, tiene plena conciencia de que en el mundo sólo existen Maritornes y Anicetas, ventas, molinos, rutina y desengaño. Gotas amargas es la negación del espíritu de lo ideal que sostiene el Libro de versos. Pero el Libro de versos está construido sobre un principio de subjetividad plenamente moderno, aquel que le permitió decir a Don Quijote “Yo sé quién soy”, cuando bienintencionado vecino quiso hacerle caer en cuenta de su locura.

Gotas amargas destruye así cualquier confianza en una verdad, se niega a todo asidero y propone la duda como el único instrumento del hombre en un mundo donde domina la ambigüedad. Así, y por la vía de lo humorístico, Dios es apenas también una posibilidad como cualquier otra, y también calla, como la naturaleza:

No: sé creyente, fiel, toma otro giro
Y la razón prosterna
A los pies del absurdo: ¡compra un giro
Contra la vida eterna!

Págalo con tus goces; la fe aviva;
Ora, medita, impetra;
Y al morir pensarás: y si allá arriba
No me cubren la letra?

Para este poema sardónico la literatura es, en la tradición heroica o romántica, otra inútil forma del sueño humano, de su ilusión de trascendencia. El amor, una mentira que corrobora la triste y prosaica cotidianidad. Y el poeta, un pobre hombre que se obstina patéticamente en sus preguntas porque confía en la capacidad de respuesta del mundo.

El escepticismo de Silva sólo puede ser interpretado como una actitud que nace de un “sentimiento” moderno del mundo, como el resultado de una experiencia histórica concreta. Al igual que Darío, Silva se siente condenado a vivir en una época vulgar y, como Darío, no puede evitar la nostalgia de otros siglos. Al vivir plenamente las contradicciones de la sociedad burguesa, al repeler su afán de lucro, su interés en el comercio y en la industria, su fe en el trabajo y en el ahorro, y a la vez querer y tener que plegarse a ella, Silva encarna plenamente la conciencia desgarrada del artista moderno. El humor le permite señalar lo inconciliable de lo Real y lo Ideal con una mueca escéptica, ajena a todo patetismo, con la sonrisa irónica del que sabe que no tiene alternativa posible.

Su escepticismo raya a veces en el cinismo como en aquel poema, Filosofías, en que, al modo de Bartrina, aconseja al lector que goce ampliamente de la vida (“De placeres carnales en el abuso,/ de caricias y besos/ goza...”) o bien se ciña, en sus comportamientos, a la norma establecida o a lo que la sociedad espera de él, (“Trabaja sin cesar, batalla, suda,/ vende vida por oro...”), acotando de inmediato que ni lo uno ni lo otro le servirán de nada. No hay en su poesía humorística ningún afán aleccionador, ni didactismo ni moralismo. No podía haberlo en la obra de un poeta que propone a menudo la muerte voluntaria como única salida. Pero también podemos anotar que su propia contradicción vital de aristócrata constreñido por la penuria de sus circunstancias hace viable la afirmación de Alfredo A. Roggiano: “Su liberalismo es conservador y su amoralismo lo es contra la iglesia y la sociedad de las convenciones y apariencias, si bien a Silva le gusta el lujo, el ser distinguido, diferente y único.”(4)

En Gotas amargas no solemos encontrar, pues, un humor benevolente, el del hombre que al poner las cosas en su punto justo acepta que no remedia nada rebelándose. Como el mismo autor lo ha señalado, la amargura es rasgo aquí notorio, y el irónico es tal vez el rasgo más generalizado de su obra. Encontramos por ejemplo, que si pensamos en el final de Silva, resultan de una enorme ironía trágica los versos que él aplicara a ese personaje suyo llamado Juan de Dios:

Luego desencantado de la vida, filósofo sutil,
A Leopardi leyó, y a Schopenhauer y en un rato de spleen
se curó para siempre con las cápsulas de plomo de un fusil.

Si analizamos la obra de Silva a la luz de los planteamientos freudianos, muy probablemente podríamos explicar el humor de Gotas amargas como un mecanismo de defensa de la psiquis del poeta. Su desadaptación, probablemente la frustración permanente que vivía y la nostalgia de mundos mejores, encontró dos vías de escape en su poesía: una de ellas, la reconstrucción en palabras de un mundo a la medida de sus sueños; la otra, el corrosivo humor que en Gotas amargas arrasa con la fe en esos mismos sueños y descarnadamente afirma que la realidad mezquina es lo único que poseemos.

El Silva memorable es el de los Nocturnos, el poeta ya muy moderno que trajo nuevas músicas y maneras de aludir a la realidad en la poesía colombiana. Pero Gotas amargas muestra clarísimamente qué tan consciente era Silva de otros caminos poéticos. Lo prosaico, lo antilírico, como vías de expresión de una cultura desilusionada de sí misma, huérfana y desorientada.

1 José Asunción Silva. Obra Completa, prólogo de Eduardo Camacho Guizado. Los Ruices Sur, Venezuiela: Biblioteca Ayacucho, 1977.
2 Rafael Gutiérrez Girardot. Modernismo. Supuestos históricos y culturales. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 1987.
3 Jaime Jaramillo Uribe. El pensamiento colombiano en el siglo XIX. Bogotá: Ed. Temis, 1982.
4 Alfredo A. Roggiano. “José Asunción Silva o la obsesión de lo imposible”. José Asunción silva. Vida y creación. Bogotá: Procultura, 1985.
Piedad Bonnett Licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes y profesora en esta Universidad desde 1981. Tiene una maestría en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño en la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado 5 libros de poemas: De círculo y Ceniza, (1989, reedición de 1995), Nadie en Casa (1994) El hilo de los días (1995) Ese animal triste (1996) y Todos los amantes son guerreros (1997) y dos antologías: No es más que la vida (1998) y Antología poética (1998) . Su novela Después de todo fue publicada por Editorial Alfaguara en diciembre de 2001. Con El hilo de los días ganó el Premio Nacional de Poesía otorgado por Colcultura en 1994. Piedad Bonnett es autora, además, de cuatro obras de teatro, Gato por liebre, Que muerde el aire afuera, Sanseacabó y Se arrienda pieza, montadas por el Teatro Libre bajo la dirección de Ricardo Camacho. Este grupo utilizó también su versión en verso de Noche de epifanía de Shakespeare para uno de sus montajes. Su libro Imaginación y oficio. Seis entrevistas a poetas colombianos, fue publicado en 2003 por la Universidad de Antioquia. Cuentos y ensayos suyos han sido publicados en distintas revistas y periódicos del país y han recibido premios nacionales e internacionales.
Mapa del Sitio
Gulliver: