Festival Internacional de Poesía de Medellín

Chinatown a toda hora

A las cuatro y cuarto
entre los viajantes de Chinatown
le digo:
Yo sobreviví al terremoto y al agua.
Soy 1979 partiéndose en dos
y lo que usted piensa ahora mismo,
también lo soy.
Soy una muchacha suave
-soy china-
Como esa que cree usted
se vería mejor callada
y despeinada
en otra parte
y no aquí,
que se vería muy bien desnuda
y estirada
en un cuadro de Modigliani.
Soy ella.
Sí.
Y, por supuesto,
señor,
yo soy Modigliani.
Soy la punta de la estrella,
y la cosa de papel que cae desde el aire en los aniversarios,
el autor de la teoría
de que el espíritu
es el hueso que no se puede roer.
Soy las ganas de romperse y de decir algo.
No puedo pagar la entrada al cine,
pero salgo en todas las películas
y por eso estoy sucio
y cansado
y más triste que dios.
A esta hora soy el cartón
y la masa
y la muchacha ideal,
la esterilla de papel
y la esquina morada
y lo que dejaste en la estación.
En el año de 1979 yo le doy la vuelta a mi casa
y la hago explotar.

Yo soy el pie en el estribo
y la última cosa en que pensó Paul
y soy capaz de decir cualquier cosa porque estoy sucio
y no puedo pagarme la entrada al cine.
Soy el autor de la teoría del espíritu
y soy un lado del espíritu

soy la muchacha ideal.

En verdad,
señor,
yo soy Chinatown.
A toda hora
y en demasía,
tengo una calle en cada esquina del mundo
y soy,
naturalmente,
lo único que nos queda.

Señorita

Nos sobra
esa reserva
-Infinita-
de la cosa que no dura,
quiero decir,
tu piedrecita más brillante
-linda-
superchería
de Chinatown.
Tú,
tu río de cosas,
la piedrecita de metal pulido
luz fatua
fruslería
-Todo Frágil-
Y sin embargo,
tu
ser capaz
de ser
esa muñeca
china y feliz,
quiero decir,
que importa,
el gesto tuyo
quitarte todo,
-y no-
la piedrecita de metal pulido,
que brilla del lado que no vale nada
e importa,
quiero decir,
es nuestra reserva infinita
de esa cosa que no está supuesta a durar


Otra Postal de Sequia

Con el perro,
amor,
hubo la casa,
el jardín ,
la verja,
el ciudadano,
medianoche,
el recorrer,
dar la vuelta
y pasear
-La vida esa-
sí,
el ruido del vecino,
la nobleza que tuvo
su dar la mano
matinal.
Claramente,
con el perro
hubo animal
que espera
y muerde
y pasta
como todo,
animal,
que si se enferma
y pesa
y muere
y tiene nombre
es animal
de fondo,
si le da rabia
y miedo
y si no es hombre
ni es monstruo
para nadie.
Con el perro
amor,
hubo la casa
cartas de él
Garúa mía,
que te espero,
manera suya
decir:
Garúa mía
si no vienes
ten bondad;
no avises
y mi manera
manía mía
de pedir que venga
con la misma palabra con que pido que se vaya


TODAS LAS COSAS

Al corazón escabroso,
la china,
despacha:
300 millones de arroz blanco,
cajones de peces tiernos,
monstruosas
anguilas/
jugosas,
/largas/
botellitas verdes
la mesera
china/
espigada,
su bandejita plástica
TODO SUCIO.
Es ella,
claro,
llevar la bandeja,
estar rendida
y hacerse
así,
recostada,
la mujer
más
tremendamente real.
Mientras,
se ve,
se avisa,
al otro lado de ese sueño esbelto
eso de que
TODO
pero
TODO:
la vajilla doméstica
la bombilla de luz
la camisa de fiesta
la vela del santo
el santo…
y todo
en verdad
son cosas
que nos vienen de china.
Del país de en medio
la marca que incide
que insiste
/aclara/
No nos queda ya
ninguna otra palabra para hablar de las cosas.
No nos queda,
sino
sólo
esta
voraz
letal
fabulosa
obsesión por la repetición
y el pensamiento serial
de Chinatown
donde vimos serpentina,
y la forma funicular
definitiva,
finisecular,
la fabulosa celebración del objeto
y de aprender
a decir palabras
con las cosas
en tanto,
sí,
atolondramos como estamos
por la llegada de la cosa
a secas
sucede aquí,
a toda hora
y en demasía,
la China
Despacha.


Las Huestes

 Salgo a ese viaje cada cierto número de años.
          Me voy llevándome un nombre                  
              una parte en él se humilla,
                                  irremediable.
 
Me voy en huestes
 en oscuros rebaños;
y lo hago para poder hablar de ti
y lo hago para no hablarte.

Salgo  al gran viaje.
     Me muevo en tu joven raíz
 Me muevo en tu amada marcha.

Viajo para poner un poco de la ruta en mí, 
                                                          un poco de la ruta en ti.
Salgo para saber creer en ti.
                        Lo hago para que vuelvas a creer en algo


Cosas frágiles

De A las cosas que odié (Inédito, 2007)

también las cosas que odié
las quiero de mi lado

Desierto

La tierra que jamás quiso tocar el agua
es el desierto que al norte está creciendo como un estrago de luz.
Pero los hombres que han visto el despoblado
-su amplitud sin sobresaltos-
saben que no es cierto que la tierra esté reseca por capricho,
o sin ninguna bondad;
es nada más su manera de mostrar
lo que transcurre bellamente sin nosotros.

 

2.

Es para el dios de lo deshabitado
que se alzan templos invisibles
en la borrasca del desierto.
Es para él
que los árboles enanos inclinan en la arena
sus ramas
humildes,
fervorosas.
Es para que no te aferres
que existe un dios de la ausencia,
un señor del desierto
que sabe
que,
como la sombra,
algo existen
con la fuerza de la luz
que lo rechaza.

Nada se queda

No se queda el aire
no queda el verano,
no el grito
no las mujeres;
no queda ni el largo vacío de todo lo que parte.

Y si sigue el azul
sólo está aquí
como prueba del derribado paisaje.

Todo está huido:
las montañas
y las camadas de aves
y si están los grillos
y las begonias
no es por dar luz
o porque existan
es porque todo lo que sembramos
fue hace ya tiempo quemado,
mezclado
en la fugitiva borrasca.

Tú crees que algo oculto nos queda
pero no es esto la espesura
la selva
es lo que desciende de tus cabellos, mujer,
No es más.
Y si nosotros quedamos
no es porque estemos aún en la tierra
es para atender esta migración,
la costumbre de irse
que parecía tan natural
pero era,
justamente,
la cosa que dolía.

 

Quiero saber qué es la piedra
que tanto me conmueve
qué es en verdad,
la ruina que nombro.
También escribir es derrumbarse

3.

Nuestra tierra es desigual
abre surcos
avanza,
se interrumpe.
Sabe romperse.

Nuestra tierra
tiene brevísimos puntos
en que la luz
se colma
o se deshace
y una grieta
brillante
y despoblada,
en donde tiembla
UNA MUJER
que sabe
que todo será el desierto
un día
al fin
desierto,
señor de los marchantes.
Verás,
no digo que el paisaje
fuera eso
pero supe de una tierra desprovista
en la que todo hacía ruido
e incluso
la existencia discreta de la rama,
pretendía un rumor,
un sonido,
un traqueteo vegetal.
Digo que he oído,
que dijo
que las cosas no existen en la tierra;
existen como ella,
que todo
al fin,
será el desierto
y
sabrá romperse.

 

Poema de los templos

Señor de lo triste:
aquí está tu roca herida
otra cosa que se rasga,
a la manera de la hoja
se arruina y cae
sin desesperación,
no con el dolor angustioso de los hombres.

Estación de la luz

Verás, es tu ciudad, en la que siempre hay algo a punto de venirse abajo. La lluvia –derrumbada en la luz- ya sabes, o los árboles quemados de cielo a media tarde, como pájaros que se lanzan desde el aire y caen en los parques, arrastrando esa manía de caer.
Porque es verdad es mi ciudad y es del otoño, la casa misma de lo que se desploma hastiado de durar en el aire y la intemperie de la luz. Aquí es el sitio de las cosas desplomadas, el lugar donde nos fascinamos con el desmoronamiento de los muros que inician el descenso hacia sí mismos, simplemente y con el fin de vernos rendir ante el encanto de las casas derrumbadas, tan sucias o tan viejas -nos da igual- cuando sólo nos importa que las casas enfiladas habrán de caer -como también se caen las tardes de su luz- porque esta ciudad, que es del otoño, es de las cosas que siempre son más bellas cuando están a punto de acabar.

Luz artificial

Así es la casa cuando uno entiende que el tintinear incesante, el sonido sordo de la bombilla eléctrica es todo eso que la luz tiene de mejor. Es la luz que suena si se topa ruin con los ojos abiertos, heridos de claridad, también cuando los rayos del mediodía, rendido en la hierba de este lugar sin nombre, en el que en todo caso yo habría de caminar sin ti, anuncian: que apenas haya noche encenderé las luces, lento y ruidoso, como ese terco  melancólico dios que enciende luz por no decir de la lluvia que alimenta las ganas de estar dormidos y caer derruidos, pardos, donde no nos toque esta luz eléctrica que se riega de noche por las colinas e inventa el tiempo y la voluntad. Porque estas gentes esperan lo oscuro y encienden las luces con simetría -juegan a eso- 
las apagan con desarreglo.
En una ciudad enorme siempre hay alguien que no puede dormir.

Lección única sobre cosas viejas

Ya dije

no sé quién inventa el olor de las casas,

no sé.

Más aún si lo que te gusta
es mirar desde arriba
la vista ruinosa de los tejados
y la pared deslucida
y los muros
y las sucias puertas de las casas viejas de aquí.
Más aún,
si ya no recuerdas que
no es el olor
sino la bondad de la cosas
al exhibir su derrota.

 

Intolerancias

No es lo mismo decir que yo perdono
la larga espera,
la quietud,
la pesadumbre,
la tristeza de roble de los cuartos
y de las cosas
por ahí
pesando.
No es lo mismo decir
que yo perdono
eso,
o que no veo
importancia
o desmesura
en la feliz inconsciencia de los árboles
y sí la veo
a cambio
en decir
que el mundo
así
-reñido o arrasado-
a veces era
una voz torpe,
que cree que las piedras son inmóviles
y que su quietud
de tiempo y pesadumbre
y que tus propios ojos
de tiempo y pesadumbre
son lo que hay
y no son más.
Pues yo perdono
porque es bella
la inconsciente belleza de las cosas
como es la brisa
ingobernable 
pero también
como triste
imperdonable,
y gris
es la estampa
de los hombres sin fe
y la quietud sorda
que tienen los seres
y las cosas intactas.

 

TODO IMPORTA

Nunca lo supimos en el puerto.
Vimos la tierra ser el golpe seco,
la muesca,
el cerco,
la grama que asentamos
pero no la oímos respirar.
Vimos el suelo dar el paso
estremecerse
lanzarse cuesta abajo
como el río cauto
imperceptible
pero nunca vi en sus aguas la estación.
Me refiero,
por supuesto,
a cuando lentamente nos llegó el invierno
y por eso
una parte en cada cuerpo
se detuvo de repente
y fue evidente
cómo cada cosa
nunca fue ella misma
sino su respirar furioso.

Yo vi el invierno
y sin quererlo
también lo oí
y era un rumor
que suplicó
la mansedumbre
y era un rumor
y suplicó la lentitud,
decía
ven a ver
de dónde es que regresan
las cosas obligadas a dormir
ven a ver
que todo
como el río cauto
imperceptible
vuelve dentro.
Ven a ver la estación,
porque en ella a veces supe
cuánto nos sobraba la rosa de la muerte
porque en ella
jamás ninguna cosa
se durmió completamente.

**

El primer invierno fue un derrumbe
una tierra dibujada con un trozo de carbón.

Fue así,
aquello al comienzo
era una casi antigua
y yerma estepa
acabada de inventar.
Vimos la hiedra
la piedra seca
la flor de la escasez,
y cada árbol
destejido
mansamente
supo del viento
que tocó sus ramas
y del peso de la luz
que finalmente las dobló.

Fue así,
se murmuraba:
Es invierno
entonces
todo importa,
merodea
en las cosas
la sensación
de la belleza
y los hombres
atados a la tierra
y al capricho del agua
vuelta piedra
están aprendiendo a esperar.

Fue así,
en el invierno
el hombre criaba
la hierba
y la costumbre
de verla oscurecer.
Las ramas se doblaron
a causa de la luz
y la tierra
dibujada
se hizo lenta
y perceptible
y por meses
era ese
nuestro único don.

 

LA RAÍZ

La tierra
la insistencia,
y la flaqueza
también son cosas que odié
y hubo cuando
incluso
yo no quise esta luz,
la misma
inconmovible
intensa
luz que adoro ahora.
Muchacho,
hubo un mal tiempo:
se agotó la templanza de los montes,
se doblegó abril,
y fue entonces
que pensamos
que esa fuerza
era impura.
Odiamos la riada
y el agua que insiste
y las ganas que todo tuvo
de ser río
y de arrancarse.
Odiamos las aves que migraron
y las mujeres bellísimas
que murieron temprano
y las guerras diluviales
sin tiempo fijo
qué no saben cuánto arrastran.

Entiende,
hubo un tiempo muy malo.
Las riadas rindieron la materia
removieron en lo hondo
y te dieron
a ti                              
una palabra terrible;              
dijiste el nombre
de cada cosa que  odié
y la lluvia insistió
y el agua fue 
la materia más pesada
y salió a flote
por milagro
-por descuido-
la raíz del río ,
la savia del agua,
la raíz del amor.
Supe que fue cierto
dijiste 
a tiempo:
Ven,
que también a las cosas que odié
las quiero de mi lado.

CASA DE PIEDRA

Era corriente
y deslucido
y mohíno
el ademán,
con que dábamos la espalda a la casa de piedra de mi padre
para hondear faldas floreadas
y de luz
en nuestro puerto desecado.  

Por primera vez
y sin nodriza,
bordeábamos la arcada de la tarde,
todo para no ver
las manos de piedra de mi padre
oscureciéndolo todo,
apresándolo todo,
sus palabras de piedra
y cascarrina

lloviendo en el jardín de la sequía.
Y nosotras en fuga hacia calles blanqueadas
y farándula de mediodía
y ellos repitiendo
en la puerta de piedra:
catorce años,
falda corta,
zapatos rojos sin usar.  

Éramos en avidez musical
y de fasto
y malabares,
ante la lustrosa acera,
antes de quedarnos parados
y sin voz
para ver la desolada estampa,
la ruina.
Pues el silencio,
que no el bullicio de los días,
atraviesa.
El silencio,
que es que son treinta y dos los ataúdes
vacíos y blancos.

ATADO A LA ORILLA

Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.  

Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.  

Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.  

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.  

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.

LLANTO

María,
hablo de las montañas en que la vida crece lenta
aquellas que no existen en mi puerto de luz,
donde todo es desierto y ceniza
y es tu sonrisa gesto deslucido.  

Allí es enero el mes de los muertos insepultos
y la tierra es el primer cadáver.
María,
¿No recuerdas?,
¿No ves nada?
Allí nuestras voces son desecas
como nuestra piel
y se nos queman los talones
por no querer saber
de las casas incendiadas.

Hablo María
de esta tierra que es la sed que vivo
y el lecho en que la vida está enterrada.  

Piensa María,
en que esto no es vivir
y la vida es cualquier otra cosa que existe
húmeda en los puertos donde el agua sí florece,
y no es hoguera cada piedra.  

Acuérdate, María,
que somos
pasto de perros y de aves,
somos hombres calcinados,
cortezas vacías
de lo que éramos antes.
¿De qué estás hecha?, niña mía,
por qué crees que puedes coserle la grieta al paisaje
con el hilo de tu voz,
cuando esta tierra es una herida que sangra
en ti y en mí
y en todas las cosas
hechas de ceniza.  

En nuestra tierra,
los cuervos lo miran a uno con tus ojos
y las flores se marchitan
por odio hacia nosotros
y la tierra abre agujeros
para obligarnos a morir.

LA NOCHE EN TI QUEDA

Y si la cama es ancha
es porque eso es el pavor
que no
que el sueño no es que el cielo te cae en la cabeza
la noche en ti queda
o el horizonte
rojo sangre,
verde botella.
Que qué será de ti
mi melindrosa,
que sí,
que el tiempo aunque tiempo no acumula
no seas zángana
ni pérfida
aprende a cerrar los ojos adentro de los párpados.
Que hagas caso
mi mimada
que en mejor duérmete mi niña se ahogan todas las infamias.
Que no,
que la cama no es sólo para el sueño,
que la noche no es Dios con los párpados cerrados.


Puerto quebrado

Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.

Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.

Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.

Ver llover

          Sé que la lluvia también es un dios, atroz como el otro, calmo como el otro. Lo sé porque veo a los hombres pronunciar alelados los dos nombres posibles de la lluvia en sus tardes más grises, diciendo:
                    ven y bórralo todo,
                              ven y llénalo todo.
          Y siento la fe del hombre que trabaja por el premio de la lluvia, que es el agua misma que la tocó a ella, que la bañó a ella, en la que ella ya durmió. Y sé que a todos les espanta ese rumor a cuenta gotas que viene con su misma cantata sin desuso y obliga a correr apresurados y cerrar las puertas de las casas que
            de no ser así se llenarán de lluvia
              y serán de la lluvia hasta caer.

 

Andrea Cote  nació en Barrancabermeja, Colombia, el 27 de julio de 1981. Poeta y profesora universitaria, ha sido colaboradora del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Ha publicado los libros: Puerto Calcinado, poemas, 2003; Blanca Varela y la escritura de la soledad, ensayo, 2004; Una fotógrafa al desnudo, biografía de Tina Modotti, 2005. En 2002 recibió el premio nacional de poesía joven de la Universidad Externado de Colombia y en 2005 el Premio Mundial de poesía joven “Puentes de Struga”, otorgado por la Unesco y el Festival de Poesía de Macedonia. Su libro inédito A las cosas que odié, recibió mención de honor en el Concurso Internacional de Poesía Rubén Darío, del PEN Club de España, 2007. Según Piedad Bonnett “Andrea Cote es hoy una de las voces jóvenes más interesantes de nuestra poesía. La suya recrea, en un lenguaje ambiguo, pleno de significados, un mundo muy propio, de tendencia intimista, poblado de elementos recurrentes que señalan la urgencia de sus fantasmas, la necesidad de transformar la experiencia en palabra”. Y al decir de Juan Manuel Roca, “Sus poemas, atentos al transcurrir de un tiempo agreste, revelan un impulso por no escamotear ni la tragedia, ni el olvido, en los que se envuelve nuestro drama individual y colectivo. Es la suya una poesía reflexiva que busca la expresión de un paisaje calcinado en imágenes justas, en ritmos diversos”.

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