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Juan Felipe Robledo

Juan Felipe Robledo


SE ACEPTA LA PROPIA CONDICIÓN

No es arriba, en el cielo, donde encontraremos nuestro destino,
no es abajo tampoco, porque allí nuestros pies encontrarán el polvo,
no entre adelfas o nomeolvides hallaremos reposo,
no habrá pausa en el tiempo de los días álgidos,
no hallaremos consuelo en el roto corazón.

No, no hay ánimo para irse de fiesta
ni efemérides para celebrar,
permanecemos con el espinazo quebrado bajo las lámparas.
y no descubriremos un sitio más cómodo.

Viajamos en medio del espanto, padres de gemidos que no se oirán en la brisa,
y no somos sino días cegados
y ponientes que se doblan y mañanas para nada
y delirios de un ayer que tampoco fue mejor.

NO ESCRIBIRÉ UN TESTAMENTO

No habrá cajas funerales que entorpezcan la tarde,
cardúmenes de ballenas no despedirán el túmulo de mi olvido.
Hace tiempo pensaba que las cosas habrían de ser luminoso encanto,
pero la hierba y el jardín de los domingos está revuelto.
En los pies adoloridos se hospeda la cansada vida
y el acero puede atravesar la dermis sin hacerla sangrar.
Los lentos e imprecisos momentos que fui malgastando
no van a cambiar a nadie. Abrazamos el día
y en él nos refugiamos, condenando el tedio que se nos cuela.
¡Qué bueno será dejarse ver cerca del río,
en la corriente descubrir el sitio de lo imprevisto,
el apalancado dominio de la muerte en la brisa,
y que el oso parco nos pesque como a salmones torpes!

ADIÓS A UN DÍA

¡Cuán terrible es el mundo! Hay parejas que lloran y se besan en los cafés y no encuentran grandeza alguna en estas
   instantáneas que han nacido para el olvido. Todo es tan absurdamente real, verosímil y ajustado a los rieles del devenir que
   da vergüenza. Hace falta algo de irresponsable entrega al reino de las sábanas cansadas para entender cuán importante es
   conservar el alma fuera de este sumidero.
El día brillante, en el cual hubo animales mirando por la ventana el despertar de la lluvia, el día de los libros acariciados y la
   galleta deshaciéndose, el día tardío del corazón llega a su fin, prepara su muerte sin tristeza, se dobla sobre sí y mira el suelo.
   Nosotros lo recordamos horas después de su partida, con una atenta mano sobre su lomo estirado en la distancia, y nos
   sentimos tranquilos, seguros, alumbrados por la confianza de siempre.
Un tiempo que no avanza, el crecimiento alerta de los nódulos linfáticos no son excusa suficiente para dar por acabada la
   memoria que nos rodea. La música puede seguir brillando, despertando, amando a aquellos que con humildad la oyen. Los
   rumorosos robles, los alerces, el canto del viento son compañía suficiente para dejar que se vaya el día. El tiempo nace de la
   inveterada costumbre de no desear con suficiente fuerza.

ASÍ SE PUEDE EXISTIR

 

Así puedes vivir como un hombre que ha fallado, ha fallado y quiere enmendarse, ha fallado y abraza sus errores, los contempla y sabe que debe darles golpes para que se espabilen, así se puede existir, amando a los amigos, así vive el que quiere sin temor a los demás, así vive el que atraviesa el llano y sigue golpeando la piedra y no quiere construirse un altar, sino que está vivo y lleno de resolución, y se escapa sin dejar a los otros, y sigue hacia delante, al galope, al trote, con los húsares, los coraceros, los cornetas, los abanderados, los tremolantes dueños del valor, y busca la dicha, busca la dicha en el cielo y en la tierra, junto al árbol y el estanque, así vive el que se lanza sobre su corazón y conoce sin prisa a los otros y los bendice, y se alumbra en las cavernas oscuras del sentido y sigue adelante sin arredrarse, sin olvidar a sus amigos, y sigue sin prisa recogiendo semillas en la rosaleda, lanzado a la conquista del día, señor de esencias calladas que perfuman la prisión, dueño de su canto, atravesando el río por el vado en el que nadó la dicha para nuestro atrabiliario corazón de trapo.

DONDE SE USA LA PALABRA ALMA

Alma era la palabra que se usaba,
y no creo que haya una mejor para hablar de esa fuerza discreta,
columna dorada que creíamos perder de vista al término de un domingo gris,
y la cual era hojas volando sobre nuestras cabezas,
un poso de vino no muy turbio,
un verso que regresaba para irse segundos después,
y era la alegría que no se agota sino que puede volver, cuando no la esperamos.

Eran las pruebas de un tiempo deslucido las que soportaba el alma,
el dique parecía ceder, y nunca se desmoronaba, jamás lo hizo.
No había ardillas que corrieran de un árbol a otro,
las tablas del puente, desgastadas, estaban manchadas y mohosas.
El tono era desesperado, el amor de las muchachas imposible,
los poemas apenas un montón de palabras yéndose de las manos,
y el alma continuaba sosteniéndonos, no lo sabíamos.
Las palmeras deshilachadas del frío acogían a gatos callejeros que corrían desesperados,
huyendo de los perros iracundos,
los días nos dejaban con un sabor terroso en la boca,
todo parecía un poco triste, muy lejano,
pero ese cosquilleo que siempre nos advirtió de otra noche, otra mañana, no nos abandonó.

Los corazones se lanzaron a campañas desgraciadas, condenadas al fracaso,
el tiempo era denso, asfixiante.
Había un rostro hermoso en la cabecera de la cama,
muchacha de oro y sonrisa grata que no se decidió - a pesar de
              nuestra desesperación - a besarnos en el sueño,
la cerveza espumaba, volvíamos a subir la cuesta del olvido cada viernes,
y mañanábamos angustia.
El alma, terca y distraída, no se fue de viaje.

Vimos botellas flotando en el agua sucia que recorría los baños de innumerables barrios,
ilusiones devastadas, dureza en las pupilas,
no podía ser más confusa la vida, más incompleta, más torcida,
pero el alma, rumorosa, nos siguió con amor, como un perrito, como un ladrón novato,
nos ayudó a cruzar la noche, la del viento que quema los dedos, las mejillas,
y dejó que el trigo cayendo en el silo hiciera música para nuestro sorprendido corazón,
amiga atenta, enramada del anhelo, soñado reposo que llegó después de las horas,
y nos enseñó a besar cuando la luz se había ido y sólo quedamos ella y yo, en silencio.

Juan Felipe Robledo Nació en Medellín, en 1968. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, donde ha sido profesor en el programa de pregrado. Ha publicado antologías de la obra poética de Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Juan de la Cruz, Rubén Darío y del Romancero español. Ha ganado el premio internacional de poesía Jaime Sabines, en 1999, concedido por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, en México, por el libro de poemas De mañana, y el premio nacional del Ministerio de Cultura 2001 en Colombia, con el libro La música de las horas. Poemas y artículos suyos han aparecido en distintas revistas y periódicos de Colombia y México.
Última actualización: 28/06/2018