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Samuel Vásquez

Samuel Vásquez


CALCADO DEL SILENCIO

(No tener nada que escribir
y tenerlo que escribir)

       1

La poesía es un “tema de cruce”. Por ello no hay palabras últimas, definitivas. Tampoco hay principio. Debiera empezarse, entonces, desde el centro. Pero ya sabemos que en poesía el centro es múltiple y todo centro es un abismo. Así que cualquier método aquí, es inseguro, desconfiable.

Por fortuna el ensayo se desmarca: en vez del juicio crítico que le diese poder social, el ensayo adopta la sintaxis inmune del sueño; en lugar del análisis filosófico que le otorgase la credibilidad de la coherencia, el ensayo prefiere la obscura libertad de la intuición; en cambio del método científico que le confiriese la certeza de la prueba, el ensayo elige la belleza imprecisa de la huella que es “la habitante despreciable del presente, no busca desarrollar un discurso pero queda un recuerdo pronto reconocido, un vado de azar; y siendo lo más aromatizado generalmente un atajo, ella es un avance sobre la obra humana”. (1)

       2

En esta ilusión cartográfica que convenimos llamar Colombia, (la tragedia humana más grande de occidente hoy) existen más de tres millones de desplazados.

Más de tres millones de personas han perdido su casa y su cielo padeciendo un trastorno de identidad que nadie se atreve a evaluar.

Hemos sustituido el país por un paisaje de leyes y policías que niegan la infancia y sus fantasías. Hemos instituido una ciudadanía artificial que sólo sirve para votar, una existencia legal que no garantiza pertenencia social y, menos aún, participación cultural alguna. Hemos aceptado una nacionalidad precaria que no compromete una soberanía regional, ni implica una relación social que constate una identidad. Hemos sembrado de crímenes el paisaje perdiendo toda relación con él, y hemos permitido que la geografía política aplaste una bella y rica geografía natural. No entendemos que “la naturaleza es un poema que debemos devolver intacto después de habernos enriquecido con su lectura”. Hemos instaurado una paranormalidad donde se cometen la mayor cantidad de crímenes en todo el hemisferio occidental. Tiemblo luego existo..

Sin país, ni nacionalidad, ni ciudadanía, ni paisaje, nos queda el castellano.

El castellano es el único lugar en donde no nos sentimos extranjeros.

En Babel, Jehová asume las diferentes lenguas como un castigo. Ay, Jehová, aleluya, yo recibo mi lengua como una bendición. El castellano es para nosotros una Soberanía maravillosa dentro de un Estado criminal.

       3

La necesidad adánica de nombrar lo que se interpone entre sus ojos y el infinito, genera la aparición del objeto2 y la palabra-azogue que lo refleja, creando una especie de sobrenaturaleza.

El cuerpo es la dehesa donde pacen silenciosas las palabras. Cuando el murmullo interior aturde, brota transparente la palabra y la voz le da caudal social.

El cuerpo siempre se asume o se niega como lugar deseante. Tiene una natural capacidad plástica, y su ojo ocupa lo que sus brazos no alcanzan, su palabra alberga el mundo que sus ojos no pueden.

El alfabeto vigila los límites de sus variables que homologan el nacimiento de las palabras. Así mismo, la lengua como cosmos trata de someter al lenguaje a decir únicamente lo instituido, lo permitido. La lengua ha sido construida para afirmar, no para dudar. Pero la lengua no posee expresión por sí misma, se expresa por medio del lenguaje y el lenguaje, a su vez, por medio del texto (que es tejido de significantes). La cópula de las palabras engendra un caos infinito que da origen al paraíso del lenguaje. El lenguaje fue creado por el Hombre para reclamarle a Dios. Adán, que desafortunadamente era ágrafo, sólo dispuso del habla para cumplir su primigenia obligación poética.3 Y el habla enriquece la lengua de manera diferente a como la escritura la enriquece.

En la escritura, al hacerse visible, el habla pierde no sólo sonido, sino también gesto y acento. La palabra ha obtenido así una espacialidad bidimensional en la página, pero ha perdido la tridimensionalidad de la voz, quedando roto el vínculo natural de la palabra con el hablante.

Para que los signos del lenguaje sean compartidos, reconocidos y decodificados por un grupo social, se hace obligatoria su repetición.

Esta repetición, a la vez que crea una liturgia, engendra un gregarismo. Gregarismo que nos arrastra a convalidar lo instituido, preservar la norma, continuar lo establecido. Gregarismo que nos hace siervos de la lengua, y del que sólo la poesía, subversión permanente del lenguaje, nos libera ungiéndonos soberanos de la palabra. (El innombrable de Beckett dice: “Es una linda astucia que me hayan pegado un lenguaje que ellos imaginan que yo nunca podré utilizar sin delatarme como miembro de su tribu. Voy a maltratarles su jerigonza”).

Si la lengua está hecha para afirmar, lo que afirma es un poder.

Y si la lengua convoca a la repetición rebañada del lenguaje, la poesía incita al amotinamiento de la palabra, instiga al lenguaje a dudar del poder autoritario de la lengua. La poesía restituye el filo a la palabra, suprime el mellamiento que la cotidiana conversación le infiere.

Mientras la lengua trata de ejercer su tiranía, la poesía es el viento sin país que mece todas las banderas, es la atopía, el sin-lugar donde realizamos lo deseado, lo prohibido, lo imaginado. Así la escritura ya no es sólo partitura posterior de la voz que ya calló. Ahora podrá generar voces y, mejor aún, silencio. Y el silencio todo oye. La poesía devuelve la palabra a un silencio que no calla. Se dan allí, entonces, las voces del silencio.

       4

El lenguaje se ha instituido como intermediario de todo conocimiento. El lenguaje acorta la distancia entre la ciencia y yo, entre la ideología y yo, entre el arte y yo. La escritura es el único oficio que se puede comentar, analizar, estudiar, criticar o filosofar por medio de la misma materia que lo compone: la palabra. Esto establece una inigualable cercanía entre el sujeto que estudia, el medio con que se estudia y el objeto de estudio, y constituye un acontecimiento único: un oficio puede reflexionarse a sí mismo.

La poesía sabe. Y sabe en sus dos acepciones etimológicas pues saber y sabor provienen de una misma raíz latina.

A algunos actos que se ubican fuera del alcance del lenguaje los llamamos inauditos: sin audición. A otros los llamamos milagro: el milagro ilumina pero permanece oscuro: es la luz umbría del sol negro. Estos últimos se hallan más cerca de la poesía, provocan su expresión. “Escribía silencios, señalaba lo inexpresable, fijaba los vértigos” dice Rimbaud. Pródiga y prodigiosa la poesía a veces es el silencio, a veces lo inefable, a veces lo abisal. Otras veces sólo palabra, palabra desnuda, texto sin pretexto. La poesía habita sin hábito el lenguaje.

El poeta elige la cima o la profundidad de la palabra. En la profundidad la palabra reflexiona sobre sí misma y sobre la capacidad de su expresión. En la cima la palabra reconoce su propio abismo y sabe del riesgo de su manifestación.

La poesía es una manifestación límite del lenguaje, y esta exigencia de máximo rendimiento de la palabra está muy cerca de una lesión del lenguaje mismo.

“He aquí las palabras como si yo participara en un baile. ¡Buenas voladoras! Ellas danzan, dudan, agitan el aire, despliegan sus facetas, y súbitamente llego a su almendra interior, su amarra, es decir el sentido más propicio al que exige el poema sobre el que estoy inclinado... Las palabras son fuentes vivientes semejantes a delfines que emiten sonidos entre ellos y deben comprenderse. La mayor parte del tiempo reposan. Usted las roza al pasar, un poco como las golondrinas hacen con las moscas antes de tragárselas. Pero hay este segundo cuando el moscardón está aún vivo. Yo tomo es el sentido de la palabra y no me lo trago, no lo destruyo, lo retengo. Pero como no quisiera que una palabra tenga la sensación de ser prisionera, la suelto cuando sé que se va a quedar”. (4)

       5

Al escribir suprimimos al sujeto que escribe a favor del sujeto de la escritura. Suprimimos el tiempo en que se escribe a favor del tiempo creado por la escritura. Sujeto y tiempo se eclipsan para conferir una luz de mediodía al sujeto y al tiempo de la escritura.

La poesía no le niega la autoría al poeta pero le niega su propiedad. Se hace ajena manifestando su propia existencia, evidenciando su ser. En oriente se recomendaba recordar el poema y olvidar al poeta. En la escritura siempre duerme un deseo, el deseo de ser leída. La escritura desea al lector y le propone vivir juntos esa aventura. La proximidad deviene intimidad y estos dos seres unen sus sombras creando una noche para ellos.

Escribir es saberse incompleto. Es concertar una cita con el lector. Desde la punta del lápiz sabemos que la escritura sólo se consumará con su presencia. El lector es futuro que lee en presente algo escrito en el pasado. El lector es una posible amistad, el poema es realidad que no cesa, pero el poeta ya no está.

“Hacemos que el lenguaje nos represente, se haga pasar por nosotros, hasta que nos posee, nos atraviesa, y nos hace pasar por él, fraguándose hasta el punto en donde no hay fractura posible”.

Se escribe, no para mostrar arte, sino para oír mejor.

       6

La narración se ha visto necesitada de construir un espacio representativo en donde la palabra pudiera discurrir “naturalmente”.

La representación especula con la realidad y presupone apropiación imaginaria. No hay representación inocente. Siempre está latente allí el ánimo de la ilusión, y si hay ilusión hay engaño. El doble, el calco, es la más ajena semejanza, es un fantasma de sí mismo que nos espanta. Al calcar reproducimos la realidad prolongando lo instituido, lo que nos ha sido dado. Al crear, en cambio, añadimos algo nuevo a lo dado social: el “Ahí dejo estas piedras que no estaban antes en el mundo” de Oteiza revela su actitud creadora. Al desear rompemos con lo dado social estableciendo una grieta entre lo dado (pasado) y su continuidad (futuro), infiltrando un presente performado. La poesía agrega deseo a la palabra.

El poeta no está necesitado de construir ese espacio representativo y la palabra puede vivir muy bien en el papel, en el silencio de la voz acallada que se asila en el lenguaje. Así como rechaza la escenografía rechaza la palabra encubierta, rechaza su ropaje, su disfraz, sus efectos (la palabra no representa ningún otro papel, se presenta a sí misma). Aquí la palabra anda desnuda para el escándalo de unos y el amor de otros. Aquí la poesía no representa, es. La poesía está aquí, presente, es la fuerza maravillosa de su existencia la que se desenvuelve ante nuestros ojos que oyen.

En la literatura el lenguaje opera como intermediario para alcanzar “la obra”. En poesía el lenguaje es la obra.

Mientras la narración mantiene y alimenta un alejamiento entre significado y significante, la poesía minimiza la distancia entre ellos propiciando, a través del sentido, más que un encuentro, un abrazo. Porque la poesía pone en emergencia el lenguaje para instaurar la presencia del sentido. El sentido, más que en las palabras mismas se encuentra en los espacios vacíos entre ellas, y más que el significado es la arborescencia del silencio que crea la palabra. El sentido es la pulsión inaudible de las palabras, es la inmanencia del deseo que nos afecta, es el silencio que se fecunda a sí mismo para devenir vida en el lenguaje. La poesía funda y puebla el silencio, pero como no le interesa posesión alguna, no lo coloniza como el mimo, sino que lo libera atendiendo a su vocación nómade. En el nómade el territorio es su cuerpo. Por eso nunca se va de sí mismo y jamás está en el mismo lugar. La poesía rechaza el sedentarismo, deflagra la poltrona. Mientras en el sedentario el afuera es lo otro, lo ajeno, lo que le rodea, en el nómade el afuera está adentro de sí: posee un paisaje interior.

La palabra poética es consistente. Por ello, a veces, es la palabra misma la que calla, es la palabra la que delira, no su autor.

La aventura narrativa, así esté escrita en primera persona, le pasa a otro, no al lector que puede avanzar por el sendero incierto de los renglones sin peligro alguno. Va a toda prisa detrás de la anécdota (afán que le impele a veces a saltar páginas) y la palabra es un medio para que la aventura suceda.

La poesía, en cambio, le sucede al lector; por más que mire a un lado, la poesía le sucede. Así, la escritura que quiso ser un medio de recordación vino a ser un vehículo de videncia, quiso representar un espacio histórico pasado y resultó construyendo un espacio atópico.

       7

Por virtud de la brutalidad disfrazada
aquí somos más de tres millones de nómades.
El castellano es mi único país.
La poesía es mi casa y mi huésped.

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1 René Char
2 OBJETO: lo que se opone adelante; ob: oponerse, jacere: arrojar adelante
3 GENESIS: Capítulo II, versículo 19. Formado , pues, que hubo de la tierra el Señor Dios todos los animales terrestres, y todas las aves del cielo, los trajo a Adán, para que viese cómo los había de llamar: y en efecto todos los nombres puestos por Adán a los animales vivientes, éstos son sus nombres propios.
4 René Char

Para José Manuel Arango,
Juan Manuel Roca y
Raúl Henao.

Samuel Vásquez Poeta, dramaturgo, ensayista y pintor. Fue curador de la Bienal de Arte de Medellín y Comisario de la Bienal de Pintura de Montevideo. Director del Taller de Artes de Medellín que congrega Teatro, Música y Artes Plásticas. Obras de teatro suyas han sido puestas en escena en Venezuela y Cuba. Ha dirigido 15 obras de teatro. Sus montajes de El Bar de la Calle Luna, de su autoría, y El Arquitecto y El Emperador de Asiria, de Fernando Arrabal, fueron aclamadas como las más importantes obras del Festival Hispano de Estados Unidos y el Festival de Manizales. El Arquitecto y El Emperador de Asiria fue seleccionado como uno de los 14 Espectáculos para la Memoria en el Inventario Teatral de Iberoamérica, editado por el Ministerio de Cultura de España. La Televisión Española filmó El Bar de la Calle Luna para ser presentado en un programa sobre “El mejor teatro del mundo”. En 1992 le fue conferido el Premio Nacional de Dramaturgia por su obra El Sol Negro, y una Beca Nacional de Creación del Ministerio de Cultura por su obra El Plagio. Poemas y ensayos suyos han aparecido en libros y revistas de Colombia y el exterior. Su poesía ha sido traducida al rumano, portugués e inglés. Otras obras suyas: Las Palabras son Puentes que nos Separan (poesía); Gestos para habitar el silencio (poesía); Técnica Mixta (teatro); Raquel, Historia de unGrito Silencioso (teatro); El Abrazo de la Mirada (ensayo).
Última actualización: 28/06/2018