Festival Internacional de Poesía de Medellín

Abdellatif Laâbi (Marruecos, 1942)

Dos horas en tren

En dos horas de tren
Repaso el film de mi vida
Dos minutos por año en promedio
Media hora para la infancia
otra más para la prisión
El amor, los libros, la errancia
se reparten el resto
La mano de mi compañera
se funde poco a poco en la mía
y su cabeza sobre mi hombro
es tan ligera como una paloma
A nuestra llegada
yo tendré la cincuentena
y me restará cerca de una hora
por vivir

Ojo junio 67

–Fragmento–

Y la memoria crece. Noche de los hombres. Noche de la palabra.
Los sueños abortados. Los libros mudos. Los rostros amarillos.
El viento no se levantará más de este eclipse.

Muerte la muerte

Muerte de nosotros
Nuestro dios también ha muerto
De epidemia mecánica
La tierra una ratonera
Trampas infestadas acechando nuestra marcha
Del fondo de un continente huye
La voz desentierra
Sus pompas de desamparo

Muerte la muerte
Nuestro exilio de ser

Una hornacina de efluvios reúne el continente. El ejército de las esfinges galopa horizontes tallados. El himno nos llega. Desgarrante de exactitud. Alcanzándonos a ras del cuerpo, trastornando nuestra estatura. Las esfinges no hablan. Pero es como si un vigor las hubiera penetrado desde que nuestros ojos se han abierto a la escalada del siglo. Piafando desde el interior, los ojos de piedra hinchados de impaciencia por nuestra imaginación intempestiva.

Muerte la muerte
Una raza engullida
Entre un magma intacto
Para retomar

En el diapasón del himno

¿Pero quién nos escuchará? ¿Quién reconocerá entre nuestras letanías incandescentes la palabra desgarrada de los justos?
Y nuestros pueblos somnolientos, curvados en la periferia de la cólera. Umbrales reenviados a las calendas.
Nuestros brazos vacíos. Nuestros dientes rotos. Nuestros arranques cortados de raíz.
Nuestros pueblos, hormigueros de la insolación. Trogloditas del zinc y del adobe. Nuestras cabezas negras, nuestros pies abreviados, nuestros sofocantes alientos. Cicatrices de brazaletes y de limosnas.

¿Quién saludará entre nuestro reptar recluso la marcha desgarrante de los justos?
Nuestro himno, diluido entre la refriega de la grisalla. Pueblos enterrados entre la angustia del agua y del pan.
No somos una voz todavía. Apenas un clamor.
No un nombre todavía. Un malentendido.
Y todos los idiomas nos estigmatizan con clichés funestos.

Muerte la muerte
Muerte de nosotros

Nuestros pueblos medrando entre las bacinillas. Ataviados con remoquetes.
Nosotros somos apenas un sarcasmo.
En la encrucijada de los pueblos, brújulas reacias trafican nuestro avance.
Despiertos. Encerrándonos por todas partes, el precipicio de la ausencia. El itinerario de narcóticos.
¿Quién reconocerá en el carácter inaudito de nuestras glotis la palabra desgarrante de los justos?
Desierto tu sofocación. Desierto tu tragedia eclipsando aquella de los dioses. Tragedia de un cadáver y de una memoria. Desierto tu frío árido en nuestros tumores. Tempestad inconmensurable del desierto que se debate entre la depresión boquiabierta de nuestras jetas.
¿Cuál siglo agobiamos con nuestros pisoteos? ¿Y cuál planeta?
Nosotros nos tanteamos. Nos verificamos. ¿Nos exclamamos, poseemos lenguas, una cara, pulmones, una carne arrancada de la sangre?
Nosotros nos tanteamos. Nosotros nos miramos. ¿Poseemos dedos, un cerebro, huesos, clavículas a través de la espalda? ¿Cuáles taras? Nuestro catastrófico sexo. Nuestras cuerdas inaudibles.
Inutilizables.
Y éste es el himno que nos enlaza, nos disemina sobre los trazados de los campamentos, la ruta del oro, la geografía del agua, las pasarelas sobre mares y océanos.
En las heces del marasmo, nuestra terrible respiración. El soplo lejano de nuestros recorridos.
¿Pero de dónde viene esta fuerza de lirismo?

La flauta parte de nuevo. Los corazones deslíen negro. Se dilatan. Se dilatan. La diarrea nos prende otra vez. Secamos nuestras lágrimas. Crecemos. Invertimos las fronteras, las armas, los basureros.
Nuestro cadáver ya no tiene límites.

En vano emigro yo

En vano emigro
En cada ciudad veo el mismo café
Y me resigno a la faz cerrada del camarero
Las risas de mis vecinos de mesa
Troquelan la música de la noche
Una mujer pasa por última vez
En vano emigro
Y me aseguro de mi alejamiento
En cada cielo torno a encontrar una creciente lunar
Y el silencio testarudo de las estrellas
Cuando duermo
Hablo una mezcla de lenguas
Y de gritos de animales
En la alcoba donde nací
En vano emigro
El secreto de los pájaros me evade
Como aquel de este imán
Que enloquece en cada etapa
Mi valija
 

Traducciones de Rafael Patiño

Abdellatif Laâbi nació en Fès, Marruecos, en 1942. Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista, antologista y traductor del árabe al francés de destacados autores, entre ellos Mahmud Darwish y Abdelwahab al-Bayati. Profesor de francés y miembro de la Academia Mallarmé. En 1966 fundó la revista Souffles, y las Ediciones Atlantes, en compañía de otros poetas marroquíes. Desde los 20 años ha publicado poesía. Con Abraham Serfaty, fundó la Asociación de Investigación Cultural. Sus escritos en contra del régimen de Hassan II le llevaron a la cárcel varias veces entre 1972 y 1980. Actualmente reside en París. Obra poética: Le Règne de barbarie (El reino de la barbarie), Seuil, Paris, 1980; Histoire des sept crucifiés de l’espoir (Historia de los siete crucificados de la esperanza), La Table rase, Paris, 1980; Sous le bâillon le poème (Bajo la mordaza el poema), L’Harmattan, Paris, 1981; Discours sur la colline arabe (Discurso sobre la colina árabe), L’Harmattan, 1985; Tous les déchirements (Todos los desgarramientos), Messidor, Paris, 1990; Le soleil se meurt (El sol se muere), La Différence, Paris, 1992; L’Etreinte du monde (El abrazo del mundo), La Différence, 1993; Le Spleen de Casablanca (El Spleen de Casablanca), La Différence, 1996.
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