Festival Internacional de Poesía de Medellín

María Rosa Lojo (Argentina, 1954)

Transparencia

Todos los atardeceres la mujer se sienta en el patio de la casa.
Si alguien la acompañara vería cómo su cuerpo se vuelve transparente al compás de la sombra. Primero surge un mapa encendido de venas y de vísceras, luego, más abajo, una población de huesos huecos por donde el viento corre como un golpe de música.

La mujer sonríe y levanta un brazo en la noche incipiente.
Unos minutos más y se apagará el resplandor del hueso iluminado por canciones remotas y ocultará la piel el color de la sangre.

Cuando todo concluye, ella guarda la silla bajo el alero y vuelve a la
cocina, llevándose el secreto de la transparencia del mundo.

Desde el jardín

El pequeño jardín se expande en la oscuridad. Crecen los cuerpos verdes dilatados por la luz invisible de la lluvia. Crecen las floraciones pesadas como campanas y resonantes con el latido de los corazones de la tierra.

El hombre y la mujer respiran con un solo pulmón el aire húmedo y dormido. Alargan las manos como ramas que buscan el ojo de la luna, entrelazan las piernas en la curvatura de la hiedra, entremezclan líquidos radiantes y olores que fosforecen. A la luz de su amor comienzan a verse los colores olvidados, y las flores y los frutos se reúnen con el rojo y el azul, el oro y el violeta. Cuando el rito del amor termina las corolas se pliegan y se guardan y los cuerpos humanos se amparan uno en el otro, cumplidos y cerrados en el regazo del mundo.

Madres

Las madres de las demás protegen a sus hijas desde el Cielo. La mía no. La mía quizá no está en el Cielo, o se le ha olvidado la dirección de esta casa, donde vivo en la tierra. Las hijas de esas madres son mayores, como yo. Ya no van a la escuela, no calzan mocasines de taco bajo, no se comen las uñas. Sin embargo creen, como si fueran niñas, que su madre es una estampita de la Virgen de Luján, colocada bajo la tapa de vidrio del escritorio de Dios, y que las mira desde allí, ejerciendo poderes bondadosos y ministeriales, acelerando el trámite de su felicidad como si se tratase de un expediente burocrático en las oficinas celestes. Yo no lo creo. La mía no mira. La mía estaba ciega y no quería ver luz ninguna. La luz la desollaba y la desgarraba como una mordedura de ácido. Mi madre era frágil como un vampiro asustado, temeroso del dolor de esa

luz,
Pero también, sobre todo, de la carga de la vida inmortal. Por eso no puede estar viva, en ningún cielo. No puede ser una estampa piadosa la que no tenía piedad, ni aun de sí misma. Quizá Otro se habrá apiadado de ella. Quizá flote sobre una tierra crepuscular, entre dos resplandores, cuando
ningún rayo hiere.
Quizá el único contacto entre nosotras sea esa ausencia: el roce de un
soplo, de una brisa, de un aliento,
Las palabras que no se dijeron, el hueco de un cuerpo en el aire.

Pero ese hueco es tan resistente y opaco y compacto como un muro. Mi madre es un agujero negro detrás del muro, la boca del vacío, la muerte. Algún día mi mano traspasará el aire hostil de la pared. El muro cederá, y tomaré el vacío, el agujero negro, la muerte, lo daré

vuelta del revés,
Como se da vuelta un guante, o un vestido, o las letras de un mensaje cifrado. Me pondré esa nada como quien se pone un vestido de fiesta. Bailaré en la fiesta. Dejaré de temer.

Del otro lado mi madre crecerá, como una niña nueva en un jardín.

María Rosa Lojo nació en Buenos Aires, Argentina, en 1954. Poeta, narradora, ensayista y doctora en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Son sus libros, en poesía: Visiones, 1984; Forma oculta del mundo, 1991 y Esperan la mañana verde, 1998. En narrativa: Marginales, 1986; Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, 1987, La pasión de los nómades, 1994; La princesa federal, 1998; Una mujer de fin de siglo, 1999; Historias ocultas en la Recoleta, 2000; Amores insólitos, 2001 y Las libres del Sur, 2004. En ensayo: La ‘barbarie’ en la narrativa argentina (siglo XIX, 1994; Cuentistas argentinos de fin de siglo, 1997; Sábato: en busca del original perdido, 1997 y El símbolo: poéticas, teorías, metatextos, 1997. Obtuvo, entre otros, el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires, 1984; el Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento, 1985, y en novela (1986). Ganó la Beca de Creación Artística del Fondo Nacional de las Artes en 1992. Es conferencista y profesora visitante en universidades argentinas y extranjeras. Participa a menudo como escritora invitada en Ferias del Libro y Congresos internacionales. Es colaboradora permanente del Suplemento Literario de La Nación, de Buenos Aires.
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