Festival Internacional de Poesía de Medellín

Orietta Lozano (Colombia, 1956)

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El poema sueña con la lluvia

Lanza sus dados como rayos
en la confusión de ángeles de arcilla,
y con un rostro eterno de secretos
inclina el poema, como una migaja ciega
hacia las noches que curvan sus manos
para retener como agua,
el clamor del silencio.

Su risa es la aguja
que se introdujo
en el punto exacto
del desierto de mi noche
Página escrita en la línea de la sombra.

El índice de un ojo
suspende el tiempo.
Sobre el espacio frío
signo y sello, luz de un ángel.
Los dados caerán paralelos
a la orilla del vacío.

Detrás del silencio, canta la lluvia
como el ángel de la melancolía.

La luz que sale del silencio,
retorna al silencio.
En el ensueño de la memoria,
el poema es lluvia
sobre las manos de la noche


Orfandad


En la orfandad del silencio
no espero la respuesta,
hurgo, como el águila hurga el aire de su vuelo,
porque la palabra que retorna,
es el cristal donde la luz restalla,
déjame decir en el solar del árbol,
dos sílabas de pájaro temblando.

Acaso estás tan ausente en mis tendones,
tan herido de las yedras de mi pausa,
tan silencio en la espina dorsal de mis palabras,
tan ido de mi lado, tan éxodo por mí,
tan encallado en mí
como ramas temblando de granizo.

Y un día, después del ayer y antes del mañana,
nos podamos encontrar
para arribar por siempre en la azul orilla
de la aurora.

Por ahora, sueño la tortuga
que arrastra la casa hacia su piedra,
los lobos en cardumen,
los peces en jauría;
el cuerpo vuelto arcilla,
en la epidermis de la esfera.

Escribo
como se traza un mapa de membranas,
para que mi aurícula no se piense rota,
y mi hueso sacro no delire espera;
porque de migajas se hace el pan,
reclamando migajas, escribo
delante de nueve cartas que se juntan,
hacia atrás del tiempo en contravía,
a unas horas de regreso,
en las mañanas antiguas del futuro;
como la yedra que hoy se inicia
y empieza a recordarnos.


Melancolía


Una niña con alas de hojalata,
trae palabras de hojalata
que crujen de amargura,
palabras desnudas con dedos azules,
palabras que perdonan.

Las da de alimento a los corderos,
las hunde en la carne del rebaño,
les entierra un alfiler en las arterias,
las vuelve alga, barro, mariposa,
tristes en sus manos,
suaves en sus huesos,
caen como lluvia,
se dejan ver entre la niebla,
se arrojan como ráfagas
desde un puente o una nube,
y ante el tridente ansioso, aúllan.

A veces en el filo del cuchillo,
se encuentra una palabra arrodillada.

La noche toma en sus manos,
el agua huérfana, que pide ser ángel,
que pide ser lámpara, que pide ser llave.

Cada palabra abrió su ojo,
vertió su luz.


Almenas de cristal


Reconozco el sendero
en la luz de la libélula,
en los bordes del cristal,
y en los ángulos del tiempo.

El mundo está moribundo,
su mano tiembla,
su aliento cae,
viene con un candil,
quiere alumbrarse,
sus lágrimas están rodando
entre los mirtos de tristeza,
no lo abandones Magdalena.

El mundo está cayendo,
se inclina ante el aceite hirviendo,
camina solo en el desierto,
no lo abandones Magdalena.

Hunde su rostro en la neblina,
tantea ciego
la ciega oscuridad,
encorvado carga una traición,
no lo abandones Magdalena.

El mundo sucumbe hermoso,
incrédulo y soberbio,
la luz se apaga
y el día pierde el equilibrio.

Pensamiento II


A Alejandra Pizarnik

Vengo del silencio,
mis ojos se secaron como el agua de hace siglos.
Me lancé al vértigo de lo extra
ño y accesible
al final fantástico, al comienzo.
Senté a la muerte en mi silla paralela,
nos miramos y supimos que estábamos perdidas
supimos de la cita misteriosa,
todo lugar era el exacto, cualquier hora la precisa.
Los hombres la miraban como una doncella condenada,
la contemplaban indecisos, la injuriaban,
y ella la de tantas muertes, se protegía el rostro
con mis manos.
Ella siempre supo de mi sueño,
que la buscaba a lo largo de un pasillo,
en lo oscuro de una cueva,
en la geometría de las casas;
y con el miedo de una niña pálida
que acude a su primera cita, a su primera muerte
se aposentó en mi regazo suavemente
buscando para su juego el final fantástico,
el comienzo.

La ráfaga y el espejo


Yo soy él, el mundo, el de eclipses y fulgores
el inmenso, el pequeño.
Ha llegado la hora en que se guía el carruaje, en que se derriba el muro,
y sobre el agua en que transita el navío, el náufrago y el pez,
y sobre el Apocalipsis que serpentea con sus afilados dientes
de púrpura y arcilla,
la visión aparece como una calma inmutable, ni vencedor ni vencido,
amalgama violeta de voces y de gestos,
confusión de lenguas y horizontes,
temblor del bosque de la huída, el mirto se abre, y flota la ansiedad,
el hierro en la entraña de la tierra se hace aire en las alas transparentes
de un pájaro que dibuja el paisaje alucinante.
Todo parece tan simple, dijo un hombre,
cuando la visión se extiende hasta los crepúsculos dorados
de la noche sin la trinchera de la guerra,
sin el filo del hacha y sin la soga, sin el frío del cuchillo.
La noche de la danza de abejas y de lobos,
de la carne de la luna sobre la plata de la hoguera,
del descenso de la lluvia en el campo del jazmín y el abedul,
de la alucinante música del navío cuando viaja hacia el centro
de las aguas prometidas.
Yo el mundo, afligido y huérfano, giro el reloj y lo retengo
en la hora de la penúltima contienda y en la red de las palabras
que por un instante desata el nudo del lívido tejido.
Salve al hombre, la alquimia de las aguas,
La imperturbable piedra, el misterio del espejo y la pupila,
El canto que precede a la venida de los peces y los vinos.

Yo soy la invitada, la piedra de la encrucijada. La airada, la que aturde,
la siempre soñada en la voz que no redime, en el canto que tienta,
confunde
y ejecuta imperturbable el cruel mensaje de la trompeta
Y la terrible orden.
De un lugar a otro, desde la tienda en el frío campamento
hasta la resequedad del barro mezclado con el lamento de un jacinto
todo se mueve con el zumbido extraño de las abejas de la guerra.
Aquiétame, enmudece mi boca que brama con la espuma aniquilante
del estrépito,
detén la andanza de mi decrépita ceguera
la procesión de mi espalda jorobada.
Déjame dormir en lo profundo de los sueños.
Guíame a las azuladas estepas del abismo
al cristal avizor de los ojos de la tierra
a la entraña inescrutable del oasis del volcán y el espejismo.


Este triste animal


A este triste animal que me soporta
le duele el vuelo de mi espíritu,
la sagacidad de mi garganta
que huye de la soga,
la escueta salud de mis microbios,
el juego lúgubre de mi carne.
La recolecta está hecha,
la oreja de Van Gogh, para un poema
de agua y de dolor,
un rayo de sol para mi ombligo.
Todos me dieron la palabra
plena de sutiles formas,
todos me dieron el ayuno pleno de sus bocas,
ahora, mis brazos fatigados
recogen las flores funerarias
esparcidas en mi alcoba.

 

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Orietta Lozano nació en Cali, Colombia. Su obra incluye poesía, narrativa y ensayos literarios.

Libros publicados: Albacea de la luz, 2015; Resplandor del abismo, Universidad Externado de Colombia, 2011;  Peldaños de agua, Editorial Caza de Libros, 2010; El solar de la esfera, Universidad del Valle, 2002;  Luminar: novela, Universidad del Valle,1994; Antología Amorosa, Editorial Tiempo Presente, 1996; Alejandra Pizarnik, ensayo, Editorial Tiempo Presente,1990; El vampiro esperado,1987; Memoria de los espejos, Editorial Puesto de Combate, 1983; Fuego secreto, Editorial Puesto de Combate, 1981.

Ha sido incluida en diversas antologías, entre ellas: Poesía colombiana (antología 1931-2005), México, 2006; Una gravedad alegre, poesía Latinoamericana, España 2007; Mundo Mágico: Colombia, poesía colombiana, Brasil, 2007; Silencio en el jardín de la poesía, Colombia 2012. 
Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, con su libro de poesía El vampiro esperado.

Invitada a Francia a la XIII Biennale Internationale des Poètes, y por la Fondation Royaumont, por Latinoamérica- al Seminario de Traducción de Poetas extranjeros para la traducción de su libro Agua ebria.

-“Escribo para ver el resplandor” Entrevista El Espectador 2015
-Entrevista El Diario
-Poemas A mediavoz
- Poemas Círculo de Poesía

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