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Mario Rivero (Colombia, 1935)

Mario Rivero (Colombia, 1935)

El amor

El amor es algo que viene y calienta
una vez. Y un instante no más,
-si es que viene-
Y después de esta costumbre de calor,
otra vez, ¡ay! nos deja muriendo solos.

¡En estos silencios! Este dejarse llevar
más allá de las barras de los bares,
y más allá del bien y del mal.

El amor es algo punzante. Y en verdad

con olor
que desaparece y nos dice. “Yo estuve aquí”
-reseda- en la rara y tenue sensación
de aromar,

en la habitación ya vacía...

La elegía de las voces

Si no puedes ya amar el licor ardiente, las bromas

y los ruidos
si el teléfono no suena nunca,
y si abandonado te encuentras,
rodeado por doquiera de despedida,
qué queda más que hablar con las voces
de la memoria, en las que todo se ha convertido?

Voz del amor —¡Olvídalo!— Como un cristal

rompiéndose,
y las que se perciben como en sordina, ahora,

que se acentúa el oído,
llegadas de algún entonces, en donde permanece
algo de aquello que nos fue preciso
Algo de aquello donde el alma temblara:
¡tan una vez! ¡tan allí! ¡tan por fin!...

Y hay las voces que oímos entre somníferos.
Las que nos sobresaltan desde una olla de negrura,
pasada la media noche —como si fuera la hora de

la memoria—
– o de las cuentas de la vida–
con sus diferentes modos de hacernos morir,
de bruces, entre cuatro paredes.
Inmóviles –no gritando–
–no el cuerpo en el cuerpo–
dando vuelta al reloj que acercará de todos modos
la hora de algún personal Apocalipsis,
el momento en que todo puede ocurrir,
mientras los pedales de la noche se mueven...

* * *

Y hay voces que nos acompañan en un silencio de prisión.
Profundamente, ¯profundas¯ bajo nuestra violencia.
Que nos gritan a menudo su “NO”. Nacen y mueren.
Y otras efímeras, –de tan ligeras,
Que en cada instante tú las ignoras.
Hay las que se confunden en imágenes
y pertenecen al gran poema del mundo –de la tierra–
El poema anónimo de alguna hora en toda su belleza,
con la que desafía a todo lo que vale la pena:
Voz del campo antes de la primera estrella.
Rumor de sauces desflecados que cabecean sobre las aguas,
entregados a un vaivén que es el mecer de la melancolía.
El balancín de la tristeza,
en las sutiles señalizaciones terrestres.
Y voces de pequeñas fogatas en el atardecer
en donde aprendimos a leer en la lengua de los sueños.
O la del perro amarrado a esa puerta caída,
tal como lo acomodaron los últimos en irse,
y que es, sin más, la Palabra de la Muerte.

* * *

Hay voces de siglos:
la de la ola arrojada al arrecife.
La voz de las cascadas,
la de las conchas que hablan sin cesar,
y que acerca a la oreja para escuchar al mar

aquél que está muy solo,
la de hojas caídas que amontonadas ruedan, o se mueven.
Y otras que son todo lo que debe ser, aún:
Las de muchachas y muchachos dispersándose
al final de la fiesta –al retomar su día–
en donde nunca deben apagarse las luces,
en donde siempre debe escucharse la música...

* * *

Voces de eternidad –De lo arcangélico–
Alas sobre nosotros?
Sombras de alas que inventa la ebriedad, la vigilia, la fiebre.
Cuando el objeto del deseo está más allá –Oscuro?
cuando ceden los bornes de la mente, –en la vela–
Y hay voces intraducibles, voces truncas,
para el desvelamiento de un secreto
que roza y que de pronto se detiene...
Y otras que no tienen de dónde ni adónde caer,
las sonámbulas, fuera de su contexto,
y las que se crean de la nada algunos días,
perdidas en un simple juego de cadencias.

* * *

Y hay las que permanecen en las cosas –y duermen–
de una extremada levedad, de otra acústica,
que más que oír, sentimos.
Aliento detenido que antes de ser, se esfuma,
en el hálito breve de las habitaciones vacías,
en los viejos arcones de madera,
en espejos de deslustradas lunas...

Voces que son de allá, –de un olvido–
Que quedaron atrás, en el más atrás de nuestras vidas
encerradas entre los álbumes, entre los sellos de correo,
entre las desgarradas etiquetas de unas maletas...
de las rutas que fueron y de vientos que te reclaman
desde la cruz del Sur hasta las estrellas de Alfa y Omega.

Y aún hay voces rechazadas, inhibidas, llenas de culpabilidad,
amordazadas en cuanto sea posible:
las de los vasos de whisky o del café y los cigarrillos,
temblorosas, agachadas en la soledad de las bocas.

Voces de encuentro y voces de apartamiento.
Voces primeras, sin más adónde ir –sólo adentro–
que trabajan calladas para situarse en el verso.
Voces para contar los sueños mientras sueñas...
caminos oscuros por donde recobro –otra vez como

al empezar–
mi corazón de niño perdido
desde las palabras del poema.

 

Mario Rivero nació en Envigado, Antioquia, en 1935. Ha publicado: Poemas Urbanos, 1963; Noticiario 67, 1967; Y vivo todavía, 1972; Baladas sobre ciertas cosas que no se deben nombrar, 1972; Baladas, Antología poética, Colcultura, 1980; Mis asuntos, 1986; Vuelvo a las calles, 1989; Del amor y su huella, 1992; Mis asuntos, Antología poética, Arango Editores, 1995; Los poemas del invierno, 1996; Poema con cámara, Camiri 67, 1997; Flor de pena, 1998; Qué corazón, 1999; V salmos penitenciales, 1999 y La balada de los pájaros, 2001. En el año 2001 recibió el Premio Nacional de Poesía “José Asunción Silva” por su vida y obra. Dirige la revista de poesía Golpe de Dados, en Bogotá, que circula hace 32 años.
Última actualización: 28/06/2018