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Di Brandt (Canadá)

Por: Di Brandt
Traductor: Rafael Patiño

 

San Norberto en julio

Según Louise Halfe

Palpitar de manadas de
búfalos, tamborileando
bajo la tierra.
Trazas de salvia
en el viento.
Ramas de cerezo
silvestre inclinándose
repletas de frutos.
Sollozo de hierba.
Ruedas trepidando.
Tipis ardiendo,
carne ahumada.
Yo Anhelo Danza,
Espectro Danza,
Yo Distribuyo Danza,
Imploro Danza.
"Balearon a nuestros niños
mientras recogían
leña."

Danza de la Calavera.
"Una montaña de huesos."

Ultramundo

Gwendolyn, te hago regresar
      desde tu lecho de raíces, plácida
            bajo tierra empujada por gusanos y olorosa a humedad,

háblame,
      alzándote desde mi lecho de piedra,
            hallando el patio vacío,
la puerta batiendo abierta,

      Oh profetiza de sangre y fuego,
            tus antiguos y famosos leones echados
junto al Lago Ontario,
      ebrios con el enjoyado vino de la muerte,

            háblame, en esta inesperada resurrección,
salida del mar de cornalina como desde la hundida Atlantis,
      como desde la hermana custodiando a la hermana
                  que yace
sobre la húmeda hierba de largos tallos bajo
      trepidantes puentes de acero,

                  agradecida después de todo con él
que ingenuamente extrajo su ojo,
      cegándola entre la visión de búfalos de pezuñas fragantes a
                  salvia,
dime, princesa de Babilonia,
      qué habrías dicho tú,

                  de haber sido capaz, en ese último momento
antes de la oscuridad animal,
      de hablar,
                  tus brutales joyas destellando ornan en el desnudo
sol de la pradera,
      y en cuál lengua, sobreviviendo por un segundo llameante
                  los devastadores períodos de tus catastróficos
amores,
      dime, Gwendolyn,
            cómo pudiera hallar mi senda
entre estos encantamientos vacíos,
      estos fragmentos con platos sobre lienzos embadurnados de jabón,

estos signos de nada
entre los muertos andantes,
      las lilas brotando labios de tigre y óxido,

            la pradera luchando por recordar
su sueño fiesta emplumada de perdices salvajes, aquel exuberante
      ritmo?

San Norberto en agosto

Cómo nos hieren las prímulas
en la madurez del verano
entre las ruinas de la catedral,
las piedras cantan,
la hierba se agota en el calor,
abejas rasguean,
las moscas letárgicas, campantes,
el trigo inmaculado
("Oh cómo reverbera el trigo")
el río marrón holgazanea,
los nudosos manzanos,
los arces nimbados de luz,
la vara de oro,
los grillos,
dulce trébol en el viento,
pavos silvestres ostentando
entre la hierba salvaje,
el pesado sol sobre la tierra,
nuestra piel sedienta que emana,
la bandola que danza, ¡Oh!

 

CANCIONES DE ENSUEÑO PARA EL EDÉN

 

Querida, yo te vi 
cabalgando el viento 
bajo un cielo azul azul, 
aquí algunos días negros 
vienen delante de ti.  
¡Mira! la lágrima en tu rojo corazón 
refleja sombras en forma 
de diamantes sobre la hierba luminosa, 
tu espíritu 
entre los grillos que saltan, 
¡escóndelo escóndelo! 
bajo una piedra gris.   

Algún día la Dama Plateada  
vendrá por ti 
con el cabello estrellado 
y un cuenco de luz. 
Espérala, ella porta 
la luna en su vientre, 
ella te enceguecerá de golpe, 
ella te levantará 
por sobre las nubes 
hacia remolineantes galaxias.   

Los perros desarrollan 
cabezas extras y aullan 
bajo los puentes. 
Los huesos de los niños ahogados 
han lavado  
el inflamado río rojo. 
Los esparcidos pétalos de rosa  
Se han marchitado hasta el polvo. 
¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado! 
 Es una larga oscuridad  
Antes de que ella te salve.

 

Campos de rastrojo
yacen dorados, marchitos por el sol
tras la cosecha de trigo.
El último agosto el suelo de la pradera
se horneó, agrietado por el calor.
Mamá, mamá
los gansos en el campo
se extenúan
cavilando en invierno,
el largo vuelo a casa.
La trenzada cuerda dorada
bajo capas de aceite
arrastra sus rotas
alas abajo.

¿Querida, qué te han hecho
ellos a ti,
tu dorada cabeza
rodando por la arena?
¿Dónde están ahora tus brazos
y tus piernas,
tu redondo vientre?
Tus ojos crecieron  
grandes y luminosos,
silenciosa tu boca elocuente.
Los que sufren,    
los que sufren,    
yacen mutilados,
arrojados sobre playas,
estas palabras que canto
para ti escindidas, temblando,
vibrando en humo.

Él te llevó a la cúspide
de la inhóspita colina desnuda
y miró entorno.  
Había silencio alrededor de él.
Creía que sólo había aire.
La atadura tomo sólo un minuto.
Creiste que era una cuerda
para el columpio nuevo del parque.
Atravesó tus pies
con su lezna.
Perforación, chuzón, pinchazo.
Y empacando bártulos
temeroso de súbito, rápidamente,
te abandonó allí.

Eden, Eden,
aun conservas tus ojos. 
Mira el firmamento.
Los cuervos se reunieron
en el retorcido manzano.
Vinieron     
a llorar por ti,
con roncas lenguas, 
agitando sus alas negras. 

Cómo caminarás ahora 
con tus pies inflamados,
cómo vivirás    
con tu corazón inflamado,
río de tristeza
sobrenadando
tus finas venas
entre el pasto,
los campos del campo del grillo,
la vara de oro,
las rosas salvajes.

Tú que crecerás     
sin mariposas monarca
o salmón o abejas silvestres,
para quién     
cigarras y luciérnagas
serán atrayentes
mitos electrónicos,
cuáles niños conocerán 
las palabras alergia,
asma, pánico, desorden,
más íntimamente que 
rosas o celestial o mar.

No nos perdones 
por venerar la muerte,
por paralizarte 
de terror,
Eden, pequeña abuela,   
guardiana de nuestra esperanza.
El pesar de la tierra
jadea 
agotado  
bajo cemento,
gran fracaso nuestro,
nuestra herida abierta.

¿Es esto amor,
este taponado y retorcido
río de oro licuado,  
asfixiándose entre arcilla
saturada de químicos?

Cómo te sacudió 
levemente en el aire una vez
y te cogió de tres años  
riendo       
entre los cuervos y los
leopardos saltadores.
Oh él era el amante entonces,
haciendo reverencia ante tu
pueril goce silvestre de cabello dorado.

Todavía ahora
él escucha tras de ti
entre armas montadas.
Escucha, puedes oir
un corazón sollozando
entre agrietado
cemento gris.

Ve a la esquina
del patio a medianoche
donde crece el pasto 
contra la cerca 
bajo el manzano silvestre
intocado por el cortacésped.
Allí te saludará ella.  
Ella puso a salvo tu roto corazón
en el cuenco de sus manos,
despojos de plateado rojo.
Allí ella escanciará
tu espíritu
como música
de nuevo en ti.

En arena empapada de ondulado sol
te esperaré.       
Allí voy a reunir 
fechas para ti y voy a lavar
tus pies perforados
bajo palmas.
Eden, querida,
tu corazón suturado,
tus trenzas barridas por el viento.

 

ACCIDENTALMENTE

 

Porque el milenio ha terminado. Porque los niños se hicieron
cargo de los monasterios, y los llenaron de redes de pesca,
flores silvestres, linternas de papel, borricos hechos de paja.

Porque Nuestra Señora de las Praderas descendió de su pedestal
en agosto pasado, caminó a través de los campos de rastrojo ambarino
en su blanco traje de seda, y no regresó.        

Cuando se desbordaron los ríos y la hierba a lo largo de las riberas se
ennegreció, vinieron los mosquitos, billones de ellos, a infectarnos.    

Nuestras hijas mayores, furibundas por nuestra deslealtad paterna
con ellas, nosotros no sabíamos, nosotros no sabíamos.

En el festival de poesía, todas las jovencitas llevaban violetas y flores de
vara de oro en sus cabellos.

Decían que la casa estaba encantada, y había muertos caminando  
por ella, desorientados, en terciopelo negro y rojo, los niños gritaban    
al verlos, felices y temerosos, monjes hoscos, retirados entre las
sombras.

Únicamente Alissa, entre los niños, se volvió a contemplar a la novia fantasma
en su brocado desteñido, dejó que la mano de la muerta enguantada de blanco
tocara su mejilla, y no se acobardó. Su recuerdo brotando en ella como
una llama, sapiencia de araña.

Tú estabas allí, luego, de pelo rojo, cargando uno de los muertos sobre
tu hombro, y tu aura de tristeza, entre toda aquella conmoción,
escindió una ola de silencio en el aire.

¿Quién sabe por qué pasa algo? ¿O cuán afortunados somos, a despecho
de estas alarmas, estos signos de una era que termina, y de nuevos comienzos?

Los espíritus han sido buenos con nosotros, nos han visitado, con bendiciones,      
pese a nuestra desatención, nuestra distracción, y sí, estamos
agradecidos, profundamente agradecidos, aunque hayamos olvidado las
palabras de su oración, este aleluya, este amén.

 

SEGÚN MARTÍN PRECHTEL

 

¿Quién habría escogido tal familia, te preguntas,
una madre con corazón de piedra y un padre hecho de fuego,
aprisionándote, desollándote encima de su granja
Menonita, como a Niña Espigada en su ancestral choza
Maya? Yo escogí un amante, como hizo ella, que se habría
fugado conmigo al mar, y fui golpeada, como ella,
por relámpagos de celos, y estremecida, y esparcida
luego, por todos los campos que entonan, este es el trabajo
del éxtasis, dice Martín, hendiéndonos para que
podamos relucir, y aquí en la olla de cocina, bajo el contrito
lecho de piedra de nuestra madre, yo borboteo y
borbollo y guiso, acicalando mis escamas y plumas,
como siempre ella es demasiado impaciente, y yo seré
liberada demasiado pronto y mi voz se habrá tornado en la
del cuervo, y en vez de abrazarla a ella emprenderé vuelo,
hacia la hermosa cosa reluciente jamás vista
antes,  ya Sol y Luna hacen complot
para vivir de nuevo la historia entera, y nosotras llorando con
desgano, las carnes funerales adornando como siempre
la mesa nupcial, y Niña Espigada corriendo abajo
desde la montaña a través de la pradera amarilla
y con su prohibido y secreto salvaje amante, saladamente,
norte al mar.  

El crudo sabor a hierro de la sangre en tu boca,
uy George, temblor de carne contra el acero,
el mundo entero conoce tu secreto ahora,
tu retorcido placer, no te endurece,
George, toda la inocente piel desgarrada en
pedacitos escarlata, cintas festoneando el cielo
brumoso, pelotas mayores que tu padre, uy George,
aquí pensábamos que eras un muchachito, todo
ese whiskey sobre el cerebro y tu arma
fácilmente la más densa, larga, rápida, fuerte,
pero ¿no estás avergonzado? George, blandiéndola
por ahí de ese modo, o al menos nervioso, ¿acaso no
oíste?, las abejas asesinas en este desierto son
atraídas al proyectil de miel, todo ese sexy
paralítico agotado uranio para acariciar,
oh, oh, oh, George, no habrías debido,
no habrías debido, no habrías debido

Video: Poema para George Bush

 


Di Brandt Winkler, Manitota, Canadá, 1952. Ha publicado cinco colecciones de poesía: Now You Care 2003; Jerusalem, beloved, 1995; mother, not mother, 1992; Agnes in the sky, 1990; y Questions I asked my mother, 1987. Publicó un estudio crítico sobre la literatura femenina canadiense contemporánea, Wild Mother Dancing: Maternal Narrative in Canadian Literature, 1993 y Dancing Naked: Narrative Strategies for Writing Across Centuries, 1996. Recibió el The Canadian Authors’ Association National Poetry Award, entre otros reconocimientos. Su poesía ha sido musicalizada, y adaptada al teatro, CD, cine, video, radio, televisión, multimedia y danza.

Última actualización: 25/03/2021