Festival Internacional de Poesía de Medellín

GABRIEL JAIME FRANCO

(Colombia, 1956)

de DIARIO DEL INCIERTO

para Olga

¿Qué hace uno con las preguntas sino preguntarse?

Pues he ahí que nos hemos levantado una mañana,
un poco como siempre,
puesto que se hace algo como acostarse y levantarse,

uno no se pregunta,

uno acata sus invisibles dictaduras,
uno se acuesta, y hasta
se reconcilia con su tránsito al hacerlo:
puesto que se estuvo por un instante desnudo,
puesto que el cansancio, sí,
y nos hemos llevado una mano al cabello mientras con dos dedos de la otra arrancábamos una pelusita de algún lado,

sí,

he ahí que nos hemos despertado una mañana
y algo que siempre hemos sido se sobresalta de súbito,

y eso que hemos sido aún es,

puesto que la pelusita,

pero es ya de otro modo,

y no sabemos,

                       de súbito,

si hemos hecho lo que amábamos
o si sólo hemos intentado amar lo que hemos hecho
sólo para no morir de desconsuelo de no ser.

De repente, de repente
no sabemos si no hemos hecho otra cosa
que aquello que merecía nuestro odio más puro.

Aquello que amábamos,
si hubo un aquello y si algo amábamos,
dónde está?

¿Dónde lo que soñamos un día,
lo que en éste aun soñamos?

De súbito, de súbito
no se ve más que aplazamiento,
tiempo muerto,
pura,

inconfesable defección.

* * * * *

Persiste en mí la impresión de que soy un hombre,
la extraña sensación de ser una persona, pues hago cosas que se hacen:
dormir, creer que soy, leer unas noticias que pre-sé,
girar la cabeza a la mención de un nombre que creo o que quizás sea el mío:

pues podría llamarme, en lugar de G o B, R.

¡R! ¡L, también, en Gales o Pernambuco!

Cosas así.

Pues si todos hacemos más o menos lo mismo, ¿por qué yo sería?

¿Por qué razón misteriosa podría decir alguien G o H, y algo que sólo por falta de palabras llamaría yo girara su maldita cabeza?

Lo que me extraña es que pueda participar de esa condición si voy sin raíces por el mundo.

¿Pues, sobre qué mito hundido en el corazón
como la doble punta de un arpón pude decir que era un hombre,
que «la tarde caía sobre...»,
que «llovía tristemente sobre el mundo», etcétera?

Mejor dicho:

sin dioses, y sobre todo sin nosotros,

¿cómo usar un pronombre, un adjetivo?

* * * * *

Estoy cada vez más cerca de la confusión absoluta:
no ser nada, no saber nada.

No saber incluso si algún día supe cosa alguna: sombra de sombra.

¿Qué sé yo de qué?
¿Por qué hablaría de algo, con qué autoridad, y a quién?

¿Por qué tendría yo la certeza de que si digo alguna cosa, esa cosa le es necesaria a alguien?

Imagino ahora un cuerpo que se deshace, que pierde sustancia, que asiste a su declinación definitiva, pero al que le sobrevive el deseo de hablar; imagino sus labios que intentan el balbuceo de una frase para Dios en sus últimos instantes:

¿qué lenguaje le asistirá,
qué palabras podrán otorgar sentido a su pérdida y a su deseo de permanencia,
qué palabra podrá mostrar ese sitio vacío y desesperado en el que sin embargo parece sobrevivir la nostalgia de un saber?

Cosas así me conducen hacia el silencio.

* * * * *

Uno sabe que hasta las personas que uno ama y pondera bien están intentando sobrevivir, durar, estar un tiempo más, disfrutar o padecer este tránsito.

Haber tenido uno un día ojos, dedos, palabras,
piel sobre la que un insecto se asentaba,

pero sobre todo haber tenido uno un día conciencia de haber tenido ojos, dedos, palabras, la visión de esa cosa diminuta sobre seis patas y que vuela, siente y ve,

¿no es uno de los más altos privilegios?

Esto no sucede en la cabeza, sino en un sitio en el que, por una razón misteriosa, se siente, se sabe que no haber sabido un día que se tuvo dedos, ojos, palabras, piel para un pequeño y repulsivo milagro, es no haber tenido ni sabido nada,

nada,

nada.

* * * * * *

Pensar, si se pensara, ¿es un acto volitivo?
Peor: ¿es realmente volitivo un acto que creemos volitivo?

Tengo la sospecha de que siempre algo nos actúa, de que aquello que creemos que pensamos no es sino consecuencia de, nunca voluntad de.

Vaya uno a saber cuánto es uno hijo o consecuencia de un niño muerto en el siglo XIV,
de un agua derramada en el sudeste de algún sitio,
y hasta del miedo y el grito de alguien a quien apuñalarán mañana.

Quizás mi verdadera madre nació y murió en el siglo XI o en el XIV, no puedo saberlo.

O en ambos.

Sin embargo, ella me dice todas las mañanas: «hijo, por lo menos, tómate el café».

Y eso es muy dulce, sí, eso es muy dulce. ¡Oh, cuánto de dulce y triste!

Pero es como si ahora supiera que soy o puedo ser el húmero o la tibia rota de una niña del siglo XXIII.

No hablo de artificios, puesto que me tomaré el café. Puesto que me lo estoy tomando.

* * * * *

Mi madre me ama sin condiciones, con un amor puro,
como una bestia pura.

Pero eso ya lo sé, madre.
Mas otra sed en mí corroe y avanza,

toma sitio en mí,

y esa sed no tiene un nombre,
a no ser la ausencia de una presencia más fuerte que tu amor.

Yo ya sé tu amor, madre, y cuánto yo te amo,
y sin embargo ya no puedo llevarme a mí mismo tranquilo por el mundo.

Y yo ya no soy yo:
otro hombre, antes y después de mí,
eleva y repite una súplica a no sabe bien quién.

Hay algo no resuelto desde hace cientos de años.

Cuánto te amo, madre, y sin embargo ya no soy tu hijo.

Soy el hijo de una sed antigua, y ya no soy de mí.

* * * * *

Es claro que estamos solos.

¿Cuál es el sentido de este cielo,
de esta hermosa luz inolvidable,
de este aire que visito con dolorosa alegría?

¿Quién nos hablará de esta hermosa y única luz
que se derrama sobre un país miserable?

En efecto, agosto ha llegado con una luz como nueva,
desconocida,
con un sol más alto y de apariencia soberbia.

Recuerdo ahora a Mersault, ese ser maravilloso asesinado por nuestra incurable estupidez.

Antes de que se ejecutara su condena le visita el sacerdote:

     -¿Crees en Dios, hijo?
     -No, Padre.
     -Si hubiera otra vida después de ésta, ¿cómo te gustaría que fuera?
     -Una en la que pueda recordar ésta, padre.

Es difícil imaginar un amor más grande, o tan grande y triste apego, pues él sabía que iba hacia la muerte, y que después de ese suceso (que tampoco podría recordar), ya no habría

nada,
nada,
nada.

Quizás por ahí esté el sentido
de esta hermosa luz inolvidable,

de este aire que toco y que me toca,
de estos árboles,

de tu boca
y las seis de la tarde

de esta misteriosa ambición de libertad.

¡Oh, Dios!: es como si hubiera un alma.

* * * * *

Quizás, después de todo, yo sepa alguna cosa.

«Cada vez más sé menos», dije alguna vez.

«Des- sé», dije en otra.

Pero es que voy guiado no por certezas,
sino como por sensaciones, por impresiones y preguntas,

y deshallándome,

deshallándome en un espejo que juzgo en todo caso más claro y con más luz que aquel que ha tenido (si alguno ha tenido), que aquel ha tenido lo que, a falta de luz y exceso de inferioridad, hemos dado en llamar «nuestra raza».

Pues yo provengo de una raza repugnante, pagada pero embotada de sí misma,
pobre corcho varado en un pobre, lodoso y olvidado meandro
lleno de muertos que se pudren.

Yo provengo, si es que algo como «yo» existe, de una raza repugnante y abyecta:

nostálgica y orgullosa del hacha, a la que alaba y canta, pero orgullosa también de ser «moderna»: del hacha a la motosierra, cuyos usos ha perfeccionado.

Reniego de esa raza, tan aficionada a la amnesia y a lo inmediato: el futuro no le importa, y olvida su sangriento y depredador pasado.

Amante de la hipérbole, pero excluyente y avara.

Yo quiero tener una sangre anónima.

* * * * *

Voy a admitir, y por lo pronto sólo en gracia de mi búsqueda de claridad y de alguna certeza, y un poco quizás como consecuencia de mi candor,

que estoy enfermo;

que, de cierto modo, estoy situado en una especie de margen,

que participo de cierta excepción, de alguna anomalía,
que no marcho al ritmo debido, que no encajo,

que, en definitiva, estoy enfermo.

(Pero, bien o mal mirado, si admito que estoy enfermo es porque admito también que el mundo marcha bien, que soy, no la mancha, claro, no el cáncer de ese mundo, pero quizás sea mi propia enfermedad la que me impide admitir que ese mundo marcha bien);

que mi deseo de yo ser un día yo y de vivir en otra clase de mundo es una anomalía;

que, en fin, tropiezo con un muro insalvable compuesto por la realidad y mi anomalía;

que, ya admitidas esa realidad y mi anomalía, puedo irme tranquilo, seguro, sanado.

Y sin embargo, de nuevo este cielo,
¡Dios, este cielo, este cielo y esta hermosa luz que no envejece,
y bajo esa luz los crímenes, y los injustamente muertos, y otra vez los ríos enlodados de muertos y de crímenes, y una señora que llora, sola entre niños dormidos, solos y hambrientos, etc., etc.,

y tus caderas, Amor,

y aquello que no sé y me llama, esa cosa en campo abierto que me hace señales, ¡Dios!,

y un poco tu mano, y otra vez tu otra mano, amor,
sobre mi espalda viva precisamente por tu mano,

y tus tobillos sobre los que mis pies intentan una caricia,

y tu voz, y tu respiración como cansada sobre mi cuello,

y otra vez esa cosa difusa aleteando sobre un territorio que no sé y me llama,

cierta indeclinable, rara y anónima necesidad de libertad.

 

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