Festival Internacional de Poesía de Medellín

GREGORY CORSO

(Estados Unidos, 1930)

«Yo no necesito de la piedad» es el título de uno de sus poemas incluido en Gasolina (1958); estas palabras lo definen en más de una manera.

Gregory Corso nació el 26 de marzo de 1930 en la ciudad de Nueva York; su padre, de sólo 16 años de edad, lo abandonó poco tiempo después y regresó a Italia. Es entonces cuando comienza su larga experiencia en hogares sustitutos y orfanatos. Al cumplir 11 años su padre vuelve a casarse y lo lleva a vivir con él, pero ya era un ser incontrolable que atraído por la vida en las calles huía constantemente de la casa paterna.

Un año más tarde, al intentar vender una radio robada, fue detenido por la policía y trasladado a la cárcel The Tombs (Las tumbas) de la ciudad de Nueva York. A pesar de ser un niño permaneció allí varios meses, siendo repetidamente golpeado y ultrajado por los demás presos. Luego, por orden judicial se lo internó en el manicomio de Bellevue.

Nuevamente volvió a las calles, donde la vida no era amable. Realizaba pequeños trabajos, y en ocasiones, para sobrevivir en la jungla de cemento, robaba mercaderías y alimentos, modus vivendi por el que en 1947 fue condenado a tres años de encierro en la prisión estatal de Clinton. Esta cárcel tenía una buena biblioteca; Gregory Corso descubrió allí la poesía y a uno de los poetas que lo acompañarían el resto de sus días: Percy B. Shelley.

Luego de salir de la cárcel conoció a Allen Ginsberg, que le presentó a Jack Kerouac y a William S. Burroughs, con quienes desarrollaría una profunda y larga amistad.

En la década de los 50 escribió para Los Ángeles Examiner y se enroló en la marina mercante. En esa época comenzó a asistir como oyente no matriculado a clases de literatura en la Universidad de Harvard, donde hizo muchos amigos entre los estudiantes, quienes financiaron la edición de su primer libro: The Vestal Lady on Brattle and other poems (La dama vestal sobre la calle Brattle y otros poemas).

En 1956 se trasladó a California, donde se convirtió en una de las figuras centrales del Renacimiento Poético de San Francisco y del Movimiento Beat. Después de que Lawrence Ferlinghetti publicó en su sello editorial, City Lights, el segundo libro de poemas de Corso, Gasolina, comenzó una fecunda relación con el público lector. En esos años realizó junto a Ginsberg y Kerouac una serie de presentaciones, lecturas de poemas, y entrevistas caracterizadas como ‘no convencionales’. Más tarde daría a conocer: The Happy Birthday of Death, (El feliz cumpleaños de la muerte, 1960); Long Live Man (Larga vida al hombre, 1962), Elegiac Feelings American (Sentimientos elegíacos americanos, 1970), Herald of the Autochtonic Spirit (Heraldo del espíritu autotoctónico, 1981) y Mindfield (Campo de la mente, 1991).

En los años 60 Corso se reveló como un viajero incansable; sus destinos más frecuentes fueron México, los países de Europa del este, Inglaterra y Francia. Asimismo fue poeta residente de la Universidad de Nueva York en Buffalo y dictó clases en la escuela de poesía The Jack School of Disembodied Poetics del Instituto Naropa en Boulder, Colorado.

Las virtudes poéticas de Gregory Corso, según Allen Ginsberg, son varias. Él lo define como un poeta aforístico y de ideas, uno de los pocos que pueden volcar sus emociones al papel con una tersa claridad, logrando de este modo que sus versos se fijen sin esfuerzo en nuestra memoria. Esta cualidad, sostiene Ginsberg, es propia de los grandes poetas, y ciertamente la poseían Yeats, Pound, Williams, Kerouac, Creeley, Dylan y, por supuesto, Gregory Corso.

En muchos de sus poemas (Poder, Bomba, Matrimonio, Policía, Cabello, Muerte, Payaso y Muerte) destila la esencia de conceptos arquetípicos y los recicla utilizando el humor, renovándolos, transformando lo viejo en algo nuevo. Elide, condensa, sintetiza las imágenes que captura y reprocesa su mente crítica, dando cuenta de la enfermedad del Imperio. En sus textos se apropia de locuciones coloquiales y de la jerga del mundo del Jazz y del Rock, todas integradas bajo un estricto sentido rítmico que provenía de sus conocimientos musicales.

Gregory Corso, al igual que los otros integrantes del Movimiento Beat, anticipó tempranamente que lo que podría brindarle la sociedad no tenía ningún valor para él, que el esfuerzo, una respetable cualidad humana, era malgastado en un juego que consumía el tiempo, ahogaba la conciencia y brutalizaba los sentimientos. Optó por mantenerse en los márgenes, donde convivían drogadictos, traficantes y delincuentes. En las noches asistía a bares y cabarés donde reinaba el jazz. Norman Mailer sostiene que en ese ámbito los beats hallaron algunas de las respuestas que estaban buscando, pues allí tomaron contacto con los verdaderos marginados, los negros, que hacía dos siglos vivían en el submundo de la sociedad norteamericana. Así se produce su encuentro con la cultura negra, que los influenciaría de forma diversa. En ocasiones los beats se identificaron con músicos de jazz. Corso admiró incondicionalmente a Charlie Bird Parker y a Miles Davis, quienes lo impresionaban sobremanera por su espontaneidad compositiva y el modo en que construían su fraseo musical.

Entre sus otros intereses se hallaban la música y la actuación. Tocaba el harmonio, hecho por el que fue convocado por The Fugs para participar en la grabación de Tenderness Junction (1969). En el campo de la actuación trabajó en las películas de Andy Warhol y en El padrino III de Francis Ford Coppola, donde tuvo una pequeña parte.

En los finales de la década de los noventa solía aparecer en distintos lugares de California junto a sus amigos Dennis Hopper y Terry Southern, o en Chicago, donde le gustaba asistir a los Slams de poesía (justas poéticas) que organizaba Marc Smith.

Gregory Corso integró lo que en la actualidad se reconoce como el Movimiento Beat o la Generación Beat, cuyos miembros cultivaron en sus discursos distintos grados de diversidad estética, desarrollando poéticas reconocibles. Para ellos, las tendencias estéticas, como las lenguas, no se imponen unas a otras: traducen, se integran, colaboran, realizan préstamos, y en este contexto recrean la significación lingüística.
Él no necesitó de la piedad pues conoció de primera mano la cruel e impiadosa piedad del sistema. A ella no le puso la otra mejilla y no creyó en la violencia como medio para enfrentarla, simplemente se propuso, a través de la poesía, del lenguaje, transformar los valores, la mente del hombre.
En 2001 murió de cáncer. No sabemos si se cumplirá su últimos deseo: ser enterrado en el Cementerio Protestante de Roma junto a su amado Percy B. Shelley.

 

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