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GIOCONDA BELLI (Nicaragua, 1948)

GIOCONDA BELLI (Nicaragua, 1948)


«Infierno de cielo»

Velas. Luces.
Fuegos fatuos sobre la mesa de noche.
No el cirio pascual
sino el fuego pagano de los ritos druidas.
Adoremos al cuerpo
santuario inequívoco del verbo y del ser.
Ojos dorados parpadean
en el brillo bruñido del espejo
donde sos mi torre de marfil.

En la redoma pongo el aceite aromático.
Un olor a jazmines almizcle incienso catedralicio
impregna el viento las ventanas de la nariz.
Allá lejos tu cabeza. Tu brazo delineado
La textura de anchas nervaduras. El anverso extenso del pie.
Pies de centauro. Feos tus pies, excitantes. Como los cascos
del unicornio removiendo arbustos con su cuerno de infinitas espirales.

No hay equilibrio más exacto que éste
de un hombre y una mujer retornados a la arcilla primigenia.

Saltan los omoplatos; los fémures se hacen trizas.
La rigidez del esqueleto se abandona a la carne trémula.
La luz de las velas estrella en el espejo visiones míticas.
Medusas. Cíclopes. Saturnos saciados.

No sé dónde tus manos
en este laberinto de monstruos magníficos devorándose.
¿Quién sos criatura desencajada que así me despojás
de mi decencia de sacerdotisa?
Tu piel es fluida y candente.
La cera se derrite en los recipientes de cristal.
Chasquea tu boca sobre la mía.
¿O es la llama que chisporrotea?
El fuego encuentra su propio incendio.
Sobre el aceite de la noche
velámenes ardientes lamen el lago quieto
del espejo incandescente.

Allá mi pie.
Las uñas rojas. La imposible extensión de una pierna íngrima.
El paisaje blanco. Las pieles sumergidas en lavas ígneas
resollando borboteando vaporizándose. El fuego
viene y va con el sonido del mar sobre los arrecifes.

Sobre los cuerpos consumidos, carbonizados
se apagan las velas una a una.

Me sacudo el cabello. Me levanto, ave Fénix, de las cenizas.
Soy un infierno de cielo.

Distancias y cercanías

a Camilo, en su adolescencia

En la prehistoria de mi vida,
mucho antes de que mi padre, o mi madre,
fueran semilla en el vientre de sus antepasados,
estas praderas de Wyoming,
estas colinas,
fueron fondo de océano, refugio de peces.
Mi hijo Camilo, a caballo,
me ilustra sobre este hecho:
«Ves aquellas mesas -señala-
«El agua las hizo hace cientos de miles de años»
Su cuerpo es alto, delgado,
y el sol alumbra su pelo rojo.
Parece un ángel posado sobre la montura.
Me deja atrás, alzándose sobre los estribos.
Es nervioso, mejor jinete
y todavía no conoce el miedo.
Cuando delante de él
hablo del temor a enfermarme o morir,
me observa con incomprensión y censura,
como miran los hijos a los padres
desde un tiempo demasiado nuevo
donde la vida es aún como esta pradera de Wyoming
-lejano el horizonte; una vasta extensión abierta hacia el infinito-
Descendemos del promontorio
atravesando pinares y grandes formaciones rocosas.
El camino es una pendiente brusca
y él se vuelve para cerciorarse de que aún estoy sobre la montura,
riéndose sus ojos, burlándose solapados de mi torpeza,
de mi cuerpo que busca el balance sobre la silla,
mientras él, gallardo y seguro, maneja las riendas con destreza
y hasta se atreve a espolear al animal cuesta abajo.
Desde cuándo, me pregunto, venimos él, o yo
en esta carrera de relevos,
afirmándonos frente a los que nos precedieron,
constantemente comprobando su debilidad y nuestra fuerza,
un poco crueles, desafiantes, en nuestra juventud?
Regresamos y me siento otra vez a escribir,
mientras él sale equipado con su mochila
a explorar las montañas
o pescar en las pozas quietas del río
que baja desde quién sabe qué alturas de las Big Horn.

Al retornar entra con ímpetu a la habitación
mientras yo le pido silencio.
«Vení -me dice con urgencia desatendiéndome- Vení. Tenés que ver esto»
Resignada, lo sigo hasta la puerta de la terraza.
Cruzo el umbral hacia el atardecer.
La cresta de pinares y riscos lejanos,
exhala a bocanadas
la cálida, roja, memoria de aquel día.
Cielo y tierra se tocan y despiden en el largo pasillo circular,
púrpura y rosa del crepúsculo.
En lo alto del arco, el ojo vigilante de la oscuridad
asoma las primeras estrellas.
Se anuncia la noche, solemne y primigenia, del Oeste.
Mi hijo sonríe y me pasa el brazo por los hombros.
Sonrío a mi vez. Íntimamente le agradezco el gesto.
Pienso cómo en su afán de alejarse
se aloja también
el callado deseo
de estar cerca.

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Gioconda Belli nació en Managua, Nicaragua, el 9 de diciembre de 1948. Participó, desde 1970 en la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, como miembro del Frente Sandinista. Vivió exiliada en México y Costa Rica. Ocupó varios cargos partidarios y gubernamentales en la Revolución Sandinista en los 80. Su primer libro, Sobre la Grama, 1972, ganó el premio de poesía de la Universidad Nacional de Nicaragua. En 1978, obtuvo el Premio Casa de las Américas, Cuba, por su libro Línea de Fuego. Entre 1982 y 1987, publicó tres libros de poesía: Truenos y Arco Iris; Amor Insurrecto; y De la costilla de Eva. En 1988, publicó su primera novela La Mujer Habitada que obtuvo el Premio de la Fundación de Libreros, Bibliotecarios y Editores Alemanes y el Premio Anna Seghers de la Academia de Artes de Alemania, en 1989. En 1990, publicó la segunda novela, Sofía de los Presagios y posteriormente el cuento para niños: El Taller de las Mariposas, con el que ganó en 1992 el Premio Luchs del Semanario Die ZEIT. En 1996 publicó la novela Waslala y en 1998 otro libro de poemas: Apogeo. En 2001 apareció El País bajo mi piel, una memoria de sus años en el sandinismo y en 2002 ganó el Premio Internacional de Poesía Generación del 27 por su poemario, Mi íntima multitud. El Pergamino de la Seducción, 2005, es su cuarta novela. Tras su publicación en España por Seix Barral en Abril del 2005, aparecerá en Alemania, Holanda y Estados Unidos. En agosto de 2003, en el discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua, expresó, recordando sus inicios en la escritura: «… Mujer joven que era, sujeto del amor y del magnetismo lunar que produce el flujo y reflujo del mar, encontré en las palabras las cómplices perfectas para externar la euforia y el desconcierto de vivir. El Verbo se hizo carne para mí. Mi carne. Y desde mi ser femenino hablé sobre las fumarolas que encendían mi epidermis, sobre las grietas, las grutas y los riscos de mi geografía. Recién iniciada en el conocimiento de poderes antiguos, celebré mi sexo de mujer, mi constitución de tierra capaz de abrirse en cráteres o de parir montañas. ¿Qué es el erotismo, con el que se me clasifica y caracteriza, sino la carnalidad de la palabra que hurga en la vida su origen y que transmuta la privacidad de los amantes en espacio de encuentro con los otros y en espejo donde la creación se contempla a sí misma?... «
Última actualización: 28/06/2018