Festival Internacional de Poesía de Medellín

MERY YOLANDA SÁNCHEZ (Colombia, 1956)


La carta

Puedo darte últimas noticias,
contarte cuántas curaciones
en la canción de la guerra.
Puedo mostrarte una luz fuerte
que cruza el mediodía de los muertos,
pero no puedo hablarte del último
vestido de las mariposas,
y de esta necesidad de verte.

Carta a Carlos Iván

Pienso en ti
para contestar
el saludo a mis muertos.

Pienso en ti
para olvidar la rumba
donde los disparos
son la partitura
del himno nacional.

Desierto

Las puntas de la lluvia en mis ojos.
Apacible, entre el olor a sudor de caballo,
y gotas fuertes que aplastan la tierra rojiza
reconozco el duelo.
Desafío el miedo centímetro a centímetro
y la tormenta me devuelve las imágenes
cuando intentamos el vuelo de los sueños.
La oscuridad es perfecta, la soledad amplia, larga la distancia.
El disparo no despertará a mamá.

Mery Yolanda Sánchez nació en el Guamo, Tolima, Colombia, en 1956. Ha publicado La ciudad que me habita, 1989, Ritual para las noches y Dios sobra, estorba, 1997. Sus poemas, cuentos, comentarios literarios y reseñas de libros han aparecido en diferentes antologías y magazines del país, Venezuela y Brasil. Fue beneficiada con la Beca Nacional 1998 del Ministerio de Cultura por su proyecto Poesía en Escena (propuesta escénica para la presentación de poetas que se realiza en Bogotá desde 1993). Ha dirigido talleres de poesía para niños, jóvenes, población de internos en centros carcelarios y Habitantes de la calle. Diseñó y ejecutó para el Comité de Derechos Humanos de la Personería de Bogotá el proyecto Puente Experimento Piloto (el teatro, la danza y la literatura como liberadores de la violencia intrafamiliar). Dirige la Asociación Libre para las Artes -Alartes-, entidad de gestión artística y cultural que realiza producción técnica y logística de eventos masivos y de sala. En sus palabras: «Aprendo del sonido y el ruido de estos años que se han sucedido en la prolongación de una gota en el eje transversal que ha cruzado mi generación: la guerra. Mi padre sacó de la casa a Caperucita Roja, para hablarme en voz alta de sus propias noticias y contarme en presente el momento histórico. Mi madre me mostró cuánto peso y contenido tenía una palabra a través de los tangos y mis hermanos perdidos en la decencia de la docencia, jamás me preguntaron por qué no quise ser maestra de escuela como ellos, quizás ese silencio me permitió torcer los esquemas impuestos en las familias tradicionales y buscar en otras esencias la ventana para reconocer en mis amigos que tan bueno es a veces estar. Desde que mis hermanos un día pintaron con carbón un radio en un poste del patio de la casa y bailaron, supe que no tendría ninguna carencia para sostenerme y éste mi país de confusiones y gritos de independencia en los carnavales de la traición se convirtió en la más grande base de datos para mi trabajo creativo.»
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