Festival Internacional de Poesía de Medellín

NORGE ESPINOSA


Kubas Poeter Drommer Inte Mer

I

A la vuelta de unas horas, desarmada la trastienda,
encienden un cigarro, una mujer, una nostalgia,
que no podrán beber. Escupen unos pájaros.
Casal los acompañe. Y también Heredia,
para el desasosiego.
Van a cerrar las puertas para escribir a solas.
Traen su verso, su reloj; traen su pan y su enemigo.
Mancos, ciegos, sordos, mudos de golpes y candor
fingen abrazarse, celebrando en las revistas
el único disparo de quien pudo transfigurarles
sobre la nieve estoica donde guardan sus cadáveres
las patrias imposibles que Dios nos revelará.
Bajo la luz del fondo, mientras corren las noticias
como peces en un mar que da en la sangre sus reflejos,
vuelven los poetas a beber libro por libro
y hablan del novecientos cuando la noche los acoge.

La noche los recibe en los bares, en los cuartos
miserables del hervor que ellos rezuman desde el puerto.
Rones del Atlántico les da, y brújulas, esferas
sobre las que escribir las juventud que los agota.
Exprimen unas algas, visten sedosamente
la forma terca y pulcra que sus versos van tejiendo
pero no pueden soñar; algo en la Isla les impide
volcarse en la blancura. Y es la niebla lo que cantan.
Cábala nacional
devuélvenos el párpado.
Cábala nacional,
la bitácora. El hastío
de un paisaje moribundo vacía nuestras páginas
que tan altas quisimos. Nos hacen desdecir
las últimas tertulias que la ciudad ha preservado
del lirio y de la costa, parpadeando bajo el trueno.

Qué pocas cosas nos defienden si la tormenta se avecina.
Las cartas del amigo son demoras en el trópico,
los daguerrotipos nos bendicen. Remenbranza
de un tiempo por llegar, que no alcanza en esos versos
a ser tiempo posible; los poetas traen el sueño
que quisieran soñar o revivir en esas páginas
que el temporal agrupa, ilustra, ve, ilumina.
Los poetas cubanos fundamos en la noche
la cifra tan exacta de una Isla en la orfandad.
Urna, Mausoleo, Sala de Armas, Capitolio:
qué son esas palabras frente a la cerrazón.

II

Largo ha sido el temporal, Apóstol. Y nos escampa.
Se escucha en la trastienda su rumor, y nadie puede
volver a tus discursos, a tu paso, sin entrar
al soclo destrozado donde hallaste las visiones
que pueden sostenernos, aún en la tormenta.
Hambrientos desde e agua, flotando sobre el cáncer
de nuestras certidumbres, volvemos a tu nombre
no en las horas cívicas, Martí, para saberte
sino frágil y cercano al sangror que elegiremos.
Mujeres, niños, dioses del sueño de la Isla, repiten la tristeza
y el tráfago al saberte como ellos, aquí
junto a la mesa única de raras navidades
que despiden al siglo con perfiles de ciclón.
Libro de Cuba
que acaso tú entreviste,
en forma de diario hacia la exaltación. José,
cómo podemos no pensarte cuando sopla
en cada fundación una amenaza del desastre
Los poetas no podemos soñar, está obligado el ojo
a ver, a ver, a ver: no habrá un pasado
si alzamos contra el viento de la noche en que te hundiste
duda y sólo duda; pero en la habitación
donde nos reunimos para desarmar los versos,
los cuerpos del país, estaremos convocándote.
Isla y temporal, Libro de Cuba. Apóstol;
¿habrá para nosotros también claustros de mármol?

III

Cantar los mismos argumentos nos ha vuelto predecibles.
La Isla sueña y no el poeta que en la medialuz pretende
ver contra la fronda, ser la flecha y ser el blanco.
La fuente amplísima de frutos es gozo que desdeñamos,
Pero su sabor rebota en la lengua de los negros
y los indios cautelosos que tampoco nos leerán.
¿Y es acaso que nos leerán,
va a poder escoger alguien la escritura de estos signos
donde todo va mezclando el esplendor y la ceniza,
y la celebración familiar en la promesa
de círculos de polvo, o ámbar que nos corona?
Los poetas juran, elogian los sonetos
perfectos de Zenea: es de románticos su estirpe;
y el mundo encima de sus bocas fluye
si beben en las fiestas los pretextos de la trova
y callan el hedor de las iconografías. Abrazados, son
nombre en el Nombre, Hijos en el hijo
que nos redimirá.

Verbo nacional,
revélanos las puertas,
las casas, el paisaje en que podía ser el parque
y su verde y el fulgor
el latir mismo de Cuba.

Verbo nacional, revela tu elegía
en que sonríamos y haya acabado lo terrible.

Ganas de soñar. Nos salvan esos álbumes
donde ordenarán los padres sus más recientes glorias, hechas de ingenuidad.

Y al volver de la necrópolis, otra vez en la trastienda
beberemos por nosotros el mismo, largo trago
que el ya ausente prometió.
Nos salvan esos días en los cuales nos entienden
los que van a llegar y nos desean perdonarnos
el azar estas preguntas de respuestas infinitas
bajo el árbol general al que vamos adentrándonos.
Los poetas cubanos ya no sueñan; en la noche
de la Isla entienden los cuerpos y el abismo, los libros y las armas
del silencio y el origen. Grande es la soledad
y el temor de ser apenas el verso que sobreviva
en el adolescente cuyo rostro no sabemos.
Hora nacional,
Dános el alivio
de alzar alguna página contra el sueño tercamente.

El sueño, pero no.
No el dormir si va cayendo
la lluvia entre nosotros y es de fuego y es de azufre
el peso de la gloria y no el de cada libertad. El sueño, pero no.
Los poetas se reúnen, leen el mediodía, desarman la trastienda
de la conversación
cantando estos presagios siempre en la medialuz.
Y no pueden dormir. Y el viento sopla afuera.
Y así pasa el huracán, y pasa el siglo en nuestros nombres.

Norge Espinosa Mendoza nació en Santa Clara en 1971. Estudió teatro en la Escuela Nacional de Arte y sus obras teatrales han sido puestas en escena por los grupos teatrales Pálpito y Teatro El Público. Obtuvo el premio de la Revista Cultural El Caimán Barbudo. Es fundador de las Jornadas Anuales de Arte Homoerótico. En el año 2001 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional. Ha publicado Cartas a Theo, Ediciones Vigías, 1990; Las Breves Tribulaciones, Editorial Capiro, 1991; Los Pequeños Prodigios, Editora Abril, 1996 y Las Estrategias del Páramo, Ediciones Unión, 2000.

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