Festival Internacional de Poesía de Medellín

RICARDO ALBERTO PÉREZ


Levantamiento del cadáver

No puedo dormir. No me dejan dormir,
me llaman
y me dicen:
venga a maquillar a la muerta
rondo   rondo    rondo
todo este fastidio del centropen raposo
raspar   dejar la hoja maltrecha,
ocultación del rostro,
transfigurar la instructor... la pera, la fruta ensoñada,
el helado: venga obtenga este hueco,
este reverso del cuerpo,
esta obscena noticia de la gravedad, la culpa
no resisto, no quiero el rozamiento, ni la tensión
tengo otras historias bien tramadas,
las culpas van al agua de añil
tras el teloncito de lo gramatical
que me divierte... hasta si ellos pudieran diseñar
una sinusoide discreta (diríase menor)
un intervalo de castidad y burla
donde le teatro torpe de mi lengua
pueda encontrar plenitud... ¿si les digo?: vengan aquí
a este espacio común
para trazar la posición encorvada de los seres,
la disolución de la mano
que agarra y una torcedura
en el eje del pensar, de cualquier modo
el tiempo se nos sobra,
es una cápsula perfecta que regresa
entre aquellas burbujas
que protegen el centro de la (su) espesura;
pero la palabra danzar puede dar testimonio,
o más bien una decoración adecuada,
tres voces distintas la articulan,
tres cuerpos distintos la pervierten
para que le ritual conserve su humo
de reserva; y si después de todo nos encontramos
baja la escasa luz del día
de San Juan Bosco, es válida la fe,
el sacrificio,
la inocencia.

Pero no olvide usted que los días del santoral
suelen transcurrir en un plano ajeno
a estas cosas sinuosas
que dibujan la boca del pez
con la misma astucia
que la parte anterior del anzuelo,
en los días del santoral se depositan
las zonas blancas del ser, los tejidos flexibles,
y los algodones, los algodones, los algodones
que vibran bajo el silbido del viento...

el arco es fosforescencia oscura,
una voz que me dice:
ya usted es dueño del cadáver,
puede trasladarlo sin cargo policial (ni de conciencia);
yo voy delante,
el bulto detrás tapado con una lona
que cubre la ruptura con mi origen.
Platea

Perdí una edición de los poemas de Álvaro de Campos,
era una mañana de invierno,
un tiempo donde la duda nos arruina,
alejándonos de la lucidez cercana a la lámpara,
al aceite, al contorno de la boca
que hemos perseguido con torpeza durante las noches.

Recuperable a Nietzsche
(con la extraña alegría
que siempre me concede esa comunión)
a través del extenso poema Ultimátum;
era vertical la complicidad
que me hacia avanzar en la lectura
que aquella voz portuguesa
templada por algún signo de la ciencia.

Quise trazar el círculo de significados
donde con frecuencia pretendemos salvarnos
de lo que hiere,
y se le busca un estuche, una envoltura
para estropear el don de nuestras ejecuciones.

A veces la armonía del mundo
se vuelva hacia nosotros
y nos suspende la tiza a una altura imposible,
entonces no queda otra solución
que transitar por el borde de ciertas palabras
como si en algunos de estos elementos
se fuera a reconocer el cuerpo amado.
Uno descubre que permanece en un claro
desprovisto de cualquier parapeto,
no hay otra compañía que tu propia incapacidad;
es decisivo entender en fracciones de segundos
que el espacio de la pérdida no debe ser llenado,
hay que estar muy dócil ante él,
entenderlo en función de escalón, saber descubrirle su
conducta de guía.

Cuando esto se logra hasta lo obsceno es aceptado;
tiene un lugar en la poética
en el escenario.
Pienso ya en lo obsceno
como en un animal abundante en virtudes
sin alterar el horizonte de una sobriedad
que ha venido siempre a protegerme.
Esa mañana de Diciembre
al descubrir que había extraviado el libro
de Álvaro de Campos,
tuve muchos deseos de gritar la palabra ODESSA
figurándome que en el esmalte de los barcos anclados
en ese puerto
estuviese disolviendo el sentido de mi culpa.
Contra el imaginario

En los últimos meses
he tratado de armar una nueva ficción,
de rescatar la relación con mi madre
como si la mitología
ayudara a hacerla menos material.

Se trataba de una conversación,
de un encuentro
con Bernabé Ordaz,
sobre le match de Sevilla,
con don de miniaturista
comentando las jugadas de algunas partidas.

En vida de mi madre
jamás hablamos sobre el ajedrez,
parece ser que el único juego que le interesaba
era el de las briscas con la baraja española.

¿Para qué entonces, ahora que yo siento placer
cuando la asumo a través de alguna textura,
de alguna frase que ella repetía con frecuencia,
trato de hacerla cómplice de una situación tan compleja
con la que jamás habría tenido relación alguna?

Comenzaron mis inclinaciones por el arte,
estudié música, asistí con entusiasmo a conciertos,
funciones de cine, recitales de poesía,
siempre – en el momento que le contaba de esas cosas –
me respondía:
«siendo niña conocí a Alejandro García Caturla,
vivía apenas a unas cuatro o cinco casas de la mía
y más de una vez puso su mano en mi cabeza».

También me contaba
las retretas que daba todos los domingos
la banda musical en la glorieta del parque
de su pueblo, Remedios (uno de los más antiguos
de esta isla, con una iglesia que siempre me ha
impresionado
por su hermética sencillez).

Si mi madre me contó todo eso,
¿por qué en el momento de recuperarla
a través del territorio del poema
no pensé en hacerlo con esos propios recuerdos?

Parece ser que tenemos
algo enfermo en el tejido de nuestra mente,
que es lo que ofrece mayor jerarquía
a lo que no nos pertenece, a lo que no vivimos,
a lo que no heredamos,
algo que nos vuelve impersonal
y deja su toque de esquizofrenia.
Por eso después de intentar tantas veces escribir
ese texto sobre mi madre, Ordaz y el match de Sevilla,
he desistido.

Lo único real es que ella pasó
la mayor parte de los últimos quince años
internada en clínicas, con un deterioro progresivo de su
psiquis,
hace dos que murió, y si quisiera conversar con Ordaz
quizás él no podría atenderla,
porque como algunos países necesitan el mito de un gran
futbolista,
otros no pueden prescindir de un ejemplar director
del hospital para enfermos mentales.

Hace algún tiempo regresaba del aeropuerto,
de despedir a alguien,
los enfermos se ocupan de la perfección de césped
como si la clínica fuera un barco
y estuviesen logrando desconstruir la ondulación del mar
con unos motorcitos ya envejecidos, provenientes de la
URSS;
ellos parecían ignorar los efectos de la corriente alterna.

Ricardo Alberto Pérez nació en La Habana en 1963. Ha publicado Geanot (el otro ruido de la noche), 1993; Nietzsche dibuja a Cósima Wagner, 1996; Turim sem pássaro, sem relógio, edición bilingüe Aldeia Sul, Brasil, 2000. Ha sido finalista del Premio David de Poesía en 1989 y el Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba en 2001; Premio de la Crítica en 1993, otorgado a los diez mejores libros del año en Cuba por Geanot (el otro ruido de la noche).

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