Festival Internacional de Poesía de Medellín

ANTONIO ARMENTEROS ÁLVAREZ

Cuba, 1963


MATERIAL SÓLIDO

A Eva (Embil es también un sitio grande y pequeño).

Hoy he comprendido que de nada vale,

calcular con esa minuciosidad enfermiza

los instantes que nos acercan o alejan del vacío.

Cuando los gritos retumbaron por el edificio,

supe que el salto inevitable

en su propia perfección

se había producido.

MÁSCARAS AFRICANAS

1

De lejos como máscaras africanas nos vemos

en esta ciudad, en la fijeza áspera de su representación.

Afuera se arremolinan los excesos, nos compadecen...

Cuando te admiraba dormir como naturaleza imprecisa,

mientras dormías, salté el marco de madera.

2

Ella penetró las ciencias astutas del espíritu

yo iniciaba este proceso lento / virtuoso hasta el suicidio.

Se lo explicaba en la orilla báltica:

“Tener que separarnos, alzar muros / profundidades”.

Pedía que no la atormentase más,

          --desde sus ojos—

con un efecto (tan) devastador.

3

Octubre otoñal en su baño de sangre.

Las víctimas coaguladas de miedo.

Por no gritar, por no... –envejecer--.

Esa eternidad que nos destina en la costumbre.

Tal como relatan los judíos en las sagradas escrituras.

Nos salvamos. Nos salva: La belleza fiel del sufrimiento.

Antonio Armenteros Álvarez nació en Ciudad Habana, Cuba, en 1963. Poeta, narrador y crítico literario. Ha publicado cinco poemarios: Nastraienie, 2000; La Caída, 2000; Los Estados Crepusculares, 2002; Casa Québec, 2002; La Cortadura y el Signo, 2003 y el libro de relatos País que no era, 2005. Ha colaborado en diversas publicaciones culturales, entre ellas: El Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba y Casa de Las Américas, y ha obtenido varios reconocimientos, entre ellos, Premio Pinos Nuevos, 1999 y Premio Razón de Ser 2003, auspiciado por la Fundación Alejo Carpentier. Afirma Enrique Saínz, refiriéndose a su obra La cortadura y el signo, “…Lo primero que yo subrayaría en una definición de este poemario es la voluntad de ruptura con las poéticas que lo anteceden, esa voluntad de desestructurar el discurso y de entretejer la historia del poeta en esa superposición de planos que integrando los textos. Siempre que volvemos a estas páginas tenemos la misma experiencia: los hechos y los objetos, las memorias y los diálogos, la mirada y los espacios, todo se deshace y se entremezcla, se deshace porque sus estructuras convencionales no subsisten en las palabras de este libro, sino que las percibimos como fragmentos rotos, desarticulados, disfuncionales; decimos que al mismo tiempo se entremezclan porque esos fragmentos se van integrando con otros igualmente separados de sus estructuras originarias, y forman entonces otras imágenes de la realidad. Me satisface sobremanera ese modo de decirnos y de ver, sin complacencias ni bellezas aparentes, sino revelándonos nuevas interrelaciones y significados de los objetos y sus posibles lecturas. Esta poesía me parece radicalmente auténtica, en perenne búsqueda de un sentido último de la realidad, aunque el poeta pretendiese desentenderse de metafísicas y de cualquier propósito sublimante. Hay en estos poemas, al menos yo lo siento así, una inquietante desazón, una como lucidez de la insuficiencia de la imagen del mundo que el poeta contempla y nos comunica en sus entregas. No estamos ante una poesía de complacencias ni de cánticos, de relatos hermosos o historias de amor, sino ante hechos hirientes y desgarradores, a veces trocados de una extraña plenitud y otras de una desesperanza que suponemos imposible de redimir. Yo diría que este libro alcanza una sabiduría diferente de la que tradicionalmente hemos conocido como tal, una sabiduría que más nos enseña las diferencias y los alcances de esta poética en su diálogo con la realidad y que nos abre a un conocimiento ilimitado, distinto al que nos tenían acostumbrados otros poetas cubanos. Cierta actitud vanguardista está en el centro mismo de La cortadura y el signo, cierta rebelión de la palabra porque quiere conducirnos a otros espacios y otras esperanzas. Todo es diferente en este poemario, en primer lugar en el tono de los textos, en su fuerza y en lo que podríamos llamar su sobreescritura, la escritura sobre los objetos del mundo real, signo sobre signo. Con este poemario de Armenteros estamos ante una propuesta de lectura antes que de una interpretación del mundo...”

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