Festival Internacional de Poesía de Medellín

CARLOS BEDOYA

Colombia, 1951


LA MÚSICA DEL AMOR

El ruido de la muerte
aquí
en este bar desolado*
donde la serenidad
tras unas cuantas
muestras gratis
de jarabe esquizofrénico
solo puede inclinarse
a los pies de tu plegaria
os convida hoy a cantar
la música del amor
como siempre
en vaso desechable

* Malcolm Lowry

HIT PARADE

Alguien canta
en la tiniebla
amable
de esta pesadilla

Una boca
grande carnosa
pintada de rouge barato
gime sin pausa
en el sótano.

Boletería agotada.
Nubes ilíquidas
cancelan
facturas de función
tras el abracadabra.

Donde a todas luces
danzas
el hit último
del dolor.

TARDE EN LA NOCHE

Agua en las raíces
del arduo cuello del día
Nave de cristal
hundiéndose en el sueño
Siempre es la hora del dolor
en los túneles de madera
Vengo de la noche
a encender este invierno
que como un reptil
cruza por mis huesos
Sorprendido en el blanco tejado
de una estrella
caigo caigo caigo
en un lugar sin fondo
Ya no es el miedo
sino el aliento que carcome
los ojos del mirlo
en su jaula de celofán
Nos veremos al final
de esta cinta
cubierta de palabras rojas.

Carlos Bedoya nació en Medellín, Colombia, en 1951. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Pontificia Bolivariana, Poeta, ensayista, traductor y programador musical (Jazz y rock, entre otros géneros). Obra: Pequeña Reina de Espadas, 1985; Víspera del Vértigo, 2004; Viajes en la Cuerda Floja, 2006. En 2002 se publicó en Londres su traducción de La Escultura, del poeta hindú Aminur Rahman. Distintos trabajos suyos han aparecido en Antologías realizadas dentro y fuera de Colombia. Es miembro de la planta de creación de la revista Punto Seguido. Acerca de su trabajo poético anotó, en el prólogo a Víspera del Vértigo, lo siguiente: “Ignoro los motivos por los cuales escribo, de ahí que me resulte dificil, al menos un tanto, hablar de representaciones sumergidas por una aventura de mil filos, asumida de manera casi plenamente inconsciente. Pareciera vivir a la espera de lo inesperado. En completo estado de alerta. Me asombran, me obsesionan los espectros de las cosas. Si tuviera que señalar un deseo en mí, una voluntad digamos de escritura, sería la de instaurar el milagro que el todo encierra, y volverlo visible, audible, a través de imágenes brotadas del mar interior como peces volátiles. Se pueden tener muy buenos propósitos al escribir e incluso llegar a dominar ciertas técnicas, ciertas estructuras formales y sin embargo, no dar cuenta de la visión que es tal vez el hechizo del poema, un demonio que nos enfrenta al papel en blanco. Creo que los sentidos, y en especial su desarreglo, su desorden, son la clave, el estimulante de la dimensión relampagueante, visible para muchos, mas incomunicable para casi todos”.

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