Festival Internacional de Poesía de Medellín

TATIANA OROÑO

Uruguay, 1947


VELO POR MÍ

Me concedo

cuidados. Acontece que hago

por mi vida. Segrego mi capullo como un ajuar
trenzo mi última edad me envuelvo
en mis edades. No he
de entrarme
en años

sin tomar providencias. He de hilar
la crisálida. Perlada
de roturas. Suturada de nudos.

Ensaliva su seda la devana
el abdomen

con tacto secretor con oficio
envolvente. La boca
desdentada no deja de lamer recubrirse. En esta larva ungida
de babas cuidadosas
cicatrizan suntuosas cabelleras o medran algas
de doble densidad
y canutillo

acuáticos caireles y pinzas de cangrejo. El desgaste
emparenta lo dispar muele la cáscara tritura los relámpagos

en cada caso. El capullo es un nido

que se autodestina. El capullo
de añarse de añejarse. Lo he cosido
con agujas y dientes con las muelas más fuertes
con pechos y caderas. Es labor de mis días. Muselina
envuelta

en derredor. Membrana

que me enjoya.

NOSTALGIA E IMPACIENCIA

eso, impaciencia
más ancha que los cálculos y los marcos
teóricos. La esteparia impaciencia
la nostalgia simún nieves eternas
taigá, pampa sin mapa.

No hemos tocado
cosas sino latencias. Pulsos.
Altas palpitaciones.

Nuestra vida agitada tela blanca.

Ojalá
el que lea estas líneas
reconozca su patria, esta manera
de ser joven aún

de haberlo sido en el 68. De serlo. Hoy.

Mecha, la vida no es
una es el total
de las vidas perdidas la tarde
de este día donde escribo
tus ocho años de cárcel

y el destierro en las aguas de un destino

que bracea

y devuelve
hijos criaturas que vivan
a la orilla.

Era la historia nuestra este caudal de vientos

y la ola quebrándose en la cima

nuestra vida. Aire en seco.
Llover
sobre mojado.

EL DESEO

Todo tuvo la forma
que no tuvo. Pero tiene

el deseo

persistencia una forma
fluida un amarre
de aguas. Más

del 50% de los cuerpos
es agua

tornasol del abrazo
molecular de hache
en torno a O.

En la suerte corrida en lo vivido
en su fe de bitácora
cuenta

ese suelo lacustre esa morada móvil esa frontera líquida

su espermático
don
de dividirse

en flujos en

regatos en subsuelos
barrosos. Mi mano palma y dorso
también es agua orilla
burilada por el deseo
que siempre borra el trazo.

Tanta agua humedece la historia.
Hace duda su suerte. Húmeda.

Tatiana Oroño nació en San José, Uruguay, en 1947. Poeta, profesora de Lengua y Literatura Españolas, con Maestría en Literatura Latinoamericana. Obra poética publicada: El alfabeto verde, 1979; Poemas, 1982; Tajos, 1990; Bajamar, 1996; Tout fut ce qui ne fut pas, Ed. bilingüe, 2004. De ella nos comenta que el poeta y ensayista Luis Bravo: “Tatiana Oroño es una voz referencial en la poesía uruguaya actual. De contención formal, de sensitividad precisa y de intimidad pensante se nutre el cuerpo de su escritura. La conciencia del lenguaje como cuerpo propio hace que su poesía se presente como (en)carnadura del sí mismo: “escribir para ser una, echar cuerpo”, dice. Su poética aproxima lo emocional desde una cierta distancia enunciativa. Así los infinitivos y los usos reflexivos adquieren protagonismo: “Dar cuenta empecinarse / en dar/ ciertas razones/ de ser”. No por esto es “impersonal” sino que su materia verbal trasvasa lo entrañable sin la imposición enunciativa del “yo”: “poesía es/ cuando no le hago sombra/ cuando filtra/ porosa/ persuadida/ no yo, este comportamiento/ esta manera dada sostenida /adentro / afuera”. Su observancia reflexiva surge “alrededor de” la circunstancia de ser y de estar como mujer entre las cosas y los hechos cotidianos. Pero esa “circundancia” no es mero registro de lo circundante/ circunstancial sino su forma de “escanciar hacia /un centro/ sin corona ni premio// (....)/hacia un centro infalible de latidos”.  El resultado es el de un “parco aviso” que mantiene a rienda corta la denotación mientras la reticencia filtra lo no dicho entre lo dicho. Así lo explicita en “Palafitos”: “Las palabras se sostienen en lo que no está dicho todavía, en lo que está dicho a medias y en lo que no se puede decir”. Con un afinado sentido de la composición plástica sus versos se diseminan en el blanco de la página, ofreciendo ese espacio como reverberación de la voz escrita para quien la lee entre líneas. De su poesía ha dicho Gérard Blua: “una suerte de confidencia a la escucha del otro, para que mañana no sea una vasta diferencia”. Sólo que “confidencia” en Oroño no es confesionalismo sino un lúcido dar cuenta de lo que queda por descubrir entre las palabras: “una tela del alma/ sin usar”.

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