Festival Internacional de Poesía de Medellín

OMAR ORTIZ

Colombia, 1950


PANDI

Eran los años en que los sueños me habitaban.
Como el malabarista que en el semáforo se juega el alma
en compañía de la muchacha que se alimenta de fuego, transitábamos mi madre y yo sobre los muertos
que en el día simulaban ser pájaros ciegos.
Peregrinos de la piedra, en romería a las aguas termales,
olorosas a azufre,
topábamos los límites del inframundo,
donde reinaba el jinete sin cabeza,
mientras mi madre, como si nada ocurriera, iba señalando los nombres de los árboles:
éste es un guayacán, decía, aquel, un arrayán,
el que está junto a las grandes rocas, un guayabo,
y así uno tras otro, desfilaban ocobos, guanábanos,
gualandayes, almendros,
mientras yo recordaba el golpeteo de los cascos sobre las losas.
Hoy, cuando sólo quedan guijarros calcinados,
y no existen arboledas que podamos bautizar,
mientras la gran bestia devora a nuestros hijos,
la voz de mi madre dibuja en mi memoria hermosos follajes.

ANAPOIMA

De niños jugábamos a develar fantasmas.
En las noches rodeábamos al tío Alcibíades que indicaba:
“Esas luces que asedian el aguacate no son luciérnagas,
son las ánimas”.
El patio de tierra era el hogar de las presencias.
Si el resplandor semejaba el color de la luna,
de seguro era esencia femenina.
Por el contrario, si el destello se mostraba como un ínfimo rayo de sol, no había pierde se trataba
de un espíritu macho.
Algo me ha quedado de aquellas lúdicas cábalas.
Se de cierto que mientras esto escribo,
la lumbre que me ronda tiene la forma y el brillo de tus ojos.

A Isabel Cristina Tobón

INVENTARIO

Poseo algunos nidos de pájaros entre los anaqueles de
mi biblioteca y un rico tiempo que los nutre.
Una brizna de hierba que me regaló una muchacha
de ojos claros.
Con ella y con los penachos de la última cosecha de maíz
mis aves construyen sus refugios.
Tengo también un papel que sueña ser un barco
y en él una mano desconocida escribió: te espero.
Algunos versos acompañan mis pertenencias,
pero es mejor no citarlos ya que serán otros mañana.
Hay un río, como uno de los bienes por fuera del comercio,
que nace en la lustrosa cabellera de la más joven de las hechiceras.
Además, en el marco de la ventana florece el jazmín
que recuerda el olor de una vieja fotografía.
Para ser preciso, mi casa del barrio de los salesianos sólo
existe, con su mobiliario y sus espejos, desde el sueño
donde la arena dibuja tu cuerpo.

Omar Ortiz nació en Tulúa, Valle, Colombia, en 1950. Poeta, editor, gestor cultural, profesor universitario, abogado. Dirige la revista de poesía Luna Nueva. Ha publicado los libros de poesía: La tierra y el éter, 1979; Que junda el junde, 1982; Las muchachas del circo, 1983; Diez Regiones, 1986; Los espejos del olvido, 1991; Un jardín para Milena, 1993; El libro de las cosas, Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1995; La luna en el espejo, 1999; Los espejos del olvido, Antología, 1983-2002; Diario de los seres anónimos, 2002. De su poesía ha dicho Juan Manuel Roca: “Su lenguaje sin alardes, el virtuoso desenfado agridulce, un lirismo vigilado, la manera como pastorea los vacíos que siempre están medrando en los linderos del lenguaje, hacen que su voz sea reconocible en el concierto -muchas veces desafinado- de la poesía colombiana. La poesía de Omar Ortiz, me deja el buen sabor de alguien que no se traiciona, y que no es traicionado tampoco por las palabras que como las adormideras, se abren o se cierran al tacto de un buen creador”.

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