Festival Internacional de Poesía de Medellín

JUAN VICENTE PIQUERAS

España, 1960


II Premio Internacional de Poesía Revista Prometeo
para Libros Publicados en Lengua Castellana

De Aldea

LÁZARO PIDE AYUDA

Hablo y no tengo voz. Callo y escucho
cómo se acerca nadie hasta mi sepultura.

Soy el fuego en que ardo, odio el silencio,
y ya no aguanto más esta manera
de no vivir.
               Mi cuerpo es una lumbre
que no quiere apagarse.
Mi cuerpo es mi alma dura,
es mi memoria
envuelta en el sudario de las sábanas
donde me hundí, jamás
he dejado de estar amortajado.

Mi cuerpo aquí tendido es el lugar
de lo hechos, el mapa de mi miedo.
Es un niño asustado y escondido
en la alacena de su corazón
escuchando la voz antigua de su madre
que lo busca, lo llama,
y ha pasado los años, y él sigue allí escondido,
sin voz. Le falta el aire.
Nadie lo busca ya. Nadie lo llama.
Nadie espera su herida. Nadie llega.

Nadie se acuerda de lo que he olvidado.
Mi cuerpo sí. No olvida. No se mueve.
Mis ojos necesitan la luz que les negué.

Deseo desear y que mi cuerpo
se abra a la luz de lo que no ha vivido,
a la voz que le diga: Levántate y ama.

Y se levante y ame sin que yo se dé cuenta.

LÁZARO EN SU CUEVA

Soy poeta rupestre y fruto tuyo.

Soy la piedra de mí, mi propia estatua
antes de ser tallada, el corazón
de mármol anterior a la cantera
del canto. Acuérdate
que la palabra canto significa
piedra y canción, orilla y alabanza.

Soy poeta rupestre y Roma es mi caverna
llena de ruinas, de restos de ruinas,
de gatos egipcios, de columnas rotas,
de higueras casuales, de templos de Mitra,
de ayer, de gaviotas, de pinos que tienen
el mar en sus copas, de frases de mármol
que nadie comprende.

Son piedras las palabras. Un poema
es horma, torre, tapia
sonora que desea ser saltada,
que alguien la salte y vea
que es la de un cementerio, que detrás
hay sólo tumbas, cruces entre ortigas,
cipreses y una lápida
con un nombre, dos fechas, una foto
y un epitafio cubierto de líquenes.

Soy poeta rupestre y lo que escribo llevará siempre el musgo y el misteri
o
de lo que callo. Sólo sé escribir
de aquello que no sé.
Escribo sobre el mármol de los días
mi memoria, las huellas de mis manos,
y tu voz sola, madre, que me dice:
“No siento haberte perdido
sino que nadie te encontrará nunca”.

Soy poeta rupestre. Sepultado
me adentro en mi caverna
y me cubro de indiferencia y líquenes
para parecer piedra cuando vuelvan
los trogloditas a su antiguo reino,
al vientre de la tierra, y no me vean
y me dejen en paz, o en todo caso,
que me tomen por piedra pensativa,
me pinten en el lomo un cazador,
un ciervo herido, un toro, la silueta
de una mano, me cojan y me pulan
y acabe siendo punta de una flecha
para clavarme dónde, dónde, madre.

EL OLOR DE LA LUMBRE

Esta tierra, esta aldea y esta casa
son más poesía que cualquier poema
que yo haya deseado concebir:
los olivos, la cabra, el tonel viejo,
las eras, los sarmientos, las garberas,
el gallo loco que sigue anunciando
el alba a mediodía, las almendras,
este olor como a humo de pobreza,
el sol de enero, los gatos que acuden
el maná de las manos de la madre,
la bicicleta envuelta entre la paja,
las nubes y las sábanas tendidas,
los membrillos colgados, el aljibe,
los cándalos, las uvas, el aceite en las orzas,
el albaricoquero, los melones,
la rosa congelada, las espuertas
de esparto, las esteras, el baleo,
las manos de mi padre haciendo pleita…

Aquí la muerte no sorprende a nadie.
Todos saben que un día volverán a la tierra
que son y que jamás, ni un solo día, han dejado de ser, de ver y de sentir.
Todos han visto muertos desde niños.
Y saben que la vida no es distinta
del olor de la lumbre o de la lluvia.

Juan Vicente Piqueras nació en Los Duques de Requena, Valencia, España, el 17 de diciembre de 1960. Poeta, traductor, actor, locutor, profesor de lengua y cultura española. Licenciado en Filología por la Universidad de Valencia. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: Tentativas de un héroe derrotado, 1985; La palabra cuándo, 1992 (Premio José Hierro de Poesía en 1991); La latitud de las caballos, 1999; La edad del agua, 2004; Adverbios de lugar, 2004 y Aldea, 2006. Con este último gano el Premio Internacional de Poesía en lengua castellana Prometeo, 2007. Desde 1998 reside en Roma y trabaja como profesor de lengua española en el Instituto Cervantes. “Escribirlo me ha curado”, dice el autor sobre este hermoso libro en su dedicatoria final. Terapéutico, entonces. Y necesario, añadiríamos nosotros: es el reencuentro con la tierra, con las voces, con esa materia y espíritu de los pueblos a los que muchas veces la vida, la vida moderna sobre todo, ha dado la espalda, ganada por las modas incesantes del día a día, por el capital como Dios en su Olimpo. Aldea, con una autenticidad conmovedora, nos habla con palabras claras de la dura emoción de estar vivos desde una visión de la aldea como fuente sagrada; unión de la verdad del alma con el colectivo que cree en la palabra del poema como vía para no darle paso al olvido y señorío a la muerte.

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