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MAURICIO CONTRERAS

MAURICIO CONTRERAS

Serie La herida intacta

Le sedujeron y consumieron unas veces el furor y otras el misterio
René Char

Veo un cuadro en el que un niño levanta la piel del mar como quien busca un juguete extraviado en los intrincados laberintos que se despliegan tras las puertas del armario o bajo la cama desde donde vigila y ordena el mundo que se ve grande y confuso. Allí, en ese acto máximo de ingenuidad se revela el misterio de lo simple. La pregunta que no tiene respuesta desde la razón elaborada, sólo desde la mirada más limpia que es capaz de acariciar la realidad desnudando los arcanos como quien pela una naranja.

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Veo un niño que come un helado mientras intenta llenar un pequeño agujero en la playa con la inmensidad de la mar medida en el cuenco de sus manos, ajeno a las miradas que desde siempre no cesan de preguntarse por la inutilidad de su desparpajo. Allí, la respuesta más simple ante lo inaprehensible del misterio revelado. No es el resultado de la tarea imposible, es la constatación de una antigua alianza.

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Veo a la poesía indagar el misterio en el que la luz es consagración de lo no formulado como arquitectura de lo pétreo, en un entendimiento con lo inesperado, con la sencillez de lo previsible real en el tumulto fugaz labrado por el relámpago de la extrañeza.

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Esa condición del vínculo más elemental con el mundo: el extrañamiento, la constatación del misterio que restituye aguas de infancia, que devela el vacío de formas tenues, que anega con su levedad tanto umbral de pesantez, que desenrolla senderos como manos plenas de símbolos por los que transitan, entre lavaderos de sombras, esas mujeres que guardan las llaves de la noche, esos hombres que entronizan el secreto comercio de los signos y las cosechas.

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¿Acaso algo más misterioso que la anunciación de lo inefable en el erial del verbo divino hecho carne? ¿O la transmutación de los saberes más ignotos en celebración de peces y plantas con raíces remontando sangres turbulentas? ¿Y los cuerpos que congregan en su atávico ademán la magia de las tormentas cuando el cielo avienta su simiente sobre las hijas de la tierra?

Así la poesía, dispersa entre tantos pasos sin huella, amasa su pan de luz bajo altas techumbres de paciencia. Creciente mudez que avanza como el deseo.

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Una antigua leyenda refiere sucesos de una tribu de hombres soñadores, de palabras sonámbulas que abonan el olvido con sus cantos. Con talismanes de obsidiana hienden la noche y he aquí que crecen los relámpagos.

De regreso, con su cabeza bajo el brazo, hunden sus manos mutiladas en la herida de la noche y agitan sin sosiego la materia de los sueños. Entonces, la tribu entera danza alrededor de un augurio que crece como un fuego de ojos alucinados y he aquí que el mundo se renueva en la voz de las mujeres bajo las estrellas. La poesía ordenando el caos.

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Sospecho que algo tiene que ver el poeta con esos tránsitos por territorios del misterio. Vigía de ojos sin párpados, sin cartas credenciales. Incesante acarreo de pesadillas por solares de infancia, vocablos chorreantes y mujeres sonámbulas que recorren las habitaciones de la casa lejana lavando con aguas de lluvia el lastre infame de los tiempos.

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El deseo, esplendente como hambre de pelícano, guía a la poesía en su callada labor que socava las grietas más íntimas del lenguaje hasta lograr la imagen sinuosa, la cruda y serena devastación del intento inútil, el agua fresca y lujuriosa que apacienta a la muerte.

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La poesía siempre regresa para restituirnos la danza de ese pueblo de palabras sonámbulas. Esa danza en torno al fuego de ojos alucinados, los vocablos del misterio como granos quemantes de la ofrenda que no sacia las tormentas.

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Se invoca a la poesía en épocas de alarma generalizada frente a lo que se ha dado en llamar “crisis de la representación”, es decir, frente al desplome de las ficciones que, basadas en el mito de la razón y la verdad, pretenden dar cuenta, o mejor tranquilidad a las buenas conciencias (recordemos la vieja ilusión: lo bello es bueno, verdadero, útil), sobre lo más inaprehensible, lo más voluble, lo más contradictorio de la naturaleza: la condición humana.

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El poeta dice, mientras recoge tanta huella dispersa: no soy quién para hacer elogios de aquellos que van al bosque del silencio y regresan con las manos chorreantes de primaveras aún oscuras.

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Veo a una mujer desnuda con la luna atragantada erigiendo altares entre las piedras de ojos abiertos a la sombra frenética. Entre tanto grito de dios naufrago en aguas de infamia jadeando hacia las lejanas orillas del pan nuestro de cada día.

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Este animal terrible que merodea la casa habitada por gritos de pájaros y mujeres sonámbulas. Este niño escondido en el fondo de la casa estrujando las palabras del conjuro inútil entre albercas de lágrimas y trapos que avergüenzan su desnudez de cópulas inexpertas.

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Proserpina huye con los cabellos enredados en el gemido de la simiente cegada, sedienta. Huellas de mujer desnuda en la tierra sembrada de piedras.

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Esta alarma generalizada, que perturba las buenas conciencias, no es más que un giro moralista, un despliegue asombroso de esa capacidad de simulación, cuyas raíces nutridas de dogmatismo religioso, ideológico, y sentido práctico, sustentan esas representaciones que, de súbito, se revelan frágiles, sueños de ídolos que se alzan sobre pies de barro sin divinidad que las abata con su palabra o rayo fulminante.

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¿Crisis de representación? ¿Fisuras en las sólidas dualidades bien-mal, verdad-mentira, locura-razón? Ficciones que permiten a ciertos sectores de las sociedades occidentales, generalmente los más privilegiados, dominar a nombre de una razón única, de una verdad única; escamoteando así esas sutilezas, esos pliegues donde arraiga la vida. Ya mi amigo el loco advertía contra este “llorar y crujir de dientes”, diciendo, con una gran carcajada: tener la razón es un acto eminentemente agresivo.

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Quizás esa piedra de la locura aventada desde siempre contra los vitrales oscuros de la realidad, realidad más dañina que cualquier pócima que contra ella se conjure, nos reconforta ante tanta alarma generalizada. Ante tanto grito al aire, la poesía encarnada en una mujer que sabe de la simiente germinando en la oscuridad, de la mudez que busca su cosecha, de las fronteras borradas cuando la razón se viste de blanco, de la molienda de luz para habitar entre los muertos.

Mauricio Contreras Nació en Bogotá, en 1960. Es poeta y ensayista. Es autor de los libros: Geografías, 1988; y En la raíz del grito, 1995. Poemas y textos literarios suyos han sido publicados en diferentes medios de Colombia y el exterior. Premio Nacional de Poesía IDCT, 2005. Fue por varios años director de las publicaciones de la Cooperativa Editorial Magisterio.

Última actualización: 28/06/2018