Festival Internacional de Poesía de Medellín

¿Podré intentar una canción en medio de nuestro naufragio?
¿O será arrojada a la tormenta del silencio?
¿Una imagen?
¿Una voz?

La imagen que hace aguas,
la metáfora que se hunde.
Es una balsa la que ondula trémula
                                          y danza sobre las olas...
Marea buscando
                     una luz salvadora en la tormenta.
Una balsa, un brazo, un grito-meteoro
                                          bandera empapada de huracanes.
Balsa de Medusa-Terra
                                                  sobre un mar de soles helados
bajo el cosmos de lunas blancas,
                                           estrellas calcinadas, maderos mojados.

Balsa Terra-Medusa
                           qué se rompe sin sus remos primordiales
contra una tormenta de esmeraldas de hielo.

Sangre de estrellas heridas
                           que fluye hacia el firmamento.

No dejemos que naufrague la balsa.
Apuntalemos entre todos el mástil.
Que llegue sólida a las costas
                                           ligera de temores y miedos.

Un hombre empapado grita
agitando un pedazo de tela blanca:
¡Más arena de nebulosas!
                                           ¡Más soles!
                      ¡Un faro de constelaciones!
¡Más saetas de estrellas!...
¡Que tiritan los huesos,
                                           que arrecia la tormenta,
                                                                                      ¡Que se hiela el alma!

¿Podremos intentar
una canción que nos lleve de regreso?


SEÑOR HERODES

(Ya lo había dicho José Manuel Freidell….. pero hay que volverlo a repetir).

Señor Herodes:
van sus verdugos buscando a los muchachos del barrio...
Los sacan de sus sueños de hambre.
De la espera que se convierte en odio.
De la mirada roja
sobre los tejados de zinc reverberante...

Señor Herodes:
van sus sabuesos y sus perros de presa
tras la sangre fresca de los muchachos del barrio...
Arriba sí, donde los buitres posados sobre las cuerdas extienden
sus alas y hacen negra la sombra de los muertos...

Señor Herodes:
¿quiere usted proteger a estos extraños
de huesos largos y pieles de piratas metropolitanos?
Señor Herodes ¿quiere que salgan a comer de su mano y colocarles
la soga al cuello?
¿quiere ver sus tostados y famélicos cuerpos colgando contra
los muros
suspendidos contra el sol rojo de la tarde?

Señor Herodes:
Usted que ha crucificado las manos y los brazos del que esgrimía
un lápiz, un pan de trigo nuevo
un pedazo de tierra en la colina, mientras en vuestro castillo
los asesinos golpeaban duro en la madera.

No hay fuego
No hay hambre
No hay sed
“Muchos bastardos” según usted, señor Herodes.

Con las manos tintas en sangre
levanta su copa
y brinda
arropado por los muslos de las cortesanas.

En la bandeja de plata
iluminada por los cirios de la ceremonia
ondula,
el rostro seco y mutilado
del joven profeta.

Señor Herodes:
¿Quiere que salgan a comer de su mano y ponerles la soga al cuello?

LA BALSA DE LA MEDUSA

I

 

¿Podremos intentar una canción?
¿Podría intentar una  canción?
¿Un gesto de fuego, una metáfora de marinería?....

Los que esperaron barco en el muelle
una tarde galvánica picoteada de eléctricas gaviotas.
Los que cruzaron con la luna sobre sus espaldas     ferrocarriles de hielo.
Los que se hundieron en el lago negro.
Los que saltaron el muro.
Los que chapotearon en las rutas                                                                                                        fangosas del miedo.
Los que miraban detrás de las ventanas.
Los que bajaron las cortinas.
Los que sintieron el vértigo de la caída libre,
mientras sus alas
                                  se encendían con el fuego de la estrella.
Los que se marcharon con el sol a cuestas.
Los que nunca regresaron.
                    los que perdieron la partida
                                                 la maleta y un par de zapatos.
Los que nunca creyeron
                             /que las cosas iban a cambiar.
Los que creyeron, y regresaron.
Los que quedaron a mitad del camino.
Los que llegaron tiritando con un sueño pálido
–papel desleído, palabras ateridas
                           sobre un pentagrama lluvioso–.
Los que fueron requisados y pateados
mientras se hablaba de “bondad” en los discursos.
Los que fueron escupidos y pisoteados.
Los que fueron vapuleados,
mientras otros robaban su cosecha de sueños.
Los que tuvieron que inclinar un poco el rostro
                                   bajar el ala del sombrero
mientras las sombras duras del fuego, faroleaban
                                      /sobre los pozos de agua.
Los que cambiaban de estación
                                                 de andén, de cielo.

Los que vieron que las bombas eran nuevas
              /y con ellos, las estaban ensayando.
Los que se enfrentaron a piedra
                                                      contra el hierro y el metal.
Los que creyeron en la historia oficial
y muchos años después,
sus sueños fueron marcados por el hielo
–estatuas de sal, sonrisas de fuego–.
Cuando  vieron la verdad, quedaron ciegos.                    

También
los que fueron tatuados, sellados, numerados
mientras hombres con cabezas de carretes metálicos y lenguas de celuloide,
bajo un foco amarillo proyectaban
películas en blanco y negro
                               /para hacer reír a las masas.
En otras coordenadas
se encerraban campesinos orientales
                        /en reformatorios de campos dolorosos,
Luego se hacían obras de teatro
que dejaban una sensación de humanismo
con las técnicas dramáticas del señor Aristóteles.

En sus particulares estados
repartían porra y fuego,
blindaban fronteras, fundaban frenocomios,
cotos de caza, túneles con extrañas inscripciones,
y mostraban un desliz filantrópico
sobre las tesis del señor Morguentau.
Los mismos que llamaron al odio y a la guerra en technicolor.
(leones esfumados contra las alas del silencio,
fuego, sobre ciudades de piedra
fuego, sobre ciudades vencidas
fuego, sobre ciudades calcinadas.)
Dos caras del mismo asunto
dos caras de la misma moneda.

Los que no tuvieron otra oportunidad
e hicieron de payasos y bailaron con violines
                /sobre las vías ateridas de la miseria.
Los que se fueron adentro de las cuevas                                                                                   buscando pictogramas de tauróbolos celestes y danzas de piedra.
Los que cruzaron bajo alcantarillas,
                                                    casi ciegos
mientras afuera, el cielo y las constelaciones
                                           se conjugaban en una danza hermosa.

Los que con el agua al cuello resistieron.
Los que bajaron de las montañas escarpadas
con frío de nieve en los ojos.
Los que perdieron el norte y estrujaron la brújula
hasta sentir en las palmas, las agujas sangrantes.
Los que esperaron detrás de las líneas una palabra de aliento,
Los que vieron amanecer,
bajo el alba dulce y sangrienta de gasas amarillas.....
Todos nosotros, y ellos también,
y los otros por supuesto.
Tres caras de la misma esfinge.

Navegamos a la deriva contra la tormenta,
                           después del naufragio
                           sobre la Balsa de la Medusa.

 

II

 

El que se opuso a los 
Detentadores-patentadores de la historia.
El que confrontó el brazo secular.
El que alzó un telescopio para buscar la ruta.
El que ofrendó una palabra de aliento dentro de los escombros.
El que sembró una espiga.
El que puso un pez dorado
                                            en la boca del ahogado.
El que coronó de flores la cabellera
                                           de la muchacha Nubia.
El que sembró de estrellas
                                           la cabellera de la ninfa boreal.
El que bebió de un pozo limpio en las estrellas
y señaló al fondo de la Vía Láctea.
                                Un lugar de nombre ignoto.
                                                                      Puerto-Destino
                                                                      para la balsa estelar.

 

III

 

Vamos a crear con pergaminos amarillos
                                         un beso-collage
hecho de sueños compartidos....
Una imagen derrotero
hasta juntar todos los mapas que nos orienten
y hagan más amables
                                  nuestros rostros en este desierto mar.

En estos tiempos de tormenta
¿Será posible convocar una metáfora?
Una poesía de marinería estelar…
¿O solo nos es concedido escuchar los gritos del naufragio?

 

IV

 

¿Un extraño sueño con Rimbaud?
Rimbaud hermano

 que marchaste
                           detrás de un tanque de combate
mientras llovía, y se hundían tus rodillas hasta el fango;
Tu cara de joven poeta
era azotada por una bufanda helada de viento y ceniza.

Niño todavía, reías de los conejos asustados
que saltaban dentro de los bosques
hasta que caían las bombas...
Los muchachos de no importa que uniforme; gris o azul
morían, mirando conejos destrozados bajo un sol sangriento...
Tú,
Que viajaste a pie,  hacia Bélgica, y viste el cuerpo del muchacho soldado muerto
en esa guerra, a la orilla de la carretera...
Dime hermano Rimbaud…
–¿Hermano dices?

–Sí,… porque la hermandad de los barcos ebrios, son las tormentas–.

Señor de las semillas del viento
cosechador del fuego sacro.
¿En esa guerra lejana murieron tus sueños?
¿Será en esta guerra cercana
                                            donde mueran nuestros sueños?
¿Podremos  aspirar a ese surco
                                            sembrado de semillas y estrellas
                                            donde florezca la rosa planetaria?

Dime hermano Rimbaud,
Tú,
el marinero del barco ebrio, a la deriva...
Si dejamos que la nave naufrague
si dejamos
que la carta de marear sobre el cosmos se manche de petróleo y ceniza.
         ¿Arribaremos a ese sueño,
                                                      que espera en la estación del tiempo?

Esta nuestra tormenta...Esta nuestra guerra…Esa nuestra pesadilla
¿Tiempos de poesía?
¿O será un intento vano de literatura?
Pero sin ella, instrumento viejo y alto de la utopía
                                                   ¿Que nos queda?

 

V

 

¿Podré intentar una canción  en medio de nuestro naufragio?
¿O será arrojada a la tormenta del silencio?
¿Una voz?
¿Un sueño?
¿Una imagen?

La imagen que hace aguas,
la metáfora que se hunde.
Es una balsa la que ondula trémula
                                           /y danza sobre las olas.....
Marea buscando
                            una luz salvadora en la tormenta.
Una balsa, un brazo, un grito-meteoro
                                                bandera empapada de huracanes.
Balsa de Medusa-Terra
                                  sobre un mar de soles helados
bajo el cosmos de lunas blancas,
                                       estrellas calcinadas, maderos mojados.
Balsa  Terra-Medusa
                                     qué se rompe sin sus remos primordiales
contra una tormenta de esmeraldas de hielo.
Sangre de estrellas heridas
                                          que fluye hacia el firmamento.

No dejemos que naufrague la balsa.
Apuntalemos entre todos el mástil.
Que llegue sólida a las costas
                                                  ligera de temores y miedos.

Un hombre empapado  grita
agitando un pedazo de tela  blanca:
¡Más arena de nebulosas!
                                              ¡Más soles!
                              ¡Un faro de constelaciones! 
¡Más  saetas de estrellas!....       
¡Que tiritan los huesos,
                                     que arrecia la tormenta,
                                                                           Que se hiela el alma!

¿Podremos intentar
                                   una canción que nos lleve  de regreso?

 

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LA ARMAS DE GUERRA

           

Les he traído señores
                                           los carros, más veloces
                                           Los corceles más pesados.
Bestias de caras metálicas y escamas de plata que trituran una cabeza campesina
con dientes negros en sarro de carbón mineral
                                                 y la escupen ensangrentada a la orilla del camino.
Águilas de ruido mecánico
que disparan plumas de acero y silicio sobre las tierras del reino.

También he comprado para vuestras excelencias.
Soldados niños
hambrientos, como me lo pidieron.
Estaban por allí
merodeando fuera de las murallas del reino.
Les he enviado una  partida de caballería
                                             / y los han molido a palo.
Los han reclutado muy obedientes y sumisos.
(Nos habíamos cansado, de la patética costumbre de alimentarlos en los portales de las catedrales, con mendrugos y bazofia, por casi trescientos años).
Cantan y marchan ahora, bajo nuestros estandartes
                             –famélicos cual gatos de cementerio–.
Ya saben de memoria
Los cantos necro-románticos
                            /de las ceremonias iniciáticas en Batraxia.
Beben sangre con deleite.
Sólo piden, de vez en cuando, ser llevados a las tabernas
donde las cortesanas de la noche
que les proporcionarán unos minutos de placer
                                     /antes de la muerte o la mutilación;
ellas enredaran sobre sus cuellos
sueños pesados y enlutados
                                               en grasa de vuelo saturnal.

Los ejércitos están dispuestos para el juego
hay cristales rotos en las catedrales
y un aire enrarecido de fuego.
      El campo
                      el campo
                                      el campo…
ha dejado el paso a una cosecha de ojos bermejos
y la lluvia, gris y plúmbea.
Liquida borrasca de ojos gualdos
                                 / que rompe las alas de los pájaros.

¡Ya llegan los carros!
¿No les dije que eran una maravilla?
Estos son los que se necesitan para
Caminar sobre el fango y las trochas
por donde se adentran en la selva
los sublevados y los sediciosos;  los negros cimarrones.

“Ellos”, han elegido el verde afilado de las hojas
y esa niebla emboscada que no deja ver.
No queda otro remedio
                                      que sotanear y  perseguir
sobre los campos y las selvas
                                 donde se ocultan 
                                           con mascaras de lluvia, truenos y fuego.

Solo un consejo señores:
                                       ¡Las fieras
                                        golpean tan fuerte como lo cazadores!

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MANUAL DE DIPLOMÁTICOS

 

Han llegado unas cortesanas de la capital.
Sí, se han instalado en la mansión
del señor embajador.

El señor embajador
les enseñará cortesía y glamour
y les meterá un poco de fuego bajo enaguas
magreo detrás de escritorios
y disciplina sobre mesas de caoba
en recintos cerrados,  y bibliotecas por donde aparecen de vez en cuando                  hagiógrafos ilustres; enjutos caballeros que merodean por ahí  
                                                                  /con caras de saurios diligentes.

Han llegado unas cortesanas de la capital
Acaban de hacer sus genuflexiones obligatorias y
                                  /recibido su dosis de genitalidad capitalina.
Han tomado los bebedizos de la orgía
en los altares de la concupiscencia patria.
Ya se limpian entre las piernas con la bandera de Batraxia
teñida en sangre y de águilas blasonada.
Ríen
y los espasmos en sus caras de manta-rayas 
se iluminan débilmente por cirios marfileños
sobre una cubierta negra
–como en esos caprichos del pintor de Hertogenbosch–.
Han vomitado sobre el libro sagrado
cartílagos de pulpos mediterráneos
                      que flotan en la tinta
                                                      de una venérea sangre.

El señor embajador
ya no estará más ocupado con su caballo persa
lo dejará por un rato
para que le lustre las ancas
                                            el siervo de las caballerizas.

Afuera hay un ruido...
¿No lo escuchan?
Sí,... un crepitar de metales martillados
ruido sordo de dragones heridos
                                         rasgando nubes de oro liquido.
Grandes artilugios de vuelo pesado
Sueltan mercurio sobre los arrabales….

 

Pero la verdad es que con ese resplandor de cobre pálido
No entran en alerta.

 

¡¿Lo harán
                    cuando en las vidrieras se refleje, el bestiario definitivo?!

 

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PALABRAS DE IMPRENTA

 

Tenemos
las primeras palabras.
Lo que no toque nuestra pluma
lo que no se pronuncie con nuestro sello
no existe, no vive, no pertenece al mundo.
Estará delimitado por la nada.

Desde las encuestas sobre la peste
hasta la proliferación de los maleantes en los puertos.
Desde las crónicas de la llegada de dromedarios
y dragones a las silenciosas puertas de piedra de la ciudad;
hasta la última voz que deba gritar el condenado.
Todo está aquí,
en estas imprentas de hierro, madera y cobre.
No hay voz allá afuera
solo rumores de cartón y madera podridas
de barcos atracados  en el puerto
junto a una marea de ballenas agonizantes.

Nosotros, señor emperador, tenemos las últimas palabras.
Las hemos utilizado como pequeños cuchillos de sanatorio.
Como cápsulas de cianuro.
Como sillas de cuero negro
 para montar en furia
                                  / apóstatas y bellas iconoclastas.
Como arcos de flechas envenenadas
                                  /que apuntan a la yugular del sol.
Rocas selenitas
pequeños fetiches para colgar
                      /sobre el cuello de las concubinas chinas.
Esmeraldas trémulas en la sangre de los cerdos bubónicos.
Huesitos rotos,  tabla negra
                          sobre la que se describen
                          en su azar calcáreo y mántico,
las voluntades de los primordiales.

Así que, no se preocupen señores de la  nobleza,
nuestras opiniones son oráculos
que expresan la voluntad del imperio,
y nunca dejaremos filtrar la resaca turbia y vociferante
                                     /de los poetas y los filibusteros.

Debemos señores, cantar
sobre el inmaculado papel de los códices.
“Ellos” no saben.
“Ellos” no entienden.
“Ellos” deberán obedecer,
por que también
hemos utilizado las palabras como grillos
Como torniquetes, como púas,
zinc caliente sobre cabezas de sufíes ashasins.
Dientes de tiburón sobre el cuello
de las condesas de Mauritania
              maestría de negreros
              que no deja aflorar el calcio de los huesos.

Sangre en bocanadas de silencio,
sobre un bosque hambriento
Solo hojas negras
                            hojas negras solo
                                                       hojas solo negras.

Señores, quería mencionarles...,
al  rebelde que estaba jugando con pasquines
lo hemos triturado en la prensa xilográfica.
No quedo con hueso entero.....
Tatuamos en su frente
                                    la palabra:
                                                     “Libertad”.

OMAR GARCIA RAMIREZ nació en Armenia, Quindío, en noviembre de 1960. Poeta, novelista, cuentista y pintor. Estudió Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Bogotá; Cinematografía de Animación en el Instituto Cubano de Artes e Investigación Cinematográfica (ICAIC). La Habana (Cuba) y Diseño Gráfico, Infografía, Animación y Multimedia en el CICE, Madrid (España). Ha publicado los libros “Sobre el Jardín de las Delicias y otros textos terrenales” (Poesía. 1990), “La dama de los cabellos ardientes” (Novela- Comic), “Urbana geografía fraterna” (Poesía, Premio Biblioteca Pública Ramón Correa, 1997; y “Altamira 2001” (Novela, Premio Nacional de Novela Ciudad de Pereira (2002) y La dama de los cabellos ardientes. Estudió Artes Plásticas, Cinematografía de Animación, Investigación Cinematográfica  y Diseño Gráfico, Infografía, Animación y Multimedia.

En 2008 obtuvo el premio Nacional de Poesía convocado por el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Al decir de German Ossa, la de Omar García Ramírez: es “una poesía llena de humor ácido, corrosivo y negro; una poesía hecha de desencanto pero también de humanismo. Una poesía autocrítica y en constante revisión, una obra que se aborda como trabajo de escritura sobre la condición postmoderna del poeta en tiempos de guerra, de alienación global, de ciertos oscurantismos virtuales.”

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