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CLÁUDIO WILLER

LLEGAR ALLÁ

Y ahora quiero la palabra reducida al sencillo gesto de aferrar alguna cosa, pura denotación, lenguaje referencia, mano extendida apuntando esos pedazos de realidad –o entonces la fiesta con todos sus fantasmas sentados en el sillón de ajenjo mientras sangran los dedos de la memoria, todo en el límite de lo que pueda ser verdad, el cuaderno escrito de atrás hacia delante y el libro leído a partir de la última página, y también podría hablar de las nubes de vapor y cortinas de humo en los cuartos, y narrar la historia completa de las fiebres tropicales – pero sólo nosotros dos fuimos capaces de movernos en ese plano intermediario en el que realidad y sueño se confunden, tocados por la sugestión de otra escena o situación. Esencia, ese es el nombre de nuestra transacción. ¡Esencia, esencia! grita la legión de los Irreales desde el fondo de su existencia probable. Esencia, el verdadero nombre del juego de mutaciones. No es necesario hablar en alucinaciones, es como atravesar una pared invisible, y ya estamos allá. El texto febril. Las luces prendidas. Luces prendidas. Las luces, prendidas. Por ejemplo – pero el número de ejemplos es mayor que toda la existencia – por ejemplo, las luces prendidas, rebotadas un poco torpemente por los azulejos blancos que iluminan nuestros cuerpos, mientras nosotros nos preparábamos para empezar un juego amoroso más. Me acuerdo también de las playas desiertas recorridas de punta a punta. O cuando descubrimos aquella cascada en medio del mato, aquel salto que debía tener unos 30 o 50 metros de caída libre, sus salpicaduras heladas nos alcanzaban en la orilla, imposible llegar muy cerca, aquella catarata en el matorral nos inducía a la complicidad. Las luces prendidas. Complicidad. Esencia. Y aquel espejo antiguo –aquel espejo antiguo biselado, patinado, recubierto por el amarillo del tiempo, aquel espejo antiguo nos reflejó durante una tarde. Estaba en el tocador frente a la cama en el cuarto del caserón colonial de la hacienda, con los demás muebles macizos y pesadotes y el olor a polvo de cosa antigua del cuarto. También encontrábamos muchos santuarios religiosos en nuestros viajes, era como si nos impulsase una atracción magnética por lo sagrado. Ciertas tardes insoportablemente calientes, demasiado sofocantes. Hubo un tiempo en que. Las luces. Esencia. Impregnando irremediablemente todo lo que fue hecho después. Como la transgresión es cotidiana e imperceptible, como ser maldito es apenas una especie de indiferencia, laxitud, dejarse llevar. El olor a polvo sobre los tapizados. Yo quiero que todo quede muy claro. No sólo las palabras, el texto, sino otro plano, ahora definitivamente llevado a lo real. Quedó un olor extraño, impregnando la piel. Todo verdadero. Todo. Mas ese gesto de contar historias imposibles, ¿cuál es su significado? ¿Qué botón apreté? Y ahora, no dejar piedra sobre piedra. Transformar lo cotidiano en hipérbole, laberinto en donde todos se perderán jugando con despreocupación. La opacidad es casi banal. El juego de la vida y de la muerte es trivial. Despertemos al irascible niño que habita en cada uno de nosotros. No hay misterio. Que no se hable de locura. El lado de allá, el lado de allá, que camina suavemente sobre tus sandalias de suela de hule, el lado de allá disfrazado en arte del plumaje, el lado de allá que sonríe afablemente mientras nos mira de soslayo, el lado de allá es sencillo y está aquí, basta estar abierto y disponible. Somos dioses.

EL SERPENTARIO Y SUS RAMIFICACIONES

La ciudad y su esqueleto múltiple e inevitable, sus animales incendiados y torbellinos de hambres sin fin. Dentro de ella, el gran estómago absorbiendo todas las contemplaciones. Vitrales pulverizados envuelven a los grandes predios, la magia se coloca al alcance de todos bajo forma de un pasamanos que apunta a la muerte de la Perspectiva. Fueron setenta vidas, tal vez más, contenidas en el espacio de algunos días, límpidos, convergentes, inevitables, surcados por la proximidad de los ciclones, vivencia del grande seno plástico que abriga los deseos del alma, de las cuerdas tensas del violín; setenta vidas y después de eso la supervivencia. Sin embargo, el esqueleto más deshidratado que antes, la cavidad de los ojos, el cráneo abandonado en la selva sin metamorfosis. Es preciso entapizar los corredores con láminas a cada nueva aproximación del ser amado, construir senderos de sangre definitiva, único homenaje posible, antena, precipitación, anatema, presencia, rastro fijo. La ciudad, sus diversos barnices y esqueletos, su pulsación atemorizante sobre ella, la lluvia de horóscopos que se precipitan a cada nuevo encuentro. Se hace necesario escoger las palabras de encantamiento, abriendo nuevos espacios de magia (¿penetración, vértebra, succión?). Todo, sin embargo, no pasa de una incorporación más. Prosigo en la ruta de los sabath. Busco los claros dejados por el ceremonial. Máscaras de alabastro con lenguas de hielo todavía se precipitan en el cuarto, a partir de determinados puntos, lentas y solemnes como si estuviesen infladas de hidrógeno.

Traducciones de Eva Schnell

CLÁUDIO WILLER nació en Sao Paulo, Brasil, en 1940. Poeta, ensayista y traductor. Algunos libros publicados: Anotações para um Apocalipse, 1964; Dias Circulares, 1976; Jardins da Provocação, 1981; Volta, 1996; Estranhas Experiências, 2004; Poemas para leer en voz alta, 2008. Taductor al portugués del Conde de Lautréamont, Antonin Artaud y Allen Ginsberg, entre otros. Como crítico y ensayista, ha colaborado en suplementos y publicaciones culturales tales como: Jornal da Tarde, Jornal do Brasil, revista Isto É, jornal Leia, Folha de São Paulo, etc. En varias ocasiones ha sido presidente de la Unión Brasilera de Escritores. Realizó estudios de Sociología, psicología y terminó un doctorado en Literatura Comparada. Co-editor de la revista electrónica Agulha. Lúcido escritor de manifiestos, en ellos ha destacado que: “…La poesía es al mismo tiempo transitoria y esencial, ella se reporta a los fundamentos, a lo concreto que está por detrás de las apariencias, y simultáneamente apunta a su propio fin, a su desaparición como forma autónoma de arte o de comunicación…” En su segundo manifiesto, llama la atención sobre el hecho de que la poesía no puede desvincularse de su componente social.  Refiriéndose a uno de los temas claves en su obra, afirma: “…El amor es bueno, digámoslo así, porque transforma el mundo, nos confunde con el mundo, permite sentir el mundo en la temperatura del cuerpo, como observo en Poética, o son aquellos paisajes maravillosos, lagos, montañas, paisaje de sol naciente, de la serie Poemas para leer en voz alta, que al mismo tiempo son el cuerpo de la amada, nuestros cuerpos, que son otra cosa y por eso son más ellos mismos, cuerpos; la mujer es blanco, punto de llegada, ellos quieren llegar allá, alcanzarla, encontrarla; en mi poesía, la compañera es más un punto de partida, yo ya llegué allá, y ahora quiero arreglar las cuentas con el mundo, como afirmo en el poema Llegar allá, no quiero dejar piedra sobre piedra.

Última actualización: 28/06/2018