Festival Internacional de Poesía de Medellín

Una poesía de transformación y de transición

Por Fuad Rifka

Hace mucho tiempo, un filósofo griego llamado Heráclito dijo, “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”. En esta frase, Heráclito expresa su visión de la naturaleza de la realidad. Como en el caso del río cuyas aguas fluyen incesantes, y son constantemente reemplazadas por nuevas aguas, así cambia la realidad en forma permanente. El mismo principio de cambio es aplicable a la historia de la humanidad. En este momento, la validez de este principio es más obvia que nunca. Lo que aprendemos hoy, tenemos que olvidar mañana, debido a los frenéticos descubrimientos e invenciones, o de lo contrario nos sumimos en el atraso y el primitivismo.

¿Cuál es la causa de este agitado cambio? Su causa se puede en últimas remontar al colapso de la tradición metafísica.

¿Cuál ha sido el papel de la metafísica? A lo largo de la historia, lo metafísico ha sido considerado la base de lo físico. Desde este punto de vista, al universo le ha sido dado un propósito, los eventos de la naturaleza han sido explicados, todas las preguntas han sido respondidas, y la vida humana ha sido guiada y evaluada. En este sentido, la metafísica ha sido el castillo en el que el hombre solía protegerse de todos los peligros, incluso del peligro de muerte.
Pero como declaró Heráclito: Nada es permanente salvo la ley misma del cambio. Gradualmente, el cielo metafísico empezó a acoger negros nubarrones. Sus estrellas, sus lunas y sus soles se hicieron cada vez más oscuros; desde el norte vientos fríos empezaron a soplar; y finalmente, noches y noches empezaron a caer sobre la superficie de la tierra cubriendo sus ríos, valles, montañas, todo incluyendo el castillo metafísico.

¿Cuáles fueron los factores que iniciaron los vientos fríos del norte que extinguieron la llama de la metafísica y su luz? Varios factores, el más importante la revolución científica basada en el principio, “volver a los hechos”. Este principio implica que el conocimiento en un sentido absoluto se basa en los datos objetivos. Sólo los datos objetivos son reales, y son por ello el verdadero objeto del conocimiento genuino. Como resultado, lo metafísico ha sido reemplazado por lo físico, lo celeste por lo terreno, y el Dios omnipotente por el hombre “omnipotente”, manifestando su “omnipotencia” en su asertividad, y en la forma de su afiebrada lucha por la conquista de la Tierra y el cosmos.

Por poder y más poder, el hombre moderno ha devastado la superficie de la Tierra y sus profundidades. Por poder y más poder, el hombre moderno ha abierto heridas en el cuerpo del espacio ilimitado, despojándolo así de su misterio. Por poder y más poder, el hombre moderno ha despojado la naturaleza de su poder, el hombre moderno ha despojado la naturaleza de su facultad simbólica, reduciéndola a un sistema de hechos abstractos.

En esta lucha, el vencedor será aquel, ya sea un individuo o una nación, cuyo conocimiento científico y tecnología esté más desarrollado, confirmando con esto la afirmación de Bacon de que el conocimiento es poder. Por esta razón, la competencia desenfrenada por la adquisición de conocimientos científicos más avanzados y de una tecnología más exacta es inevitable, forzando así al hombre de la modernidad a seguir adelante, incluso a toda marcha, sin tener tiempo para construir un sistema de hábitos como refugio, como techo bajo el cual dormir en paz.

Este enfoque crítico del espíritu científico del hombre moderno no debe nunca, ciertamente, sugerir la necesidad de renunciar a la investigación científica. La frase de Rousseau —“Volver a la naturaleza”— no es válida. Cualquier intento de hacer esto es una especie de locura. Este enfoque crítico sólo pretende despertar el ojo científico de su siesta científica para ayudar a ver el inminente peligro.

El peligro no está en la invención de armas más destructivas, ni en el brote de enfermedades incurables, o en la distorsión de la bella y misteriosa faz de la naturaleza, y tampoco en la posibilidad de guerras aún más inhumanas. Seguramente los factores ya mencionados, y algunos más, forman fuentes posibles de peligro. Pero el verdadero peligro está en la posibilidad de condicionarse a la creencia de que la realidad está confinada dentro de las paredes de los hechos, de lo que puede ser calculado y medido, olvidando así el misterioso horizonte que abarca todo, sin ser en sí mismo objeto de cálculos o medidas.

¿Cómo evitar éste el más grave de todos los peligros que golpea en la puerta del hombre moderno cada vez más duro? Respuesta: Cuando el hombre de este moderno planeta aprenda a escuchar el silencioso lenguaje que escapa de cualquier posible definición. Una forma particular de hacer esto es la palabra poética.

¡Extraño! ¿Cómo puede la palabra poética llevar a cabo ésta la más difícil y complicada de las tareas? ¿Cómo puede esta palabra, tan fina y transparente, ser el salvamento? ¿Qué es la palabra poética?

La palabra poética habla. Su lenguaje trasciende todas las reglas y reglamentos lingüísticos, todos los compromisos políticos, sociales y morales, y toda clase de espectáculos y diversiones ocasionales. El lenguaje de la palabra poética es mudo, es el lenguaje silencioso del misterioso horizonte. En su silencio, el misterioso horizonte sigue hablando. A lo largo de las estaciones, sigue susurrándole, guiñándole el ojo a los transeúntes. Pero la mayor parte son sordos y ciegos, avasallados por el estruendo del mercado y la vaguedad de la vida diaria. Entre los pocos de oídos agudos y clara mirada que oyen el susurro y ven el signo está el poeta.

El poeta oye el lenguaje silencioso de lo misterioso y lo interpreta con sus propias palabras. El lenguaje interpretado de lo misterioso despertaría la humana conciencia a la visión de que la realidad es cósmica e ilimitada, liberando así la mente de la barrera de hierro de los hechos. La palabra poética le recuerda al hombre del mundo contemporáneo lo misterioso inconmensurable y lo dirige al camino de las preguntas interminables. En cuanto vía hacia lo misterioso, la palabra poética “obliga” al hombre a detenerse, a maravillarse, a pensar. El hecho no piensa, la tecnología no piensa, el intelecto calculador no piensa. La palabra poética, en cuanto lenguaje silencioso de lo misterioso, se mueve hacia lo misterioso, descubre lo misterioso, establece lo misterioso en la Tierra, y pone en duda lo misterioso. La palabra poética piensa. Continúa pensando a lo largo de las edades, las épocas, las generaciones, a lo largo del tiempo. Sigue llamando al hombre de esta Tierra hacia el camino de lo misterioso, salvándolo del humo sofocante de los hechos.

En este punto, parece que nos hemos desviado, es decir, nos hemos separado de la principal dirección sugerida por el título, “Poesía de transformaciones y transiciones”. Este desvío resultará ser apenas aparente, si tratamos de recordar lo que hemos hecho hasta ahora.

Nuestro punto de partida fue el principio del cambio de Heráclito, que este principio es más obvio en los tiempos modernos, que su causa en los tiempos modernos se remonta sobre todo al derrumbe del castillo metafísico, que el derrumbe de este castillo es principalmente el resultado de la revolución científica basada en el culto de los hechos, que el culto de los hechos hunde el misterioso horizonte en la oscuridad de la memoria, y finalmente, que la palabra poética descubre lo misterioso y le recuerda su existencia al ojo científico moderno, salvándolo así del sofocante humo del ritual de los hechos.

Hace casi dos siglos, el poeta alemán Hölderlin ha debido de sentir el inminente peligro de los tiempos modernos. En un poema titulado “Patmos”, dice: “wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch”. Traducido al español: “donde está el peligro, también crece quien nos salva de él”.

El salvador del humo de los cultos modernos de los hechos es la poesía.

Fuad Rifka nació en el Líbano en 1930. Poeta, ensayista, traductor. Uno de los principales innovadores dentro de la poesía moderna árabe. En 1957, fue uno de los fundadores de Shi’r magazine. En sus poemas, a menudo aparentemente sencillos, se esconde el pensamiento del sufí contemporáneo. Ha traducido al árabe a Goethe, Hölderlin, Novalis, Rilke y Trakl. Algunas de sus obras: Ancla en la bahía, 1961; La añoranza del umbral, 1965; La hierba agonizante, 1970; Signos del fin del tiempo, 1975; Ríos salvajes, 1982; Diario de un recolector de leña, 1989; La cesta del jeque derviche, 1990; Poemas de un indio, 1993; Van en solitario los mirlos, 1999.

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