Festival Internacional de Poesía de Medellín

Al cruzar la calle con mamá


 
Al abrazarla
para decirle adiós cada fin de semana,
siento la levedad de sus ochenta y dos años,
huesos frágiles como su ropa de algodón.
 
Pero todas las noches aún me entretiene al teléfono
con sus escapadas en solitario a los centros comerciales
y regateos con los dependientes de Kalentong,
con carteristas sentados enfrente de ella en los jeepneys*.
 
Todavía tengo miedo de su voz imperiosa, de la vara de mimbre
que empuña, mientras me agarra muy fuerte
al cruzar el bulevar de Shaw, su paso
estudiado como esos papeles que interpretamos con persistencia.
 
Prepara el pollo de diferentes maneras
-adobo, ajamonado, relleno de limoncillo,
cocido al vapor. Los viernes me pregunta que cómo me gusta
el pollo. Le digo que no se preocupe.
 
La invitamos  a comer los domingos,
y casi no prueba bocado. No quiere comer fuera de casa
porque ella cocina mucho mejor, aunque noto cómo
anda ahora en la cocina, cómo maneja los cuchillos.
 
Estos días, al ver su pelo cano, ojos brillantes
(los cristalinos flamantes, post-operación de cataratas), me asalta
la leve esperanza de que por fin ha aprendido a verme
-ya no más la niña que dice “no” a todas sus órdenes.
 
Y porque cruzar esta calle es una tarea
que le da terror, engancho un brazo a su cintura,
y ella tiende la mano para alcanzar las mías. No tenemos prisa.
El otro lado del camino no parece tan cerca.
 
Aspiro el perfume de su cabello, y quisiera decirle
que podemos caminar así más tiempo, mucho más tiempo
del que ella puede agarrarse a mi mano, mientras fundimos
nuestras debilidades: sus reproches, en silencio, y mi corazón, callado.

*vehículo más económico y popular en Filipinas


AMANECER


                                   para August M.

A las orillas del sueño
las imágenes saltan caprichosamente
como sabandijas de agua en la superficie de la mente.

El tiempo tiembla.
En la profundidad del agua, Wu,
la nada, se comprende simplemente
como ser en el momento,
fluyente, como el movimiento suave
que hace el hombro, mientras el pie,
maleable como el alba, gira
a una posición vacía.

Los koanes se vuelven claros como la lluvia de verano.

Relampaguea, los címbalos
anuncian la llegada de los guerreros.
Nada es imposible,
mientras el cuerpo se sume en la vacilación
del despertar,
el canto de los pájaros gira
en torno a los párpados temblorosos,
la mente ve lo que ve,
porque en un segundo
el instante desaparece.

 

Calle López de Hoyos, 66


Un día recordaré esto, seguro:
la tranquilidad de un atardecer
en Prosperidad, un barrio rico
a doce minutos en metro
desde el centro de Madrid;
el súbito rumor de pisadas
y voces del piso de al lado;
el reflejo del sol, que todavía brilla a las seis y media,
reluciendo a través de los visillos de color marfil,
desde el anuncio amarillo de whiskey que cubre
los seis pisos del edificio de enfrente.

Recostada en el diván de la sala,
estoy envuelta de pies a cabeza
con tu edredón,
su fino plumaje de oro se imprime sedoso
en la frescura de la primavera temprana.

Amsterdam,de Ian McEwan yace en la alfombra desgreñada.
The Sheltering Sky, de Paul Bowles también, medio leído.
Historias de viajes medio terminados,
personajes destrozados por la pasión y el dolor.
Mirando el reloj de punto de cruz de tu estantería
            de madera oscura
atiborrada de volúmenes en castellano,
me doy cuenta de que es hora de hacer la cena;
mi sentido del tiempo engañado
por el sol, y odio tener que
dejar el más suave de los edredones,
tu techo sobre mi cabeza.

“Una Furtiva Lágrima” se cuela por la ventana
(la canción, y el olor de cebollas fritas)
que da a un patio bien ventilado
donde camisas y sábanas se agitan en los tendederos.
Moviéndome a pantuflas a mis anchas en la cocina,
lavo el arroz tailandés comprado en Tetuán,
mido la exacta cantidad de agua,
enchufo la olla eléctrica.
Casi oigo el sonido de tus llaves
en la puerta trasera; tu voz
cantarina, “¡Hola! ¡Huele a arroz, hirviendo!”

Siempre recordaré abril en Madrid de este modo:
un día resplandeciente a las siete de la tarde, la primavera temprana
que otorga ternura a la espera, las distancias borrosas,
y el arroz hecho cocinado a la perfección.

Traducciones de A.M. Sun-Cua y Jose Ma. Fons

TARTA DE LIMÓN CON MERENGUE

Nos amontonamos el molde para pasteles, cuencas,
tazones medidores, tamiz de aluminio,
cucharas, espátulas --- un mise en scène
que cuarenta y ocho años antes empezó ella.

Trituraron las galletas de Graham,
acumulaciones de silencios largos
que aplastamos a una suavidad
bordea este cacerola de Teflón.
Dedos nudosos raspan pieles de limón
para la cáscara. ¿Cuándo convertían grandes
los articulaciones, deformados los dedos?

Cuando hornea la corteza mezclo harina,
mantequilla, azúcar, huevos, jugo y cáscara
en una batidora electrónica. Sobre el ruido
exclama que en su tiempo se hicieron los flanes
en una manera diferente, con los manos.
Un cuajado más liso,  insiste,
mientras las palas de Oster cortan
la dulce acidez, o la ácida dulzura
cualquiera esta predominante hoy,
el miedo y la testarudez mezclan,
dos mujeres son de maneras parecida,
aunque odian encontrarse a si mismas
en la otra.

Cedo ante sus deseos bato las claras de huevos
para hacer el merengue con un tenedor,
ligeras las bromas entre nosotros,
montecillo blando asciende. Cucharilla
a lenta cucharilla añade azúcar,
dando con la punta del dedo el bol
y pone garapiña a su boca
y mentón. Nos reímos a carcajadas,
la alegría se extiende a través
esta extensión desparramado liberalmente
con minas de tierra.

Explota la habitación con los olores
de pastel recién cocido. En el horno,
espirales perfectos se vuelven a dorados.

MANOS DE NUBES EN CALERUEGA

Debería ser un movimiento del torso,
dijo el maestro de Tai Chi,
nunca solo las manos.

Levanto un brazo, doblo el codo suavemente,
palma abierta al frente de los ojos,
mientras baja el otro brazo  
en un arco ligero para dar forma al viento.

El chubasco anoche humedece
pies descalzos, el olor de la tierra húmeda
mezcla con el humo de la leña quemada,
el aire quieto salvo la canción del pájaro.

Giro lentamente a la derecha
veo nubes bajas
acomodan en el medio de la montaña,
sus laderas acaricia por el salida del sol.

Contempla la Infinidad y se consciente del
 Ahora .

La derecha, luego la izquierda; arriba,
y abajo; la niebla de la montaña
parece resona mis movimientos:
¿Quién sigue a quién?

La respuesta está en el Nada.

Es bastante estar aquí,
en armonía con las neblinas,
los cielos grises como perlas;
mover pero aún
ser quieto.

 

Abuela


(después de una visita a Lunghou, Chinkiang, China) 
 
Encuentro sus ojos con timidez
con un poco de miedo de ver
desaprobación allí.

¿Querrá ella, aunque sólo por un momento,
que los mil li puedan ser cruzados
por esta nieta forastera
que habla con lengua vacilante
el idioma de un antepasado común? 

Beso su mejilla
y se queda asombrada.
Esta intimidad es una sorpresa,
un gesto demasiado ajeno para ella,
y se levanta
como si se apretara la mantilla
de soberbia a su alrededor
protectoramente justo cuando mi espíritu
se esfuerza en alcanzarla. 

Miro en silencio, absorta,
mientras se hinchan sus venas y
hablan audazmente con certidumbre
aunque titubeo al hablar,
sintiendo esta unidad con ella,
esta abuela delicadamente encorvada,
sujeta a la tierra en sus
pies muy, muy pequeños. 

Siento este parentesco, mudo
e irrevocable, mientras nos sentamos
juntas y miramos fijamente a las filas de
árboles alargados ahora sin
hojas, mientras las ráfagas frías y heladas
del viento invernal
desde el lago Lung me hacen
buscar refugio en mi abrigo frágil. 

 

Bailar en la lluvia

En nuestras cabezas, la música sigue. 
Aquí en la Plaza de Cibeles,
debajo de una luna casi llena medio oculta
en las nubes de lluvia, oscilamos y nos detenemos,
oscilamos y giramos, un ritual premeditado
de pasos y abrazos, trazado
sobre la diosa de la fertilidad
y columnas de marfil. 

Gotas de lluvia aguijonean mientras oscilamos y nos detenemos,
oscilamos y giramos, un ritmo Latino que
nos hace asirnos el uno al otro,
y de repente nos ponemos en libertad.
Mi L’Temps d’Nuit se mezcla
con tu olor, un campana de torre
tañe las tres. 

De donde vengo, las campanas
repicarán esta noche en las iglesias
para señalar el comienzo de las misas del alba
hasta la Navidad. ¡Tan lejos   
parecen, las celebraciones que marcan
una juventud llena de rituales! 

Pero aquí, toco tu camisa mojada
(¿será la lluvia? ¿tu sudor?)
Me quito zapatos, estilitos y miedos viejos.
Los vellos de tu brazo chamuscan
piel de gallina en mis hombros desnudos.
Oscilamos y nos detenemos, oscilamos y giramos,
palpitando, vibrando, cadencia de canción
quemando nuestras pieles, lluvia torrencial
en esta esquina del Paseo del Prado.

Con palabras


(para Madeleine, que me enseñó la magia del lenguaje por señas) 

Porque los sonidos
estaban enjaulados adentro
de un vacío sin voces,
ella me habla
de gozo esta mañana
con gesticulaciones entusiastas,
las manos se lanzan como gorriones. 

Anoche, cubierta de
verdes y estériles sábanas almidonadas,
agarraba las barras de estiramiento
bajo las luces duras
de un cubículo antiséptico
misteriosamente silencioso. Se despierta
por sus pequeños chillidos agudos. 

Su fuente se rompió
mientras una cabeza rizada se asomó
con su vérnix húmedo y ceroso.
Sus lágrimas eran sonidos
rasguñando en el hueco
de mi garganta, alas de pájaro
rozaron contra las cristales. 

Hoy nos miramos
a través este extensión de sábanas limpias,
risas caen desde nuestras
muñecas ágiles: dedos separados,
palmas abiertas. Sus dedos
tocan el corazón, rodean el aire.
Oigo una explosión de alas.

 

El desperfecto

Imperceptible
salvo para los ojos más agudos,
un desliz en una puntada yace
al borde de un decorado fractur tradicional:
dos faisanes en una danza de apareamiento
sobre girasoles y semillas de albaricoque,
plumas hiladas en oro de canela,
terracota, y verde de sauce. 

La bordadora pudo haber
recordado cómo los dioses
se reservaron la perfección solo
para ellos mismos, deidades que
no podían equivocarse, y cómo,
cuando los mortales desafiaron el absoluto
fueron transformados en sapos, o árboles,
o se callaron para siempre como lagos escondidos
en la montaña, en los bosques más hondos. 

O, perdidos en un mundo exquisito
envidiados por los divinos,
la artista habría sido seducida
tanto por el viento otoñal,
tan conmovida por la mano
que acaricia su mejilla, pálida
después de las palabras tiernas. 

Ella sabe que las cosas impecables
deben estar escondidas de los ojos husmeadores,
el corazón, estar silencioso, guardado
en un fuego mudo, mientras los dedos
bordan figuras en una tela de marfil,
el hilo da forma a los sonidos
de un vuelo de alas. 
                                         

La apuesta de Pascal

 

Enmarcada por filas de acacias
antiguas como los cielos grises, la fuente
del Pintor Sorolla se ve desde una distancia
a través del frío que amortaja esta esquina
de las Calles Martínez Campos y Zurbano.
Porque las hojas amarillas callan
sobre las despedidas, la tarde a su vez
oscurece demasiado pronto a las cinco.   

Aromas helados traen lluvias de ocre,
caen rociando las hojas al suelo con murmullos,
como las cosas suavemente sentidas, palpadas,
no pensadas, pero reales. En esta calle tranquila
el otoño se acerca insensiblemente a los bufones
que vacilan en su fe,
atrápalos sin saberlo en esta estación
de la metamorfosis brumosa.
 
Blaise no se equivocó, después de todo.
La razón puede traer un poco de certeza,
de probabilidades por las que uno puede apostar,
pero no son más fieles las premisas
que los silogismos en un mundo noumenal,
porque el corazón, aquietado, sabe qué extrañará:
las sonrisas bajo los cielos de otoño,
la loción facial, el crujido
de las hojas bajo los zapatos, y la pasión
que el pensamiento racional nunca puede refutar. 

Las tardes de noviembre,  rompiendo
en viñetas de paseos en medio de las hojas
que remolinean, se burlan de las apuestas cósmicas:
a primera vista, árboles desnudos y callejuelas
sin gente, y al ver de nuevo, las probabilidades
se apilan totalmente a favor de los sueños y deseos.


La sombra

                                  

                                                           “…la sombra
                                                           es un flujo constante
                                                           en un soliloquio que hilamos
                                                           entre nosotros…”
                                                                                  Charles Tomlinson

                                                                                              In Memoriam: Ángel Crespo 
 
En este café espero mi vuelo a casa.
Pruebo las palabras latinas en El País
de hoy, trino las erres, exagero las jotas.
Pero las declaraciones resuenan huecamente
en un entablado ensombrecido, un monologo de
“¿Quién será, este hombre que revuelca mi vida?”
(conjugado en el futuro simple, dijiste).
Por las semanas sin parar mutilo los reflexivos,
torturo los infinitivos, los adjetivos pelean
con adverbios, discordantes, se enredan entre sí
como abalorios de cornalina en la exposición
del Quetzal cerca de las fuentes de la Plaza de Colón.

En medio del bullicio del Barajas me acuerdo
esa tarde cuando leímos silencios de los jeroglíficos
Mayas, tocamos urnas funerarias y máscaras de jaguar
sobre las piedras del altar. Obsidianas como lágrimas
negras destellaron dentro de las vidrieras encendidas,
y hombres con cabezas puntiagudas encararon la muerte.  

En mi maletín, tu silencio yace pesadamente.
En cualquier idioma, la distancia es la sombra que abrazamos,
en el soliloquio que traducimos, día tras día.

 

La Tia Juana en Fez el-Bali

Gritos de “¡Batica!” o, “¡Cuidado! ¡Burro!”
resuenan. Los peatones se arriman
contra la pared mientras burros cargados pasan tambaleándose,
sacudiendo sus colas por laberintos
de callejones bifurcados y calles sin salida. 

El olor de la piel curada, fuerte y térreo,
nos atrae a este mercado. Desde las curtidurías
la brisa trae el hedor de los pellejos crudos
empapados en un cubo de líquido verde, cáscaras de trigo,
estiércol de paloma y tintes químicos.   

Nos aglomeramos alrededor de Abdul, el guía marroquí,
que habla español con acento. Su djellabah brocado
en oro cruje suavemente cuando gesticula, sus pies
envueltos en babuchasamarillas con las punteras enroscadas.
Nos habla de su tesis doctoral sobre Vargas Llosa. 

Gladys y Nelly de Montevideo hablan muy rápido
español, algo que casi no puedo entender,
salvo el título de una de sus novelas:
La Tía Julia y el escribidor.”
Fue verdad entonces, ¿Mario y su tía…? 

Marlene de Bogotá relata que una telenovela
en su país se basó en esta novela.
Graciela de México, Dolores
Y Juana de Barcelona asienten con sus cabezas.
Busco a  tientas la conjugación correcta en español. 

Desde el Arequipa de Vargas Llosa, Perú, hasta el Fez,
es un larguísimo viaje. Pero es más larga la ruta
que cada uno debería haber tomado, simplemente para estar juntos
en este momento, para hablar sobre su propia Tía Julia:
radionovela y vida verdadera y de vuelta. 

Aquí en las entrañas de la medina voces suben
encima del aroma. Aplastamos hojas de hierbabuena
contra nuestras narices: seis mujeres de mediana edad
se mantienen unidas por su fascinación
con la indiscreción de una de dieciocho.

Loy krathong

En el duodécimo mes lunar la luna
está llena, y una canción aprendida en la infancia
se torna un festival de luces
en la orilla del río. 

Me convierto en una de las figuras ágiles, esbeltas
y con pieles suaves, revestida con lamé
de oro. Me arrodillo al borde del agua,
hago navegar un bote de flores
y hojas de plátano, con forma de corazón, encendido
con velas de color azafrán, perfumado con incienso,
orquídeas salvajes, y una mecha de cabello enrollado
en helechos.  

En este lugar donde se celebran tres años nuevos
cada año, donde se moja con agua la gente
en broma y celebración
en abril, y trenes aéreos sobre autobuses
en embotellamiento han facilitado el viaje al mercado de las pulgas
donde venden tejidos songket y jarras de peltre
de asas con forma de trompas de elefantes,
nos encontramos

esta noche. El río vibra con miles
de llamas sobre naves flotantes que llenan los ojos
con deseos encendidos. El agua tiembla
con deseos reflejados, testigos de esta travesía
de krathongs, mientras el aire de la noche susurra
distancias sólo la pasión se puede traducir,
predestinando viajes que sólo botes de flores
podrían tomar. 

Manos de nubes en Caleruega

Debería ser un movimiento del torso,
dijo el maestro de Tai Chi,
nunca sólo las manos.  

Levanto un brazo, doblo el codo suavemente,
palma abierta al frente de los ojos,
mientras baja el otro brazo  
en un arco ligero para dar forma al viento. 
El chubasco de anoche humedece
pies descalzos, el olor de la tierra húmeda
mezclándose con el humo de la leña,
el aire silencioso salvo por la canción del pájaro. 

Giro lentamente a la derecha
veo nubes bajas
acomodándose en medio de las montañas,
sus laderas acariciadas por la salida del sol.
  
Contempla la Infinidad y se consciente del Ahora

La derecha, luego la izquierda; arriba
y abajo; la niebla de la montaña
parece repetir mis movimientos:
¿Quién sigue a quién? 

La respuesta está en la Nada. 

Es bastante estar aquí, ser uno
con la neblina, los cielos gris-perla;
moverse y seguir
quieto.

Al ver el Guernica en el Centro de Arte Reina Sofia


 
Su inmensidad conmociona. 

Seres humanos, o lo que queda de ellos,
tienen las bocas totalmente abiertas –en agonía, en desespero,
en extremo dolor. El caballo, galopante sobre dos cascos,
muestra una cuchilla afilada que sale deslizándose de su lengua.
Sólo el niño muerto parece ajeno a todo lo que ocurre,
yaciendo fláccidamente en los brazos de su madre, sus ojos cerrados,
una pequeña sonrisa triste en sus labios: una Piedad se recorta sobre
el torso de un toro, un palimpsesto sobre media esfinge. 

Aquí una mano aprieta una flor, una daga;
allí, dientes afilados mascan un torso.
Una estaca se clava en el vientre de un corcel
dedos descarnados, cuernos; la sangre corre,
la sal se filtra por los quejidos, los chillidos
y pies que pisan fuerte; las puertas
que podrían haberse abierto al sol
permanecen cerradas. 

Saltan, bailan, se arremolinan, crecen, disminuyen,
figuras negras y blancas vertiginosas,
llegan a vivir mientras uno mira fijamente y
busca el sentido de cómo debe haber sido
para este pueblo sencillo, saqueado sin sentido,
insensatamente.  

La muchedumbre desfila silenciosamente para salir de la Sofía
al mediodía de una lluvia primaveral, paraguas desplegados.
La Calle Isabel huele a tierra mojada, el cielo
de un gris granito. En mi país, un trastorno
no distinto al mural, se despliega: decenas de miles
se congregan de nuevo en esa avenida grande
donde la Virgen se erige, consagrada en bronce.
Rodajes muestran a los descontentos, los sin afeitar,
avanzando hacia adelante, como si fueran miríadas
que pueden derribar un gobierno recién instalado.
Los que están lejos vigilan silenciosamente, pero también
oyen los gritos, los crujidos de los huesos rotos,
y huelen la pólvora de los disparos. 

Hacia el Paseo del Prado, los rezagados
de la maratón alcanzan la línea final
en medio de un parque de atracciones de confeti, un crescendo de aplausos,
hurras, risas, las sirenas de las ambulancias y furgonetas de la policía,
bajo una lluvia continua: tres hombres y dos mujeres,
cojeando, sus manos levantadas, jubilosamente saludando
la muchedumbre.    

Perderse>

Adónde caminamos hoy, preguntas,
desplegando un mapa de la ciudad
arrugado y en parte rasgado. 

En estas caminatas de las tardes
descubrimos el final de la primavera:
tulipanes rojos y caléndulas
que muestran los colores de España,
castaños que florecen,
arces; la fachada de mosaico
del edificio del ABC, o aún
la figura del hombre-fénix
que corona el edificio de una aseguradora. 

Contigo, uno vuelve a ser niña,
en esa ciudad por el estrecho de Guimaras.
Las imágenes están congeladas:
la tuya y la de mi Padre sonriendo,
voces que resuenan sobre
las largas escaleras de cemento que conducían
al estudio fotográfico,
un antiguo hogar que ahora
alberga el esqueleto
de un centro comercial. 

Treinta años perdidos entre nosotros:
necesitamos un mapa, seguro.
¿Cómo pudieron las décadas
desplegarse como lo hicieron,
sorprendiéndonos en cada recodo,
nuestros caminos convergen, se desvían,
se abren, terminan en cruces
más complejos que los letreros del Metro
en la rotonda de Gregorio Marañón?

No pierdas tu camino ahora,
lo dices riendo,
sabiendo cómo en este lugar
y espacio, uno podría fácilmente perderse:
perder el trasbordo del tren
en la Plaza de Castilla o desorientarse
en la rotonda floreada del Marqués de Salamanca,
el cuerpo y fácilmente, el corazón: corriendo
sin aliento, con los nervios de punta,
aborrezco que esperes demasiado tiempo. 

Desciframos las calles cuidadosamente,
mientras la Calle Miguel Ángel da paso
al sol manchado
a través del toldo de los olmos
que bordean el Paseo de la Castellana.


Traducciones de A.M. Sun-Cua

Fotografía: Natalia Rendón

Alice Sun-Cua  nació en Manila, Filipinas el 7 de enero de 1955. Poeta, traductora y médica. Entre sus libros publicados se encuentran: Riding Towards the Sunrise & Other Travel Essays (Cabalgando hacia la salida del sol y otros ensayos de viaje), 2000, crónicas de sus viajes a lo largo de Asia, Europa y Latinoamérica; Riding Towards the Sunrise & Other Travel Tales (Cabalgando hacia la salida del sol y otros cuentos de viaje), 2001, Premio Nacional del Libro del Círculo de Críticos de Manila; y Charted Prophesies and Other Poems (Profecías trazadas y otros poemas), 2001. Traductora del poeta español Miguel Hernández al Hiligaynon, una de las lenguas de Filipinas. Traductora de Pablo Neruda y de Jaime Gil de Biedma al inglés. Participó recientemente en el programa de talleres Versos en el Metro, del Instituto Cervantes de Manila, una campaña de promoción de la lectura. Labora en el departamento de Ginecología y Obstetricia del Hospital San Juan de Dios en Pasay City, Filipinas.

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