Festival Internacional de Poesía de Medellín

                        

Confluencia

 

El hechicero, provisto de sus manos cuajadas de luz tibia, tomó la luna que asalta la copa del árbol; leve, frágil, transparente; sostuvo su paño de ortigas y la escondió tras la confluencia sombreada de los montes, allí donde encaman y duermen los jabalíes.

 

*

Las campanas de la vieja noche forman un círculo.
                                               Dentro de él un largo crujir de fantasma,
                                               el no apaleado,                             
ángel desleído que sufre por el espesor de su piel,
                                               suerte en blanco de quien pierde su nombre
                                               y está por fuera del tiempo y de la brújula.
                                               La noche disfrazada pierde su encanto,
            su humo, su hedor de úlcera tibia.
La noche tiene su común perfume y un irregular       parpadeo de ojos hundidos, la respiración pesada de los durmientes.
La noche afila los dientes y saliva. El mar al revés y el cristal resistente nos hablan de una orilla escoriada, su espacio roto y un viejo fondo de sueño.
Tras la ventana y el ojo del mundo oculta su rostro.
            Selva en flor,
la atmósfera se atraviesa de animales de sombra densa,
            piel milenaria, un trueno detrás de la cabeza.
            Imaginarios,
            confiados,
            los animales son anteriores al rumor
y convenientes en su cantidad regresan a su antiguo círculo.

 

*


                                                     
                                                     
                                               Recuerdo cómo mover mi mano antigua,
                                               mi puño de aceite que alza al hombre,
                                               al buitre y al corazón viejo.
                                               Todas las noches invento fechas vivas,
                                               sumo claridades
                                               y planto un hueso en la tierra.
                   El cincel perfecciona la esclava imagen,
                   la desteñida, embalsamada por la distancia.
                   El mundo retoma su antigua forma,
                   presencia invisible e íntima, la apariencia exacta.
Desde una estación de conjeturas la imaginación siempre regresa.

 

Línea imaginaria

El carruaje entre dos filas de árboles
ya no aviva el paso hacia el mañana.
La piedra y un trozo de asta calcinada
al caballo le hicieron perder su aplomo,
su vertical cordura, su símbolo discreto,
su línea imaginaria.

Nada hizo el golpe de la vara gruesa,
ni la espuela asegurada del talón.

¿Cómo podré disimular la rotura de la rueda,
de su diente y de su espiga?

¿Los ángeles y los hombres sostendrán
el círculo y el eje?

 

Sueño vegetal

 

Al habitar la negrura de un bosque olvidado,
horizonte que apaga el color,
nuestro sueño vegetal se marcha tras la pesadez infantil
y el ensueño duro. Inútil la voz bajo el frío cielo,
ociosas las huellas de los reyes de madera dura,
el recuerdo sumergido de las lavanderas nocturnas,
tardío el ser que ponía fuego en el pequeño farol.

 

Pies de caza

 

Al repetir tres veces la palabra fruto,
las sílabas de su nombre,
el pie rompe la almendra, ataca el olivo,
sea su punta, talón o zapato de madera.

De pronto se advierte un olor vivo y subido,
olor que dejan los pies de caza.
Señal de inutilidad:
los talones cortan la cáscara,
derraman su fragante aceite
sin sesgar la semilla madura y descubierta.

El fruto se quedará atrás del pie que lo sigue.

 

Esfinge

 

Desde antes de la salida del sol
soñamos con los crisoles, calderos, manojos de plantas secas
y los colores ásperos y quemados de la cerámica,
del oro viejo.

Únicamente el Dios destituido
-esfinge ciega en el banquete del tiempo-
nos ofrecía las uvas más altas que se puedan alcanzar,
universo  pequeño para nuestra pesadez y hundimiento,
mundo interior contra la tropa ágil,
el destrozo que asedia y corre,
la desolación que masca satisfecha su ajo,
su olor a resina o hierba amarga,
su cercana fetidez de jaula.

Somos sobrevivientes de una lengua muerta.

 

Vieja querella

 

Herodes sale con su lanza por la noche.

¿Cuándo podremos decir que la matanza de niños reposa lejos
y que el espanto del Bautista, su piedad y su corazón roto,
jamás volverán a visitar nuestro rostro, tu frente enferma,
mis ojos, tu canción de cuna, tu vieja querella?

Rey o monarca de siempre, el apagador de velas,
el del capuchón de ángel negro, el que perpetúa la noche,
es a ti a quien le agrada oír los lamentos que la humanidad exhala.
Tú extiendes la mano para agobiar mis labios,
sorbes mi sangre y mi llaga, la herida de mi débil brazo,
mi espalda que exhibe las letras y la cicatriz.
El cielo nos envía sables, puños apretados, arabescos de orín.
Mi alma estrecha es una sepultura en una callada tierra.
El poderoso habla la lengua soberana
y nosotros perdemos la lengua del hombre.

Herodes sale con su lanza por la noche.

 

Patria ilimitada

Basta una palabra donde podamos reconocer la patria, un suelo de pizarra, el trigo y la hostia, la mano paterna y la nueva infancia; una palabra infinita, fija y entreabierta, antigua y sólida que espante las migas del pecho, el lenguaje del paria, la guerra sorda contra las cosas, la letra cortesana, la letra que duerme, la gripe y la edad de hierro.
Cuando la sangre se altera, la palabra prepara su úlcera. Una palabra acecha al creador del cielo gris.

 

Paisaje

La tarde fabrica una soledad, cien ventanas se cierran, los garzones vuelven a la oscura arca. La vestimenta de la tierra a esta hora es de rojo infierno, se cubre con sábanas y cruces, torrentes de fuego, retratos y quejas colman el paisaje: hombres clavados con astillas, atados a un mástil un arpón los ronda, camisas raídas por la punta de un garfio, cercos de zarzas y la voz de la muerte, igual al puñal, al golpe del garrote, a la fría lágrima de un cordero. Triste paisaje de incendios y huidas, mercedarios cercenan la mano de quien ara, la mano del que escribe.
No importa la contienda y la ventaja, con los ojos blandos y oyendo los gritos del apaleado, hemos aireado las desvaídas sombras y ellas han subido al corazón que invoca, al espíritu que segrega sílabas para la mudanza del tiempo  y de los hombres de apetito y lengua espesa.
El alba severa se le devolverá al enemigo.
Esta noche mis palabras repasarán sus hoces sobre él.

 

Gabriel Arturo Castro  nació en Bogotá en 1962. Poeta y ensayista. Antropólogo social de la Universidad Nacional, comentarista de libros de antropología, literatura y educación, tallerista de arte. Colaborador del Magazín Dominical de El Espectador y actualmente escribe para el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República y para otros importantes medios nacionales. Ganador de los premios nacionales Aurelio Arturo, 1990 y Ciro Mendía, 2006. Obra poética: Libro de alquimia y soledad, 1992;  Alquimia de la media luna, 1996; Tras los versos de Job, 2009, Premio Nacional de Poesía Porfirio Barba Jacob.

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