Gabriel Jaime Franco, Colombia
PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 86-87. Julio de 2010.
LA TIERRA MEMORABLE
I
Puesto que se es un hombre
no se es grande.
Mas es haber venido aquí tan grande,
que haber creído ser un día
es haber sido.
Ahora hago en verdad esto o aquello,
mas no entiendo muy bien
por qué no soy un hombre que embetuna o hace fila,
quien ofrece cursos de ingles o enciclopedias,
algo así,
porqué no sería yo quien ora,
quien ahora muere,
quien intenta ser en esto
o en esto
o en aquello
Porqué sólo soy quien se pregunta,
quien se deshalla y se descentra,
sólo quien intenta no sabe muy bien qué.
Por qué soy al fin quien soy, si fuera.
Mas fue creer haber sido tan grande,
que sólo haberlo creído es haber sido.
II
“¿Qué es el yo en medio de esta hoguera?
Delmore Schwartz
Toda poética excluye e
intenta
construir su onanista paraíso.
Lo que mis ojos no vieron
lo vieron otros ojos.
Donde mi corazón no estuvo
otro se exaltó de dicha o de dolor.
Toda poética se ciega a sí misma,
despedaza su sextante,
así se siega.
De donde no extrajo nada
mi razón ofuscada por su obsesión de soles,
otro trajo su porción de luz.
Toda poética construye su casa
con ladrillos que también son míos.
Por qué entonces hacerla sin ventanas?
Lo que no alcancé a soñar otros lo soñaron,
y mi pasión no fue más alta ni más baja,
sino tan sólo mi pasión.
Toda poética es orín de perro,
límite,
miedo de ser lo que ya se era.
De donde no penetró mi ojo limitado
otros trajeron su fulguración, su chispa.
Allí donde no pensara otros pensaron.
Un alguien que algo supo a mí me hizo saber.
Yo nunca miré solo. Yo nunca miré solo
Cuando tu muerte se te acerque
no veras sino
tu ojo,
tu ojo,
tu ojo.
III
Un nombre propio ofende.
Pienso un rostro, y ese rostro
ya no será más si lo nombro.
Toda precisión excluye,
taxa.
Mas la poesía es como niebla,
visible y viva,
lenta y móvil,
anónima e inaprehensible.
Pero la palabra hombre evoca:
Por eso un poco ahora sé cuánto me llamo Josefina,
Roberto y Luis Arturo,
cuánto ahora estoy diciendo y en otra parte sí,
don Francisco, cómo le parece,
cuánto ahora
pateo una piedrita en una calle de Skopje
cuánto estoy ahora
acodado en un pequeño balcón de Porto,
y cuánto ahora nada digo,
si dijera,
pues se dice o no se dice.
Nombrar es un accidente, si se nombra.
Esta es una silla y es ésta la piedrita,
don Francisco, cómo le parece.
En algún sitio alguien nombra,
reduce.
IV
¿Hablé un día?
¿Pronuncié palabras hiladas de tal modo que aquellos que viajaban conmigo volvieran los ojos, aguzaran sus oídos?
Que, al menos, se dijeran entre sí: «¿Entiendes lo que dice? ¿De qué sueño, de qué universo nos habla con palabras que también son nuestras?»
Nada. Nadie. Ninguno volvió sus ojos.
¡Y yo volví los míos sobre mi corazón de bruto, hacia mi sangre animal viva y cálida en su torrente vivo!
Bruto entre los brutos, pero con un ojo alerta, tampoco era nuevo mi corazón, ni más elocuente que la hoja muerta reposada de humedad entre el mantillo, donando su pequeña porción de luz, su delgada nervadura que volvía al torrente lento de la savia.
Una voz había allí, lo supe, bajo su magnífica humildad abandonada al flujo de lo vivo.
Y yo leí sobre la hoja y su tenue cedazo de nervios la alta metáfora de lo viviente.
Nunca tuve voz, también lo supe. Sólo palabras. Y oídos, maravillosos oídos para el eco.
Y la hoja muerta me conduce a la certeza de una soledad irremediable, pues yo no tengo voz para decirte todo aquello que en mí se mueve como una savia muda.
VIII
Soy este hombre.
O aquel. Sí: yo es otro. Soy un chino, un canario, un irlandés.
Yo es otro. Cualquiera. Hasta el rostro es el mismo, si se mira bien.
Es mío el miedo de un hombre. Cualquiera. Me he puesto su pijama, esta noche. Me pondré su mujer.
Miedo de sí. De ser esto o lo otro. De ser arrastrado por las aguas. De no ser arrastrado y tener entonces tiempo para mí y mirarme en mi espejo.
Soy un chino, un canario, un irlandés. Y tengo miedo.
Quizás trice el espejo cuando me detenga.
Cruzaré por la visión del milagro de lo vivo como un pequeño astro que se acerca a un hueco negro:
seré un chino, un canario o un irlandés
bajo la tierra memorable.
LAS VOCES ESCINDIDAS (fragmento III)
“Sentir, es magnífico; Escribir, exultante; Habitar, lo sumo;
Pero, ¿dónde está el lugar aplacado, el sitio de reunión,
el punto del encuentro solvente?”
Rafael Cadenas
Y es que un día supimos,
mientras íbamos a la búsqueda de dioses más benévolos,
que también nosotros éramos hijos de la guerra,
que nuestros padres habían escapado de la muerte
en una noche oscura,
extensa de pájaros de sombra,
que su duro aprendizaje fue la huida,
el aplazamiento y el desplazamiento de la esperanza.
Supimos que habían huido protegiendo a sus cachorros,
abandonando sus cotos de caza,
los campos roturados,
con el corazón a punto de estallar
y el vientre oprimido por el miedo,
sin porvenir, des-olados,
sin tiempo y perseguidos por la muerte.
Y vimos las cruces anónimas,
las decapitaciones,
los empalamientos,
las migraciones,
las aguas míticas enlodadas de muertos.
los campos en los que habría transcurrido nuestra infancia
cultivados por la muerte.
LAS VOCES ESCINDIDAS (fragmento XI)
Y hubo quienes cayeran sobre sí mismos,
confiando en que la realidad no era más que interior,
que el mundo era una enfermedad del ojo.
Estaban quienes se juzgaron tránsito sin fruto,
accidental forma de lo vivo,
quien creyera que la muerte justificaba toda acción,
todo olvido y toda traición,
y que no existía más que el presente
con una sombra ensanchándose en su vientre.
Otros fueron a puestos de avanzada provisionales,
febriles, llenos de esperanza
donde la esperanza de un continente
hervía de un triunfo insular.
Todos buscábamos un sitio.
de DIARIO DEL INCIERTO
para Olga
¿Qué hace uno con las preguntas sino preguntarse?
Pues he ahí que nos hemos levantado una mañana,
un poco como siempre,
puesto que se hace algo como acostarse y levantarse,
uno no se pregunta,
uno acata sus invisibles dictaduras,
uno se acuesta, y hasta
se reconcilia con su tránsito al hacerlo:
puesto que se estuvo por un instante desnudo,
puesto que el cansancio, sí,
y nos hemos llevado una mano al cabello mientras con dos dedos de la otra arrancábamos una pelusita de algún lado,
sí,
he ahí que nos hemos despertado una mañana
y algo que siempre hemos sido se sobresalta de súbito,
y eso que hemos sido aún es,
puesto que la pelusita,
pero es ya de otro modo,
y no sabemos,
de súbito,
si hemos hecho lo que amábamos
o si sólo hemos intentado amar lo que hemos hecho
sólo para no morir de desconsuelo de no ser.
De repente, de repente
no sabemos si no hemos hecho otra cosa
que aquello que merecía nuestro odio más puro.
Aquello que amábamos,
si hubo un aquello y si algo amábamos,
dónde está?
¿Dónde lo que soñamos un día,
lo que en éste aun soñamos?
De súbito, de súbito
no se ve más que aplazamiento,
tiempo muerto,
pura,
inconfesable defección.
* * *
Persiste en mí la impresión de que soy un hombre,
la extraña sensación de ser una persona, pues hago cosas que se hacen:
dormir, creer que soy, leer unas noticias que pre-sé,
girar la cabeza a la mención de un nombre que creo o que quizás sea el mío:
pues podría llamarme, en lugar de G o B, R.
¡R! ¡L, también, en Gales o Pernambuco!
Cosas así.
Pues si todos hacemos más o menos lo mismo, ¿por qué yo sería?
¿Por qué razón misteriosa podría decir alguien G o H, y algo que sólo por falta de palabras llamaría yo girara su maldita cabeza?
Lo que me extraña es que pueda participar de esa condición si voy sin raíces por el mundo.
¿Pues, sobre qué mito hundido en el corazón
como la doble punta de un arpón pude decir que era un hombre,
que «la tarde caía sobre...»,
que «llovía tristemente sobre el mundo», etcétera?
Mejor dicho:
sin dioses, y sobre todo sin nosotros,
¿cómo usar un pronombre, un adjetivo?
* * *
Estoy cada vez más cerca de la confusión absoluta:
no ser nada, no saber nada.
No saber incluso si algún día supe cosa alguna: sombra de sombra.
¿Qué sé yo de qué?
¿Por qué hablaría de algo, con qué autoridad, y a quién?
¿Por qué tendría yo la certeza de que si digo alguna cosa, esa cosa le es necesaria a alguien?
Imagino ahora un cuerpo que se deshace, que pierde sustancia, que asiste a su declinación definitiva, pero al que le sobrevive el deseo de hablar; imagino sus labios que intentan el balbuceo de una frase para Dios en sus últimos instantes:
¿qué lenguaje le asistirá,
qué palabras podrán otorgar sentido a su pérdida y a su deseo de permanencia,
qué palabra podrá mostrar ese sitio vacío y desesperado en el que sin embargo parece sobrevivir la nostalgia de un saber?
Cosas así me conducen hacia el silencio.
* * *
Uno sabe que hasta las personas que uno ama y pondera bien están intentando sobrevivir, durar, estar un tiempo más, disfrutar o padecer este tránsito.
Haber tenido uno un día ojos, dedos, palabras,
piel sobre la que un insecto se asentaba,
pero sobre todo haber tenido uno un día conciencia de haber tenido ojos, dedos, palabras, la visión de esa cosa diminuta sobre seis patas y que vuela, siente y ve,
¿no es uno de los más altos privilegios?
Esto no sucede en la cabeza, sino en un sitio en el que, por una razón misteriosa, se siente, se sabe que no haber sabido un día que se tuvo dedos, ojos, palabras, piel para un pequeño y repulsivo milagro, es no haber tenido ni sabido nada,
nada,
nada.
* * *
Pensar, si se pensara, ¿es un acto volitivo?
Peor: ¿es realmente volitivo un acto que creemos volitivo?
Tengo la sospecha de que siempre algo nos actúa, de que aquello que creemos que pensamos no es sino consecuencia de, nunca voluntad de.
Vaya uno a saber cuánto es uno hijo o consecuencia de un niño muerto en el siglo XIV,
de un agua derramada en el sudeste de algún sitio,
y hasta del miedo y el grito de alguien a quien apuñalarán mañana.
Quizás mi verdadera madre nació y murió en el siglo XI o en el XIV, no puedo saberlo.
O en ambos.
Sin embargo, ella me dice todas las mañanas: «hijo, por lo menos, tómate el café».
Y eso es muy dulce, sí, eso es muy dulce. ¡Oh, cuánto de dulce y triste!
Pero es como si ahora supiera que soy o puedo ser el húmero o la tibia rota de una niña del siglo XXIII.
No hablo de artificios, puesto que me tomaré el café. Puesto que me lo estoy tomando.
* * *
Mi madre me ama sin condiciones, con un amor puro,
como una bestia pura.
Pero eso ya lo sé, madre.
Mas otra sed en mí corroe y avanza,
toma sitio en mí,
y esa sed no tiene un nombre,
a no ser la ausencia de una presencia más fuerte que tu amor.
Yo ya sé tu amor, madre, y cuánto yo te amo,
y sin embargo ya no puedo llevarme a mí mismo tranquilo por el mundo.
Y yo ya no soy yo:
otro hombre, antes y después de mí,
eleva y repite una súplica a no sabe bien quién.
Hay algo no resuelto desde hace cientos de años.
Cuánto te amo, madre, y sin embargo ya no soy tu hijo.
Soy el hijo de una sed antigua, y ya no soy de mí.
* * *
Es claro que estamos solos.
¿Cuál es el sentido de este cielo,
de esta hermosa luz inolvidable,
de este aire que visito con dolorosa alegría?
¿Quién nos hablará de esta hermosa y única luz
que se derrama sobre un país miserable?
En efecto, agosto ha llegado con una luz como nueva,
desconocida,
con un sol más alto y de apariencia soberbia.
Recuerdo ahora a Mersault, ese ser maravilloso asesinado por nuestra incurable estupidez.
Antes de que se ejecutara su condena le visita el sacerdote:
-¿Crees en Dios, hijo?
-No, Padre.
-Si hubiera otra vida después de ésta, ¿cómo te gustaría que fuera?
-Una en la que pueda recordar ésta, padre.
Es difícil imaginar un amor más grande, o tan grande y triste apego, pues él sabía que iba hacia la muerte, y que después de ese suceso (que tampoco podría recordar), ya no habría
nada,
nada,
nada.
Quizás por ahí esté el sentido
de esta hermosa luz inolvidable,
de este aire que toco y que me toca,
de estos árboles,
de tu boca
y las seis de la tarde
de esta misteriosa ambición de libertad.
¡Oh, Dios!: es como si hubiera un alma.
* * *
Quizás, después de todo, yo sepa alguna cosa.
«Cada vez más sé menos», dije alguna vez.
«Des- sé», dije en otra.
Pero es que voy guiado no por certezas,
sino como por sensaciones, por impresiones y preguntas,
y deshallándome,
deshallándome en un espejo que juzgo en todo caso más claro y con más luz que aquel que ha tenido (si alguno ha tenido), que aquel ha tenido lo que, a falta de luz y exceso de inferioridad, hemos dado en llamar «nuestra raza».
Pues yo provengo de una raza repugnante, pagada pero embotada de sí misma,
pobre corcho varado en un pobre, lodoso y olvidado meandro
lleno de muertos que se pudren.
Yo provengo, si es que algo como «yo» existe, de una raza repugnante y abyecta:
nostálgica y orgullosa del hacha, a la que alaba y canta, pero orgullosa también de ser «moderna»: del hacha a la motosierra, cuyos usos ha perfeccionado.
Reniego de esa raza, tan aficionada a la amnesia y a lo inmediato: el futuro no le importa, y olvida su sangriento y depredador pasado.
Amante de la hipérbole, pero excluyente y avara.
Yo quiero tener una sangre anónima.
* * *
Voy a admitir, y por lo pronto sólo en gracia de mi búsqueda de claridad y de alguna certeza, y un poco quizás como consecuencia de mi candor,
que estoy enfermo;
que, de cierto modo, estoy situado en una especie de margen,
que participo de cierta excepción, de alguna anomalía,
que no marcho al ritmo debido, que no encajo,
que, en definitiva, estoy enfermo.
(Pero, bien o mal mirado, si admito que estoy enfermo es porque admito también que el mundo marcha bien, que soy, no la mancha, claro, no el cáncer de ese mundo, pero quizás sea mi propia enfermedad la que me impide admitir que ese mundo marcha bien);
que mi deseo de yo ser un día yo y de vivir en otra clase de mundo es una anomalía;
que, en fin, tropiezo con un muro insalvable compuesto por la realidad y mi anomalía;
que, ya admitidas esa realidad y mi anomalía, puedo irme tranquilo, seguro, sanado.
Y sin embargo, de nuevo este cielo,
¡Dios, este cielo, este cielo y esta hermosa luz que no envejece,
y bajo esa luz los crímenes, y los injustamente muertos, y otra vez los ríos enlodados de muertos y de crímenes, y una señora que llora, sola entre niños dormidos, solos y hambrientos, etc., etc.,
y tus caderas, Amor,
y aquello que no sé y me llama, esa cosa en campo abierto que me hace señales, ¡Dios!,
y un poco tu mano, y otra vez tu otra mano, amor,
sobre mi espalda viva precisamente por tu mano,
y tus tobillos sobre los que mis pies intentan una caricia,
y tu voz, y tu respiración como cansada sobre mi cuello,
y otra vez esa cosa difusa aleteando sobre un territorio que no sé y me llama,
cierta indeclinable, rara y anónima necesidad de libertad.
Dos
I
A la infancia siguieron las grandes escisiones
La cercanía de la muerte
el brutal hallazgo del amor
la aparición de nuevos miedos y de nuevas distancias
El alejamiento de los dioses
la herida indeleble en su vacío porque a la infancia de las grandes protecciones y confianzas
de las grandes dimensiones míticas
siguió la de un país en manos de la muerte
pues excepto el miedo a morir con el alma oscurecida
no fue la muerte una invitada de la infancia
un dulce misterio que nos otorgara aliento
III
Y fue que un día supimos,
mientras íbamos a la búsqueda de dioses más benévolos,
que también nosotros éramos hijos de la guerra,
que nuestros padres habían escapado de la muerte
en una noche oscura,
extensa de pájaros de sombra,
que su duro aprendizaje fue la huida,
el aplazamiento y el desplazamiento de la esperanza.
Supimos que habían huido protegiendo a sus cachorros,
abandonando sus cotos de caza,
los campos roturados,
con el corazón a punto de estallar
y el vientre oprimido por el miedo,
sin porvenir,
desolados
sin tiempo y persguidos por la muerte.
Y vimos las cruces anónimas,
las decapitaciones
los empalamientos,
las migraciones,
las aguas míticas enlodadas de muertos,
los campos en los que habría transcurrido nuestra infanmcia cultivados por la muerte.
Y los oscuros pactos.
VII
Teníamos no obstante la sensación ilusio de avanzar,
exaltados, bullentes, erguidos y ebrios,
definiéndonos un poco en cada sitio, pues
era rica también y vasta nuetra herencia
e íbamos de fuego en fuego,
provisionales,
buscando nuestro sitio,
perplejos pero altivos
enderezar el mundo».
Debíamos olvidar los dioses luctuosos y profundos,
inventarnos una voz, construirla.
Y Dioses que pudieron ser bellos iban de regreso al polvo
Y nos dimos a breves dioses catalépticos.
XI
Todos buscábamos un sitio.
Hubo quienes cayeran sobre si mismos,
confiando en que la realidad no era más que interior,
que el mundo era una enfermedad del ojo.
Hubo quienes se juzgaran tránsito sin fruto,
accidental forma de lo vivo,
quien creyera que la muerte justificaba toda acción,
todo olvido y toda traición,
que no existía más que el presente
con un a sombra paulatinamente ensanchándose en su vientre.
Y otros fueron a provisionales puestos de avanzada,
a campos apenas roturados,
febriles,
llenos de esperanza
donde la esperanza de un continente hervía
de un triunfo insular.
Todos buscábamos un sitio.
XII
Y el sitio fue la mudanza,
la escisión de cada voz posible,
la fragmentación de un cuerpo apenas formándose,
el pobre hallazgo del si mismo.
Nos faltó altura y nos sobraron pelos.
No hubo lugar aplacado, ni sitio de reunión.
Gabriel Jaime Franco nació en Medellín en 1956. Cofundador del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Es la suya una voz definida entre la incertidumbre metafísica y el testimonio de la oscura realidad social vivida en Colombia durante los últimos decenios. Sus textos han sido traducidos al inglés, alemán, francés y sueco. Libros de poesía: En la ruta del día, 1989; La tierra de la sal, 1993; Reaprendizaje del alfabeto, 1996; Las voces escindidas, 1998; La tierra memorable, 2006; Diario del incierto, 2008. Ha aparecido en las antologías: Disidencia del limbo, 1981; Cinco poetas jóvenes, 1985; Poetas en abril, 1987; Para conocernos mejor, Brasil, Colombia, 1995, Postal de fin de siglo, 1996; Quién es quién en la poesía colombiana, 1998; Antología de la poesía colombiana, 1998; Nuevos poetas colombianos, 2007 y Antología de la nueva poesía colombiana, 2008. Premio nacional de poesía Fuego en las palabras, 1996 y Beca nacional de Colcultura, 1998.