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Alberto Vélez, Colombia

                        

EL GUAMO

 

Amanece. Sobre el guamo bañado
de rocío, un mirlo canta.
Sabor del tiempo en esa voz
y en esas plumas que arden
sin comunicarse nunca. El mundo
se despierta a la tristeza, a sus
habituales tareas, insistiendo en
su afán de no caer en el olvido.
Pobre empeño. La voraz Boca no
dejará sucio ningún hueso.
Y sin embargo, nadie negaría
la belleza del día que se abre entre
la niebla. La humedad y la luz
besándose se apartan. Los niños
se levantan con sus juegos. Los
mugidos de las vacas llenan de
lechosa alegría los establos. Terminan
los hombres y mujeres sus batallas
de amor. Y el mirlo canta
sobre el guamo bañado de rocío.
Mi corazón lo ve todo desde un
sueño. Sé que no soy el mirlo
ni la mañana que se abre, sino el
tiempo que es todas las cosas. Él
nos une, separándonos. Mi gozo
es el gozo de sorprender un
nacimiento, la florescencia de la vida.
Mientras ese secreto nos sea revelado
no importa la certeza de ser carne
abatida, carne sin tiempo duradero.

 

 

POÉTICA

 

Cualquier distracción
Y el poema rueda por
Las patas de la mesa.
Inevitable.
Hay que amarrar las palabras con alambre
Sujetarlas al lápiz
Y obligarlas al rigor.

En ocasiones, esa brutalidad
Halla respuesta: las palabras
Mueren de tristeza.

Algunas veces, resisten
Los más violentos tratos y
Surgen brillantes, livianitas,
Convertidas en oro hilado.
También, en otras circunstancias,
Toleran las distracciones del poeta
Y ellas mismas se organizan,
Danzan su baile loco,
Hasta que todo es una orquesta,
Un arco iris,
Una llama.

Uno nunca sabe,
Lo que puede pasar.

 

 

MI  PADRE

 
Lo vi durante años hacer el mismo gesto.
Envejeció él,
No el gesto, que siguió  siendo joven.
Lo pienso y un escalofrío
Me recorre.

¿Seré yo así?
¿Me habrán visto los otros envejecer
Mientras un gesto mío,
Cualquiera,
El más pequeño,
Conserva su frescura,
Me roba la juventud
Que me abandona?

 

MEMORIA

 

El mundo entonces eran las muchachas.
Los senos tenían nombres. Y las bocas.
A veces, el sueño estallaba en nuestras manos
Y las ingles se inflamaban de un licor espeso,
Regalo de los dioses.
Mañanas y noches de la carne,
Cuerpos cayendo por el fin del tiempo.

Fueron largos los insomnios.
Sin descanso, la sangre fluyó hasta nuestros miembros
Y  faltó el aire para  un deseo que no cesó ni esperó tregua.

Y los muchachos de entonces
alardeamos de las batallas que perdimos.

 

 

Alberto Vélez  nació en Medellín en 1957. Autor de los libros de poemas: Para olvidar de memoria (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, 1982); Habida palabra (Premio Plural de Poesía, México, 1987) y Voces de Baguí, 2004.

Última actualización: 28/06/2018