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Carlos Villagra Marsal, Paraguay

A PRINCIPIOS DE LUNA

 

Allá en un declive del cielo, arquea su espinazo el cachorro de luna, listo para saltar sobre la presa inerme al otro lado del universo. Flameante carnicero nuevo, se acaba de lavar la cara con los aguaceros de diciembre, pensando quitarse las manchas de un pecado venial.
 
Y vástago de león azul con tigra de los orígenes, el creciente animal aprende a cazar por su cuenta nocturna: debajo, en el antepecho de la serranía, estamos considerándole -a veces en desvelo y a veces a través del sueño, mestizos de sombra y reverbero como él, como él acechantes, inculpables, tenaces.

 

 

TRAJINANTES  DEL ALBA 2

A la patria sube
el fogoso pétalo:
le guardan los jóvenes
con su propio cuerpo,
sin otra vigilia,
sin otro contento
que el de abrir su aroma
fulgurante y cierto.

La fría armadura
del sordo y el ciego
recula y se tuerce
ante un sol intrépido;
al joven impacto
del brazo sincero,
caerán las prisiones,
huirá el carcelero

 

 

TIENE UN SITIO EL AMOR 1

 

Muchacha de un tiempo leve,
novia florecida:
han girado los años,
hemos sumergido los brazos vehementes
en el rápido esplendor del universo
y sigue tu cuerpo exacto,
reinante de mis noches y mis actos,
tu delicada gracia
en mi costado.

Y los hijos, que constelaron
tu corazón
y te bordaron el manto.

Pero estamos bebiendo
del mismo jarro
de un pueblo que apremia la respuesta
y la espaciosa hermandad
del canto.

Muchacha del tiempo grávido,
los dos secundaremos
erigiendo las puertas
de la patria
justiciera.
Entonces.
mi novia amanecida,
no habrán girado
vanamente
los astros.

PRESENTE


     Entre el árbol y el agua que extermina,
junto a su tronco resonante y duro
se ahoga el mundo y renazco ante la espina.
     Contra un rasgueo triste, vago, oscuro
bastimento del pecho en correntada,
una creciente de contorno puro.
    Tornan a su lugar los rostros. Nada.
Horizontal y lentamente asida
boya la voz en una remansada.
    A la orilla. Detrás, mengua la herida,
envejecen el yugo y la coyunda,
la médula en cenizas nos olvida.
     Mas surge una guarania y me circunda
los huesos y el rezumo de mi nombre,
favorece mi sangre más profunda
      y me declara que el dolor y el hombre
se hospedan dentro de su mismo canto
y aunque recuerde el grito, aunque me asombre,
       trajinan solos, cierran mi quebranto
y al tocar su horizonte descoyuntan
estrellas sobre el filo de mi llanto.
      Al ser así, los huesos me repuntan
hacia un paraje antiguo de agonía
y por el centro, ahí donde se ayuntan
      guitarras de vigilia y travesía
y el pulso grave, ciegamente fuerte,
de un jazmín al parral del mediodía,
     sin adiós ni temblor, azul de suerte,
por turbios tajamares jalonado,
es sutil el pregusto de mi muerte.
     Y en silencio auxiliar, arrebatado,
principio pues y sigo, alfar del hueco,
del molde de mi cuerpo desatado,
    con sed desierta y despertar reseco,
con palabras de olor caliente, pleno
en la curva nocturna, eco tras eco
    de mi valle frutal cierto y moreno
en las cumbres del sueño, ya con rojos
machetes como nervios, al sereno,
    termino acá, con un farol por ojos,
y arribeño del alba, rabelero,
aún con puños, con últimos despojos,
    en diagonal perdida de lucero
entrego para el viento del poniente
esta picada abierta a sol entero
desde mi propia tierra hasta mi frente.
(Piribebuy-enero 1954)

FIN DE FIESTA


Ya está, aquí llegamos,
tú con la cifra suficiente
de vértigo y de vino
en tu sangre veloz,
desaprensiva,
y yo según costumbre
con un escozor de lamparilla
en el lado del corazón.
pero no importa,
hemos arribado,
acá somos lo que queremos ser
en la noche sucesiva,
ni el hilo de un dios podría pasar entre nosotros,
ah ejecución morosa,
ímpetu doble que va desde el suspiro
hasta el clamor, hasta el gemido
y el triunfo simultáneo de los cuerpos.
     Lo que resta se conoce:
eres apenas un silencio más,
una muchacha más,
aun el aire está exhausto,
harta y amarga el ánima.
   El regreso, aislado,
vadeando el alba,
con tu vano aroma todavía,
con mi ventana rota,
con tu nombre vencido,
con las soledades que me tocan.
(Madrid- 1958)

VÍSPERA


Mar de las islas, confuso
pulsar desamparado.
                                                                   
   Oscura navegación del cielo
sobre mi rumbo extraño.
   Y hacia el Naciente están los pétalos
de tu nombre arrancado,
la sal apenas consentida
de tus labios.
    Tanto me desvela
tu firme campanario
y el viento preciso que reúne
sus secretos reclamos.     Todavía no sé
del color entregado
de tu piel, en la fresca madrugada
y sin embargo,
inútil resplandor, mujer de ausencia,
éste es el canto.

(Arima, Trinidad)

Carlos Villagra Marsal  nació en Asunción, Paraguay, en 1932. Poeta, narrador, ensayista y periodista. Abogado de profesión, desde muy joven se dedicó a la creación literaria. Integrante de la llamada "promoción del 50", miembro de la Academia Universitaria del Paraguay, durante muchos años director de la Tertulia Literaria Hispanoamericana de Asunción, ha sido profesor de literatura guaraní en la Universidad Católica y en la Universidad Nacional de su ciudad natal. Co-fundador y director de Alcándara Editora (1982-1988), que dio a luz sesenta volúmenes de poesía paraguaya y director, además, de la Editorial Araverá (1985-1987). Además de su obra poética ha escrito numerosos ensayos y comentarios críticos aparecidos en diversos semanarios culturales y publicaciones literarias nacionales y extranjeras. Autor entre otros de los libros de poesía: Antología mínima, 1975; Guarania del desvelado, [1954-1979], que incluye su épico "Canto a Simón Bolívar", 1954, premiado ese año en los "juegos florales" organizados por la "Sociedad Bolivariana del Paraguay";  y  El júbilo difícil, 1995. En prosa, es autor de Mancuello y la perdiz, 1965, novela corta ganadora del Primer Premio (en narrativa) otorgado en 1966 por el diario "La Tribuna". Su obra más reciente, publicada en 1992, es Papeles de última altura.

Última actualización: 28/06/2018