Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

SE ESCRIBE


a Michael Rössner                 

Se escribe contra toda inocencia
del clavel o el lirio, contra el aire
inane del jardín, contra palabras
que hacen juegos vacíos, contra una estética
de vals vienés o parnasianas nubes.
Se escribe abriéndose las venas
hasta que el grito calla, con llanto ácido
que nace de pronto pues imposible
nos era contenerlo, con luz dura
como rabia azul, quemado el rostro,
destrozada el alma, desde una rama
frágil al borde del precipicio,
                  Se escribe.         

 

MI CASA QUEMADA

 

Yo tenía una casa. Yo tuve una casa en Pinos 8.
Era una casa de portón y muros altos, una casa
donde la gruesa Epifania nos servía algo para
simular que se tiene algo en el estómago, donde
guardaba entre páginas de libros el viaje golondrino
para esperar el viaje, donde
en los estantes del librero mal mirábamos
la Enciclopedia Barsa y el azul del Tesoro, donde
a fines de los cincuenta se reunía ávida 
la familia de tarde a las cinco en el comedor
para reconocerse en la vida y las historias
en blanco y negro de melodramas que veía
en una rústica televisión de bulbos, donde
madre nos hablaba de la ciudad del centro en que moró
como de un lugar donde las víboras alargan
el cuello en comedores y salas, prestas a perforar,
con afilados dientes, alma, corazón y cuerpo
de amigos y enemigos no menos emponzoñados,
ah esa casa, en alboroto continuo por escaramuzas y pleitos
que armábamos de nada los hermanos, donde
solidario conmigo mismo solía jugar solitario
con dados y barajas o leer historietas
de vidas ejemplares o heroicas o amores juveniles, o
vislumbraba en la adolescencia como nube y nube,
imágenes y metáforas y símiles
de poemas de Lorca y de Neruda, o el saludo y
la sonrisa y el perfecto nueve de Beatrice di Folco Portinari, o
las caminatas impetuosas de Rimbaud por el África terrible, o
escenas, en grabados de Doré, del Antiguo y
el Nuevo Testamento, o navegaba en la nave de Odiseo
creyendo posponer en las mareas la vuelta a Ítaca,
ah mi casa, donde lloré sin darme el pésame
la pérdida del primer amor como la pérdida del reino,
donde vi brillar el espejismo de una vida artística,
donde supe que un sujeto como yo, sujeto siempre
a la culpa y a la Culpa, sólo sabe
de paraísos sin luz, ah esa casa,
esa casa se quemó completamente,
se quemó en el 2000 completamente,
se quemó con los años de infortunio,
con imágenes armadas en la noche
en el teatro del sueño, donde a personajes
femeninos los solía llamar la reina o la alegría.
Yo era un muchacho delgado, alto y fuerte pero
también muy tímido, y tenía como el aire melancólico.

 

GRABADOS ESPAÑOLES


 Joven diciembre veo en el cielo las ciudades que fueron la ciudad de Toledo. Camino. Miríadas de alfileres destellantes pican y picotean la calle. Voces  Voces. El río bebe la nieve y dice, al detener la lengua, su nombre oriental. Casi tenues las calles suben, bajan, se cruzan, se entrecruzan, ¡Es el aire!
   ¿Yo? Yo anhelé que los astros fueran míos. Yo robé huella y polvo al dios del viaje. Yo soy la bestia que siempre  han derribado. Mi padre fue como yo pero sin ojos. Degollaba corderos bajo el árbol y los nombres ardían en el mapa de su cara. Timoneó múltiples barcos, y en los atardeceres nos contaba con olas en la voz, que espumaban el horizonte de la mesa, del trasmar y el trasol inexperimentados. Vigilé su sueño, lo guardé en la brisa y el aire marinos, y en un capítulo leí que la batalla y Paulina eran los ojos que esperaban el país y la ciudad natales, que a su vez esperaban al poeta que cantara las innumerables hazañas para que las generaciones sucesivas tuvieran algo que cantar. La melodía figura de Paulina –observó mi padre—parece el dibujo de un maestro ático en el relieve de un templo. Eso dijo.
   Mi madre partió de tarde al sol. Soñó en un mundo feliz que nunca quiso. En la frente de los hijos señaló con ceniza la historia de la culpa con imágenes del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Antes del rosario o antes de dormir, pespunteaba en oro los relatos espléndidos del marido inolvidable al que nunca esperó. Discutíamos por nada, hablamos casi nada. No pueden hablarse dos gentes que crecieron destrozándose. Siempre, siempre.
   El río se borra de mis ojos y al marchar me borra. Y yo ¿quién soy? ¿En qué espejo me perdí? ¿En qué río?
   He negado a la sangre la heráldica más oro, las simbólicas fechas, la espada musical, el alba más alma que glorifica el cuerpo, y sólo sé que soy alguien --¿un aire, un simulacro?-- que soñó una grandeza sin desprecio, que asumió la desdicha y el propósito.

 

EN CARTAGENA DE INDIAS

 

a Amparo Osorio
y Gonzalo Márquez

   Se huele el mar. Si acercas el oído se oye el aleteo de los peces. Las murallas y los baluartes defienden Cartagena, pero los cañones se oxidaron hace mucho. Bahía verde, olas suaves, olas que llevan a ningún lado y regresan de ningún lado al marzo de fuego...
   Paseo por el centro. De la cúpula de catedral vuelan los barcos para bajar al océano y navegar las aguas del Caribe. En plaza Bolívar, al pie del caballo del Libertador, negras y criollas y mulatas de cuerpos rítmicos hacen bailar las hojas de los árboles y dejan sílabas en el aire para que rimen lo que se oiga. No sé por qué las colombianas no permiten que las manos tengan medio minuto de sosiego. Un mexicano debería casarse con una colombiana un día que fuera un siglo y oír su idioma de variaciones de flauta.
    En calles y plazas vendedores ambulantes ofrecen agua para no dormir, pájaros que cortan el vuelo a medio arco, conjuros frente al Bien, baraja en que el rey negó la espada, ruleta para la ganancia y la pérdida. Ah el calor, ah si pudiéramos respirar en el muelle o en las calles sin sentirnos sofocados. Palomas agotadas buscan la sombra bajo el follaje de los árboles. La luz es húmeda y la brisa nos refresca lo que manda el mar. ¿Por qué te parece Cartagena más bella de noche que de día? En una mesa de la plaza Santo Domingo una muchacha espigada, ese lunes de marzo, te acerca los labios trémulos al oído: “Cumplí 26 años. Ya no vivo en la casa familiar, pero tengo mis principios... y también mis finales”.
   En el parque de San Diego circula alta la figura de Raúl Gómez Jattin que en fuga busca en cada milímetro de tierra las simetrías del cerebro que perdió la línea recta, una poesía en desequilibrio que dejó de oírse al pie de una rotonda, el amor agónico que sólo conoció la ternura de los perros y los pájaros en fiebre que pican y picotean enloquecidos los troncos múltiples de los higuerones del parque.
   Con sigilo, los muertos por la Inquisición salen para robarse las cruces, ah, y dormir una noche, una noche, una sola noche.
   Desde la cima del convento de La Popa superviso llegadas de los barcos y me lanzo al mar.

 

AQUELLAS CARTAS


El ayer llega en el hoy que saluda ya el mañana.
Era fines del ’72. Yo atravesaba en tren
Europa occidental, o caminaba por saber adónde,
un sinnúmero de calles, y en cuerpos ondulados
de jóvenes tenues, o en la delgadez del aire en la rama
de los castaños, o en reflejos, que creaban imágenes
en aguas del Tajo, del Arno o del Danubio, la creía ver,
y ella lejos, en mí, en Ciudad de México, con sus
clarísimos 19 años, regresaba en verde o azul, para luego irse
y regresar e irse en el ayer que hoy llega para hablar mañana.
Era fines del ’72, y yo no sabía que el mirlo cantaría para mí
a la hora del degüello. Ella hablaba de amor en mí, por mí, de mí,
pidiéndome que le enviara más cartas, que guardaba
-eso decía- en el color de los geranios sobre los muros
de su casa en el barrio de San Ángel, sabiéndola diciembre
que era de otro, pero yo le escribía cartas y cartas
en el compartimiento del tren de una estación a otra
bebiéndome milímetro a milímetro la morenía de  su cuerpo
como si fuera antes, sin saber que la tinta se borraba como
el color de los geranios en el muro de su casa.
Pero al evocar ese ayer convertido en un hoy que es ya mañana,
sin escribir ya cartas entre una estación y otra, me parece
que aún oigo la canción del mirlo a la hora del degüello.

 

CEFALONIA

Era agosto. Era 1988.
Yo veía desde lejos, como si estuviera
en cubierta, la línea verde, la línea larga
verde y sinuosa de la isla de Ítaca.
Oía el silbido de las embarcaciones
a punto de partir.

Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde
a diario subía la colina para contemplar Ítaca
y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo
de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.

En los caseríos de la isla miraba a las ancianas
tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos
hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.
Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban 
pero no entendía) frente a puertas y ventanas
de pequeñas casas albas que fulguraban más
con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.

Con dos barcelonesas en las noches
cenaba cordero y ensalada,
mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,
con seguridad decía que al día siguiente
me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco
en el que iría a la isla que era el final de la navegación.
La isla donde pensaba llegar. La isla
donde siempre pensé llegar.
Pero al alba siguiente posponía el viaje
para el alba siguiente y al alba siguiente
para el otro día. Mientras tanto,
subía a diario las colinas, visitaba en el bus
precipitados pueblos, saludaba
de mañana a los recién llegados,
los despedía al partir, y miraba
de tarde desde la colina
la costa esmeralda y ligeramente sinuosa
de la isla de Ítaca. 

 

VIERNES EN JERUSALÉN


a Esther Seligson y Ruth Fine

Desde la clara altura del monte Scopus
contemplo de mañana y tarde las colinas
y resplandece áurea en el centro la cúpula
en círculo del Domo de la Roca, y resplandecen,
en la ladera inferior del Monte de los Olivos,
las cúpulas de oro de la iglesia rusa
de María Magdalena, que parece puesta de pie
sobre un andamio de aire
De tanto en poco y de nuevo en autobús
bajo del monte a la ciudad en sol  de viernes,
y atravieso barrios donde pájaros negros
contrapuntean la luz y hablan con Dios, y sólo eso

Y recuerdo a mi madre apoyada en su bastón,
caminar penosamente a través del cuadrángulo
de la nave de San Diego Churubusco,
y me regresan los rostros de los abuelos idos,
que oraban a las nubes en la hora de la labor
en la hacienda aguascalentense,
y reflexiono en el impasse de Oriente Medio,
indescifrable más que un escrito cuneiforme,
donde se cede un ápice para después no darlo,
y creo con razón que “la razón engendra monstruos”,
que razón y corazón y templo no se unen con la regla,
que la muerte amista a la muerte que no muere

Desciendo en King George, cruzo la calle,
enfilo hacia Ben Hillel y miro cómo se multiplican
decenas de gatos esqueléticos, que pasan y sobrepasan,
en la tabla aritmética, el número de mendigos
En meses del invierno –me dicen—llovió mucho
y a las aguas del mar de Galilea y a lo largo del Jordán
bajaron las voces de agua de Juan y de Jesús

Me paro y miro hacia abajo en Ben Yehuda
Ayer, o antaño, o hace poco,
la calle parecía abejera,
pero hoy apenas son visibles
puñados de gente
aquí y allá

Llego a Yaffo
Jóvenes soldados, mujeres y hombres,
con el rifle apuntando hacia la cara,
con el rifle apuntándose a la cara,
defienden su niñez y la niñez de otros

Rogad por la paz de Jerusalén
para que prosperen los que la aman
Rogad a Dios que roguemos por él
para que no viva en tristeza y desventura

Y la dicha dónde estaba, dónde estaba
el dinero que ciega y abre puertas, la fama
que ciega y abre puertas, el Amor raído
con su vestido a ciegas

Por la calle de Yaffo, las jóvenes israelíes,
tan respirables, tan mediterráneamente frescas,
con el vientre desnudo y los senos frondosos,
dan miel dulcísima a la boca
y vino que gotea sobre la boca

Hermosas son las hijas de Jerusalén,
pero más codiciables, higueras que dan el higo,
palomas en parvada hacia el hueco de las peñas

Frente al Correo Central, de pie con los ingleses,
busco responderme ahora, en la primavera
del año tercero del milenio, con el fardo
de los cincuenta y cuatro años,
después de atravesar un túnel de larga oscuridad,
por qué seguí una navegación, la cual, desde el principio
yo sabía que la echaría a perder
sin regresar jamás a Ítaca

Oh Jerusalén, color de arena y miel,
ciudad de Dios convertida en un infierno,
donde los hijos caen a filo de cuchillo
y los niños lloran al padre que aún ayer,
después del almuerzo o de la cena,
dejaba en la sala de la casa
el vaso de vino y el humo del cigarro

Llego a la Ciudad Vieja, el centro del cielo vertical
de naciones y tierras, donde el fuego cruzado
de cristianos y árabes, de judíos y de turcos,
perfora la hoja blanca en el pico de la  paloma
Por cada terrón, por cada esquirla de calcedonia o vidrio,
de piedra basáltica o caliza, por cada astilla de la madera,
estéril, absurdamente se han sacrificado millares de millones
sin que la vida del asno o del camello se modifique un palmo

Ay Jerusalén, Ciudad de la Verdad, de tu casa
los pájaros se llevan en el pico la hoja del olivo,
se llevan en las alas el higo ya desecho,
regresan y se elevan llevándose el Hijo ya desecho,
y resuenan con dulzura en los muros de la iglesia
los discos de los címbalos y la letra de las Bienaventuranzas

Llego a la Puerta Nueva y de la calle de El Jadid
desciendo por Frères y por St. Francis
y los gritos de los árabes a grito herido
solicitan y claman que regresen
los años del alfanje y del bolsillo próspero

Rogad por la paz de Jerusalén, ciudad de paz,
aunque el hermano recoja en la acera
el cuerpo agujereado del hermano
 
Desde los once años dejé de confesarme,
dejé de comulgar, me alejé de la práctica y del rito
Para el niño el sacerdote era como un dios terrible
y rencoroso, que lenta y cruelmente lo hundiría
en las aguas agitadas y el fuego de la Gehena

¿Por qué el catolicismo se basa en el dolor?
¿Por qué Cristo permanece en la cruz
y no lo vemos de pie en la Galilea, cortando
la anémona y la rosa, volviéndose agua
en el agua de los lagos, o en la cumbre
de los montes transfigurándose en luz,
sin más mensaje que el claro renuevo del almendro
y la pulpa del níspero en la boca
en la clara mañana que dará el mañana?

Esta es Jerusalén, a quien Dios puso en medio
de las naciones y a la tierra alrededor de ella

Mezquita, iglesia o sinagoga,
Dios se multiplica por Uno hasta ser muchos,
y regresa, con el pan y los peces, con el vino
y los vasos, para terminar desangrándose por
callejuelas y plazas de la Ciudad Vieja
¿Pero qué puede hacer un hombre con el corazón roto?
Un hombre que buscó la orientación sin atlas y sin brújula,
y no quiso saber  que a siete kilómetros
permanecía  íntegra y abierta la Navidad en la tierra
Todo bajo el sol tiene su tiempo, dijo el Predicador,
pero yo vine en el tiempo equivocado
Un día, en fin, a la verdad, sin darte cuenta,
Dios o los dioses te abandonan, sin darte cuenta
crees que el mundo es ancho y grande y múltiple
y se hizo para ti, y vas a la deriva y no lo sabes
Esa vida, esa gran vida no la hiciste,
diste veinte mil vueltas por veinte mil círculos,
pensando que la hacías, creyendo que la hacías,
cuando ya la velocidad del caballo era un pie roto
y la fuerza del león el llanto del ternero

Dando traspiés, dejando atrás comercios de baratijas,
sangrando de la espalda y de la frente, ensordecido
por el griterío, enceguecido por el sol de abril,
llego, fuera de la ciudad, a la cima del monte,
miro las lágrimas de la madre sin consolación,
miro al verdugo clávandose las manos, y pienso que
a lo mejor alguna vez, alguna vez, cuando el justo
lo sea de corazón y el sufrido de espíritu
no escuche la canción del necio,
cuando el nombre del malvado sea raído y sucumban
el héroe y el mártir fraudulentos, cuando no sea un lloro
el tiempo de la tribulación y el tiempo del infortunio,
el verano se hará una golondrina, el sol verá su luz
en el fruto del naranjo y el vino viejo
se beberá por fin en odre nuevo

Y en ninguna calle de Jerusalén podrá caminarse
porque muchachas y muchachos jugarán en ellas

 

PARC-LAFONTAINE


Enfance ô riveraine de toutes maisons.
Gatien Lapointe, “D’une rive à l’autre”

Es agosto y caen las primeras hojas
Palomas cabecean en veredas y prados
y conversan en la tierra de los kilométricos vuelos
que Dios y el viento dieron para evitar el frío

Oh infancia, donde las casas 
daban a todas las casas
En San Pedro de los Pinos nos conocíamos todos
Hicimos un mundo de dos parques y veinte calles
Hicimos de la calle un mundo aparte
La casa era demasiado pequeña
para tenernos dentro
y la ciudad demasiado grande
para que huyéramos de ella
¿Qué ventanas quedarán de esas casas
para volver a hablar de ventana a ventana?

Son las tres y cinco de la tarde
Qué alegría del cuerpo al tomar el sol sobre
la hierba hasta que el sol te vuelve hierba
¿En cuántas ciudades de Europa y Norteamérica
no dormí sobre la hierba o la banca de un parque?
¿Cuántas veces no he venido a este parque
a tomar el sol? Mi madre amaba el sol, y aun
antes de morir, su deleite era asolearse en el patio o
en la acera de la calle frente a la casa
En eso coincidíamos, en el amor al sol,
pero la manera de ver la vida era la contradictoria vista
del pájaro negro y el pájaro blanco
Fuimos como dos extraños que acaban,
contra ellos, tolerándose mutuamente,
como dos personas que a diario
se cruzan en un parque, por ejemplo éste,
 y apenas se saludan, hablan un instante y se alejan

El país es algo vivo, la patria hiede a discurso de político,
a sangre en el campo de batalla y a efemérides de sangre
Y yo he sentido el país, lo he amado más
fuera de él, que viviéndolo dentro
Pero por más que se mire, lo que llamamos México  
es un país muy triste, donde la gente, al menos antes,
si yo mal no recuerdo, se la pasaba bien
Pero también en aquellos años,
en esos años de no me olvido, México era
un país muy triste, y para qué seguir
La infancia libre, las gentes que yo quise,
ríos y lagos, praderas y ciudades, me dicen el país,
un país que si lo pienso, si lo lloro en lunes,
si pajarean los arces, si mañana o no,
me parece un país que se va haciendo pedazos

Las nubes en el cielo ya han cubierto el sol

 

INSCRIPCIÓN EN EL ATAÚD


“Yo nací en febrero a la mitad del siglo y uno menos, y Dios me dibujó la cruz para vivírsela y las hadas me donaron cándidamente el sol negro de la melancolía. No fui un Propercio, un Góngora, un Vallejo ¿y para qué escribir si uno no es un grande? Me conmoví hasta las lágrimas con historias de amor y de amistad y supe del amor y la amistad lo suficiente para dudar de ellos. No busqué la felicidad porque no creí merecerla ni me importó su triste importancia.
   Escucha esto: la vida es y significa todo aun para los que no saben vivirla. Huye, busca el cielo profundo y el mar meridional, las muchachas delgadas y espléndidas, el camino del sueño y lo imposible, y vive esta vida como si fuera la única porque es la única. Y que la tierra me sea para siempre leve.

 

Marco Antonio Campos  (México, D.F., 1949) es poeta, narrador, ensayista y traductor de importantísimos poetas como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Gide, AntoninArtaud, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, Georg Trakl entre otros. Como expresara Neftalí Coria, en artículo sobre su obra: “En sus libros que van desde Muertos y disfraces, 1974, hasta Viernes en Jerusalén, 2005, su poesía alcanza ya una edad adulta en la patria de nuestras letras mexicanas. Poseedor de una voz melancólica, su música se sostiene con una gran fuerza lírica que sin duda ya es reconocible. Su prosa, que ha explorado la novela, el cuento, el ensayo, la crónica y, el aforismo, nos advierte la visión de un hombre que revisa su tiempo con la aguda entrega que le ha sido otorgada bajo el suave y diáfano hálito de la poesía. En la última parte de su obra poética,  sorprende su invariable y claro camino hacia la sencillez. Su decidido rumbo hacia una nueva transparencia vertebral en la música que sostiene cada uno de sus poemas”. Le han otorgado importantes premios de poesía tanto en México como en España. En 2004 se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otorgada por el gobierno de Chile.

Leer poesía. Ensayo de Marco Antonio Campos

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