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José Mármol (República Dominicana)

 

MEDIO DÍA EN EL OZAMA

 Techos que son huella del despojo y la miseria. Aguas retenidas en su fluir de penas. Vivir es acaso pender de lo terrible. El paso de los autos se oye a distancia; es un rumor de frases de plomo, sordomudas; es una espuma negra batida por las barcas, un brazo de muñeca, un zapato vencido. Una ribera triste, arrodillada, la que a los puentes habla sus desdichas. Vivir es acaso encender la vellonera, beberse la botella, atarse cada noche  con ardientes caderas, hasta que el día siguiente devuelve los ayunos. Un río es el himno milagroso de la vida. Un río es alimento necesario de la muerte, lo deshecho indefinido, el tránsito lento de la podredumbre. Los transeúntes sueñan con encontrar sus rostros en el flujo de lodo vegetal, en la estela que anuncia la luna como un ruego. Los fósiles confiesan sus ansias incumplidas, ilusiones por cobrar, promesas arrastradas por las últimas crecidas. Techos que son humo, vapor, putrefacción. Vivir es, acaso, calvarse al madero de los días miserables y cansados. Cuerpos que son huellas de dolor y agonía. Techos que son hojas del viento de la ira.

POETA Y MÁSCARA

Desciendo al centro de lo frágil por mi última escalera de vocablos. Las palabras son hojas de milenario viaje; son piedras lavadas por lágrimas y sangre; son espadas colgadas de una inmensa nostalgia, frutos celebrantes del cambio de estación, del ancho espacio abierto al mar como una ofrenda. Respiro en una selva de acentos y pronombres, en precipicios altos de finas consonantes; respiro y es el aire mezcla de tu fragancia, de gritos confundidos, lenguas, yemas conocidas, un continente abierto a la sinuosidad. Sueño los portentos y la furia, sueño las distintas oraciones con que los bandos fieros invocaban en versos a sus dioses perdidos y sus amantes ebrias. La seducción despierta poblaciones y océanos, despoja de la máscara las pasiones del sueño. Pero el idioma vuela más allá de las palabras, más allá de los rostros, del silencio y de la voz. El idioma está hecho de cuanto puede ser y yo no tengo tantos disfraces ni paciencia. Desciendo por mi última escalera de vocablos y descubro que no existo si una voz no me reclama.

DESTEJER EL HORIZONTE

La muerte ha tenido vocación de persistencia. Sus largos pies ocupan el blanco de las olas, un efímero brillo de la arena corrida. El litoral es curva de la melancolía, visión de monumentos agotados en un ir y venir de transeúntes, cuyos desplazamientos son trozos de reposo. El mar no se sostiene a no ser por sus ahogados, a no ser por el tiempo (espesor de materia inabarcable), ya lo empujan y empujan hasta besar los puertos, los altos arrecifes y el muro de la tarde. Las horas crecen lentas con su grasienta carga, como dibujo exacto de unas frutas podridas, añejas arcadas lavadas por la lluvia. Estos días penetran el germen de las cosas, volviéndose la vida, la muerte, sus espectros. Mi enfermedad y el canto van por sendas iguales, como el arte y la alquimia, como el pensar y el sueño, como el hogar materno, el mismo, del que siempre se parte y al que nunca más tus pies han de volver. La muerte ha tenido vocación de persistencia. Yo no sé si podrán mis huesos con sus ácidos mi carne con sus ásperos filos de pezuña, mi débil pensamiento con su volcán de niebla. Ha vencido las huestes del jardín posterior y ha saltado las anchas murallas del destino. Pudo acabar la masa muy densa de la espera, desvirgó las doncellas de la noche caribeña y marcó a los hombres la pena de pasar, pasar y pasar como una daga tibia en la panza de un cordero. La muerte ha tenido vocación de persistencia. Aunque sé que cuando mata no resiste ver morir.

 

IDIOMA DE LOS DIOSES


De ti, como de un río, adoro cuanto fluye. Volando y danzando como los dioses hablan. Amo tu rápida presencia, la única manera de pasar, transfigurando en vuelo la quietud y la espera. Idioma poderoso del mineral y el árbol. Néctar salobre de las venas abiertas y miembros destajados en torno a la deidad. Palabras innúmeras con las que atemorizo y a la vez encanto las huestes de la noche y escuderos del día. Voces muy alzadas en sus puntas de roble, con las que canta el mago, gobierna el azar y predomina un orden geométrico de hielo. Grande la ocasión en que algo se consume, y con su muerte alumbra y destapa lo esperado. Ahora canto y bailo y salpico de luz las brechas de la sombra entre las llamas. Volando y danzando, como los dioses hablan. Del aire me sostengo, el universo en mí se apoya, gira espeso.  Mi verso ha domado al vellocino de oro y ya diezmó mi brazo a los jinetes bravos, a cuyos restos doy mi canción y mi otra espada. Grande la ocasión en que todos danzamos, como dioses mirando la miseria del reino.  Palabras que brindaron alma y cuerpo a las ciudades.  Soberano idioma, lenguaje de las piedras, del laurel, del río adormecido en sus meandros; alfabeto de grutas intocadas, de lagos suspendidos y pájaros mudos henchidos de placer. De ti, como de un río, adoro cuanto es y ya no es y se transforma y pasa y queda suspendido. Oh idioma venturoso de los labios y las manos, de las praderas altas, los barcos diminutos, la cruz centuplicada en un mismo sendero. Oh danza de las danzas, con que los dioses cantan y bailan y nos llaman.

 

ESTACIÓN DE INVIERNO


Nieva dentro de mí, debajo de la carne y en la pared urgente de la soledad. Afuera, sin embargo, es día claro y nieva. Yonkers es un tráfago de torpe lodo gris, de techos amarrados a un silencio indescifrable. He tomado con sigilo mi tren hacia el eterno, sin que vagón alguno respire olor humano. Minutos después, un grupo de jóvenes árabes me cerca; hablan en su lengua gutural y baldía, surcada de polvo, torbellinos y sables, pero el cántico infeliz de los rieles me ha salvado. Era tarde. Arreciaba el milagro de sobrevivir a las facas del odio y la opulencia. Oré a la niebla y al bosque de la noche: en ellos se aposenta el dominio sagrado. Ya no temo a nada en el vagido de las rocas; hoy me reconozco viajero de la muerte. Acrece la cellisca y la humedad lo es todo. Nieva todavía en el cauce de mis huesos. Afuera, sin embargo, el hielo ha disipado su imponencia letal y los niños redimen urgentes esperanzas. Nieva por los bordes de mi meditación. Hace calor aquí; el trópico me alienta con tan sólo evocarlo, y las manos desnudas de una mujer me cubren. Afuera, sin embargo, es noche honda y muerte, y mi estación no existe, y el tren no se detiene en su viaje al invierno.

 

SIN TÍTULO; TÉCNICA MIXTA


No verte duele menos que una fatua presencia. A la luz del derroche, cuando el color se niega, menos piedra y menos sales hirvientes me lastiman. El horizonte, frágil estela de recuerdos. No verte duele menos que retenerte leve, difusa, indescubrible y táctil sobre la piel del aire. Toqué suaves caderas en mis pasos silvestres, olí fragancias puras y desde las regiones inhóspitas del fémur, te digo, toqué la magia blanda de tu sándalo abierto. Recién salido y solo del agua de la noche, besé pechos y ojos y manos desfondadas, eché mi cuerpo al ancho tumulto de otros cuerpos, hasta que se deshizo y salobre me detuve. El deseo es un cántaro abierto ya sin bordes, una constelación, torrente de espejismos, un desastre natural, una condena. No verte duele menos que despertar sin ti, que aprenderte de nuevo a ritmo de quebrantos. Sin estar allí, te encuentro, entre la multitud agolpada en las esquinas, bajo los flamboyanes de la calle central, en cada cine abierto, entre los autobuses por dilatar el alba. La vendedora gorda me ofrece flores tiernas y atrás, fuera del tiempo, humildes pescadores cuya labor empieza cuando la luz del día se rinde y desvanece.  No verte duele menos que imaginarte sombra, lago, césped, valle de tamarindos y madreselvas nuevas. Un descuido en las íntimas prendas te descubre, un lazo para el pelo, un zapato al revés, una postal lanzada de tus vuelos australes, un ejemplar raído de las cartas de La Claus. No verte duele menos, duele tanto, duele todo.

 

RETRATO DE MUJER


En tu boca tiembla un pájaro tirado a lo sediento. En tus dedos, templos altos de luz andan despiertos. Habla con tu voz aquel ángel seducido por una magia, un cuerpo, un vocablo insospechado. Nada por tus párpados un pez bello y fugaz y en la negra chorrera de tu cabello tieso, un celaje de carne con alas suena y brilla. No mis ojos te dibujan, no mi trazo maculado. No mi arte la perfila; es el agua desbordante que me asalta con mirarte, untadas por imanes lascivos ambas manos, y no importa que estés muda porque hablas con tocarme. Hay entre tus pechos matices imposibles, bosques y bahías, cañaverales limpios, mojadas poblaciones, algas finas, robles, yerba. Me asomo al intocable destello de tus manos y temo que mirándome se desnude tu voz, y como San Francisco de Asís hable a las aves, y se descalce y pese mucho menos que el aire. Mujer que lleva entera una bestia por ternura. Mujer que me desalmas con tan sólo nombrarme; mas no importa si estás muda porque cantas cuando miras. En tu vientre acuna un mar con veleros erguidos, en tu pelo un surtidor de la noche se desgrana, en tu boca de nubes y pájaros me pierdo, y no importa si estás muda porque cantas cuando amas.

 

BOLERO DEL VENCIDO


he retenido a través del olvido sus lentas piernas largas de caminos perdidos. la mirada de ámbar. su voz que nada suena cuando está en el aire. he visto su cuerpo estallar hecho de ausencia. similar a una cayena que no estaba. como una nostalgia resurgida. he vivido repetido después de su adiós y por mis huesos anda un viento frío. he sentido sus pies delgados y duros con filos de odio caminar sobre mi nombre. la amé tanto y estábamos del lado correcto del espejo. hoy nunca debió ser este día. o quizá no es este día. y es una noción que invento. he retenido a través del deseo sus lentas piernas largas. sus manos como densos hemisferios de amor. tallando mi recuerdo en el aire que recuerda.

 

AL NOMBRE DE ALGUNA MUJER


tu cuerpo es un deseo de ti por todas partes. tu cuerpo es un imán tensado mis rodillas. eternidad de un día desde la que borracho de urgencias me disuelvo. fugacidad con brazos para estrecharme a un fuego. tu cuerpo es una flor brotando de un espejo. un temor con esperma recogido en el vientre. la pelvis una playa que agrupa un mar de besos. tu cuerpo es un recuerdo que no tiene pasado. permanencia del agua en racimos de unas horas. tu cuerpo es la noche con su nada redonda. el sonido. el metal. la soledad. la campana que hincha la neblina sobre las viejas piedras de la catedral. tu cuerpo es un deseo de ti por todo el tiempo. escasos los dedos. tremendos los ojos y unas ingles llanas de las que crecen nubes. tu cuerpo no amanece. tu cuerpo inventa alas. azul en lo azul. desde lo blanco blanco. voz en la voz y por el viento soplo. tu cuerpo es un deseo de ti por todo sitio. tu cuerpo es una danza de ti si el piano flota. tu cuerpo es un reclamo de amor en cada gesto. tu cuerpo es un deseo de ti por todas partes.

 

ESQUICIO DEL VUELO


voy a dibujar un pájaro que es su mismo vuelo. y un vuelo que aún no tiene pájaro. vuelo que se crea con su pájaro. pájaro agotado en los tonos de su vuelo. no voy a dibujar un pájaro volando sino al mismo vuelo dibujándose. y en mi turno de sentirme dios. voy a crear un himno para el viento y la memoria.

 

VLADIMIR MAYAKOVSKI


       Siempre los talleres, las fábricas divinas,
       Produciendo imágenes.
Walt Whitman

 

mías la manos ya no son mis manos. ahora diez pupilas encendidas. este ha sido un día empezado más al fondo. más atrás de la hora que perpetra la mañana. mi pasión (flor de lejanía) palpó el semblante tosco. la escritura. los dibujos y objetos de Mayakovski. menos su mirada circunspecta que dado no está limitar en las palabras. un pesado aire majestuoso de julio. amarillea la luz reposada en el recuerdo. agudo en ruso fluvial. Svetlana conversa con tono de arcángel. asombro mío y desconcierto a todo imploran vida. pulso. tremulación. demasiado minúscula mi voz para subir al himno de su reencarnación. emergió despacio desde su antiguo centro a ocupar el centro de todas las partes. fotos de aquel tiempo con tranvías. en una esquina incierta de Moscú o París. menos su mirada circunspecta que dado no está limitar en las palabras. la celda del onírico sepulcro. retratos de la infancia con su duende. camaradas reunidos en las tardes del Café Pushkín. o del río Moscú en medio de la niebla. menos su mirada circunspecta que dado no está limitar en las palabras. en esta casa todo cuando menos se creía. tenía ya cifrada la hora de morir. espeso día gris. virginal y desnuda la página última. soportó recias palabras del suicida. luego el manchón de sangre con su ángel. corría por el mundo en desespero. menos su mirada circunspecta que dado no estuvo para irse con la muerte.

 

PARA CUANDO REGRESES


Llegas sin por qué, así no más,
                        como suelen ocurrir los accidentes.
Llegas y te instalas en mi plexo
una hierba silvestre, un frágil de amarillo,
un surtidor de augurios en vacaciones muertas.
Tu llegada es señal de victorias y derrotas,
Indeciso acontecer de inequívocos fracasos.
Vienes de mares desbordados y monstruos de neblina.
Vienes del centro de la noche y sus caminos ciegos.
De la nada vienes, la ruta más precisa del hastío al furor.
De todas partes vienes, porque sí, por un tal vez,
por lo inesperado del destino y sus conciertos.
Llegas sin por qué ni para qué, así no más,
como suelen llegar los accidentes.
De inadvertida te disfrazas, con harapos de ti misma.
Llegas sin venir, como las premoniciones.
Llegas y no estás y no te has ido y nunca más por siempre y para qué.

 

ABDICACIÓN


Dios es como el fuego, cuya pasión redime,
Como el viento poderoso, cuyo ardor desnace todo.
Dios, temor y fuerza de seguirle o acosarlo,
Como el tiempo, como el sueño y como el baño santo de las termas paganas.
Es como un fuego Dios, su amor devora y crea.
¿Dónde a Dios buscar sin vano desafío?
Sea en el prodigio de tu cuerpo y tu voz,
En el quejido lento de animales y brisas,
En la distancia unida por las hierbas y las piedras,
En los repliegues suaves del mar, que es piel del cielo
O en la muda palabra de una oración estéril.
Dios, perpetuo buscarse,
¿Forma transparente de lo que nunca es?
Es como el agua Dios, cuyo beso nos pudre,
Cuchillo destapando el centro de los sueños
Y si más hondo el filo, más fecundo, más brillante el animal que acude.
Dios es el tormento de creer o descreer,
Dimensión de lo enorme y lo nimio simultáneos,
Sentido de lo ágil, lo inasible,
Equilibrio inmutable del designio y el azar,
Contenido sin esencia a no ser la de mi voz.
Dios ya no enferma.  Dios, cuyo destino le aterra y desconcierta.
Dios soñó entonces con cuerpo de vestir, viandas sobre la mesa,
Con cuentos de niñez (porque ha de ser terrible haber nacido inmenso).
Dios es como un canto, cuya vocal se ahonda,
Y va ganando plenas distancias eco adentro.
Dios, el que ama todo sin conocer ternuras,
Sin haber sido limpia superficie de un beso.
El iracundo, el sobrio, el que ha llorado ráfagas de insensatez y tedio.
Es como el fuego Dios, cuya pasión consume,
Como lluvia torrencial, cuyo crimen fecunda.
Dios es como el aire, sin ser visto abraza todo,
Dios es como yo y en mi palabra quema la luz que lo refugia.

 

NADA ANTERIOR


nada anterior es más antiguo que mi cuerpo
nada posterior es más reciente
ni pisa huella alguna delante de mi pie

nada antecede mi principio  ni lo vacío ni el tiempo vesperal
mi lenguaje con su mano inventó el caos y el orden   es el mundo
su palabra anuncia el tiempo abierto en cada porvenir  impredecible
y mi cuerpo barca difusa de nostalgias y nombres amarrados
restablece su historia en los últimos designios del azar

 

ESTACIÓN DE LA RABIA (1)


junio reloj sin horas cayendo estéril en el césped
hay bromuro insaciable en las esquinas del ojo
nadie consigue el aire arropado de polvo
hay día con espeso tumulto de oraciones
frases psiquiátricas
sopor
ventanas limpias
cepos

aquí la luna nunca ha tenido buen calcio
su melodía es ceniza
llueve sal intercostal
pulmón distante y ancho que a veces nos asoma
y a veces revienta espumas del insomnio

 

ESTACIÓN DE LA RABIA (2)


abre de los huesos reposo a hielo frágil
los techos de zinc son espejos de congoja
y en cada galería recién pintada verde
hay un dolor doblado en cuerpo de lamento

florece en los relojes la línea de la espera
no hay manos que se agiten ni pañuelos abiertos
ni muchachos jugando bajo el peso
de los chubascos

sólo pesarosas campanas como búmerangs
repletos de golpes
golpes de metal en todo seto
corrigen mi apellido por ruinas que agonizan

no sé   
alguien ha puesto su voz de nadie en mi hombro
me llama: eco enorme
tan pedrada papel mojado duro
tan navaja áspera al pie del alma

 

ESTACIÓN DE LA RABIA (3)


quieto el serenatero contra el viento de la noche
con él voy creando la canción en hilo propio
nudos hago con mi soga cerebral para el lenguaje
signos multiplico     gesticulo      contorsiono
como puso Silvano a pintar la multitud

chorros largos de luz se entrecruzan y golpean
rabiosamente apuntan ventanales paralelos
como perro arrastrado la llovizna se demora
en elasticidad     en sopor nadan los cuarzos

el calor pone un brazo amarillo sobre el roble
un caño de agua     un aleteo     un sobresalto
nada se mueve      todo abruma
rebosa el pensamiento
el agua dice símbolos de luz sobre la sombra

sube un sabor oral de sexos madrugando
a derribados senos lamidos con espasmo
a consumación     vacío impulso roto

quieto el serenatero encarama su garganta
mete hueso y corazón     hace cohete del canto
en el cuarto hay un reloj
manchas viejas en los muros
filtración      tecleo sordo     imagen     digresiones
así mis ojos diligencian el veneno del sueño

 

José Mármol  nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1960. Estudió filosofía y lingüística aplicada. Fundador y director de la Colección Egro de Poesía Dominicana Contemporánea. Desde  El ojo del arúspice (1984) hasta Criatura del aire (1999) ha publicado alrededor de diez libros de poemas. A nivel del ensayo ha publicado entre otros  Ética del poeta, (escritos sobre literatura y arte) y Premisas para morir (aforismos y fragmentos). En torno a su poesía, Fernando Ureña Rib dice: “La poesía de José Mármol es siempre un anuncio, una premonición o una advertencia. Dentro del mundo creado por el poeta, sólo él traza los límites, establece los frentes, las guaridas, las máquinas de destrucción, de redención o gloria, las emboscadas. Los ríos, por trazar aún sobre la sierra o el valle, aguardan en lo desconocido la poderosa orden de su mano y de su voz”. En torno a la palabra el poeta nos dice: “La palabra me arde, me silencia, me da mundos. La palabra me funda, me destruye, me ilumina. La palabra me piensa, me abraza, me consume. Hace fiestas, orgías, exorcismo de formas, colores y sonidos vegetales para el mar. La palabra es el tiempo, es el hombre, el culto a lo vencido, lo táctil, lo insondable. La palabra es mi antorcha, mi destino, mi pecado”.

Última actualización: 28/06/2018